


Durante mucho tiempo se ha venido insistiendo que las novelas de Gabriel García Márquez, José Lorenzo Fuentes y Eliseo Alberto, tienden a la retórica y a la ralentización del discurso, como consecuencia de una altisonancia en sus construcciones oracionales. Es decir, la manera de apuntalar un suceso, según el crítico costarricense Manuel Octavio Azcuy, “parece, lastrado por figuras poéticas poco felices”, que son, en últimas, “su estructura central o núcleo diegético; de ahí el error”.
Sin embargo, el profesor Azcuy obvia que esta supuesta acusación de poetización de la narrativa, es perfectamente funcional en determinados contextos de la prosa, tal vez, como una manera de profundizar en las caracterizaciones psicológicas y los ámbitos espaciales de las historias.
Quizás fue Alejo Carpentier el primero de percibir, con mejor suerte que los novelistas de la tierra, la desmesura y diversidad de los contextos latinoamericanos, tan diferentes a los europeos y americanos y, tal vez, sólo igualitarios, frente a los africanos y asiáticos en su no correspondencia de significados en las lenguas occidentales. Es decir, existe una urgencia verbal que justifica una manera de la prosa que necesita de la poesía para nombrar una realidad, que el lenguaje no consigue abarcar.
Y tanto García Márquez, como José Lorenzo Fuentes, —y ya menos Eliseo Alberto (la decadencia del epígono multiplicado)—, se ocupan, justamente, en sus modos narrativos de esa percepción poética del espacio. El primero, a pocas líneas del comienzo de su novela insignia, mal que les pese a muchos y al propio autor, Cien años de soledad, reclama para sí tal necesidad: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.”
De lo que se deduce, que la novela habrá de versar (nunca mejor colocado un verbo) sobre acontecimientos acaecidos en los albores de la civilización, de esa época ignota y distante, cuando los idiomas comenzaban a formarse y no existían palabras para nombrar todo lo existente ni todo lo sucedido. Pero no, Cien años de soledad posee una clara, y posterior, ubicación espacial y en la segunda página ya leemos: “Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras.”
“Una armadura del siglo XV”, precisa el autor, párrafos después de haber anunciado la juventud del mundo y con ella, la escasez de palabras para denotar sus acontecimientos. Y lo que podría entenderse como una contradicción en el discurso del narrador, no es otra cosa que una declaración de intenciones textuales. La realidad, ese mundo que se enuncia, necesita de una forma tan nueva como él, de ser contado. El español, lengua que, precisamente, del siglo XV al XVII1 produciría su mejor literatura, resultaba incompleta para tal fin. Se hacía necesario, por tanto, un idioma tan nuevo y complejo como aquello que debería de ser descrito.
Y la solución la encuentra, primero García Márquez y posteriormente, José Lorenzo Fuentes, en la poesía. Y me explico, en el empleo del tropos poético dentro del contexto de una narrativa que estaba marcada por las oraciones filosas y nervudas de, pensemos en Hemingway, o por los profusos párrafos al mejor estilo de Tom Wolfe o William Faulkner; por solo citar a tres escritores norteamericanos, de notable influencia en la literatura mundial a partir de los años de entreguerras.
Pero aquí se plantea una clara diversificación en los discursos de García Márquez y Lorenzo Fuentes. Uno emplearía el artilugio poético para narrar la cotidianeidad; el otro, la historia.
Y es, justamente, en este libro que nos ocupa, Hierba nocturna (Editorial Iduna, Miami), donde el autor cubano de un título tan memorable como Después de la gaviota parece haber encontrado su consolidación como maestro de la historia entendida como mito y éste, como comprensión del hombre. Es decir, de la historia conformada por las grandes constantes de la civilización y la poesía: el rito, el sueño, la reiteración y el deseo.
En Hierba nocturna queda la maestría de una forma de contar, la exploración de cuanto pudo suceder en el pasado olvidado u oculto de nosotros mismos, en nuestros miedos y osadías. Y de ahí su grandeza. Alegra que en la Cuba de afuera, todavía y a pesar del doloroso peso que también supone el exilio para la literatura, los escritores como José Lorenzo no dejan caer el pulso de su obra. ¡Salud, maestro!
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