


Ha caído en mis manos la novela o las memorias o las memoria novelada del escritor cubano Luis G. Ruisánchez y he devorado el libro, que me ha permitido revisitar una ciudad que no es la que es ahora, pero tampoco la que conoció el gran narrador citadino, Guillermo Cabrera Infante. Salvando las distancias entre una novela y otra y entre una época y otra, la de Ruisánchez y la de Infante, las dos obras se tocan y complementan, formando parte ambas de la narrativa que reconstruye la ciudad.
¿Novela biográfica? ¿Testimonio novelístico? La novela, fiel al título que el autor no ha elegido gratuitamente, nos acerca a las experiencias de un cubano a través de sus recuerdos que de cierta manera son los mismos de una generación que vivió entre el sueño y la realidad de una Cuba que ocultaba su lado reprimido. A pesar de que son los pasos de una memoria personal a través de la noche y de que esos pasos transitan un círculo pleno de referencias culturales y literarias, los acontecimientos son absolutamente reconocibles y hasta comunes, diría, para cualquier cubano común: las mismas necesidades, los mismos tópicos concernientes al desabastecimiento general, a la corrupción, la represión y la ideologización política con la que el régimen cubano ha convertido la Isla en una cárcel.
Creo que esa es la gran virtud de la novela de Ruisánchez, darnos o devolvernos a través de las vivencias de sus personajes una Habana que a pesar de los años transcurridos sigue siendo la misma en su esencia caótica y autodestructiva. Sin embargo, también en el exceso de esa virtud es donde a mi entender se haya el lado por donde se quiebra y cae la novela. Hay, en efecto, un anhelo de veracidad apuntándonos lugares, personas conocidas, hechos y características de lo habanero o cubano que la narración se resiente dejándole paso al interés antropológico o “biográfico” en vez del que podría emanar del propio genio narrativo del autor y de la autonomía de los personajes. Por ejemplo,
Nos interrumpió su mujer con sendas tazas de café humeante. “No tiene chicharos”, explicó la señora para dar fe de aquel café era colado de polvo puro y no el producto que vendían en el país, una mezcla con más de 50 % de chícharos tostados y molidos. Nos lo tomamos como es la costumbre, a sorbitos, soplando cada vez antes de llevarnos la taza a los labios, nadie se abstrae de esa práctica ceremoniosa del café."(16)
Estos excesos del narrador, que parece expresarse para un lector extranjero lo que emana de la propia historia como evidente, hacen que la novela derive sin suerte entre Cabrera Infante y Jesús Díaz aferrándose a una cubanidad fatua, urdida de clichés, en la que los personajes son meras caricaturas sin identidad y sin otro propósito que no sea trasladar una versión folclórica de la vida anómala del cubano bajo el socialismo e insólita para cualquier lector de esa realidad.
Los personajes no parecen conducirse acorde con una estructura narrativa, sino que desfilan como un diario en el cual lo importante es lo que les sucede y no esa relación que los define en relación con su circunstancia y en función de sus conductas. Esos personajes se mueven por escenarios donde lo realmente importante son aquellos personajes públicos conocidos del mundo de la cultura que aparecen esporádicamente para seducirnos porque esperamos de ellos algo que nos revele un aspecto desconocido o torcido de sus vidas, como cuando aparece el poeta Luis Suardiaz, por cierto con el apellido equivocado (Suardias).
No sabemos si estas son unas malas memorias o recuerdos camuflados con nombres y circunstancias reales o ficticias, sin embargo sabemos que no basta con recordar para hacer una novela y menos una buena novela. Muchas novelas mediocres han salido de buenas plumas y es que aunque la novela se haya puesto de moda, lamentablemente no es un oficio para todas las plumas. Y hablando de memorias, recordemos la mala novela hecha de mala memoria del formidable poeta Heberto Padilla.
No obstante, en La memoria olvidada vale la pena echar una ojeada a esa ciudad real que hemos vivido en el envés de La Habana triunfal de los diarios de la Revolución y que ahora vemos desmoronarse por la corrupción, la represión, la ideologización, las carencias, las drogas y todas las enfermedades que el país escondía bajo una férrea doctrina de ocultamiento y represión.
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