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Desde hace años se viene estudiando, especulando, imaginando cómo será la Cuba del futuro, qué ocurrirá cuando se produzca el «hecho biológico», por utilizar el eufemismo que gustaba a la prensa oficialista en los años del tardofranquismo en España. Es evidente que para los guardianes de la «revolución» se cumplirán las «previsiones sucesorias» si me permiten continuar con el símil hispánico —al fin y al cabo estamos hablando de dos gallegos que se admiraban en el fondo—. Y lo previsto por ellos no es otra cosa que la continuidad de la institucionalidad revolucionaria, monopartidismo, dictadura del proletariado, control absoluto de la sociedad, etc.
Pero casi nadie en Cuba ni fuera de ella cree que después de Castro pueda consolidarse por mucho tiempo el sistema que él creó y del que durante cuarenta y ocho años, por ahora, fue no sólo líder indiscutible sino encarnación, sustancia y levadura, al punto de dar su nombre al mismo, el castrismo, tal como Stalin dio al suyo, estalinismo, o Franco al propio, franquismo. Pero la prospectiva —conjunto de análisis y estudios realizados con el fin de explorar o predecir el futuro— es una de las ciencias más inexactas o con mayores fallos que uno pueda encontrarse y todos los esfuerzos que hagamos por prever qué va a ocurrir en Cuba pueden resultar baldíos.
Pero no es un ejercicio inútil, sino de lo más necesario, estudiar y analizar en qué fundamentos podemos apoyarnos, tanto en recursos humanos como medios y materiales, para tratar de reducir los riesgos y potenciar las oportunidades de un proceso de transición de un sistema totalitario de economía estatalizada a un sistema de sociedad abierta y estado social y democrático de derecho, pluralismo político y respeto y garantía de los derechos humanos civiles, políticos, sociales y culturales.
Antes de continuar hay que decir que escribir de este tema por parte de un no-cubano se debe entender como un compromiso de amistad y de solidaridad con el pueblo cubano, pero en absoluto de injerencia ni menos de sustitución de quien debe ser el único protagonista en la construcción de su propio futuro y el de su país: el pueblo cubano. Parece obvia esta afirmación, pero no lo es tanto cuando vemos que un partido «dirigente y guía» lleva varias décadas hablando en nombre de dicho pueblo sin consultarle o que gobiernos y agentes extranjeros de lo más diverso, pero especialmente los sucesivos gobiernos de los EEUU, vienen dictando lo que hay o no hay que hacer en la transición cubana, como si un algo de su propiedad privada se tratara.
Para intentar ordenar un poco este modesto análisis adelantaré los actores probables del hipotético proceso de transición: el propio pueblo de Cuba, de la isla y de la diáspora, los sectores más dinámicos del propio régimen, la disidencia organizada, los intelectuales y el mundo de la cultura, la iglesia católica como institución, los factores externos, particularmente los EEUU, América Latina, la Unión Europea (y en la misma el papel de España). También creo útil establecer aproximaciones comparativas de las transiciones en la propia España, en otros países de América Latina que sufrieron dictaduras y en los países excomunistas del este europeo.
El pueblo cubano, en eso creo que todos estaremos de acuerdo, aspira a superar el estado de permanentes carencias y ausencia de libertades y de esperanza. Una de las frases que más he escuchado en mis visitas a la isla es «mis hijos aquí no tienen futuro». Cuando piensan en lo que nosotros llamamos transición, ellos esperan un sistema en el que no sólo existan libertades sino oportunidades de mejorar, que el esfuerzo personal, el trabajo, sirvan para algo más que para sobrevivir malamente o alimentarse sólo de arengas y discursos «revolucionarios» (Martín Amís propone que cuando leamos la palabra «revolución» en estos sistemas envejecidos pongamos «contrarrevolución» y acertaremos).
Pero cuando un pueblo vive casi medio siglo bajo un régimen opaco, la opinión pública como tal no existe, no puede medirse, porque por razones obvias la gente no va a decir necesariamente la verdad a unos encuestadores ni éstos, si pertenecen a organismos demoscópicos independientes, son autorizados por el Gobierno que, como en todo, tiene el monopolio absoluto. Por ello no podemos saber «científicamente» qué es lo que piensa de multitud de temas relacionados con la transición el pueblo en su conjunto, pero me atrevería a conjeturar que la mayoría desearía un cambio en profundidad aunque una amplia minoría permanece aún apegada a una fidelidad, a un conjunto de consignas —no las llamaría ideas— inculcadas desde la infancia en todos los ámbitos de la vida. Creo que el pueblo cubano está hastiado de política, está cansado, harto de consignas revolucionarias y de escasez de casi todo. El viejo Karl Marx estudió bien la alienación, lo que me libera de profundizar más en esta línea.
Si a ello añadimos que la mayoría de los cubanos vive, no tienen otras alternativas, de las instituciones del Estado o de sus numerosísimas empresas y organismos, ineficientes y superfluas en muchos casos, muchos temen que si se derrumba el sistema ellos quedarán en el paro por lo que defienden con uñas y dientes conservar lo existente. Probablemente los mejor informados o los más competentes o lúcidos pensarán que sus servicios serán necesarios al país en cualquier circunstancia y colaborarán en la transición.
