

“Gastón Baquero no es tan gran poeta como se dice”. Eso escuchamos. Y nos quedamos, como se ha escrito mucho (y mal) por esos mundos de las letras, “con los ojos botados, como platos”. Era el palacio del Segundo Cabo, es decir, la sede del Instituto Cubano del Libro (ICL) donde aquello debiera ser entendido como una herejía. Pero eran también los tiempos de otra herejía: “hay que demostrarles que somos capaces de publicar la literatura del exilio, pero no cualquier literatura, publicaremos a los mejores escritores cubanos del exilio”, le oí decir en una reunión al Ministro de Cultura, Abel Prieto. Fui testigo directo, entonces, de la primera metamorfosis que sucedía ante mis ojos: vi a unas cuantas (y muy feas) orugas convertirse en mariposas, lo cual sucedía siguiendo el ciclo natural, quizás con las únicas diferencias de que no se les llamaba “orugas” (se les decía “gusanos, pues algunas orugas suelen tener hermosos colores) y de que no tenían que construir con sus propias manos la crisálida, pues en las oficinas del Ministerio de Cultura y del ICL un grupo de tejedores habían sido designados para esa delicada tarea de orfebre.
“Podemos publicar, por ejemplo, a Florit, que nunca se metió con nada. En definitiva, Gastón Baquero no es tan gran poeta como se dice”. Fue la frase exacta. Imaginé lo que pensaría mi querido Efraín Rodríguez Santana si escuchaba aquel venenoso disparate, y por eso, un par de años después, cuando ya no estaba yo en la plantilla de los trabajadores del ICL, asistí interesado a la presentación de la antología poética de Gastón Baquero, en una de las Ferias Internacionales del Libro, en la fortaleza de la Cabaña, en La Habana.
“Gastón Baquero, ¿quién lo duda?, es uno de los más grandes poetas de la lengua española del siglo XX”. Hermosa la frase, sobre todo dicha, con una naturalidad tan convincente que me llegó a confundir, por aquel mismo escritor-funcionario que, un tiempo atrás, en el pasillo frente a la Dirección de Literatura del ICL nos había soltado al escritor Alejandro Álvarez Bernal, al siempre sonriente Pablo Vargas y a mí, aquello de que “Gastón Baquero no es tan gran poeta como se dice”.
Existían, también, otras metamorfosis, digamos que no tan naturales. Hasta donde sé, la ciencia no registra ningún caso de mariposa que construya su crisálida y luego se transforme en gusano. Tampoco conozco que existan casos en la naturaleza de mariposas a las cuales se les fabrica una crisálida, de modo que ellas vean su posible casita y digan: ¡oh, qué hermosura!, y se decidan a habitar allí, sin saber que, una vez de vuelta a la luz, se verán convertidas en grotescos gusanos. Pero quizás los científicos deban darse un salto a Cuba. Pienso que si hicieran caso a ese slogan que los cubanos nos sabemos muy bien (y que aplicamos al pie de la letra no con mucho agrado): “Conozca a Cuba primero y al extranjero después”, otras serían las teorías sobre la metamorfosis. Y es que los científicos parecen haber olvidado que Cuba fue esencial para que el gran Alexander von Humboldt llegara al fondo de muchas de sus teorías sobre la naturaleza.
Sólo de ese modo, viviéndolo en carne propia, podrán comprender el modo tan tranquilo, digamos mejor pusilánime, con el que los intelectuales cubanos han observado estas metamorfosis, que se suceden de un estado a otro, violentando todas las reglas de Mamá Natura: mariposas como Lezama Lima o Cintio Vitier convertidos en gusanos luego de que algunos les tejieran sus trajes de homosexuales o católicos, respectivamente en su primera conversión, para luego verlos transformarse de gusanos a mariposas, esta vez cuando otros tejían sus nuevas crisálidas de poeta representante de la alta literatura cubana y de cantor eufórico de la Nueva Era, otra vez respectivamente. Como se ve, la hechura de la crisálida siempre cae en manos de alguien que, casi nunca, responde al verdadero pensamiento del animal metamorfoseado. La hechura de la crisálida que servirá de puente de ida y vuelta (de gusano a mariposa, y viceversa) tiene que ver, siempre, indudablemente, con una dualidad fáctica: meterse con algo o no meterse con nada (recuérdese la célebre frase: “Podemos publicar, por ejemplo, a Florit, que nunca se metió con nada”.
Ese “algo”, e incluso esa “nada”, para los intelectuales cubanos tiene un significado claro: todos los caminos, como decía cierta frase, conducen a la Revolución Cubana (y en el terreno de su influjo en el proceso de estas metamorfosis, podríamos hablar de que el paso de gusano a mariposa, o viceversa, dependerá de cómo el animalillo se ha comportado con respecto a ese entorno supuestamente más significativo para la historia humana que es una Revolución).
