Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Las generaciones castradas1

Joaquín Badajoz

Página 1

"He who never made a mistake
Never made a discovery"

John D. Montgomery

Parecería un ingenioso y recurrente juego de palabras, pero el castrismo castrense y la castración política parecen haber definido los dos grandes recursos para la perpetuación de Fidel Castro y su elite en el poder. Desafortunadamente, la reproducción durante más de cuatro décadas de estas deformaciones estructurales tiene un costo visible en la conciencia de otras cuatro generaciones de cubanos; aunque la incidencia genere patrones de asimilación y/o rechazo diferentes para cada una de ellas. En la cartografía político-ideológica del país se han ido formando durante estos años un núcleo opositor histórico —que por lo general ha terminado desplazándose al exilio— y otras tres generaciones de cubanos que al nacer bajo un status quo no tuvieron en la mayoría de los casos la posibilidad de escoger entre alternativas políticas hasta la madurez. Llegado este momento, muchos de ellos siguieron el mismo proceso de la generación que les antecede; con la peculiaridad de que en vez de moverse a gran escala hacia la disidencia o la oposición constituyen una amplia mayoría apolítica, con marcadas tendencias apátridas, luego de que la revolución, el socialismo y la patria convergieran peligrosamente en la ideología castrista hasta terminar casi fundidos en un mismo valor. También existen, por supuesto, individuos que creen hasta donde su honestidad se los permite en un sistema bajo el que han nacido, productos de una conciencia social (des)formada por la gran terapia de choque demagógica nacional, sobrevivientes de la resaca de esa gran borrachera que fue la revolución cubana, o simplemente actores incapaces de salirse del juego. Reducirlo a un peligrosos juego de rehenes y castristas sería simplificar la historia de una manera ingenua y trivial; sobre todo, en una ecuación social donde pesan factores no solo objetivos, sino también subjetivos. Pero en gran medida la nación vive coartada por los factores antes explicados, rehén de una política de alta intensidad e incapaz de superar el bombardeo simbólico y recuperar por vías democráticas el control del país.

Definitivamente, la inmensa mayoría ha sido víctima de un juego donde la retórica, los silogismos y la demagogia se estructuraron sobre un supuesto teatro de la razón, aquel en el que Hobbes advertía que se reproducían los valores de la verdad y la falsedad, atributos del lenguaje y no de las cosas. Para estas generaciones, la moral y la ética vienen preestablecidas por valores que han aprendido a descifrar de la praxis social, o son un hábito consuetudinario. La ausencia de referentes valederos, el bombardeo de propaganda y lavado de cerebro, junto a la represión y la falta de asideros objetivos que no estén de antemano afectados por valores simbólicos y emocionales son algunas de los condicionantes de su falta de independencia política. Para superar ese estado se necesita salirse del circulo vicioso que ha generado la política cubana, invertir los términos del debate simbólico, y de la misma forma que Marta Traba le recomendaba a los artistas latinoamericanos en los años setenta, advertir que la capacidad para sostener otros puntos de vista, depende de la agilización de los argumentos, de la modernización de la vía crítica, el reconocimiento de sus valores marginales, y de comprender que la salvación de este estado de marginalidad crítica depende de “acentuar la marginalidad y dotarla de sentido”1. Porque el cubano de estas generaciones no sólo es rehén físico, de la política y la ideología; sino también de los prejuicios que ha generado un gobierno que, en cuarenta y cuatro años, sigue escondiendo su esencia reaccionaria bajo el epíteto de revolución y guarda para sus enemigos la nomenclatura de contrarrevolucionarios. Salirse de esta trampa semiótica y lingüística es una de las condiciones al menos filosóficas para el cambio.

Es desde este feudo de la imagen y la palabra que se fabricó el caballo de Troya de la revolución, uno que se alimenta de sus propias vísceras y que tiene una notable capacidad para reinventarse. Hay que asumir por ende que los problemas de la nacionalidad, no son un capítulo aún resuelto de la historia nacional. Esto lo advirtió Fidel Castro, y lo convirtió en una de sus materias primas fundacionales. De otra forma no podría explicarse que un grupo político capitalizara a su favor las constantes de la problemática nacional y tomara de rehén a todo un país, con su economía, su cultura, su política y su tradición.

Radiografía de una mediocracia

La mediocracia no es un patrimonio exclusivo de la revolución cubana; pero si un gobierno ha desarrollado un culto absoluto de la mediocridad es sin duda el de Fidel Castro. Se ha generado por reacción espontánea, y a su vez ha sido estimulado por un estado controlador, personalista y egocéntrico que no reconoce virtudes no sólo en sus enemigos, sino ni siquiera entre sus acólitos. Gobernar una mediocracia garantiza por supuesto la inexistencia de relatos de oposición y la castración del liderazgo político alternativo. En ellas “entra en la penumbra toda tendencia idealista, intelectual, estética, el culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes (…). En un mismo diapasón utilitario se templan todos los espíritus. Se habla por refranes, como discurría Panza; se cree por catecismos como predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como enseño Gil Blaz. El culto de la rutina, de los prejuicios y de las domesticidades encuentra fervorosos adeptos en los que se pretende representar a los rebaños militantes; los más encumbrados portavoces de las mediocracia resultan esclavos de su clima. Son actores a quienes se les está prohibido improvisar: de otro modo romperían el molde a que se ajustan las demás piezas del mosaico”2.

