Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Yusef sale al trabajo

Francisco Alejandro Méndez
Relato

Página 1

Por las tardes, antes que la neblina cubriera en su totalidad la cruz del Cerro del Carmen, el poste del alumbrado, como el iris de un ojo por las mañanas, encendía su luz de neón. Yusef se instalaba en la puerta de la pen­sión Flamboyán, en la esquina de la décima avenida, del lado opuesto al partido de la mazor­ca, uno de los que llevó a dos o tres generales genocidas al poder.

Los autos que recorrían la segunda calle se detenían en el alto, ubicado en el poste que pringaba de luz a la banqueta, la alcantarilla y a las otras prostitutas, que acompañaban a Yusef.

No todos se detenían por la señal de tránsito: la figura de un cuerpo alto, de tez morena clara, un metro setentiocho de alto y con un cuerpo de modelo, captaba la atención de pilotos conocedores de que en ese sector las prostitutas, moteles, pensiones y farmacias eran más comunes que las gotas en un aguacero.

Esa hermosa figura, comparada casi con la de Naomi Campbell, era la de Yusef. Para él, las prostitutas no eran precisamente competencia en el desvelado trabajo del sexo. Por el contrario, eran buena compañía en las frías noches, le obsequiaban un cigarro de mariguana o un gramo de cocaína. Él también de vez en cuando sacaba a alguna de apuros. Cuando un cliente se percataba que sus pechos estaban inflados a fuerza de silicón y que en su vientre, en vez de ser profundo y húmedo, habitaba un enorme bulto escondido a fuerza de presión, cambiaba de parecer y le solicitaba los servicios de una mujer.

Yusef era amable, jovial y conocedor de los buenos gustos. Cuando le sobraba dinero, tras pagar el alquiler de su departamento, comprar en el supermercado y pagar sus perfumes, invitaba a sus amigas prostitutas a fumar mariguana y a tomar tequila.

Se vestía según la ocasión. Cuando llegaron a las tiendas los zapatos de plataforma, fue el primero en ir a comprar dos pares. Tuvo dificultad en encontrar de su número, porque sus pies se asemejaban a dos lanchones antiguos. Para combinarlos, encerraba su cuerpo entre corsés que estrangulaban su talle, imprimían poder al busto y moldeaban sus caderas, como cornucopias de cristal.

De niño, sus compañeros de clase le decían La Ferrocarrilera, porque sujetados al suelo lo hacían caminar dos grandes durmientes. Después de probar y probar encontró dos pares rojo con negro que lo hacían crecer de estatura más de diez centímetros. Sin embargo, tuvo que acondicionar la punta para que no le hiciera presión en sus dedos y los lució con una minifalda roja, una blusa que no le llegaba más abajo de la cicatriz que le dejó la operación de las dos costillas flotantes, dos brazaletes de bronce y medias negras, como queriendo rememorar tiempos de Mata Hari.

En la época en que vino al país la moda de los vestidos largos de sirena, estilo Lady Di, Yusef de inmediato fue a una de las tiendas de la Zona Viva, donde compró un par de zapatos negros de charol. Eran brillantes, puntiagudos y con un tacón tan delgado, que tuvo que practicar primero en la sala de su departamento, antes de llevarlos a la calle. Cuando logró domarlos, se paró en la esquina de siempre con un vestido lila que le llegaba hasta los tobillos. Un saco negro, encaje de lana con anchos ribetes de raso, blusa color mostaza con una faja negra que lucía como banda y una moña amarilla en el cuello, completaron su atuendo.

Los olores formaban parte de sus vicios. Todo lo que estaba a su alcance pasaba primero por su nariz. Cuando sus manos tocaban su vientre, inmediatamente las aspiraba. Después de acariciar sus orejas, también. Cuando sus dedos palpaban sexo ajeno, no resistía la tentación.

En la repisa de su baño colgaba cualquier cantidad de frascos de perfumes, su debilidad, que a la vez le causaban envidia entre la competencia, como le decía con cariño a La Llanta Pache, La Máquina y Leonela.

Aunque Yusef no dejaba de invitarles una que otra muestra gratis, ellas difícilmente dejaban de untarse bicarbonato en las axilas o cuando la vendedora de incienso les ofrecía perfume Siete Machos o Cuatro Rosas.

