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Verdaderamente sospechoso es no infundir sospechas.
He participado en no pocos eventos teóricos en los que la propuesta ha sido una suerte de búsqueda de lo que ocurre hoy en el natural fluir de la narrativa cubana. Esto incluye intercambio con algunos “teoristas”, más que teóricos. Las opiniones son divididas. Presiento que nunca se llegará a un acuerdo porque se pretende encasillar el fenómeno en conceptos superficiales de literatura y mercado, tendencias estéticas y no sé otras cuántas categorías. Para unos la verdadera literatura emerge desde el rincón de un oscuro cuartucho donde el escritor alumbra un texto que el tiempo, el implacable, se encargará de colocar en el lugar merecido y dejan al margen a “los otros”, prostituidos por el mercado. Detractores y detractores: los que miran por encima del hombro al “criminal mercado” como vía de legitimación, sin embargo, escriben con la evidente intención de penetrarlo. Hunos y otros husmean con atención qué se vende, dónde está el tema que deben abordar para “pegar” con un libro, válgame el concepto usado en música popular. Más de lo mismo cada vez y, en el fondo, el teorema se mantiene inamovible. Creo que el asunto es más espinoso (tal vez, en medio de tantas contradicciones, extremadamente simple) de lo que todos suponemos. Yo, que apenas me acerco con la mirada asustadiza de autor que observa desde las gradas, para usar un término beisbolero, me permito esta reflexión expuesta a la “incompletez”, palabra lezamiana y, “en todo caso, éstos son los pasos de mi peregrino errante son, que me dictó dulce musa en soledad muy, pero muy confusa”, evocando a González Echevarría. No pretendo establecer un canon cubano. Proponerlo, con el respeto que merecen quienes se han acercado al tema, puede terminar en errática y ambigua lista de autores y libros y por entre la cortina tangible de tanta lluvia pueden filtrarse las arterias de lo cierto. Tampoco me interesan contradicciones de una parte u otra sino, en ambas direcciones, la representatividad en el momento de elegir el tema al abordar el acto narrativo.
Es imposible analizar el transcurrir de la narrativa cubana al margen del resto del universo del que formamos parte. Asumirla con ese concepto tan nuestro de aldea ombligo del mundo sería desatinado.
En el sustancioso análisis “La desprestigiada herencia de Cervantes” Milán Kundera, refiriéndose a la novela, que hago extensivo a la narrativa en general, esclarece las causas que han motivado lo que Husserl, llamaba, con una expresión hermosa y casi mágica: el olvido del ser.
Según el autor de Los sonámbulos “no podemos hablar de la novela como ente independiente del hombre porque, ensalzado antaño por Descartes como dueño y señor de la naturaleza, el hombre se convirtió en una simple cosa en manos de fuerzas (las de la técnica, de la política, de la Historia) que le exceden, le sobrepasan, le poseen. Para esas fuerzas su ser concreto, su mundo de la vida no tiene ya valor ni interés alguno: es eclipsado, olvidado de antemano”.1
A esto no escapa la narrativa cubana, que ha motivado estudios de ensayistas de valía: Ambrosio y Jorge Fornet, Harold Bloom, Rafael Rojas, Jorge Luis Arcos, Amir Valle, Lisandro Otero entre otros. Existe coincidencia, en mayor o menor medida, en que el Canon Cubano (confieso que no me atrae el término) se divide en antes y después de 1959; fecha imprescindible para cualquier crítico de arte, periodista, historiador, sociólogo, científico, artista o político, por necesaria como línea divisoria, parte aguas del que afloraron contradicciones e indiscutibles cambios en la vida y el pensamiento cubano, sobre todo en el pensamiento.
Para entender el fenómeno, sin pretender un estudio con la profundidad que requiere, espacio que dejo para académicos y especialistas, se me hace necesario establecer una división de género.
Si tenemos en cuenta la afirmación del autor de La insoportable levedad del ser, en testimonio las obras destacables antes del 59 se limitarían a: El presidio político en Cuba y el diario De Cabo haitiano a Dos ríos, de José Martí; Crónicas de la guerra, de Miró Argenter; Los Diarios de Máximo Gómez, Carlos Manuel de Céspedes y Antonio Maceo; Presidio Modelo, de Pablo de la Torriente y el alegato de autodefensa La historia me absolverá, de Fidel Castro.
