Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
otrolunes.com >> Sumario >> Punto de Mira

Un análisis de la transición cubana

Manuel Díaz Martínez
Luis Yáñez-Barnuevo
Jorge Luis Arzola
Alejandro Armengol
Pío Serrano

Página 1

A pesar de que pueda parecer un tema manido e incluso una obsesión, lo cierto es que no hay nada más importante e inevitable que un cambio que permita un futuro diferente para Cuba y sus ciudadanos. Todo el mundo quiere y sabe que es necesario un cambio que nunca estuvo más cerca ni contó con más votos a favor, hoy, cuando el líder de su Revolución va cayendo en cámara lenta del estribo de la historia. La pregunta que todos nos hacemos es cuál será ese cambio, con quién, de qué modo y cuánto puede demorar. Nadie tiene la respuesta, pero es bueno empezar la catarsis colectiva que allane el diálogo social y político como solución al complejo problema. Es necesario que haya muchos análisis desde todas las ópticas posibles. Este es un análisis más que hacen para Otrolunes cuatro intelectuales cubanos del exilio y un político español que lleva tiempo reflexionando sobre el problema cubano.

¿Cree posible una transición cubana durante el mandato de los hermanos Castro?

Manuel Díaz Martínez: Mientras los Castro detenten el poder, que les garantiza su seguridad, no habrá cambios en Cuba, al menos pacíficos. Pero, por evidentes razones biológicas, el futuro de Cuba depende cada vez menos de los Castro y cada vez más de la nueva clase empresarial-militar que ellos han creado y que los sustituirá. Es de suponer que a esta neoburguesía artificial, producto de las empresas mixtas, le interese, para desarrollarse como clase dirigente, abolir la economía centralizada mediante aperturas económicas, que presumiblemente serán graduales, y políticas, que seguramente serán parciales. Si la oposición democrática juega el papel que le corresponde y es debidamente apoyada por el exilio, este proceso de aperturas puede desembocar, salvo imprevistos, en el restablecimiento del sistema democrático en Cuba.

Luis Yáñez-Barnuevo: No, no lo creo. Si entendemos "transición" como un proceso de transformación de un sistema estatalizado y de partido único a otro de economía mixta y social de mercado, con pluralismo político, libertades garantizadas, sistema judicial independiente y elecciones libres, estoy convencido que los hermanos Castro no emprenderán nunca ese camino. Si, en cambio, hablamos de mejorar el sistema de producción y distribución, de diálogo con los EEUU y con la UE y, quien sabe, con la disidencia moderada, es posible que la actual dirección del país emprenda, timidamente, alguno de esos caminos, pero siempre tratará de asegurarse que todo o parte de ello no abra la sustitución del sistema en su conjunto.

Jorge Luis Arzola: No, no lo creo posible. Cincuenta años de experiencia anulan cualquier posibilidad en este sentido. Aunque evidentemente ambos hermanos tienen ideas muy diferentes, y hasta opuestas en algunos aspectos, acerca de cómo conservar el poder con la menor cantidad de cambios en lo político, en el fondo no son más que las dos caras de ese Jano siempre contradictorio pero muy consecuente (para algunas cosas, vale aclarar) que es el Castrismo.

Hasta ahora, este monstruo aparentemente tan raro y tan contradictorio, este Jano Castrista, ha funcionado a la perfección. Su Cara principal, es decir Fidel, no es más que uno de los rostros fantasmales de ese disparate infame que se ha dado en llamar Comunismo Puro y que ha cometido tantos crímenes (siempre en nombre de la Justicia Social) como su pariente el Fascismo, pero que ha tenido la innegable capacidad de venderse a sí mismo en papel de regalo, alimentando de manera eficaz la desbocada imaginación de medio mundo; su cara secundaria, no menos terrible, ha jugado un importante papel, ya que ha servido de, digamos, contrapeso terrenal, o material, y ha cubierto así las espaldas de la bestia en el terreno práctico.

Además, todos ellos (los Castros y sus viejos seguidores) son gente de convicciones, y como tales están convencidos de que ellos son la mejor opción. Se aferrarán hasta el último día de sus vidas a la más insignificante fracción de poder, no me cabe la menor duda.

La transición vendrá después, cuando ya los hermanos estén muertos y enterrados y los herederos, es decir los Pérez Roques, los Alarcones y demás ratas de alcantarilla hayan heredado lo poco que queda del Castrismo. Entonces vendrá una historia interesante, cuyo guión todavía no está escrito.

