

«Eduardo Antonio Parra no sabe cómo definirse, "tal vez como un tipo que trata de pasársela bien, de hacer lo que me gusta".
Lo cierto es que se trata de un escritor de 41 años que sonríe, se frota con fuerza las manos y conversa. El mismo que se aficionó a las historias fantásticas de misterio, sangrientas y violentas, influenciado por sus dos abuelas que eran, sin saber, narradoras orales notables.
Tiene muchos vicios: "La lectura, en primer lugar, que es también una de mis tantas satisfacciones. A veces pienso que me gusta más leer que escribir"... también están el cigarro, el café y los viajes.
Eduardo Antonio Parra es parte de una familia de nómadas que adoptó las ciudades fronterizas, a pesar de haber nacido en el Bajío.
Es considerado uno de los exponentes de la literatura del norte. Sus inicios fueron en un taller literario de amigos llamado Panteón, al lado de David Toscana, Hugo Valdés y Ramón López Castro, donde surgieron los primeros libros de esos escritores que querían contar su región con el lenguaje propio del norte. Además, es amigo de otros tantos narradores norteños como Elmer Mendoza, César López Cuadras, Luis Humberto Crosthwaite, Julián Herbert y Juan José Rodríguez. También es un escritor que se ha especializado en el cuento, ese género que concibe como un golpe certero, preciso y sintético.
Ha sido becario de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation y del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Escribe a mano en libretas profesionales de cuadro chico, siempre en cafés.
Eduardo Antonio Parra es un encantador de la palabra escrita, como lo confirma su libro más reciente, Parábolas del silencio, publicado por Ediciones Era. A través de nueve relatos retrata historias de hombres y mujeres que se debaten entre el dolor, el rencor, la frustración y el fracaso, seres situados en la encrucijada de la vida, ante el amor y el perdón, pero víctimas de una realidad violenta, del narcotráfico, la tragedia y la muerte.»
Eduardo Antonio Parra
Mi madre era una lectora consumada, leía tres o cuatro horas antes de dormir, pero creo que lo que más me empujó es que mis dos abuelas eran narradoras orales excelentes, una de ellas vivía en Guanajuato, la otra en Monterrey. Yo recuerdo que, de muy niño, la de Guanajuato me sentaba en la cocina y, mientras ella hacia sus quehaceres, me contaba historias, cuentos de terror muy moralistas, en el sentido de que el diablo siempre era el malo.
A la abuela de Monterrey le gustaban las historias sangrientas, me contaba unas espeluznantes. Muchos años después até cabos y me di cuenta de que, en realidad, ellas son mis dos grandes influencias, porque exactamente esos son los dos estilos que más me gustan para escribir, el fantástico misterioso y el violento y sangriento.
En la casa había libros, pero yo no los tocaba, no fui un lector precoz... creo que leí mi primer libro a los 13 años, y por imitación. Un día estaba en el escritorio y enfrente había un librerito donde mi papá había acomodado la colección Salgari. Yo no tenía idea de quién era Salgari o qué historias contaba. Agarré, como supongo hacen los que empiezan, el libro más delgadito de toda la colección. Nunca se me va olvidar cuál era: Invierno en el Polo Norte, pues fue el primer libro que leí yo solo.
Me chuté los libros sin disciplina ni nada, pero sí con bastante curiosidad. Ya en la prepa me encargaron muchos libros para leer, pero fue uno el que me decidió a aventarme a esta vocación: Cien años de soledad. Cuando terminé de leerlo dije: "Yo quiero hacer con algún lector algo semejante a lo que hizo este hombre conmigo, quiero ser escritor, ¿cómo le hago?, no sé, no tengo ni idea". Entonces vivía en Monterrey y no conocía a ningún escritor, no sabía cómo se hacían los escritores. Cuando le dije a mi papá que quería estudiar letras me preguntó: "¿Qué es eso?". Ni yo mismo lo sabía y todo mundo me veía raro... eso me alentó, el sentirme un poco diferente.