Yusef era muy cuidadoso en ese aspecto. Consultaba bazares, solicitaba información por correo o lo visitaban cosmetólogas para venderle Anaïs Anaïs, Poison o Givenchy. El dinero que ganaba era suficientemente bueno como para andar comprando baratuchas. Por otro lado tenía siempre en mente que su imagen debía ser lo primero para trabajar.

De su cabello se encargaba Néstor, quien además de ser su estilista era su admirador. A Néstor lo conoció en la clínica del médico que lo iba a operar para quitarle algo prácticamente inútil y que sólo le servía para orinar.

Néstor lo hizo, pero Yusef se arrepintió antes de entrar al quirófano. Algún día sí tendría los huevos para hacerlo, le decía a los demás.

Yusef no había conocido el amor verdadero. Solamente el placer y el trabajo. Sin embargo, en una ocasión vio una fotografía que le causó un cosquilleo que lo hizo retorcerse desde el vientre hasta la cabeza y recordar que su corazón latía fuerte también. Esa sensación ocurrió el día en que abrió al azar una revista deportiva que encontró en el salón de Néstor, mientras esperaba su turno. En la página 48 encontró la foto de un boxeador, que levantaba ambos brazos en señal de victoria. Era corpulento, brutal en la mirada y con gotas de sudor en la amplitud de su pecho.

Su actitud ante el hecho le provocó cierta incomodidad a Yusef, quien cerró de inmediato la revista no sin antes terminar de sentir hormigas por todo el cuerpo.

Intentó de nuevo abrirla. Encontró la foto. Colocó su dedo índice sobre la cara del boxeador, hasta que leyó en el pie de foto que Mike Tyson había necesitado apenas unos segundos para derribar a su adversario, quien permanecía incons­ciente hasta el momento en el que fue tomada la fotografía.

Yusef se sonrojó. Impulsivamente rompió la página completa y la guardó dentro de su bolso. Si Néstor se hubiera percatado, le habría explicado que necesitaba la hoja para mandar un cupón y solicitar una nueva línea de cosméticos.

Su estilista era un tipo narigón. Su pelo estaba pintado eléctricamente con rayos. Sobre su cabeza sobresalía un corte de capas, que terminaba antes de llegar a la oreja en disminución. Algunos lo llamaban con cinismo estilo hongo, pero a Néstor esa actitud no le quitaba el sueño. Además, ese corte le permitía mostrar los aretes de oro y plata, que comenzaban a formar una hilera desde las orejas, continuaban por sus cejas, nariz, lengua, pechos y terminaban en el ombligo.

Antes de que se repusiera a esa sensación, Dayana, la asistente de Néstor, lo invitó a que se mojara el cabello con agua tibia. Después pasó a la silla de Néstor, quien procedió a cortar no sin antes advertirle que pronto necesitaría otro tinte. Cortó las puntas y le aplicó gelatina. Cuestionó el extraño comportamiento de Yusef y en son de broma deslizó la punta de la tijera sobre su espalda. Esa acción causó escalofríos que lo estremecieron de inmediato.

—No es nada, tú. Es que conocí a un chavo que está de lo más guapo que te podas imaginar —se excusó.

—Deberías de traerlo a que se corte el pelo y así le doy el visto bueno —continuó Néstor cuando pinchó con la punta de la tijera la cadera de Yusef.

—No. Es que no vive aquí, sino en el extranjero. Además, no va a venir a cortarse el pelo en un bodrio como éste —aseguró. Al mismo tiempo lanzó un upper cut al vacío cerca del vientre de Néstor. Cambió de tema y dio por concluido el comentario.

Por las mañanas, Yusef amanecía con la cara pringada de un azul que le dibujaban los primeros vellos de su barba. Su alargada boca, que le valió el apodo de Trompín en la secundaria, además de estar pastosa y con manchas de lápiz labial, despertaba sonriente, con placer, eufórica y entreabierta. Casi de la misma manera como cuando se quedaba dormido después de acostarse con alguno de sus clientes.

Sus ojos, con manchas negras o celestes, despertaban sin el peso de las pestañas postizas. Se saturaban de lagañas y cuando no padecían de conjuntivitis, cronométricamente marcaban un tic nervioso tres veces seguidas.

