Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
otrolunes.com >> Sumario >> Este Lunes

Esa isla de cubanía llamada Carlos Victoria

Amir Valle

Página 1

Se puede ser una isla dentro de una isla. A esa condición en la que alguien se encierra en las olas de su propio mundo se le ha llamado insilio. Y son muchos ya los escritores y artistas cubanos que han constituido esas islas, destacando como manchas de luz en la oscuridad a la cual los ha condenado la isla mayor que, también, habitan. El insilio, además, como se sabe, no es una condición insular: no hay que vivir en Cuba para estar a riesgo de convertirse en una de esas islas, y bien hemos sabido que hay unos cuantos que han cabalgado por esos mundos con sus dos islas a cuestas (la que padecen desde el insilio y la que observan desde lo lejos de su exilio).

Carlos Victoria acaba de fallecer y ha cerrado con su muerte el último puente que nos llevaba a una de esas islas. Habitante de uno de los más largos insilios que conozco (ése que arrastró desde Cuba a los Estados Unidos y en el cual se sostuvo creando un mundo literario que sólo unos pocos favorecidos conocimos en su totalidad), Victoria es, aunque parezca exagerado, junto al también cubano Guillermo Rosales, una de las rocas sólidas de las letras cubanas del siglo XX, y su espacio, ganado sin concesiones al facilismo y a las modas tantas que pululan ensombreciendo la narrativa cubana de los últimos cincuenta años, lo coloca en el plano de grandeza de Reinaldo Arenas (con quien compartió sueños literarios y amistad), Severo Sarduy, Lino Novás Calvo, Guillermo Cabrera Infante y Jesús Díaz, por mencionar solamente a los que “se fueron” estando lejos de su isla, a pesar de la gran diferencia entre esos ilustres nombres de nuestra cultura y Carlos Victoria: aquellos nunca padecieron el insilio aunque se convirtieron en inmensas islas culturales fuera (que no desarraigadas) de la isla mayor.

Leyendo algunos de los obituarios me sobresaltó un comentario del escritor cubano Luis Manuel García Méndez. Decía Luis Manuel que Carlos Victoria y Guillermo Vidal eran las dos únicas personas del mundo literario cubano de quienes jamás había oído hablar mal a nadie. La frase me pareció de una profundidad absoluta, y quizás el mismo Luis Manuel no se haya dado cuenta de que estaba propiciando que cientos de lectores que desconocen la obra de Carlos Victoria llegaran al alma de ese ser humano especial que fue. Una vez más, el siempre inolvidable Guillermo Vidal se convertía en el puente que unía las orillas desunidas por sucias razones políticas. Y es simple: en la isla, donde no se conocen las obras de Carlos Victoria, sí se conoce bien, y se recuerda, y se extraña, la reciedumbre moral y humana de Guillermo Vidal. Estableciendo esa simple comparación que Luis Manuel propuso se podría comprender la inmensa injusticia que ha sido esconderle a los lectores (y a buena parte de la intelectualidad cubana) la calidad humana y el altísimo nivel literario de las obras de Carlos Victoria. Han escondido esas obras, es cierto, y el mayor culpable (al menos según se establece en la jerarquía política de la cultura) era alguien a quien el propio Victoria siempre consideró un amigo, y a quien recordaba con afecto, respetando incluso la decisión que tomara al optar por una carrera política: el Ministro de Cultura de su país. No llegó a saber (porque nunca se lo creyó, tal era su humildad) que podrían esconder su obra de la gente, pero jamás de la Cultura, y tal vez con esa esperanza de lograr saltar con sus escritos las barreras del insilio con el cual se protegió del triste recuerdo de su país, construyó una de las obras narrativas más admirables de los últimos años: Las sombras en la playa (cuentos, 1992), El resbaloso y otros cuentos (1997) y las novelas Puente en la oscuridad (1994) y La ruta del mago (1997), y en el 2004 publicó un extraño libro de noveletas y relatos bajo el título El salón del ciego. La traversée secrete (Phébus, París, 2001) fue seleccionada como la mejor novela del mes de noviembre del 2001 por el Jurado del Premio al Mejor Libro Extranjero en Francia. La editorial estadounidense Pureplay Press publicó en el 2005 A bridge in darkness.

Su vida estaría marcada por la incertidumbre: Nació en Camagüey, el 27 de enero de 1950, hijo de una maestra de la Escuela Normal, con propensión a la esquizofrenia desde muy joven, marca obvia en la vida del niño Carlos que, con sólo 15 años, ganó uno de los premios que más renombre tenía en esos años para cuento: El caimán barbudo, lo que le permitió obtener una beca para estudiar internado en Tarará, ese sitio hoy en ruinas allá en la Habana del Este. Fue allí donde nació su insilio: a pesar de estar en La Habana, “la capital cultural del mundo”, como se decía en esos años, jamás se vinculó a ninguno de los grupos literarios que se movían con los aires y revuelos de la revolución hasta que se matriculó en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana para estudiar Filología Inglesa.