Cuba también se ajusta a la definición que sin querer, según Ingenieros, dio Platón de este tipo de estados: “Es el peor de los buenos gobiernos, pero es el mejor entre los malos”. Aunque nos cueste aceptarlo está máxima ha pesado también en la conciencia social del cubano de estas últimas hormadas. No conociendo nada mejor, ha tributado a la mediocracia, apostando a su estructura de promoción amañada y a su sistema de reconocimiento del mérito arbitrario; porque las mediocracias no constituyen sociedades donde la anomia define la vida; sino donde la creatividad puede ejercerse dentro de patrones establecidos; en este caso, como ha quedado establecido, “dentro de la revolución”. Aunque estos parámetros parezcan rígidos, la misma definición abstracta, personalista y amorfa de “revolución” ha permitido límites elásticos que se contraen y se distienden al ritmo del clima político, y generado un toma y daca de libertades, que ha sido capital en la adaptación del cubano a esta nueva realidad. Por eso el arte contestatario de los ochenta hubiese sido contrarrevolucionario en los setenta, y los periodistas independientes y activistas de derechos humanos de los noventa se han convertido en peligrosos agentes contrarrevolucionarios en esta primera década del siglo XXI. Esta inconsistencia del discurso político, y su amoralidad, ha determinado un liderazgo sombrío, y ha privilegiado una generación de tecnócratas, con una rigurosa formación profesional, pero sin la independencia creativa que les permitiría aplicar sus conocimientos en beneficio propio y de la nación. A lo mejor porque el bien común no debe estar reñido con el reconocimiento social y financiero que debe suponer cada aporte individual; algo que en Cuba depende de intereses ideológicos creados, llegando a tener un valor relativo y casi ilegal.

A este tecnócrata cubano no le está vedado el territorio de la militancia política; sino más bien se le impone como una forma de control ideológico, pero el liderazgo depende de otros factores. A este se termina accediendo por méritos de lealtad y su protagonismo sigue siendo tan relativo como la capacidad que posea para tributarle un servicio al sistema. Porque no son líderes lo que busca una mediocracia, sino lugartenientes políticos.

Mientras la tecnocracia ofrece las herramientas para advertir las limitaciones de realización personal y profesional —que puede considerarse de cierta forma un catalizador de la cantidad de deserciones de universitarios que se exilian en Estados Unidos, o emigran a terceros países neutrales—, curiosamente también tiene una función enajenante en la toma de posiciones políticas; ya sea porque presupone la disyuntiva de abandonar méritos, éxitos o estatus alcanzado, o porque genera un falso compromiso de gratitud. Lo cierto es que se comporta como un imán, y esta bipolaridad, al mismo tiempo que estimula la inconformidad, condiciona, aplaza o neutraliza las deserciones; o en el mejor de los casos define una alternativa de “emigración sin ruptura”, que se perfila como un status híbrido entre emigración laboral y económica muy conveniente a las estrategias del gobierno de convertir su diálogo con la emigración en un fenómeno económico que subestime el factor político.

En una entrevista al escritor Norberto Fuentes3, este defiende su creencia en el proceso “revolucionario” diciendo: “La naturaleza es amoral y las revoluciones se pueden comparar con los huracanes: son hechos que se producen”; y define la personalidad de Fidel de esta forma: “Nació para el poder y lo ha logrado de la forma más absoluta. ¿Por qué? Porque es una persona amoral. La destrucción del país y la economía son recursos del poder. La libreta de racionamiento es un mecanismo de poder. El país es su materia prima”. Estos comentarios develan otro de los artilugios del proceso castrista: la disolución de la responsabilidad personal en la (ir)responsabilidad colectiva. Masificar la culpa, o el perdón, convierte a todos los cubanos en cómplices de las tragedias que ha vivido la nación. También de esta forma se neutraliza el papel dual del valor de las personas, de que hablara Robert Nozick, desarticulando la relación entre ese ethical push (empuje ético) y el ethical pull (reclamo moral) que definen su diferencia “valorativa” en la sociedad. La amoralidad viene disfrazada de puritanismo ortodoxo de la peor especie; es legítima en cuanto se refiere al poder; y al mismo tiempo crea un conjunto de normativas ideológicas que convierte en principios morales, forzando una convergencia entre ambos conceptos. Por esa razón, oponerse a la revolución no es sólo considerado un acto de disidencia política, sino que implica automáticamente una degradación moral. Basta notar que los opositores han sido tachados de lumpen proletario, escorias, gusanos, apátridas, mercenarios y mafiosos. Una mediocracia no respeta el proceso de perfeccionamiento social a partir de la instrumentación o el respeto a la dicotomía consenso-disensión-consenso.

Del diversionismo ideológico a la diversidad de ideologías

Entre el apolitismo o la apatía política nihilista y el automatismo militante, se conformó un estereotipo de nuevo liderazgo político gris y monótono, el de una generación de tecnócratas cuyos único méritos se reducen al terreno profesional o a haberse plegado por conveniencia o convicción a ciertos presupuestos ideológicos, éticos o ideoestéticos, que han regido durante más de cuarenta y cinco años a la nación y bajo los que la mayoría de estos “herederos” nacieron. Con sus rarísimas excepciones, la falta de matices de estos nuevos administradores de la cultura, la economía y la política contrasta con el pintoresquismo del liderazgo histórico. Si aquellos fueron verdaderas vedettes, no sólo con caracteres, hábitos y proyecciones distinguibles, sino incluso con una identidad de la imagen, que los distinguía de las masas, estos son apenas siluetas descaracterizadas, incapaces de crear y desarrollar un legado no sólo en el terreno ideológico, sino incluso visual. Son identidades nulas que se disuelven y desgastan, cuyo único valor parece estar reducido a la actividad ejecutiva, para la que el septuagenario liderazgo histórico ya no tiene capacidad.

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Sumario

Este Lunes

Las generaciones castradas

Joaquín Badajoz

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