Ser Brown en el país del White and Black

Uriel Quesada

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Yo supe que era persona de color en el otoño de 1997. Hasta entonces había vivido en Costa Rica, donde era blanco, de descendencia europea y  hasta presumiblemente emparentado con la realeza. Lo de la realeza es una anécdota que me gusta. Estaba con mi hermana de visita en Sarchí, un pequeño pueblo en el interior del país, famoso por sus artesanías. Entramos a una tienda y cuando el dueño supo nuestro apellido se puso muy contento. “Yo también soy un Quesada”, nos dijo. “y hace poco encargué un estudio genealógico. Me dieron un escudo de la familia y mucha información. Organicé una gran fiesta, invité a todos los Quesada de por aquí, y les hice un anuncio: Nosotros descendemos de reyes y virreyes”. Me imaginé al señor como José Arcadio Buendía cuando le hizo saber a los suyos que el mundo era redondo como una naranja. Yo hice entonces las de Úrsula, pero no para advertirle que no le llenara a los demás la cabeza con ideas de gitanos, sino para darle una perspectiva distinta, o un baldazo de agua fría. : “Yo conozco una versión diferente”, le dije. “Para mí Quesada es el nombre de un pueblo en Andalucía de donde emigró mucha gente. Eran por lo general pobres y el nombre se relaciona con el oficio más importante del pueblo: hacer queso”.

La necesidad de conectar una comunidad modesta en Costa Rica con un pasado glorioso, al menos en apariencia, ha sido parte de la construcción nacional por más de un siglo. De hecho, para muchos costarricenses esa línea directa con Europa constituye uno de los fundamentos de la singularidad del país.  Pero la excepcionalidad nacional es usualmente opresiva, y eso no lo sabía cuando yo era un tipo blanco en mi ciudad natal. Tampoco era consciente de mi propia participación en las distintas formas de violencia que la excepcionalidad impone.  Por una parte, no necesitaba justificación para agredir a los demás y por otra aceptaba las agresiones pasivamente. Recuerdo que en mi barrio nadie era negro, ni siquiera las personas de ascendencia afrocaribeña.  La excepción se daba  en los grupos de amigos, cuando hacíamos chistes racistas dirigidos contra esas personas no negras. Otra prueba de pertenencia de grupo era que esas personas contaran historias denigrantes sobre negros. Si alguna de ellas se sentía insultada era por sus complejos, era su problema. De esa manera quien tuviera sangre negra reafirmaban sus lazos con el grupo dominante por medio de la invisibilidad y por la negación de su individualidad.

Yo no sufrí discriminación por color de piel, creo que tampoco por pobreza. Claro que estaba lejos de ser normal, pues tenía dos defectos. Uno era el ser mamitas, de decir tímido y poco integrado a las actividades sociales y deportivas de los chiquillos, lo que se asociaba con una fuerte influencia de la madre y, de modo indirecto, con ser homosexual.  Mi otro defecto era tener buenas notas en mis clases, lo que ahora sería ser nerd, aunque en aquellas épocas se le denominaba verde.  Tener buen desempeño escolar te hacía sospechoso. El crimen era sobresalir sobre la media en un ambiente que no solamente no estimulaba la excelencia sino que la reprimía en aras de una igualdad (otro rasgo nacional). Pero al menos era blanco y mis amigos de piel negra eran blancos. No así los chinos (a fin de cuentas todos los asiáticos eran chinos sin distinción de nacionalidades o culturas) y ésos de por sí no se podían escapar: tenían los ojos rasgados, eran comerciantes, vivían en tribus donde se hablaba un idioma imposible de entender, y muchos se dedicaban al negocio de la comida, preparando platillos con ingredientes que la gente decente (es decir, blanca) no probaba.

Pero un buen día decidí dejar el paraíso de la igualdad y me vine a los Estados Unidos, para peores al suroeste del país, justo a unos kilómetros de la frontera con México. En esa región coincidían una multitud de grupos que defendían su diferencia: habitantes de la zona fronteriza, para quienes un lado o el otro era un artificio que separaba idiomas y familias; los recién llegados a Ciudad Juárez, a la espera de una oportunidad para cruzar el puente o el río y no volver; miembros de grupos indígenas que llegaban a vender sus productos o artesanías; los guardas fronterizos; los texanos de cepa antigua; los descendientes de antiguas hispanas que llevaban generaciones viviendo en la zona y que los blancos aún veían como recién llegados; las muchas personas de paso que constituyen la población de las escuelas graduadas en una universidad de cierto tamaño como la mía.

Mi amigo Martín Sancho, el único costarricense en Las Cruces, donde retomé mis estudios,  se fue a California al mes de mi llegada y empecé, sin saberlo, a negociar afiliaciones. La más fuerte fue la cubana, pues había una pequeña comunidad ya aclimatada al aire del desierto y sin lazos muy fuertes con el exilio histórico de Miami. Luego estaba la mexicana, pero esta comunidad no era la que yo imaginaba desde Costa Rica: México era algo más que el Distrito Federal, y en la frontera encontrabas gente de Tabasco, Veracruz y, principalmente, del norte del país, cuyas perspectivas eran muy distintas de lo que yo daba por sentado como mexicano.