Contrario a su mimética expresión, se levantaba malhumorado, con las piernas adoloridas y con una leve molestia en la espalda. Tras ducharse con agua caliente, se fumaba un Winston que compraba por paquetes en El Dorado todas las semanas. Se vestía con pantaloncillos cortos, una playera, zapatos calados y salía a platicar con doña Lucía, la señora de la tienda. Allí compraba medio litro de jugo de manzana y cuatro panes tostados. Antes de mediodía volvía sudando del gimnasio. Dormía hasta pasadas las cuatro de la tarde. Se despertaba con hambre disfrazado de jogging. Comía papas fritas y transformado en una bella dama salía en búsqueda de sus clientes.

Los vecinos sentían algo especial por Yusef. Era amable con todos. Durante el día, muchos no se percataban que era él mismo quien se apostaba en la esquina a esperar a sus clientes. A algunos les tenía sin cuidado, pero otros, quizá alguna anciana o un molesto padre de familia, lo insultaban. En una ocasión, cuando Yusef recién se mudó al barrio, don Matías, el dueño de una de las pensiones, le puso una pistola en el pecho. Le dijo que si no se quitaba de la esquina, lo iba a llenar de plomo. Pero al cabo de dos meses don Matías era uno de sus mejores amigos, porque Yusef era uno de sus mejores clientes en la pensión.

Una lluviosa noche de julio, Yusef pegaba alaridos desde su acostumbrada esquina. En el partido de la mazorca había sesión, ya que se aproximaban las elecciones. Uno de los candidados al parlamento salió con pistola en mano. Antes de averiguar disparó dos veces al aire. Esto alarmó más a Yusef, quien continuó con la andanada de alaridos. Otros seguidores del partido también salieron a la calle, pero cons­tataron que en lugar de una tragedia, ocurría un hecho en favor de uno de ellos: Yusef había capturado in fraganti a un ladrón que trataba de llevarse el equipo de sonido de uno de los autos estacionados. Con estas acciones, Yusef se ganaba amigos y enemigos. No había quién no lo saludara o quién no lo pasara insultando.

En otra ocasión, un grupo de jóvenes que viajaba a gran velocidad, le pasó disparando huevos podridos. Algunos dieron contra la pared, pero otros acertaron en su cuerpo. Esto obligó a Yusef a armarse de valor, pero también a portar entre su bolsa un revólver con forma de lapicero. Un solo disparo, pero efectivo.

Giró dos veces la llave hacia la izquierda y empujó la puerta de su departamento. Cuando se inclinó a recoger la correspondencia, observó que sobre las ofertas de perfumes esparcidas en el piso cayeron cientos de cabellos, que seguramente se habían quedado flotando en sus hombros y entre su recién recortado cabello. Sacudió la cabeza. Maldijo a los estilistas y sus anticuadas técnicas. Se quitó la ropa y frente al espejo encontró un hombre diferente. Sus zapatos de tacón quedaron al descubierto. Arriba de ellos, dos piernas con pequeños troncos de vellos les ordenaban estatismo. Se vio de cuerpo entero de abajo hacia arriba, hasta que se clavó los ojos. Esa mirada era la de un enamorado. Recordó cuando estudiaba secundaria. Aquella vez sintió lo mismo por uno de sus compañeros. Su nombre era Manuel, un rubio con un ojo verde y otro azul, que había perdido todos los cursos, por lo que repitió el grado. Cada vez que Manuel se sentaba a su lado, Yusef sudaba frío. Terminaron saliendo juntos.

Luego de quitarse el crayón de labios, con los kleenex, sacó de su bolso el arrugado papel que había arrancado de la revista y lo dirigió a su pecho. Leyó detenidamente la nota de la Asociated Press y de nuevo los escalofríos viajaron por calles y avenidas de su cuerpo.

Mike Tyson se había convertido en el nuevo campeón mundial de box. Eso lo tenía sin cuidado, pero la corpulencia, lo negro y la bestialidad de ese tipo habían ingresado directamente a su sistema nervioso, con la fuerza de la embestida de un toro.

Destapó la botella de tequila, que lo esperaba todos los días sobre el refrigerador y luego de hacer muecas con el último trago, se quitó los tacones. Se tendió en la cama después de releer el artículo. Mecánicamente y casi sin percatarse recortó las fotos. Lo demás fue a parar a la esquina, donde estaba ubicada la cesta de la basura.

Al siguiente día solicitaría más información de él.

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