Cuando hablo del pueblo cubano me refiero también a los centenares de miles que viven fuera y que se vieron forzados al exilio político y económico. Después de tantas décadas es probable que la mayoría no retorne o que lo haga sólo ocasionalmente, pero su opinión debe ser tenida en cuenta en la transición si bien hay que tener presente que del proceso serán principales protagonistas los que viven en la isla. El exilio, por otra parte, no es políticamente uniforme, existen multitud de organizaciones de muy diversa ideología, aunque el sector públicamente dominante ha sido, hasta hace poco tiempo, el más radical y derechista de los ubicados en Miami, cuya gestión no ha hecho más que reforzar el inmovilismo de los duros de La Habana lo mismo que estos han dado continuos argumentos a aquellos, como si se retroalimentaran mutuamente.
Ello me lleva a tratar de aproximarme a lo que más arriba he llamado los sectores dinámicos del castrismo. En todas las transiciones de dictaduras a democracias que han tenido lugar en los últimos veinticinco años el cambio de régimen no se ha producido con una sustitución total y completa de la clase dirigente, sino con una combinación de sectores emergentes de la oposición democrática y la reubicación de los dirigentes más competentes, inteligentes u oportunistas de la dictadura. Así fue en España, en Chile y en los países excomunistas del este europeo. Añadiría además que considero es la mejor fórmula o la menos mala para garantizar un tránsito no traumático y pacífico. Pero ¿cuáles son esos sectores más dinámicos del castrismo? Por lo que sé los hay en el seno de las fuerzas armadas, entre los gestores de empresas públicas e incluso en la nomenclatura del Partido Comunista Cubano, pero ninguno moverá un dedo ni dirá una palabra antes de tiempo. Atención especial a los servicios de información e inteligencia, que son los que mejor conocen la quiebra política y económica del sistema y sus miembros más listos serán de los primeros en colocarse bien en el proceso de transición.
La mayoría de los analistas consideran que será muy importante en el arranque y los primeros pasos de la transición el papel de la iglesia católica como institución y ello no sólo porque a pesar de cerca de medio siglo de ateísmo oficial millones de cubanos siguen siendo católicos —y escribe estas líneas alguien que no lo es— sino porque en la estatalización radical de la sociedad cubana impuesta por el castrismo desde los años sesenta, la única institución independiente que sobrevivió, en medio de mil dificultades y trabas, fue la iglesia católica y en otros países, como España y Polonia, jugó un importante papel de asidero cuando se produjeron vacíos de poder, convulsiones o situaciones de inseguridad y vértigo político.
El universo no menos plural y cambiante de la disidencia u oposición democrática que se desenvuelve en medio de enormes dificultades, perseguida, acosada y también, desgraciadamente, infiltrada por los servicios de seguridad del régimen, tiene un mérito enorme y no ha sido inútil su sacrificio porque ha servido de referente ético para muchos que no se atrevían ni se atreven a exponerse tanto. Debe jugar también un papel en la transición. Me interesan especialmente las propuestas del Arco Progresista y la Corriente Socialdemócrata que encabeza Manuel Cuesta Morúa. Sin embargo los antecedentes demuestran, sobre todo en las transiciones en los países excomunistas, que no siempre la Historia les hace justicia.
El mundo intelectual y cultural, tan rico y variado en Cuba y en la diáspora, deberá tener una responsabilidad importante en la orientación del pueblo en los momentos, siempre difíciles, de una transición hacia la democracia. Ello supone valentía y compromiso, lo que conlleva riesgos que no siempre supera un mundo que ha estado, me refiero al que sobrevive en la isla, sometido durante décadas a un control absoluto y a la pérdida de dignidad que supone negarse a sí mismo plegándose a las exigencias del poder porque lo contrario supone cárcel, exilio o muerte civil. Sí creo importante, como en los otros sectores, que no existan ajustes de cuenta ni revanchismos que ensombrecen y ponen en peligro al propio proceso de transición, pero a ello me referiré más adelante. En mi país, por ejemplo, hubo intelectuales importantes que no sólo colaboraron con la dictadura franquista sino que denunciaron a otros colegas por desafectos, que sufrieron persecución por ello, y sin embargo en la transición, éstos tuvieron la generosidad de no exigir cuentas a aquellos.
Me propuse más arriba referirme también, aunque sea someramente, a otras transiciones que tuvieron lugar en las últimas décadas tanto en América Latina como en Europa. Sólo analizaré los elementos comunes que puedan ser útiles a la transición cubana. Ya he escrito que en las transiciones que no se producen por un golpe de estado o una revolución, es decir ninguna de las citadas, el aparato político-administrativo-económico del régimen anterior no es sustituido por completo por la oposición democrática y el exilio. Normalmente ello garantiza mejor una transición pacífica, ordenada y con las menores convulsiones posibles. Lo que más temen los pueblos es al caos, el desorden y la anarquía. Pero evitar todo ello supone un ejercicio sincero de diálogo, de comprensión de las posiciones del otro, de renuncia a posiciones propias por legítimas que sean en aras del interés general. Comprendo las dificultades para entender lo que digo porque el que esto escribe fue opositor activo al franquismo y conoce bien los odios acumulados por décadas de represión pero pude, pudimos, comprobar que si los reformistas de la dictadura franquista y la oposición democrática no nos entendíamos, los duros de la dictadura y los extremistas de la oposición podían llevarnos a la catástrofe. Enseguida añado para que no se malinterprete, que cada país es un caso y una situación distinta y que Cuba debe encontrar su propia vía hacia la democracia. Pero si uno observa lo ocurrido en Chile, Argentina, Polonia, Hungría o España, con numerosas variantes, esos elementos de negociación y mesura se han cumplido y en ninguno de ellos el tránsito ha provocado una guerra civil o una matanza.
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