Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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A propósito de Cormac McCarthy
Libertad y oficios intelectuales

Ladislao Aguado

I

El escritor norteamericano Cormac McCarthy es el reverso de una moneda que ha caído equivocada sobre la mesa. En una época donde la imagen del hombre sustituye al hombre mismo y donde los shows mediáticos elevaban a la categoría de notorios a cientos de imbéciles, la porfía de McCarthy por disolverse tras sus libros parece incomprensible. No concede entrevistas, se niega a fungir de jurado, tampoco imparte conferencias, no ofrece opiniones sobre la guerra en Irak ni sobre el conflicto árabe – palestino tampoco, sólo escribe novelas.

Nada más. En la calle, pocos habrán de reconocer a ese señor que aparece en la foto de sus libros. Dice la leyenda que viajó por Europa, y que luego se radicó para siempre en esa zona de bruma que es la frontera de los Estados Unidos con México; incluso, que vivió bajo una torre de perforación de petróleo. También se dice —y esto lo dijo Harold Bloom—, que Cormac McCarthy es uno de los novelistas de mayor fuerza de los Estados Unidos. Y se le compara con William Faulkner y con Hermann Melville. Este año ha recibido el Premio Pulitzer por su novela On the road, pero no participó de la ceremonia.

Junto a Thomas Pynchon y Jerome David Salinger conforma la Santísima Trinidad del Anonimato de la literatura norteamericana. Escritores dispuestos a defender con un celo animal el único derecho que los asiste y los justifica ante ellos mismos, el de escribir. Su Trilogía de la frontera (compuesta por las novelas All the pretty horses, The crossing y The cities of the plain) es quizás la obra a que todo autor debiera aspirar, aunque para ello, tuviéramos que renunciar a impartir conferencias, a participar de jurado en cuanto concurso nos convoca, a encabalgar nuestra opinión entre muchas otras sobre la guerra en Irak, la dictadura de Fidel Castro o el auge de la izquierda en América Latina.

En la Trilogía de la frontera los personajes se mueven mediante unas leyes simples, no escritas, que tienen su correspondencia en la muerte, la persistencia, la resignación y la fatalidad. Uno tras otro, durante mil páginas, los actores de esta hermosa epopeya caen, abandonan la senda, aprenden a vivir con las pérdidas que le tocan o como Billy Parham (¿el alter ego de Corman McCarthy?, a mí me gusta creerlo) al final del tercer tomo, sin casa, acogido durante el invierno por una familia de granjeros de Nuevo México, intenta persuadir a su anfitriona de su insignificancia, y dice:

“No soy lo que usted piensa. Yo no soy nada. No sé por qué me aguanta.

Verá, señor Parham. Sé quién es usted. Y yo sí sé por qué. Ahora duerma. Hasta mañana.

Sí, señora.”

Y la novela se cierra en este punto, con la obediencia del anciano.

II

Sé por propia experiencia que la vanidad intelectual es una enfermedad que se nos mete bajo la piel y te entumece los dedos y te vuelve dócil, te vuelve dócil y correcto. Es un mal común, a partir de los cincuenta años, de todos los escritores con cierto éxito, escribió Mario Vargas Llosa en La trompeta de Deyá, un elogioso artículo sobre la obra de Julio Cortázar. Pero también lo es, en quienes aún no hemos llegado a esa edad ni a ese renombre. Sencillamente, porque el rumbo de los mayores, parece indicarnos que el camino viaja en esa dirección, a menos que deseemos perdernos por los recodos del anonimato, el silencio y las publicaciones en editoriales de tercera.

En esos momentos en los que nos creemos capacitados de opinar sobre los conflictos mundiales, las acciones democráticas o totalitarias de los gobiernos, o servimos de árbitros y jueces en indistintas contiendas literarias, y aceptamos gustosos sentarnos frente a un auditórium de estudiantes a explicar cómo escribimos nuestros libros; en esos momentos, deberíamos actuar con honestidad e inscribirnos en las filas de algún partido ampliamente beligerante, ingresar parte de nuestros fondos en una ONG de ayuda a los intelectuales moribundos, llamar a todos nuestros amigos, y en una fiesta enorme, bullanguera, festejar la Muerte del Escritor Que Fuimos.

III

Leer a Cormac McCarthy es un ejercicio de riesgo. Podríamos negarnos a contestar el teléfono, negarnos a revisar internet en busca de los últimos artículos (a favor y en contra) sobre nuestra persona o nuestra obra, negarnos a considerar juiciosas (y no pendejas) las opiniones de otros intelectuales sobre los diversos temas de su desconocimiento, negarnos a asistir a conferencias, y negarnos, incluso, a asistir a la presentación de nuestros propios libros. Para todas las negativas tendríamos una sola respuesta: “no puedo, tengo que escribir, escribir, escribir”.

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