Si repasamos la historia de la civilización humana, el humor ha estado siempre asociado a la civilización. Reírnos, primero de uno mismo, y luego de lo que consideramos ridículo y fuera de lugar, es un ejercicio sano, una buena terapia para encarar la vida. El humor nos ha salvado, además, en situaciones difíciles, ha hecho más soportable lo insoportable, ha sido un guiño cómplice que nos ha llenado de esperanza. Pero el humor ha sido perseguido por todos los totalitarismos, de izquierdas y de derechas, llámense Cuba, Irán, la extinta Unión Soviética, la China maoísta o las sangrientas dictaduras del cono sur americano.
Como víctima del tardofranquismo, de los últimos años de la dictadura del general Francisco Franco cuyos tics siguen, a día de hoy, muy presentes en los que gobiernan en la actualidad mi país, por poco tiempo, recuerdo lo importantes que eran, en aquellos tiempos de prohibiciones y censuras una serie de publicaciones humorísticas que empezando por La Codorniz, con un humor más bien blanco y acrítico, y siguiendo luego con Por favor, sustituida por Muchas gracias cuando ésta fue cerrada por orden gubernativa, nos hacían sonreír gracias a un humor inteligente y a la mala lecha de sus dibujantes. En esas publicaciones humorísticas, y críticas, dibujaban tipos geniales como Máximo, recientemente desaparecido, Ops, hoy El Roto, Forges y un larguísimo etcétera, y escribían brillantes artículos escritores como Manuel Vázquez Montalbán o Juan Marsé. Resistíamos con sus plumas y sus lápices a esa larga noche del franquismo que nos sumió en las tinieblas durante nada menos que cuarenta años.
Recuerdo todo esto precisamente en estos momentos en que la barbarie totalitaria, en este caso vestida de fanatismo religioso, se ha cebado con la redacción de la revista ácrata de humor Charlie Hebdo que criticaba por igual todos los credos religiosos y todos los poderes, haciéndoles a todos ellos el correspondiente corte de mangas. Quienes no saben reír, ni saben vivir, pues su reino no es de este mundo, y sí saben en cambio mucho de la muerte, se han llevado por delante a unos humoristas geniales y, además, heroicos, que durante muchos años han vivido bajo amenazas y han optado por no arrodillarse ante los intolerantes y seguir con su arriesgado trabajo.
Charb, el director de la publicación, hizo un póstumo corte de mangas a sus asesinos, fiel a sus principios iconoclastas y a no doblegarse ante nada ni nadie. Mi modesto tributo a esos mártires de la libertad de expresión.
