

En primer lugar, quiero aclararle al señor fiscal
que mi barba no es azul, nunca lo fue.
Mi barba es entrecana, como puede observarlo su señoría.
A continuación paso a explicarle cómo
y porqué asfixié a mi idolatrada última esposa
con almohadón egipcio, que compré para ella en Alejandría.
Esa postrera esposa hablaba siete idiomas
y en los siete me insultaba.
En uno de los seis
—cinco no me importaban, no me herían,
porque lo que se dice en lengua extranjera es como si no se dijera—
con el insulto que me alcanzara se desangraba mi corazón.
Yo bajaba sumisamente la cabeza
y sin levantar los ojos del suelo para no ver su mirada burlona
rumiaba, atentamente, de antemano,
el manjar de la venganza.
Su mirada desbordante de menosprecio
era para mí el espejo en que veía mi pequeñez,
todas mis ignorancias y mis carencias.
Ese día volví a suplicarle que no hiciera citas en griego
cuando hacíamos el amor.
La respuesta fue algo que sonaba como diez copas de cristal
rompiéndose al mismo tiempo en el fuego.
¿Qué me estaría diciendo?
¿Qué ríos de improperios derramaba
sobre la blanca cabellera de mi madre?
Me le fui al cuello como el tigre a la gacela.
Su último balbuceo fue un verso de Góngora.
“A batallas de amor, campos de plumas”.
Apreté un poco más
y dejé caer,
sin rencor, en sus oídos,
una frase en latín,
La única frase en latín que conocía y conozco:
“Requiéscat in pace”
Aquel niño nació entre pañales de oro,
La riqueza de sus padres anunciaba su eterna felicidad.
El médico y la comadrona se miraron en silencio.
¿Hay algo que yo deba saber? Preguntó el padre.
“No quisiéramos equivocarnos”. Respondieron.
“Pero tenemos la impresión de que es un niño especial, distinto a la mayoría.
Un niño, como le diría yo, un niño que será siempre niño.
Esa tristeza que el mundo llama hombre pequeñito,
hombrecito que no crece por fuera, que se vuelve hombre dentro sí mismo”
Sintieron los padres desplomarse sobre ellos el firmamento,
Vieron cara a cara la terrible ironía del Creador.
“Mi hijo es mi hijo” Dijo el padre.
“Dedicaremos nuestra vida a la adoración de este niño.
Todo lo que no sea él ha muerto para nosotros en este momento.
Aquí está el paraíso del niño.
Ni él ni nosotros saldremos jamás de esta casa.
Haremos de él el más feliz de los hijos,
y él hará de nosotros los padres más felices del mundo”.
Poco tiempo después tuvieron noticias del placer del niño por la danza.
Cuando los otros echan a andar él echó a danzar.
La madre al piano y el padre al violín era la orquesta
donde el hombrecito hallaba el tesoro de la música para danzar.
Bailaba el niño con rara perfección, sin otro maestro que él mismo,
o quizás lo poseía el transcuerpo de un bailarín muerto hacía tiempo,
pongamos Nijinski.
Los padres maravillados transformaron su casa en un teatro, pequeño,
pero con todos los detalles de un real coliseo,
alejados los tres del mundo vivían en la orbita de la danza y de la música.
Los padres, enajenados, fascinados por la perfección danzaria del hijo,
no advertían el paso del tiempo.
Encanecieron, aparecieron arrugas en ls manos, en el cuello y en el rostro.
El hijo seguía inalterable, sin modificarse ni cambiarse nunca en nada.
Nunca se pronunció en aquella casa la terrible palabra que designa a los niños que
no crecen.
cabeciblancos, temblequeantes, el piano y el violín enmudecieron un día.
El niño nunca había oído hablar de muerte, pero comprendió.
Al verlos muertos bailó sin música para ellos la oda fúnebre de Mozart,
en el cementerio, con la tumba abierta, con los padres ya en ella
Nijinski entró y repitió su gran salto que abría el espectro de la rosa.
Se arrojó el niño al fondo de la tumba
mientras se desvanecía en la niebla final
se veía a sí mismo bailando el Pierrot lunar,
y en su carita de anciano pequeñito quedó petrificada una extraña sonrisa.
(Dedicado a su padre)
El barbero, con el mayor respeto, dice:
“El señor tiene hoy muchas más canas que el mes pasado”.
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