El período más rico y de más posibilidades testimoniales comienza en 1959 y, contradictoriamente, el testimonio cede espacio al resto de la narrativa y el círculo se cierra alrededor de Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Guevara de la Serna; Yo también maldije a Dios y La medianoche del cordero, de Amador Hernández; La mañana del siguiente día y Los últimos peldaños de la muerte, de Juan Carlos Pérez; En el nombre de Dios y Con Dios en el camino, de Amir Valle —es destacable que (no creo que casualmente, sino causalmente) Cuba no es el tema en las obras de Juan Carlos y Amir—; Llover sobre mojado, de Lisandro Otero; Habana-Babilonia, también de Amir Valle (esta vez, sí, con un tema cubano); Informe contra mí mismo de Eliseo Alberto y El diario del Ché en Bolivia. Quizá deba incluirse Antes que anochezca, pero los recursos hiperbólicos de Reinaldo Arenas caen sobre el texto con efecto invernadero y se convierte en un ajuste de cuentas. De haber sido tratado con el rigor del escritor mayor que fue el autor de El mundo alucinante, el libro pudo resultar un documento desgarrador.
Lo ocurrido en Cuba con el género, la pérdida de valor literario que le hemos achacado se debe, según Amir Valle, a que “tristemente, para la mayoría de los narradores... el testimonio tiene más que ver con la historia (y en varios casos con la política oficial) que con la literatura. No aceptan, por lo menos en nuestra realidad —algo que reconocen sí sucede en otros países—,que un buen cuento pueda ser tan bueno como un gran reportaje o un testimonio con todas las de la ley. Además, este último género no se halla entre sus lecturas, salvo en esas ocasiones en que surge un libro recomendado bajo el rótulo de «imprescindible». Muchos afirman o dejan traslucir que en Cuba el testimonio siempre ha estado vinculado directamente a la política y que, sea en concurso o en el sistema editorial, se entiende como «el mejor» aquel que se refiera a un hecho de nuestra lucha patria en cualquiera de sus etapas”.2
Obsérvese que entre los textos antes citados sobresale un grupo de diarios y memorias en las que el hombre se encuentra en situación límite. Revelaciones, fragmentos de vida en los que el lector se halla a sí mismo, reconocido en manos del escritor que lo hace suyo a través del (o los) personaje. Esta deferencia se vuelve contra el escriba porque pasa, junto con lo literario, a ocupar un lugar subalterno; sin embargo, el escritor se salva porque se ha percatado de que tiene a su favor, como elemento de legitimación temática: “la voz de los sin voz”.
El testimonio cedió espacio ante el resto de la narrativa. Pasajes de la guerra revolucionaria, del Ché pudo resultar un excelente libro de cuentos; sin embargo, la realidad se nos muestra sin atisbos de ficción como no sea la mera pericia del escritor que fue Ernesto Guevara. Entonces el axioma se invierte y
Los cuentistas abordan sus temas desde la ficción, se refugian en la acción y efecto de fingir para mostrar la cruda realidad difuminada. Aparecen textos imprescindibles: Los años duros, de Jesús Díaz, Condenados de Condado, de Norberto Fuentes y Los pasos en la hierba, de Eduardo Heras León, libros que pudieron ser magníficos testimonios. No por gusto llamada “narrativa de la violencia”. La razón de su éxito se debe a la cercanía de los temas con la realidad circundante, suerte de revelación, ficción obligada a ser más que ficción.
Después de 1959 la cuentística ha levantado el estandarte de nuestra interrogación existencial, quien se lleva las palmas al revelarnos “el mundo de vida” con un punto de partida en estos tres libros fundamentales. Luego se produce un segundo momento, esta vez de giro, con Nosotros vivimos en el submarino amarillo, de José Ramón Fajardo y Se permuta esta casa, de Guillermo Vidal. En 1991 aparece con el sello de Ediciones Luminaria (una editorial de provincia, vale apuntar) “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, de Senel Paz, que había ganado el premio de Radio Francia Internacional y abre camino a una renacida curiosidad por la realidad y la nueva literatura cubana. Recientemente, una tercera coyuntura en los premios Alejo Carpentier con La bandada infinita, de Jorge Luis Arzola; Los hijos que nadie quiso, de Ángel Santiesteban quien, además, había ganado el premio de la Unión de Escritores en 1995 con Sueño de un día de verano, publicado en 1998 y reeditado en España por Ediciones Emily en el 2005, esta vez con el título original: Sur, latitud 13 y con los cuentos excluidos de la edición cubana. Su más reciente premio Casa de las Américas: Dichosos los que lloran, sitúa a Ángel Santiesteban en la punta del iceberg de la cuentística cubana contemporánea.