Después de haber publicado el primer libro, al estar pensando cómo había surgido todo vinieron en cascada las historias de mis abuelas. La materna tenía dos hermanas, una en Caborca y otra en Torreón. Se escribían mucho, pero también se recortaban las notas de los crímenes más horrendos de los periódicos y se los mandaban por carta, y ella me las leía. Por ejemplo, ahí estaba la típica historia de un hombre que llega a su casa con un martillo, mata a sus 11 hijos, a su esposa y al final se suicida. Una de esas historias la hice cuento en mi primer libro, se llama El pozo y está basada en lo que ella me contó sobre un hombre rengo, desfigurado y contrahecho que ella vio cuando era niña; mi abuela al preguntar por qué estaba así, se enteró de que el individuo se había caído dentro de un pozo, en el desierto, durante tres semanas, hasta que lo rescataron.
También estaban los relatos de mi abuela paterna, que siempre tenían moraleja... eran historias para que uno fuera bueno y se desenvolviera bien dentro de las leyes cristianas.
De mis padres siempre he recibido fortaleza, mi madre es mi primera lectora. Cuando abordo temas que considero fuertes, ella siempre los lee con una naturalidad que me sorprende. Recuerdo una historia que le mostré advirtiéndole que amigos míos habían dicho que era demasiado ruda, ella me respondió: "Es peor la vida".
Para eso fue necesario un poco de tiempo, algunos cuantos años. Al principio uno lee indiscriminadamente, yo no hacía distinciones, por ejemplo, entre El Padrino y Crimen y castigo, simplemente eran lecturas y las dos me emocionaban muchísimo.
Influye todo lo que has visto, todo lo que has experimentado. Yo he vivido la mayor parte de mi vida en el norte, aunque tengo ya casi siete años en la ciudad de México. Muchos me preguntan "¿por qué aún no escribes una historia sobre el DF?", y yo les respondo que soy un convencido de que, con la infancia y la adolescencia, uno tiene para escribir toda la vida: todo aquello que oliste, el clima que sentiste, los tonos de voz que escuchaste, los giros lingüísticos, las historias propias de la región donde te desarrollaste dan para toda una existencia. No dudo que en algún momento termine escribiendo sobre el Distrito Federal, pero aún no acabo con todo lo que traigo del norte, trato de recuperar el tono de voz, el lenguaje con el que habla la gente de por allá, trato de recuperar las historias que viví, me enteré o imaginé.
Desde que empecé a escribir me parecía una región poco representada en la literatura mexicana, la ciudad de México tiene 200 años contándose, pero el norte no estaba muy narrado y tenía muy pocos escritores o, en su defecto, escritores que no habían trascendido. De alguna manera toda mi generación tenía la idea de contar sobre sus ciudades para darlas a conocer. Sin ninguna intención a priori nos dimos cuenta de que en eso coincidíamos. Queríamos contarle a los lectores del norte historias conocidas en su propio lenguaje, y al mismo tiempo darlas a conocer a lectores de otras regiones.
Sentíamos que era una especie de espacio sin literatura, aunque a decir verdad sí la había, aunque queríamos que fuera mucho más conocida y difundida. Hoy sabemos que hay muchísimos tópicos además de la violencia, la cuestión fronteriza y el narcotráfico. No nos consideramos un grupo, creo que somos una especie de movimiento espontáneo, y eso nos gusta.
Antes, los literatos emigraban al Distrito Federal, aunque seguían escribiendo del norte, pero ahora están creando una tradición en sus lugares de origen. Elmer sigue en Culiacán, Luis Humberto en Tijuana o San Diego, Toscana en Monterrey, Julián en Saltillo... con esto, los escritores jóvenes tienen la posibilidad de acercarse y convivir con ellos y asistir a los talleres... están en labor de formación.
Es una zona de choque cultural, político, tradicional y religioso muy interesante. En los últimos años me he dedicado a leer a autores de Europa central porque también tienen una zona de choque cultural espantoso.
