

Me llamo Felipe Valdespino y fui durante varios años el primer violín de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba. La historia que voy a contar bien podría tener su inicio en la velada de inauguración del Festival de Música de La Habana del año 2000, en el Auditórium Amadeo Roldán, de la ciudad. Más tarde supe que, en realidad, había comenzado mucho antes, sólo que yo entonces no podía imaginármelo. Ahora que la refiero, me parece verlo todo desde otra perspectiva. Me recuerdo a mí mismo vestido de negro, un tanto nervioso, preparado para ejecutar por primera vez en mi vida el solo del tercer movimiento del Concierto para violíndel inmortal Tchaikovsky. Aún me parece ver al público en la oscuridad del patio de butacas, expectante y listo para juzgar, para apreciar o censurar, según su parecer; y recuerdo, cómo no, a mis compañeros en sus puestos, y al director con su batuta en el centro del escenario, dándome la entrada. Entonces ocurrió el milagro: blandí el arco sobre las cuerdas y el instrumento dejó escapar un larguísimo y prolongado lamento de ser vivo. Inmediatamente, un murmullo sordo, de aprobación, corrió entre los espectadores, que conocían los entresijos de aquel solo y las dificultades de su ejecución. Debo decirlo sin falsa modestia ni reparos: fue un momento mágico, de ésos que no suelen repetirse demasiado en la vida. Nadie que no lo haya vivido puede imaginarlo; pero quien ha tenido la oportunidad de disfrutarlo, jamás lo olvidará.
Mientras la sala se estremecía, yo acariciaba las cuerdas del violín. Tocaba y seguía tocando, olvidado de todo, concentrado y feliz, iluminado por el reflector y presintiendo en la sombra los rostros de cientos de personas que disfrutaban con mi solo. De improviso, sin dejar de blandir el arco sobre las cuerdas, me giré hacia el público y realicé varios movimientos rápidos con mi brazo derecho. Como si respondiera a ellos, el halo de luz jugueteó sobre la superficie del instrumento. Vibrante de emoción, la sala de lunetas estalló en aplausos. En las primeras filas, sin embargo, un rostro descollaba, llamando mi atención. Era una mujer, una desconocida cuyos rasgos resultaban visibles gracias al reflejo de las candilejas. Se veía que le encantaba mi interpretación. Me pareció que sus ojos me miraban con insistencia, de un modo particular. Tuve miedo de que esto me sacase de mi concentración y fijé la vista en la zona oscura de la sala. Y enseguida me escapé hacia los registros finales del Concierto. Fue una fuga inútil, porque el rostro de la desconocida parecía haberse implantado en mi retina. Por fin, incapaz de evitarlo, regresé a la mujer y le dediqué los últimos acordes de mi solo. Al final, la extraña fue de las primeras en ponerse en pie y comenzar a batir palmas. Una vez terminada la función, sin haber podido olvidarme de ella, la busqué en vano con la vista entre el público que se retiraba. Más tarde, tras las bambalinas, casi no me sorprendí al verla aparecer. La desconocida se acercó hasta mí con una sonrisa nerviosa y, estrechando mi mano, me felicitó con un leve beso en la mejilla.
—Me ha gustado mucho su interpretación —dijo con un acento cantarín en la voz. Yo la observé con cierto recelo. Su rostro me resultaba vagamente familiar, aunque estaba seguro de no haberla visto antes. ¿Será cubana?, pensé. No lo parecía, pero tampoco podía decirse que fuera española, al menos por su acento. De dondequiera que haya salido, me dije finalmente, tiene personalidad.
—¿Usted también es música? —indagué, presintiendo de repente que hablaba con una colega.
—Quise serlo en otro tiempo —respondió ella, con un dejo de tristeza—. Violinista, por cierto.
—El miércoles toco de nuevo —dije, dudando si continuar con el tratamiento de “usted” o pasar ya al de “tú”. Por fin, me decidí por éste último y pregunté—: ¿Vendrás?
La extraña me mostró una sonrisa amable, pero dejó la pregunta sin respuesta. Yo me sentí atrapado en la corriente de simpatía que me inspiraba la desconocida. Era un fluido suave y agradable que, sin embargo, me extraviaba un tanto. Me habría quedado conversando allí con ella hasta la mañana siguiente. Y estaba a punto de proponerle que me esperase para salir juntos, cuando la mujer metió la mano en su cartera y sacó un sobre que me extendió en un gesto rápido. Luego pronunció una frase de despedida y, con otro apresurado beso en la mejilla, me dejó sumido en la perplejidad más absoluta.