Alejandro Armengol: Lástima que no viva Miguel Matamoros, porque seguro le hubiera puesto música. El "Son de la Transición'', un éxito seguro. Sobre todo en las discotecas de Miami. Tanto se habla de transición y sucesión (y sigue la rima) y las palabras están tan viciadas que ya ni siquiera vale la pena recurrir al diccionario. Quizá sea mejor preguntarse: ¿Se acaba el castrismo con Fidel Castro? Sí. ¿Se cae el sistema? No. Es decir, concluye un estilo de gobierno sin que ello implique el final de este gobierno. Por muchos años se pensó que era imposible, pero en la práctica está funcionando aunque no se pueden descartar sorpresas.

Desde el exilio, el proceso iniciado el 31 de julio de 2006, con la entrega temporal del mando del gobernante cubano Fidel Castro, ha tendido a verse con una óptica pendular, cuando la realidad y la historia cubana tienden al círculo o a la espiral. Se han acumulados discusiones, programas de radio y televisión, artículos de periódicos dos conceptos supuestamente antagónicos: sucesión y transición. La sucesión es el legado hereditario, el paso de un monarca a otro, el feudalismo cubano en su mejor representación. De esta manera, la transición tiende a definirse como todo lo contrario: el paso o el salto de un sistema a otro.

Más que de transición, sería apropiado hablar, en este sentido, de transformación. Cuba entre la estática (sucesión) y la dinámica (transición). Sólo que la realidad es mucho más compleja y estamos asistiendo a una sucesión que es, hasta cierto punto, también una transición. Todo mezclado, como diría Guillén.

Sí, la sucesión ya se ha producido, aunque no se ha oficializado, a partir de que no es secreto que Fidel Castro no puede volver a desempeñar las funciones que venía ejerciendo, la interrogante que continúa en pie es el alcance de los cambios inevitables. Estos son de dos tipos: espontáneos o naturales y dirigidos. Los segundos son las esperadas reformas, que no acaban de llegar. Los primeros están en la calle y —aspecto muy interesante— han comenzado a ser reflejados en la prensa, aunque no por lo general en el periódico Granma. Me refiero a un incremento de la crítica, relajamiento de las normas aduanales y un alto al retroceso iniciado por Fidel Castro en su último año al mando pleno del país, que buscaba una mayor centralización del gobierno y la economía.

¿Le interesa al ministro de las Fuerzas Armadas una transición? Sí, en cuanto a lograr que el socialismo funcione. No, si ello implica una pérdida del poder o el fin del sistema que se comenzó a implantar el primero de enero de 1959. Si a Raúl no le interesa una transición política, tiene también graves dificultades para lograr una transición económica. El gobernante interino parece estar interesado en lograr una mayor eficiencia en la economía nacional. Pero tanto el limitado sector privado como el amplio sector de economía estatal están en manos de personas que conspiran contra esa eficiencia, por razones de supervivencia. La fragilidad de un socialismo de mercado es que su sector privado, si bien en parte está regulado por el mercado, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático. Al mismo tiempo, ese control burocrático decide, en la mayoría de los casos, a partir de factores extraeconómicos. Políticos e ideológicos principalmente. En términos numéricos, Cuba vive un proceso de 60 por ciento de sucesión, diez por ciento de transición y treinta por ciento de incertidumbre. A ese ritmo, Raúl Castro necesitaría vivir ciento cincuenta años para llevar a cabo una transformación en Cuba, limitada sólo a una mejora del nivel de vida de los ciudadanos.

Pío E. Serrano: Plantear la posibilidad de una transición dirigida por los dos hermanos Castro es una propuesta contradictoria en sus términos. El estado de senilidad en que se encuentra Fidel Castro lo inhabilita para considerar cualquier tipo de cambio en un régimen que ha diseñado desde presupuestos incompatibles con cualquier tipo de reforma.

Otra cosa es analizar la posibilidad de que Raúl Castro, muerto su hermano, se disponga a realizar cambios pragmáticos cercanos al modelo chino-vietnamita: reformas liberalizadoras para agilizar la economía, conservando un régimen político autoritario. Podría comportarse como un período previo, y menos doloroso que el actual, a una verdadera y profunda transición.

¿Cuáles serían los aspectos más relevantes a tener en cuenta para hacer que la transición sea lo menos traumática posible?

