Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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La perseverancia de una comunista italiana

Entrevista a Alessandra Riccio

Por Idalia Morejón

Página 1

Alessandra, como sabes, estoy preparando un libro sobre las revistas Casa de las Américas y Mundo Nuevo, por lo que me gustaría conversar contigo sobre algunos escritores y hechos políticos o culturales que están relacionados con estas publicaciones. Uno de los momentos que me interesa trabajar es la transición que se da a finales de la década del sesenta y comienzos del setenta. El caso Padilla es siempre señalado como divisor de aguas entre la intelectualidad de izquierda, lo cual he podido constatar no sólo en los estudios críticos sobre la época, sino también en artículos, entrevistas, memorias, biografías y autobiografías de escritores latinoamericanos y europeos que participaron o protagonizaron las transformaciones ideoestéticas de ese período. He notado que existía una especie de consenso en cuanto al apoyo de los intelectuales de izquierda a la revolución cubana, pero también he encontrado opiniones críticas.

En 1969 Casa de las Américas publicó una entrevista con el poeta alemán Hans Magnus Enzensberger, que había sido jurado del premio Casa; él señaló algunas cosas que hasta ese momento, por lo menos en la revista cubana, nadie había problematizado tan claramente. En primer lugar, la visión mistificada que la izquierda europea tenía de los símbolos revolucionarios, la actitud de consumo ante esos símbolos, pero sobre todo el hecho de que esa “distorsión” le fuera intrínseca al propio concepto de Tercer Mundo.

Me gustaría saber ¿cuál era tu visión de la Revolución Cubana en ese momento como intelectual europea?

Es cierto que la Revolución Cubana fue un impacto formidable desde el punto de vista mediático, incluso te diría de imagen. Si alguien hubiera diseñado la forma más moderna de presentar una revolución, no habría llegado a aquellas imágenes de hombres jóvenes, bellos, alegres. Jamás fueron imágenes de tortura, muerte, dolor; siempre había alegría, entusiasmo, fuerza, modernidad. Eran todos gente bella, por ejemplo los atuendos, lo que ahora es muy normal, la forma de vestir de los guerrilleros era absolutamente nueva; no eran los uniformes de los ejércitos autoritarios, no era ya la imagen del vestido a traje completo, era una cosa muy informal y liberaba desde el punto de vista de la imagen. Esto fue en Europa, en América y en medio mundo. Yo admiro mucho a Enzensberger, sin embargo, no hay que olvidar que es un alemán occidental, y como explicó muy bien Günter Grass, Alemania vivía la frontera, lo que se llamaba la cortina de hierro, como la frontera con el mal; el mal venía del lado Este de Europa, por lo tanto, estaban con una sensibilidad muy despierta sobre cuestiones de alianza, de comunismo, de las relaciones Este-Oeste, etc. En cambio, por ejemplo, Francia había tenido en los años sesenta la tragedia de la guerra de liberación de Argelia, donde Sartre, que fue una de las mentes más afines de aquella época, influyó enormemente. Los cubanos leían a Sartre, él a su vez estaba interesado en lo que pasaba en Cuba, el mismo Che era un lector devoto de su obra. No olvides que Franco estaba en España, Salazar en Portugal, los coroneles griegos en Grecia, o sea, era una situación nada ideal, por lo tanto la revolución cubana cae en un horizonte de espera política, social, artística, intelectual, que es después de la segunda posguerra, después de haber comenzado a reconstruir, después de que el mundo se amplía y al mismo tiempo se polariza. También la gente está deseando más, y ese más la imagen de la revolución cubana lo da. Cuando empiezan a verse contradicciones, muchos de los intelectuales europeos se dicen: estamos en las mismas, y es mejor dejar esa papa caliente. Y el caso Padilla fue enormemente aupado, engrandecido, magnificado, ampliado, porque era un poco el temor que cada uno tenía que de repente aquella demostraba que la revolución iba a ser una cosa dura, represiva, cosa que después de más de cuarenta años no ha sido, pues ha sido siempre una pelea para ampliar caminos. No ha sido fácil, pero no ha sido cerrada. No podemos decir que esta revolución no cambió o se endureció por momentos, pero por otros tuvo un recorrido como debe ser, de avanzar y retroceder, de cambiar, de dar vueltas. Pero aquellos años que tú estudias, que son años claves, efectivamente llegaron a esas radicalizaciones. El caso ejemplar para mí es el de Julio Cortázar. En la prisa, en el apuro, en la alarma de lo que está pasando en Cuba firma la primera carta a Fidel Castro, pero luego tenemos una gran correspondencia, que Roberto Fernández Retamar publicó, donde se ve muy bien la trayectoria de Cortázar y sus conclusiones.

La Revolución se portó mal con Padilla, pero Padilla se portó mal con la Revolución. Son cosas que suceden, el problema es ver cómo se sale de la crisis, y en la Historia, alguien paga siempre; son los héroes, los mártires, o sencillamente los que no están a la altura. Yo recuerdo siempre una frase de un gran crítico cubano que se fue de la isla en los años sesenta, se hizo crítico fuera de Cuba, se llamaba Julio Miranda, que desgraciadamente murió muy joven, y él decía: si es una pena que la Revolución haya perdido un poeta, mayor pena es que un poeta haya perdido una Revolución. O sea, existe la transitoriedad de las cosas, siempre hay dos puntos de vista. El problema es qué balance sacamos cuando todo esto lo podemos examinar con un poco de distancia.

Una de las cosas que más impactó en el caso Padilla no fue tanto el hecho de que alguien pagara y que fuera él, sino cómo fue que pagó. Se discutió mucho la manera en que se le pidió una corrección o una autocrítica, porque inmediatamente se hicieron las conexiones con lo que los propios intelectuales europeos ya habían vivido mucho más de cerca a través de la Unión Soviética.

