

El escritor norteamericano Cormac McCarthy es el reverso de una moneda que ha caído equivocada sobre la mesa. En una época donde la imagen del hombre sustituye al hombre mismo y donde los shows mediáticos elevaban a la categoría de notorios a cientos de imbéciles, la porfía de McCarthy por disolverse tras sus libros parece incomprensible. No concede entrevistas, se niega a fungir de jurado, tampoco imparte conferencias, no ofrece opiniones sobre la guerra en Irak ni sobre el conflicto árabe – palestino tampoco, sólo escribe novelas.
Nada más. En la calle, pocos habrán de reconocer a ese señor que aparece en la foto de sus libros. Dice la leyenda que viajó por Europa, y que luego se radicó para siempre en esa zona de bruma que es la frontera de los Estados Unidos con México; incluso, que vivió bajo una torre de perforación de petróleo. También se dice —y esto lo dijo Harold Bloom—, que Cormac McCarthy es uno de los novelistas de mayor fuerza de los Estados Unidos. Y se le compara con William Faulkner y con Hermann Melville. Este año ha recibido el Premio Pulitzer por su novela On the road, pero no participó de la ceremonia.
Junto a Thomas Pynchon y Jerome David Salinger conforma la Santísima Trinidad del Anonimato de la literatura norteamericana. Escritores dispuestos a defender con un celo animal el único derecho que los asiste y los justifica ante ellos mismos, el de escribir. Su Trilogía de la frontera (compuesta por las novelas All the pretty horses, The crossing y The cities of the plain) es quizás la obra a que todo autor debiera aspirar, aunque para ello, tuviéramos que renunciar a impartir conferencias, a participar de jurado en cuanto concurso nos convoca, a encabalgar nuestra opinión entre muchas otras sobre la guerra en Irak, la dictadura de Fidel Castro o el auge de la izquierda en América Latina.
En la Trilogía de la frontera los personajes se mueven mediante unas leyes simples, no escritas, que tienen su correspondencia en la muerte, la persistencia, la resignación y la fatalidad. Uno tras otro, durante mil páginas, los actores de esta hermosa epopeya caen, abandonan la senda, aprenden a vivir con las pérdidas que le tocan o como Billy Parham (¿el alter ego de Corman McCarthy?, a mí me gusta creerlo) al final del tercer tomo, sin casa, acogido durante el invierno por una familia de granjeros de Nuevo México, intenta persuadir a su anfitriona de su insignificancia, y dice:
“No soy lo que usted piensa. Yo no soy nada. No sé por qué me aguanta.
Verá, señor Parham. Sé quién es usted. Y yo sí sé por qué. Ahora duerma. Hasta mañana.
Sí, señora.”
Y la novela se cierra en este punto, con la obediencia del anciano.
Sé por propia experiencia que la vanidad intelectual es una enfermedad que se nos mete bajo la piel y te entumece los dedos y te vuelve dócil, te vuelve dócil y correcto. Es un mal común, a partir de los cincuenta años, de todos los escritores con cierto éxito, escribió Mario Vargas Llosa en La trompeta de Deyá, un elogioso artículo sobre la obra de Julio Cortázar. Pero también lo es, en quienes aún no hemos llegado a esa edad ni a ese renombre. Sencillamente, porque el rumbo de los mayores, parece indicarnos que el camino viaja en esa dirección, a menos que deseemos perdernos por los recodos del anonimato, el silencio y las publicaciones en editoriales de tercera.
En esos momentos en los que nos creemos capacitados de opinar sobre los conflictos mundiales, las acciones democráticas o totalitarias de los gobiernos, o servimos de árbitros y jueces en indistintas contiendas literarias, y aceptamos gustosos sentarnos frente a un auditórium de estudiantes a explicar cómo escribimos nuestros libros; en esos momentos, deberíamos actuar con honestidad e inscribirnos en las filas de algún partido ampliamente beligerante, ingresar parte de nuestros fondos en una ONG de ayuda a los intelectuales moribundos, llamar a todos nuestros amigos, y en una fiesta enorme, bullanguera, festejar la Muerte del Escritor Que Fuimos.
III
Leer a Cormac McCarthy es un ejercicio de riesgo. Podríamos negarnos a contestar el teléfono, negarnos a revisar internet en busca de los últimos artículos (a favor y en contra) sobre nuestra persona o nuestra obra, negarnos a considerar juiciosas (y no pendejas) las opiniones de otros intelectuales sobre los diversos temas de su desconocimiento, negarnos a asistir a conferencias, y negarnos, incluso, a asistir a la presentación de nuestros propios libros. Para todas las negativas tendríamos una sola respuesta: “no puedo, tengo que escribir, escribir, escribir”.
Por
Uriel
Quesada
El gobierno no pudo preveer el impacto social y político que CAFTA causaria entre los costarricenses [...] Y si bien los grupos que apoyan el tratado son económicamente muy fuertes y tienen amplio acceso a los medios de comunicación, quienes se oponen han encontrado su nicho principalmente en Internet.
Por
Amir
Valle
Fui testigo directo, entonces, de la primera metamorfosis que sucedía ante mis ojos: vi a unas cuantas (y muy feas) orugas convertirse en mariposas, lo cual sucedía siguiendo el ciclo natural, quizás con las únicas diferencias de que no se les llamaba “orugas” (se les decía “gusanos"...
Por
Alejandra
Costamagna
Millán supo que tenía cáncer al pulmón y se largó a escribir. “Ahora me preocupo sólo de mí, me olvido de los otros. Me interno en el ensimismamiento porque veo con alarma que el barquero aborda su nave”...
Por
Armando
de Armas
En el pasado los vecinos de un país eran determinados sólo por la geografía. Hoy, experiencias comunes, aspiraciones, valores y la solidaridad determinan quienes son nuestros vecinos, tanto o más que la geografía. Ningún ejemplo de esto puede ser más dramático que Cuba y Polonia.
Por
Edmundo
Paz Soldán
Hay nombres que no sorprenden a nadie (Neruda), autores sorpresivos (Tim Burton), y autores sobre cuyos méritos literarios los críticos todavía no se ponen de acuerdo (Isabel Allende, Hernán Rivera Letelier)
Por
Ladislao
Aguado
En una época donde la imagen del hombre sustituye al hombre mismo y donde los shows mediáticos elevaban a la categoría de notorios a cientos de imbéciles, la porfía de McCarthy por disolverse tras sus libros parece incomprensible.
Por
Elidio la torre
lagares
...más que emails y confabulación, lo grandioso de la novela de López Nieves –traducida al islandés y próximamente al francés- es menos obvio, y es que la misma se estructura como artefacto literario tomando una forma muy frívola y poco literaria: la del hipertexto.
Por
León
de la hoz
Sin la independencia de la boca sobre el cerebro es difícil imaginar que un ser humano pueda articular tanta estupidez, a no ser que sea un extraño caso clínico de los Expedientes X. Sólo cabe preguntarnos si también cuando duerme esa boca no deja de cometer palabras.