Momentáneamente solo, entreabrí el sobre. Lo primero que saltó a mi vista fue un billete norteamericano de banco. Vi la cifra 1000 en una esquina y dejé escapar un apagado grito de “¡cojones!”, que me salió del alma. Sin atreverme a creerlo ni a sacar el billete para verlo mejor, decidí cerrar el sobre y guardármelo en el bolsillo; pero entonces reparé en que dentro había también una hoja de papel blanco con un breve mensaje escrito a mano: Te he añorado tanto, que ahora que te encuentro temo escucharte de nuevo. Más abajo, trazada con letra diminuta, podía leerse la frase: mira en el estuche. La extraña misiva finalizaba con algo que parecía ser la firma y la dirección de la mujer, una dirección tan rara que ni remotamente me sonaba conocida. ¿Qué carajo era aquello? Una broma pesada, seguro, me respondí a mí mismo, en el colmo de mi desconcierto. ¿Una broma de mil dólares? Pues sí, ¿por qué no?, ¿acaso no podía ser? No seas comemierda, Felipe, se burló mi otro yo, ¿cuándo tú has visto eso? Nunca, efectivamente. Por otra parte, ¿quién en su sano juicio era capaz de regalarle a nadie un billete de mil dólares sólo porque le gustara cómo tocaba el violín? Sacudí la cabeza. El sobre me quemaba las manos y, buscando calmarme, me apresuré en guardarlo en uno de los bolsillos. Entonces me dije que bien podía tratarse de alguna extranjera rica, una excéntrica, por supuesto; una amante de la música que había venido al Festival y no sabía qué hacer con su dinero. En ese momento alguien me tomó del brazo, sacudiéndome fuerte. Era Lorenzo, el pianista.
—Oye, socio, ¿qué pasa?
—Nada —respondí, todavía ausente.
—¿Estás bien?
—Sí, claro —dije, ya de nuevo en el mundo real, en La Habana del año 2000, en el Auditórium. A mi alrededor todo seguía igual, las bambalinas, los pasillos, la gente que iba y venía, luces que se apagaban, voces, gritos. La vida de siempre.
Enseguida se acercó Rodríguez, el productor, y nos anunció que varios músicos de la orquesta habían decidido celebrar la inauguración en algún lugar “interesante” de La Habana y querían saber si nos uniríamos al grupo. Lorenzo expresó su entusiasmo por la idea, pero yo me excusé con el argumento de que mi madre estaba enferma y había quedado con ella en pasar por la farmacia para comprarle la medicina que necesitaba. Era una verdad a medias, pues si bien era cierto que por aquellos días mamá padecía un fuerte ataque de migraña, ello no le impedía llegarse a la farmacia del barrio y comprar lo que necesitara para aliviar el malestar. En la calle mis compañeros insistieron en llevarme para la fiesta; pero yo me mantuve firme, les deseé a todos una alegre noche y, fingiendo que me dirigía a la farmacia, me marché directamente a casa.
Llegué a eso de las diez, pero mi madre ya dormía. Como solía hacer siempre que andaba con jaqueca, se tomaba un somnífero y se iba a la cama con la esperanza de que al día siguiente se levantaría mejor. Yo no tenía sueño. Me sentía tan alterado que no valía la pena acostarme a dormir. Al menos de inmediato. De manera que me despojé de la camisa y, dejándola sobre uno de los butacones de la sala, me arrellané en el otro. Luego metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué de nuevo el sobre. Lo abrí y examiné una vez más el billete de banco. Parecía real, pensé; pero al instante me corregí a mí mismo, pasmado de mi inocencia. ¿Por qué me parecía real? ¿Acaso, de no ser así, se habría diferenciado de un billete auténtico? Podía ser lo mismo una cosa que otra, e incluso la contraria. ¿En qué se diferenciaban? ¿Quién podía decirlo? ¿Quién carajo sabía? Y, sobre todo, ¿quién demonios era yo para decir nada al respecto? A los ojos de un profano, cualquier billete falso puede parecer real, si no se trata de una imitación muy burda. Y ya se sabe que quien fabrica uno de aquellos grandes, sabrá seguramente hacerlo bien. En fin, que era imposible asegurar nada al respecto.
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