Sí, y esto fue un problema, porque al final Padilla se quedó tres semanas preso, acompañado por un oficial de la Seguridad que era su tutor y trataba de convencerlo. Es una forma de proceder inadmisible dentro de un cuadro de libertades, de pensamiento, de opinión y de ideas, pero también tienes que pensar que esta revolución estaba inventado todo, y algunas cosas tuvo que copiarlas a la fuerza por la prisa misma de rehacer el país.

Yo conocí a Padilla, lo conocí en el 77, iba a su casa; él estaba casado con Belkis Cuza Malé, tenía un niño que se llamaba Ernestito, naturalmente como el Che. Era un hombre desesperado, alcohólico, pero tuvo la amistad de Pablo Armando Fernández, cuya casa frecuentaba. Allí había siempre visitas extranjeras, yo entre otras, por eso soy testigo. Padilla era muy tremendo y provocador, no perdonaba una; era muy malo en el sentido de un ser un poco maligno, que siempre apostaba a las debilidades de uno; muy arrogante, inteligente. Al año siguiente, en el 78, Belkis tuvo la posibilidad de irse con el niño, y al otro año se fue Padilla, que fue recibido en Filadelfia creo que por Ted Kennedy. Han tenido todas las oportunidades, pero ni él ni Belkis han hecho una gran obra fuera de Cuba, es más, se divorciaron, él siguió tomando. Murió solo como un perro, lo descubrieron muerto sus estudiantes dos o tres días después. A mí me parece, lo pienso con una pena infinita, que ese hombre jugó. Fue buen poeta cuando tuvo argumentos. Después, él mismo no sabía contra quién. Hubiera sido mejor que se quedara, aunque fuera a luchar, dentro de su país.

Además, otra cosa que sí te lo puedo decir como testimonio; yo le pregunté: “¿por qué tú pronunciaste aquella autodefensa miserable, manchando las manos de todos allí, desde Norberto Fuentes hasta Lezama Lima?” —y él dijo: “Yo quise hacerlo tan exagerado para que la gente entendiera”. Recuerdo su guiño, como quien dice: era una astucia mía para que la gente entendiera que me lo habían sacado a la fuerza. Yo desde el punto de vista ético no sé qué decir. ¿No hubiera sido mejor que él pronunciara en aquella asamblea una noble defensa de las libertades intelectuales, en vez de aquella cosa miserable? Nadie lo había torturado, nadie la había dado picana. Claro que lo habían coercionado, pero un hombre es un hombre, también tiene un abanico de posibilidades de reacción. Pero él quería convertirse en la gran víctima y ser así el niño bonito de la intelectualidad izquierdosa europea. Me da pena pensar en Heberto Padilla, ha tenido amigos que lo han querido enormemente, ha tenido mujeres, ha tenido hijos, ha tenido una revolución, de la cual en los primeros años fue un niño mimado.

Lo fue en la época de Lunes de Revolución, igual que Pablo Armando Fernández.

Pablo Armando Fernández es un caso totalmente diferente. Para Pablo Armando la Revolución fue el hecho de su vida, es un poeta que no quiso perderse esa revolución. Pero en fin, hay muchos que se han ido sencillamente porque no podían soportar. Pero, quiero decirte, no fue víctima. En Italia el caso Padilla fue gravísimo, terminó el idilio con la intelectualidad italiana. Alberto Moravia, Rossana Rossanda, a partir de 1971 se olvidaron de Cuba, durante diez años por lo menos.

Durante el llamado “Quinquenio Gris”, que fue mucho más que un quinquenio.

Ahora le dicen la Década Negra. Exagerado. Yo fui a Cuba en el 77 por primera vez, había cosas interesantes. Tienes que pensar que estaba vivo Carpentier, Lezama se acababa de morir, Virgilio estaba vivo, Rodríguez Feo también. En fin, todos ellos estaban vivos y había discusiones, aunque no fuera en la línea oficial.

¿Cuando llegas a Cuba es para trabajar?

No, fui con una beca de posgrado a través de un programa de intercambio entre los gobiernos de Cuba e Italia. Yo era profesora ayudante de literatura hispanoamericana; había descubierto a Lezama y lo adoraba. La beca era de nueve meses, pero me quedé un poquito más. Viví como una estudiante y conocí a medio mundo. Además, muchos de estos escritores tenían poco trabajo, y hemos podido conversar horas, días, noches.

Por lo general los escritores tenían empleos afines con su vocación o con su talento.

Sí, ellos trabajaban en editoriales, en centros que no les exigían un horario de trabajo cerrado. Recuerdo que muchas veces conversábamos durante las noches de guardia.

A una extranjera le era muy fácil circular por el medio intelectual; en esa época el contacto con el exterior estaba bastante cerrado, así que cuando llegaban extranjeros llegaba aire fresco.

Una extranjerita como yo no podía llamar la atención de nadie, porque allí no había nada que comprar. Yo no tenía acceso a ninguna diplotienda. Claro, tenía un poco de divisa, pero para comprar café. Porque no había qué comprar.

No me refiero a lo material, sino al intercambio cultural, a la troca intelectual.

Estaba cerrado y todo lo que tú quieras, pero yo en esa isla he conocido a medio mundo. Venía el jurado del Premio Casa de las Américas y podía acercarme a ellos. “¿Usted es Cortázar” —le pregunté en una ocasión y me respondió: “Sí, querida”, y tomamos un café y conversamos. Igual con Benedetti y con otros, que hacían de La Habana un lugar de tránsito intenso, de gente muy asequible —Ernesto Cardenal, Gioconda Belli...

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