Desde el interior, desde su Kilómetro Cero, el reloj se pone otra vez en marcha. Los senderos retorcidos del viejo poema, dibujados en sinuosas curvas de mujer y de historias, se renuevan bajo la sentencia bíblica de “no hay nada nuevo bajo el sol”. Nada nuevo pero sí renovado. Y uno se echa a andar en medio de la espesura de nuevas complicidades y viejas fidelidades literarias.
Estos son días de hacerse retos y trazar metas. Los libros se multiplican, no tiene fin el hacerlos (otra verdad bíblica), ni tampoco leerlos o comentarlos. Me paseo por las estanterías de mi casa y me asaltan las tentaciones de relectura y desde el suelo, pugnando por hacerse un hueco en el parnaso de mi biblioteca, las novedades reclaman un gesto lector que las rescate.
Le debemos mucho a la lectura. Y esta sentencia, tan evidente y natural en una primera lectura, se cuestiona cada vez con más fuerza. Nada de leer, cuanto menos debamos a las letras, al criterio, a la reflexión, mucho mejor. No queremos deber nada, ni a la literatura, leer es un ejercicio inútil.
Esta pretendida inutilidad de leer, animada y patrocinada por muchos medios, va ganando enteros. Es mejor no saber, una buena borrachera de ignorancia, la dependencia casi drogadicta y mórbida de no saber se va instalando en el camino que muchos pretender andar. Se publicita junto a la palabra felicidad: “Es más feliz el que menos sabe”.
Cuando se conversa sobre estos hechos, los viajeros del camino sin letras se revuelven argumentando que solo vemos conspiraciones y mentiras por todas partes, que ellos no se quieren perder la “realidad” viajando por la ficción y los versos. No, prefieren la pura verdad. Como si eso existiera. Es el gran error de fondo.
Un día, un amigo me llamó por teléfono para pedirme consejo sobre un asunto delicado. No era la primera vez, pero en aquella ocasión me dijo que como leía novelas y las escribía, seguramente sabría deducir por donde se resolvería aquel asunto tan importante. Me sorprendió que alguien creyese que leer ficción fuese una herramienta para la resolución y manejo de conflictos.
Me echo a andar y en la maleta llevo ciertas palabras, versos, escenas, tristes figuras, lectoras de novelas románticas, una ballena blanca, un salmista, dos cantautores, una metamorfosis, un dinosaurio numerado 24601 y las vidas, todas, de un fulano de lagrima difícil y que prefiere no hacerlo. Y el recuerdo de un cuento de Juan Carlos Márquez en “Llenad la tierra”, que nos salvó de comprar un apartamento en el que no seríamos felices.
Echar a andar sin libros es una empresa riesgosa y a la sazón muy aburrida. El camino es casi siempre en solitario y una buena dosis de compañía siempre es buena y más si esa compañía te permite reflexionar y empatizar con situaciones y personas con las que podríamos encontrarnos o encarnar nosotros mismos. Libros espejo, literatura que deleita exhibiendo el alma en cueros.
La crónica desde dentro, desde la espesura de las almas, todas, está puesta a cero. En el interior las cosas son distintas y hasta el mar y el otoño nos lo tenemos que leer para poder verlos. Una imagen no vale más que mil palabras y menos si esas mil palabras son de Alberti, Gamoneda o Hugo.
Echar andar, hacer camino. Leer y escribir. Vivir.