Manuel Díaz Martínez: Que sea pactada. Que sea gradual. Que el primer paso sea liberar a los presos políticos y garantizar la libertad de prensa y la formación de partidos políticos. En estas circunstancias, Estados Unidos puede contribuir decisivamente a la transición levantando el embargo.

Luis Yáñez-Barnuevo: En mi opinión los dos factores de riesgo mayores para una transición traumática provienen, por un lado, de los sectores duros de la nomenclatura cubana, especialmente del Partido Comunista, y de los EEUU, incluyendo el exilio cubano más radical, por otro. Si en un momento determinado los más evolucionistas del régimen (pienso en sectores militares involucrados en la gestión empresarial de Cuba) y los más moderados de la disidencia y del exilio, logran hegemonizar la transición, ésta puede discurrir por vias no traumáticas.

Jorge Luis Arzola: Lo primero: evitar a toda costa el espíritu revanchista, y hacerles sentir a los cubanos de adentro que los que estamos acá (en el exilio) somos tan cubanos como ellos, y que el hecho de haber puesto tierra (en nuestro caso mar) de por medio no nos hace superiores o inferiores a los que por derecho propio se quedaron, ni nos concede ninguna ventaja o desventaja. Ya con eso habremos adelantado un buen trecho.

Alejandro Armengol: Cuba cuenta con la enorme ventaja de que no hay fuerzas poderosas conspirando en favor de producir una transición "traumática''. Es decir, la isla no es Irak ni Irán, ni tiene (hasta el momento) petróleo y tampoco representa un peligro para Estados Unidos. Así que la exaltación y la llamada "intransigencia'' en Miami se limita a gritar ante un micrófono, mediante una llamada telefónica o enviando una carta o mensaje a la prensa escrita. Por otra parte, y después de lo ocurrido en Bagdad, los exilios han perdido mucha fuerza como impulsores de acciones bélicas, incluso en los casos de países donde se producen matanzas contra la población (que no es el de Cuba).

No sólo Washington, sino también Miami temen que se produzca una crisis en la isla que desencadene un exilio masivo. Es cierto que ha planes de contingencia al respecto, pero todo el mundo prefiere evitar el ponerlos en práctica.

Desde hace varios años subsisten dos modelos económicos en el país: uno fundamentado en la propiedad privada y otro, el tradicional socialista, que se fundamenta en los medios de producción estatales. Este último no funciona y su fracaso es en buena medida la razón del éxito del primero. El régimen de La Habana ha logrado mantener separadas estas dos esferas, con una estrategia dirigida tanto a reducir la esfera de producción privada nacional autorizada durante el llamado "Período Especial'', como a concentrar la inversión extranjera y las empresas conjuntas con capital privado (extranjero) a un número limitado de grandes corporaciones en sectores que, siendo fundamentales a la hora de obtener ingresos, pueden ser mantenidos hasta cierto punto "aislados'' de la población en general: la minería y el turismo, por ejemplo. Las principales víctimas de esta estrategia han sido tanto el cuentapropista como el pequeño empresario extranjero.

Cualquier transición tiene que comenzar, en lo económico, por ayudar al desarrollo de la pequeña empresa.

Hasta ahora, el mejor plan al respecto es el desarrollado por el El Grupo de Estudios Cubanos, que plantea el otorgamiento de microcréditos a los cubanos de a pie y la creación de un fondo financiado por Estados Unidos y la Unión Europea para promover el desarrollo empresarial. No es necesaria la democracia para lograr el bienestar económico. Esa ilusión, esgrimida con fuerza por los neoliberales tras el fin de la guerra fría, tuvo poco porvenir. Tampoco, por supuesto, alcanzar el grado de libertad que brinda una sociedad democrática garantiza el pan diario.

El segundo aspecto a tener en cuenta durante un proceso de transición es lograr el difícil equilibrio entre la justicia social y la libertad individual. Por último, y para no convertir esto en uno de los tantos planes de transición aparecidos fuera de Cuba, que hasta el momento sólo enfrentan el peligro de la crítica de los ratones, cualquier proceso de transición también tiene que hacer un balance entre la preservación de las instituciones, aunque muchas de éstas fueran los puntales del régimen, y su transformación paulatina. Hablo no sólo de ejército y policía sino del sistema legal y los diversos ministerios.

Pío E. Serrano: Poner en libertad a los presos políticos, cese de la represión, garantía de la propiedad actual de la vivienda, un pacto de reconciliación según el modelo de la transición española.

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Un análisis de la transición cubana

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