Estos libros desbordan el phatos de sus autores, instan al descubrimiento, nos empujan al conocimiento de una parte hasta entonces desconocida de la existencia.
La producción cuentística cubana es copiosa e importante. Los libros publicados por las editoriales de provincia no se han valorado como merecen, son los “niños feos de la industria editorial cubana”. El cuento sobrepasa al resto de la producción narrativa del patio y en esto juegan un papel importante los talleres literarios y su buque insignia que es el Onelio Jorge Cardoso que dirige, impulsa, defiende Eduardo Heras y que viene a ser nuestro Harvard de técnicas narrativas.
Con la novela no ocurre lo mismo. No olvidemos que la narrativa está en manos del hombre y éste expuesto a “Las Fuerzas”. Se han publicado muchas novelas, pero ninguna escapa a la camisa de fuerza que impone la Historia. Están expuestas a la inmediatez. Fue el propio Milán Kundera quien nos puso ante una verdad insoslayable: “La novela ha descubierto por sus propios medios, por su propia lógica, los diferentes aspectos de la existencia: con los contemporáneos de Cervantes se pregunta qué es la aventura; con Samuel Richardson comienza a examinar lo que sucede en el interior, a desvelar la vida secreta de los sentimientos; con Balzac descubre el arraigo del hombre en la Historia; con Flaubert explora la terra hasta entonces incógnita de lo cotidiano; con Tolstoi se acerca a la intervención de lo irracional en las decisiones y comportamiento humanos. La novela sondea el tiempo: el inalcanzable momento pasado con Marcel Proust; el inalcanzable momento presente con James Joyce. Se interroga con Thomas Mann. La novela acompaña constante y fielmente al hombre desde el comienzo de la Edad Moderna. La pasión de conocer (que Husserl considera como la esencia de la espiritualidad) se ha adueñado de ella para que escudriñe la vida concreta del hombre y la proteja contra el olvido del ser; para que mantenga el mundo de la vida bajo una iluminación perpetua. En ese sentido Hermann Broch repetía: descubrir lo que sólo una novela puede descubrir es la única razón de ser de una novela. La novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral. El conocimiento es la única moral de la novela”.3
Los puntos de vista coinciden en los que hicieron su obra fundamental antes de 1959: Alejo Carpentier por El siglo de las luces y El arpa y la sombra, y José Lezama Lima por Paradiso. Roberto González Echevarría, parafraseando a Borges, dice que no ha merecido la obra de Virgilio Piñera. Los que surgen después de ese año: Guillermo Cabrera Infante por Tres tristes tigres; Severo Sarduy por Maitreya y De donde son los cantantes; Reinaldo Arenas por El mundo alucinante, y Miguel Barnet por Biografía de un cimarrón y Canción de Rachel, dos novelas–testimonio en las que el autor hace un ejercicio de valor para situarse (valga citar dos autores foráneos de diferentes culturas y presupuestos estéticos) junto a Truman Capote: A sangre fría; y al Jorge Edwards de Persona non grata.
Podemos estar de acuerdo con uno o con otro, pretender que se incluya o se excluya. Los criterios siempre estarán signados por formaciones estéticas. En mi caso me gustaría incluir, en ambas direcciones, Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro; La carne de René, de Virgilio Piñera; a Lino Novás Calvo por Pedro Blanco, el negrero (sólo dos de sus cuentos: “La noche de Ramón Yendía” y “Long Island” lo sitúan entre lo mejor de la narrativa cubana); El pan dormido, de José Soler Puig; La iniciales de la tierra, de Jesús Díaz; Un tema para el griego, de Jorge Luis Hernández; Hoy es lunes, de Andrés Casanova y una novela que, a pesar de nominada al premio nacional de la crítica, no ha sido tenida en cuenta como merece: Matarile, de Guillermo Vidal.
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