Cuando dos tradiciones y culturas inmensas empiezan a entrar en conflicto o en roce hay mucho material para escribir.
La frontera deja más vulnerable y transparente a los hombres, esto siempre me ha gustado, un ser humano en situación límite es un ser humano más real, auténtico y espontáneo. No existen tantas máscaras como las que uno tiene en una vida tranquila, convencional o tradicional, cuando uno está en situación límite sale la esencia, y eso se ve mucho en las regiones fronterizas.
Me gusta mucho el tema de la venganza y todas sus modalidades, sobre todo aquella que es fría, a veces la peor revancha es no ejecutarla. Me interesan las hazañas personales, la decadencia del ser humano, el fracaso y, sobre todo, la frustración, aunque con frecuencia dejo que se cuele un poco de alegría, una chispa, esa intuición de que "no todo está perdido, aún se puede". Creo en esta pulsión humana de seguir adelante a pesar de todos los reveses y dificultades. El erotismo siempre me ha gustado mucho, me parece que va pegado a la violencia. Uno tiene lo que le ha tocado ver, la experiencia directa, aunque casi no escribo de lo que me ha tocado vivir, le saco un poco la vuelta a la autobiografía.
Sí, hay historias que se me ocurren, pero que no concreto. Trabajé en "nota roja" un año, ahí viví una cantidad de historias que iba a hacer literatura, pero no lo he hecho porque no he encontrado las metáforas, ese puente que sirve para no dejar la historia desnuda. En cada texto, relato y novela siempre se va a colar algo personal, incluso demasiado; yo trato de evitar esto, no quiero ser demasiado impúdico, prefiero inventar personajes, pasarles mis traumas a ellos y modificarlos.
Bastante, trato de evitarlo lo más que puedo, por eso he acudido poco a la primera persona en mis textos. También soy temeroso, cuando sale un libro nuevo, mi primera reacción, después de la alegría de verlo impreso, es nerviosismo y temor, y me pregunto "¿qué futuro tendrá?".
Somos nómadas. Por un lado mi padre —que era hijo único— fue funcionario bancario y lo cambiaban de ciudad muy seguido. Por el otro, la familia de mi madre, que era muy grande, empezó a moverse por muchos lados. Siempre me ha fascinado no sólo la frontera, sino la zona fronteriza, tanto la franja mexicana como la gringa.
Esta "movilidad" viene de familia y me parece muy útil, por lo menos en mi oficio de escritor, pues me brinda varias perspectivas y me permite abrirme al modo de pensar de gente muy distinta de mí. A veces duele cambiar de ciudad, pero llega un momento donde te das cuenta que nada es para siempre, que todo se va a acabar en algún momento, estoy condicionado desde niño a la idea de "no emocionarme mucho porque algún día me voy a ir".
Ante la familia mantengo una especie de resistencia interna que me lleva decir que "voy a transigir, a ceder, a conciliar muchas cosas"; sin embargo, hay una parte de mí que me propuse mantener —desde mi adolescencia hasta el día que muera— y tiene que ver con la idea, quizá romántica del escritor, de la libertad interna y física, de la independencia total, y, yendo más allá, de tener a la escritura como misión, como la única actividad que vale la pena en este mundo.
Por
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El gobierno no pudo preveer el impacto social y político que CAFTA causaria entre los costarricenses [...] Y si bien los grupos que apoyan el tratado son económicamente muy fuertes y tienen amplio acceso a los medios de comunicación, quienes se oponen han encontrado su nicho principalmente en Internet.
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...más que emails y confabulación, lo grandioso de la novela de López Nieves –traducida al islandés y próximamente al francés- es menos obvio, y es que la misma se estructura como artefacto literario tomando una forma muy frívola y poco literaria: la del hipertexto.
Por
León
de la Hoz
Sin la independencia de la boca sobre el cerebro es difícil imaginar que un ser humano pueda articular tanta estupidez, a no ser que sea un extraño caso clínico de los Expedientes X. Sólo cabe preguntarnos si también cuando duerme esa boca no deja de cometer palabras.