El dominicano como esencia

Carlos Enrique Cabrera

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Por lo general  se habla del dominicano –de lo dominicano y de la dominicanidad— como si fuéramos una esencia, es decir, algo inmutable. Así,  es fácil escuchar decir a más de uno por ahí: “Lamentablemente somos así”, como si no tuviéramos remedio. Lo que no entienden los que de este modo  hablan es que no hay esencias inmutables, que de hecho no siempre fuimos “así”, que inclusive hubo un día, una época en la que ni siquiera fuimos –tal el primero de octubre de 1492 y toda la larga etapa anterior— y que desde luego, cambiaremos, porque el cambio es la única realidad cierta e inmutable de la vida.

No creo que exista lo dominicano, la dominicanidad, una forma de ser nacional, inmutable y eterna. No. Aquí –como en todas partes— lo que existen son hombres y mujeres con un conjunto de particularidades y singularidades que les son propias y absolutamente  intransferibles y que –como seres vivos que son–,  están siempre en permanente proceso de modificación y cambio.

Ahora bien. Por descontado que todos participamos –como “dominicanos” que somos— de características comunes, un  número determinado de rasgos uniformadores y aglutinantes. Tales son,  entre otros, la lengua común (el castellano o español),  la religión (el cristianismo), la historia, la cultura hispanoafricana (incluyendo aquí el folklore, el vestido y la cocina). Pero por encima de  estos elementos uniformadores la nación (lo “dominicano”, la “dominicanidad”) está compuesta por hombres y mujeres dotados de  libre albedrío. De modo y manera que   cada uno elige, coge de aquí y de allá lo que cree que más le acomoda y conviene y más se adecúa a su particular forma de ser y a sus necesidades particulares. Cada uno toma y transforma y cambia y enriquece (o empobrece y aún disipa y pierde) ese legado, ese patrimonio común.

De sobra es sabido cómo la sensibilidad y las ideas y las actitudes de los seres humanos cambian y se modifican con el tiempo, con la evolución histórica. El  ser humano que es el dominicano no es una excepción. El dominicano de hoy de ningún modo es igual  –o al menos no es idéntico— al del siglo XIX. Hoy  somos de una forma y mañana seremos de otra. Todo dependerá de mil y un factores de la más diversa índole y naturaleza –sociales, políticos, económicos, científicos- tecnológicos— y de nuestra propia voluntad  individual y colectiva. Y, de hecho, ya hoy mismo, en este aquí y ahora histórico, de ningún modo  somos del todo iguales. ¿O lo son –por no hablar de estratos  sociales, socioculturales y económicos— los  del Cibao Central y los del Este y los del Sur o los del Suroeste? Baní tiene particularidades muy marcadas (corridas de toros, por ejemplo) y el castellano que se habla en La Vega  y en Moca difiere,  con todo y ser  básicamente el mismo, del que se habla en Vicente Noble.

Pero ¿cómo somos los dominicanos de hoy? Sin duda que –entre otras muchas falencias—  somos desorganizados, aseados en lo personal pero no así en cuanto al entorno, impuntuales, desordenados, nada disciplinados ni metódicos, descentrados, no muy cultivados, nada dados a la reflexión,  la crítica y el análisis, ni responsables ni cumplidores de la palabra dada.

Todo esto por cuanto  a lo malo se refiere; que del otro lado de la balanza debemos colocar ahora  lo bueno. ¿Cuáles son la virtudes que  adornan a nuestro pueblo? He aquí algunas:  El dominicano es  –al menos esto es lo que se dice– simpático, hablador y extrovertido, desprendido y hospitalario, amante de las fiestas y de  los encuentros familiares, no le tiene  miedo a las modernas tecnologías que asimila rápida y fácilmente, etcétera…

Pues bien. Todos estos  rasgos y características –al igual que muchas de nuestras costumbres y tradiciones– pueden desaparecer en cuestión de unos pocos años. Basta y sobra que  cojamos a ese dominicano típico, del que más arriba hemos realizado un esbozo, y lo rodeemos de las condiciones ambientales adecuadas.

Cierto. Dotémoslo de instituciones sólidas, de funcionarios serios y eficaces y responsables, de servicios de calidad –agua, luz, transporte, teléfono… –, elevemos su dignidad de ciudadano y su autoestima personal; profundisémosle la democracia y sus posibilidades reales de participación social y política; elevemos su nivel cultural y educativo; dotémoslo de una adecuada, digna y honesta forma de ganarse la vida sin sobresaltos; hagamos que habite una casa en condiciones y que  viva en ciudades humanas por las que pueda desplazarse sin tropiezos ni sobresaltos y sin poner en riesgo su  integridad física y aún su propia vida y verá  usted lector amigo cómo al cabo de unos  pocos años ya no tendrá usted ante sí a un dominicano típico sino a un suizo auténtico.

Quizá, claro está, nuestro personaje siga bailando merengues con furor y pasión y degustando plátanos con deleite; pero con toda seguridad que ya no será sólo esto lo que baile, ni plátanos lo único que deguste. Bailará  también sevillanas y sardanas; polkas y mazurcas (de hecho ambas se bailaron en esta tierra en su día), zarabandas y rap y rock  y degustará con fruición numeroros  platos de la cocina internacional. Y quien sabe si además no se  adscribe al protestantismo, al calvinismo o al luteranismo militante.

Del Autor

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Carlos Enrique Cabrera
(La Vega, República Dominicana). Se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid (España) y realizó estudios de Bibliotecología y Documentación en instituciones educativas de esa capital europea. Durante años se desempeñó como funcionario de la Red de Bibliotecas Públicas de la Comunidad Autónoma de Madrid y como colaborador externo de importantes editoriales españolas (Editora Nacional, Plaza y Janés, Alfaguara, Playor). En 2001 fundó la revista de letras, artes y pensamiento Caudal, que bajo su dirección dio a la luz, de forma ininterrumpida, 29 números. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría los libros Reflexiones de bolsillo (2002), Tiempos difíciles (2010) –recopilación de ensayos– y el conjunto de microrrelatos: Conjuros y otros microcuentos (INTEC, 2013). Es también coautor de la obra didáctica Español Universitario (Santillana Universitaria, 2006) y el de información turística Ciudad Colonial Santo Domingo (Tando Editora, 2011). Asimismo, mantiene en la Red varios blogs: Conjuros en “La Comunidad” del diario madrileño El País, y en Blogger el personal Carlos Enrique Cabrera (CEC) y el promocional de la revista Caudal, así como el educativo: Español CEC. Desde 1994 es profesor a tiempo completo del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).