Mi primera experiencia como víctima del racismo, ocurrió en la misma universidad, curiosamente en la oficina encargada de los estudiantes internacionales. Una mujer con la yo debía reportarme hacía caras tratando de escucharme, y entre a viva voz comentaba sobre mi fuerte acento, como echándome la culpa de no hablar de una manera que a ella le resultara fácil entender.  Mi siguiente experiencia fue más fuerte, pues empecé a recibir llamadas anónimas. Yo encontraba en la contestadora de mi teléfono mensajes que siempre empezaban igual: You fucking Mexican… Le pregunté a la mujer de la oficina qué hacer en un caso como ése, y su respuesta fue tajante: “Nada. Espere a que la persona se canse de amenazarlo. Y no se le ocurra contactar a la policía porque el que se va a meter en problemas en usted”.

Con el fuerte acento extranjero y la dificultad de hablar correctamente el inglés ingresé, sin saberlo siquiera, a un grupo diferenciado por la mayoría en cuanto a su origen nacional, su etnia y su color de piel. Aunque privilegiado por mi educación, yo era un inmigrante, y según la sabiduría popular todos los inmigrantes llegamos a los países desarrollados por la misma razón: el hambre.  En mi caso, al menos, el hambre la sufrí por los primeros seis años de mi estancia en los Estados Unidos.  Durante este tiempo tenía una visa de estudiante—con más restricciones de las que me gustaría recordar— estaba sin dinero, y  no conocía el sistema. Además el ser inmigrante de América Latina se ponía me una situación de desventaja con respecto a personas de otros orígenes, en especial europeos: yo no era blanco. Otra vez pertenecía a un grupo homogéneo como en mi niñez y adolescencia, pero con la diferencia de que esta vez nosotros éramos los diferentes,  los sospechosos y los inferiores.  De nuevo me sentaba a la mesa con unos iguales a quienes no terminaba de comprender. La mayoría blanca me identificaba  por el color de la piel, por una supuesta tendencia a comer la misma comida y por la manía de dormir largas siestas todos los días.  Mi supuesta piel blanca era ahora la invisible y yo era una persona de color como los demás. Pretender reclamar un privilegio por tener la piel más clara era totalmente inútil. Al final todos pertenecíamos al mismo grupo y teníamos el mismo no-origen. Todos éramos Brown.

En 1999 me mudé a Luisiana, o más específicamente a Nueva Orleáns. La ciudad me ofreció algunas oportunidades que agradezco. La más importante fue mi relación como Brown con la comunidad afrodescendiente. Ser una persona de color en el Sur Profundo tiene connotaciones diferentes a serlo, por ejemplo, en las zonas rurales de Iowa.  Saberse afrodescendiente  implica una forma de convivencia con la memoria de las afrentas de una región que todavía honra y en cierto modo añora sus tradiciones.  El negro del Sur vive una tensión étnica y racial que sale a la superficie de la forma más inesperada. New Orleans, una de las ciudades más alegres y relajadas del país (quizás del mundo), sigue siendo una de las más segregadas. En su monumentalidad y decadencia se encuentran mezcladas la ignominia y  las muestras de independencia y de generosidad.  Aquí aprendí que el racismo pude ser muy sutil, y que ante los cambios imparables de la sociedad los prejuicios pueden sobrevivir de modo discreto, a partir de pequeños signos como el humor, el sistema de organización de eventos públicos e incluso en la constante reiteración de que los tiempos de discriminación y violencia han pasado para siempre. La relación con la comunidad negra no es, sin embargo, una de puertas abiertas y bienvenidas. La solidaridad entre los oprimidos es un mito, por lo que se requiere una negociación permanente, con altos y bajos. Igualmente se requiere una constante reflexión sobre nuestro propio espacio en una sociedad tan dividida como la norteamericana y sobre nuestro propio racismo.

Ser Brown no implica ocupar un lugar intermedio entre los  extremos que forman  lo White y lo Black.  Por el contrario, significa ser un tercer protagonista que a veces debe abrirse paso a gritos.  A pesar de que los Brown representamos aproximadamente un 15%  de la población del país, nuestra representación política es limitada y, en muchos casos, mediocre. Los espacios culturales han tenido un desarrollo desigual. La atención de las necesidades de las distintas poblaciones Brown no se encuentra en las agendas de gobernantes a nivel estatal ni federal. La lucha contra la invisibilidad continúa, y hay problemas de los grupos afrodescendientes que también nos afectan: la violencia policiaca, la calidad de la educación, la pretensión de borrar la especificidad étnica, histórica y cultural en pos de agendas neutras, aunque dominadas por los grupos blancos.

Me siento orgulloso de ser Brown, y cuestiono los reclamos de quienes se siguen viendo como blancos y justifican en ello la discriminación y la violencia. Ha sido un largo camino, un viaje aún no acabado, pues Brown es también  una posición ética ante la vida y ante los demás.

Del Autor

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Uriel Quesada
(Costa Rica, 1962). Escritor. Estudió en la Universidad de Costa Rica, New Mexico State University y Tulane University, donde obtuvo un doctorado en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros Ese día de los temblores (cuentos, Editorial Costa Rica, 1985), El atardecer de los niños (cuentos, Editorial Costa Rica, 1990; Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 1990), Larga vida al deseo (cuentos, EUNED, 1996), Si trina la canaria (novela, Editorial Cultural Cartaginesa 1999), Lejos, tan lejos (cuentos, Editorial Costa Rica, 2004; Premio Áncora de Literatura 2005) y El gato de sí mismo (novela, Editorial Costa Rica, 2005; Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2005). Actualmente vive en Baltimore, Maryland, y enseña en McDaniel College.