Bajo ese influjo, en estas últimas décadas, pudimos asistir a un grupo de metamorfosis, cada una de ellas más asombrosa: la mariposa Raúl Rivero convertida en el gusano borrachín que no escribe “ni una línea de buena poesía”, en palabras del Ministro; el gusano Lino Novás Calvo vuelto la brillante mariposa (que alguien regresó a la isla alfilereada y seca después de su muerte); la mariposa Jesús Díaz transformada en el gusano más horrible que ojos cubanos vieran, ante cuya muerte estallara la alegría (otra vez del Ministro, soy testigo); el gusano Edmundo Desnoes trastocado en mariposa que quiere posar nostálgicamente su viejo esqueleto colorido en el desvencijado esqueleto de la Revolución; la mariposa Manuel Díaz Martínez que se vuelve una oruga “llena de rabia y frustración”, según dijera un escritor expresidente del ICL; “la gusana detestada” Virgilio Piñera reaparecida como grácil mariposilla que puede exponerse internacionalmente, ¡y con orgullo, que conste!, entre los lauros de la literatura revolucionaria. Es bien largo el listado. Tan complejo, que rompería la cabeza a los más iluminados expertos en metamorfosis. Y curiosamente (algo que daría mucho que pensar a los científicos) donde suele ser cada vez más rara la conversión de gusano a mariposa y cada más frecuente la transformación de mariposas en gusanos.
Abundan más, por esa razón, los poetas geniales convertidos en “detestables borrachos”, los grandes narradores devenidos en “mediocres fabuladores de las miserias”, los serios investigadores transformados en “disfrazadores de la verdad histórica nacional”, los clásicos dramaturgos catalogados de “perpetradores de teatro”, las jóvenes promesas de nuestra literatura trastocados en “mercenarios que venden al imperio lo que les dio nuestra cultura revolucionaria”, los más laureados ensayistas transmutados en “pensadores de pacotilla”… es decir, mariposas que, por andar pensando demasiado en ese “algo” innombrable, luego de que “algunos” se encierren en las oficinas de ciertos ministerios de la isla a tejer las nuevas crisálidas que se han ganado por sus “malos oficios”, renacerán ante el asombro de muchos (y a veces de ellos mismos) con la rugosa y fea piel de los gusanos (y nótese otra vez que no hablo de orugas, pues éstas suelen tener hermosos colores).
Hace poco más de un mes, en un mensaje llegado desde Cuba, un amigo escritor me contaba que el novelista más reeditado en la historia de las letras revolucionarias después de nuestro genial Alejo Carpentier (es decir, el Ministro de Cultura y su nunca bien ponderada novela El vuelo del gato) comentó en una de sus últimas visitas de apaciguamiento de los caldeados aires intelectuales en el interior de la isla, que había surgido “una revistica por ahí, dirigida por tres mediocres resentidos” (en clara referencia a Otrolunes y sus tres directores: los poetas y narradores León de la Hoz, Ladislao Aguado y quien escribe esta columna). Unas semanas después, en una de sus entrevistas con el periódico Granma Internacional, el “destacado escritor Eliades Acosta” (y eso de destacado lo dejaba saber el periódico, que conste), recientemente nombrado por el presidente interino Raúl Castro como Jefe del Departamento de Cultura del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, hablaba de que fuera de Cuba la promoción literaria se caracterizaba por una máxima de índole política: “tanto hablas contra Cuba, tanto recibes”, y ponía de ejemplo a “un escritor realmente menor” llamado Amir Valle.
Enseguida caí en la cuenta de la molestia del destacado novelista Eliades Acosta: ¿cómo era posible que alguien, por esos sucios mundos, se atreviera a copiar la fórmula que Cuba utilizaba para convertir mariposas en gusanos? Supe que se trataba de simple celo profesional: ellos habían inventado la fórmula y no podía permitir el nuevo ideólogo de la cultura cubana que eso de “tanto hablas a favor de la Revolución, tanto recibes” fuera aplicada por nadie más, y mucho menos en sentido contrario.
Lo otro, eso de que me convirtiera de mariposa en gusano, realmente no me preocupó: un rápido repaso en mi mente al amplio listado de las anteriores mariposas metamorfoseadas en gusanos por obra y gracia de la política cubana, la mayoría pertenecientes (aunque a muchos en Cuba le pese) a eso que alguien llamó Parnaso de las letras cubanas, bastó para sentirme orgulloso de estar en el lado de los feos y rugosos gusanos.
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Por
León
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Sin la independencia de la boca sobre el cerebro es difícil imaginar que un ser humano pueda articular tanta estupidez, a no ser que sea un extraño caso clínico de los Expedientes X. Sólo cabe preguntarnos si también cuando duerme esa boca no deja de cometer palabras.