

Año tras año, al final de una camino que a veces resulta casi tan largo como la vida misma, algunas de las más célebres personalidades de la literatura y la ciencia de todo el mundo llegan a Estocolmo y se presentan ante el rey de Suecia para recibir y agradecer el premio Nobel.
La ceremonia en sí es un acto solemne, cargado de emoción, pompa y fanfarrias, y está generalmente considerada como el momento cúspide en la carrera de un escritor o científico, el reconocimiento mayor de sus contemporáneos hacia su obra.
En el caso del premio de literatura, la encargada de adjudicarlo es la Academia Sueca, institución fundada por el rey Gustavo III de este país hace algo más de 200 años con el fin de preservar y desarrollar el idioma y las bellas letras en su reino. Pero el premio en sí es bastante más joven que la Academia. Aquél —al igual que los otros concedidos por la fundación Nobel— fue instituido en 1901 gracias al testamento del eminente científico sueco y su deseo de resarcir en cierto modo a la humanidad por el daño que su invención de la dinamita habría de causarle en el futuro.
En su primera edición, el Nobel de literatura recayó en el poeta francés Armand Sully Prudhomme, una elección duramente criticada en los medios literarios locales de la época, que emitieron un comunicado cuestionando el fallo y mostrando su adhesión al ruso León Tolstoi. Desde entonces mucho de lo mejor y más notable entre las letras universales ha sido distinguido con el premio. La lista de ganadores es tan amplia como rica en obra y talento. Es cierto que escritores de gran valía no han sido tocados por la varita del hada. También es verdad que algunos de aquellos que en su momento lo recibieron no tuvieron luego la trascendencia de otros tantos que se quedaron sin él. Ejemplos hay más que suficientes.
Pero de una u otra forma, por su carácter universal y por las figuras que año tras año son nominadas para recibirlo, el premio podría representar —y de hecho representa— el reconocimiento más importante a la obra de un escritor vivo, procedente de cualquier ámbito de la Tierra.
¿Mas cómo es posible tener en cuenta todo lo que se publica en el orbe? ¿De qué forma y en cuáles circunstancias se evalúa la obra de esos gigantes literarios? ¿Habrá pensado alguien en el trabajo, también de gigantes, que tal empeño representa? ¿Cómo transcurre el proceso de selección y nominación de los candidatos? ¿Quién o quiénes toman la decisión final?
Cualquiera es capaz de comprender que una empresa de tal envergadura no puede ser llevada a cabo sin un equipo de personas sumamente eruditas y competentes, que cuenten entre otras cosas con una biblioteca fabulosa, atendida además por empleados ágiles y capaces; una biblioteca que contenga en sí buena parte del patrimonio literario universal contemporáneo. Intentemos, pues, acercarnos a ellos, es decir, a la Academia Sueca y la Biblioteca Nobel.
La biblioteca Nobel fue fundada en 1901 como un apoyo a la Academia Sueca en su tarea de conceder el premio Nobel de literatura. La Academia debe, según el testamento de Alfred Nobel, premiar a quien "dentro de la literatura haya producido lo más excelente en un sentido ideal".
Durante los veinte primeros años la biblioteca dispuso de un amplio local en el edificio "Vasaborgen", diseñado por Ferdinando Boberg y construido en la plaza Norra Ban de Estocolmo; pero desde 1921 está instalada en los locales de la Academia Sueca en el edificio de la Bolsa, en el centro de la Ciudad Vieja. La bibiloteca Nobel es una biblioteca de investigación, tiene carácter privado y está totalmente financiada por la fundación Nobel y la Academia Sueca. Es, en su género, la mayor de Escandinavia.
La biblioteca sirve en primera instancia a la Academia Sueca y al Comité del Premio Nobel. Cada año el Comité invita a numerosos especialistas en literatura —tanto suecos como extranjeros— para que envíen sus proposiciones al premio; además, redacta una lista comentada con los nombres de los candidatos y solicita la opinión de los expertos. Entonces, mediante estudios y discusiones, elabora su proposición para la decisión definitiva de la Academia. El papel de la Biblioteca en este contexto es el de proporcionar el material de base necesario.
El fondo de libros, que en los últimos tiempos ha estado creciendo con unos 2500 títulos al año, se calcula actualmente en algo más de 200 000 volúmenes. Las adquisiciones tienen lugar en buena parte mediante compras, aunque también a través de intercambios, particularmente con bibliotecas de Europa Central y del Este. En calidad de jurado del Premio, la Academia recibe ejemplares gratuitos de ciertos títulos, que al cabo del año pasan a ser propiedad de la Institución.