Fue de los primeros “herejes”: nada tenía que ver su idea de la cultura de esa otra que primaba en los discursos y en los escenarios intelectuales de la época. Cuentan sus amigos que “Participó en un frustrado experimento de integración en lo que se llamó el campamento de Verdum, para los cual solicitó un año de excedencia en la Universidad. El campamento se disolvió y Carlos regresó a sus estudios universitarios, pero ese mismo año fue expulsado por "diversionismo ideológico" y regresó a su Camagüey natal, donde comenzó a trabajar en repoblación forestal. En 1978 fue detenido por agentes de la Seguridad del Estado para ser interrogado por primera vez. Poco después le volvieron a detener en su trabajo, registraron su casa y le requisaron libros y manuscritos que no recuperó jamás. Enviado a los calabozos de la temida Villa Marista en La Habana, finalmente no fue encausado y regresó a Camagüey a trabajar en un aserradero. En esos tiempos comenzó su dependencia del alcohol, algo que arrastró durante toda su vida y que le llevó varias veces, ya en Estados Unidos, a Alcohólicos Anónimos”.1

Y digo “cuentan sus amigos”, porque en nuestra comunicación el pasado en Cuba no existía. Carlos Victoria se había tejido una barrera invisible para protegerse de ese pasado terrible, del cual imagino sólo hablaría con sus amigos más cercanos, con esos que sabían y veían de cerca todos esos problemas existenciales que se llevó de Cuba, persiguiéndolo como si los gestores de su exilio decidieran torturarlo siempre con ese estigma.

Tres grandes nombres marcaron en 1983 la revista Mariel: Reinaldo Arenas, Guillermo Rosales y Carlos Victoria, justamente ellos, que habían marchado al exilio en 1980 cuando el éxodo de miles de cubanos desde El Mariel hacia Estados Unidos. Perseguidos todos por esos fantasmas que gritaban: “¡Pim Pom, fuera! ¡Abajo la gusanera!”, de los cuales se libraron escribiendo una de las sagas literarias más prodigiosas de nuestras letras: toda la novelística de Reinaldo, Boarding home, de Guillermo Rosales y la excelencia cuentística de Victoria, con esa atmósfera de claroscuros de amarga resonancia, con ese toque de comadreo con el que las historias seducen a partir, generalmente, de las confesiones de espíritus errantes, obsesivos, cargados de la misma incertidumbre vital que fustigó siempre al autor que les dio la vida en sus libros.

Durante los últimos cinco años de su vida, desde un día en que me escribió a la isla para felicitarme por la salida de mi revista digital Letras en Cuba, sostuvimos una amistad que fue creciendo mediante el intercambio de mensajes por internet. Fue poniéndome al tanto de toda su narrativa, enviándome sus cuentos y obras por email, y cuando finalmente supo que me encontraba en Alemania me envió uno de sus libros, El salón del ciego, a través de otro amigo común, el escritor Armando de Armas. El 11 de enero de 2007, le pedí permiso para publicar algún cuento en una antología sobre la historia del cuento cubano que preparé junto a la editora eslovena Verónika Rot, para Eslovenia, e incluir uno de los cuentos que no utilizara en un proyecto que queríamos sacar desde fines del 2006: la revista digital Otrolunes. Enseguida recibí la respuesta:

Querido Amir, gracias por recordarme. Tan pronto tenga una oportunidad te voy a enviar copia de tres cuentos, para que tengas donde escoger. No tengo computadora en la casa (por decisión), sólo en el trabajo, por eso debo aprovechar un momento libre, posiblemente esta misma noche. Aprovecho para felicitarte por tus merecidos éxitos.

Un fuerte abrazo,

Carlos

Y al día siguiente llegaron los tres cuentos que me proponía, puesto que a los que me había enviado antes les había realizado pequeñas modificaciones, según me explicó esa vez.

Me quedo con el deseo de conocer a Victoria, aunque me regocijo con que me haya dedicado un espacio de su tiempo y de su afecto en estos últimos años de su vida. Para siempre me quedará esa dedicatoria en su letra: “Para Amir Valle, amigo lejano pero cercano. Con el deseo de que algún día podamos conocernos”. Y me quedo con ese abrazo con el que terminaba su dedicatoria; el mismo abrazo con el que siempre firmó los mensajes que enviaba.


  • 1. Róger Salas y David Lago. "Carlos Victoria, escritor cubano". Obituario. En: El País, 26/10/2007.
artículo | cuento

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