La Biblioteca Nobel está abierta al público, y en particular a todos aquéllos que se dedican al estudio de la literatura moderna o a trabajos literario-lingüísticos. Los estudiantes, sin embargo, son remitidos a las bibliotecas de sus centros. Las colecciones están —con excepción de la literatura de referencia, de ciertas rarezas y de las revistas— disponibles en forma de préstamo contra fianza.
La Academia Sueca tiene su sede en el centro del viejo Estocolmo, en un ala del edificio que alberga también a la Bolsa. El local es el mismo donde Gustavo III pronunciara su célebre discurso inaugural, la tarde del 5 de abril de 1786. Muy cerca del sitio se levanta la mole granítica del Palacio Real. Aquí nació hace 700 años la capital de Suecia, en la encrucijada de dos aguas. Aquí palpita el corazón de Estocolmo. Frente al edificio de la Bolsa, los adoquines de la Plaza Mayor parecen combarse bajo el peso del tiempo y las pisadas de miles de turistas y paseantes de todo tipo. Algo más abajo se extiende el dédalo de callejuelas que conforman el barrio antiguo de la ciudad.
La idea para la fundación de la Academia Sueca tuvo su fuente de inspiración en la Academia Francesa. Su creador, el rey Gustavo III, que era francófono y francófilo, pensó que la versión sueca sería menos importante que la de Francia y entendió que bastaría con la mitad de los miembros de aquélla, es decir, con 20. Pero como el soberano poseía un buen oído para la música y el número 20 no le sonaba bien, decidió limitar la cifra a 18, que es la plantilla actual de la institución. Los miembros de la Academia se eligen entre sí, como en una suerte de círculo sagrado, y son renovados sólo en caso de muerte o de haber cometido algún delito.
Todo lo que estas personas reciben a manera de pago es una ficha metálica que se les entrega en las sesiones de trabajo, que tienen lugar los jueves a las 5:00 de la tarde. Después de cada reunión, los miembros asisten a una cena en un restaurante de la Ciudad Vieja. La cena puede ser pagada con la ficha metálica. Las sesiones de la Academia Sueca tienen carácter secreto. Nadie podría decir con certeza lo que ocurre en el interior del pequeño salón donde se reúnen. Cierto día del año, estos 18 académicos deciden el destino del Premio Nobel de Literatura.
Pero los trabajos relacionados con el Premio se llevan a cabo de forma prácticamente ininterrumpida a través de todo el año. A las pocas semanas de galardonar al escritor correspondiente, unas 600 invitaciones parten desde la Biblioteca de la institución hacia diversos lugares del mundo. Su objetivo es el de recabar proposiciones de candidatos para la próxima convocatoria. Las candidaturas -unas 250- son presentadas antes del 31 de enero. Aquí entra a trabajar el llamado Comité del Premio Nobel, formado por cinco de los académicos de la plantilla. La actividad del Comité tiene carácter secreto. Para el 30 de mayo la lista de candidatos al Premio se habrá reducido a cinco (éste parece ser el número clave) y durante el verano y parte del otoño la maquinaria del Nobel se despliega en su plenitud y adquiere la velocidad y fuerza de un tren a toda marcha. En ese espacio de tiempo los 18 académicos deberán leer una montaña de literatura de y sobre estos cinco nominados al premio.
Cierto jueves de octubre la reunión de los académicos no se celebra como es habitual a las 5:00 de la tarde, sino que tiene lugar a la 1:00 pasado meridiano. Ese día los miembros de la Academia se encuentran en la sala de conferencias, mientras un gran número de periodistas espera en la habitación de trabajo del secretario. Las cámaras de TV, cine y vídeo enfocan un reloj de pared que en su tiempo constituyó un obsequio del rey de Francia. El reloj no siempre funciona bien, pero esa tarde no tiene siquiera un segundo de error. Según se van aproximando las 13:00 horas, y en medio de una gran expectación, los periodistas comienzan a corear una cuenta regresiva: 19, 18, 17, 16... Justo en el momento en que llegan a 0, el secretario abre la puerta para entrar a su despacho. Sin embargo, apenas logra hacerlo, porque se lo impide el público que llena la habitación. Entonces el académico toma aliento y, parado en el umbral, anuncia que el Premio Nobel de Literatura ha sido otorgado a...
El 10 de diciembre —aniversario de la muerte de Alfred Nobel— se entregan los premios en la Sala de Conciertos de Estocolmo. Esa noche la familia real preside el gran banquete que se celebra en el Palacio de la Ciudad. Los premiados pronuncian discursos de agradecimiento. Se cierra el ciclo del Premio Nobel.
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