Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
otrolunes.com >> Otra Opinión >> Columna de Elidio La Torre

El corazón de Voltaire de Luis López Nieves

Elidio La Torre Lagares

Luis López Nieves se sitúa hoy día como el primer novelista puertorriqueño. Le basta haber publicado un primer trabajo novelesco, El corazón de Voltaire, obra que le ganara el Premio Nacional de Literatura en Puerto Rico, para adelantar la narrativa puertorriqueña e hispanoamericana.

El corazón de Voltaire, ya en su séptima edición, ha sido ampliamente elogiada por sus recursos de construcción narrativa, admisibles a prima facie, como lo son el uso de la correspondencia electrónica en su función de sujeto novelesco de intertextualidad, y la efectiva progresión de la intriga, convenida como la traslación narrativa de una novela policíaca. No obstante, más que emails y confabulación, lo grandioso de la novela de López Nieves —traducida al islandés y próximamente al francés— es menos obvio, y es que la misma se estructura como artefacto literario tomando una forma muy frívola y poco literaria: la del hipertexto.

En su nivel más básico, el hipertexto es una suerte de manejador de base de datos que permite conectar pantallas de información que se asocian mutuamente a través de los llamados hiperenlaces, vínculos o links que se conectan y crean redes de información, el llamado conocimiento del siglo XXI. El hipertexto comprende, entonces, todo el entramado de computación que nos permite acceder distintas fuentes de documentación desde una página web. Éste es, precisamente, el principio organizador de la exitosa novela de López Nieves: bloques de información que van conectándose unos con otros.

En efecto, el texto de López Nieves trabaja, más que como mero epistolario cibernético, como la suma de esos enlaces asociativos que conducen al lector a través de los diversos niveles de complicación de la trama. Un correo lleva al otro, a manera de hiperenlaces o hipervínculos que a su vez nos llevan a otros referentes por medio de anejos, copias de cartas, citas de otros textos y el conocido comando del CC, o la copia a otros lectores, recurso magistralmente utilizado para ir poblando la novela con otros personajes. A su vez, el texto enlaza a otras voces, perspectivas y, sobre todo, acceso a fuentes de información, que en última instancia, van formulando el argumento de la novela.

Esto es otra cosa.

Se necesita conocimiento y dominio de los elementos estructurales de una novela para trasgredirlos, retarlos y modificarlos. López Nieves, por supuesto, conoce bien el medio de explotación del texto. Además de ser narrador probado, ya antes había manejado un verdadero hipertexto: Ciudad Seva (www.ciudadseva.com), espacio virtual donde se hiperenlazan centenares de textos literarios, creando una impresionante biblioteca virtual. Por ende, no es casualidad que el esquema de programación y diseño cibernético se transporte exitosamente ahora a la página impresa.

En El corazón de Voltaire, la comunicación inicial de la novela parte de una nota que le cursa Rogier Meurisse, Primer Secretario de la Embajada Francesa en Brasil, a Mathieu Devereux, Vice Ministro de Cultura en Francia, y a partir de la cual se comienzan a concatenar los textos que nos llevan a Jerome Batailles, Profesor de Historia en la Universidad de la Sorbonne, y consecuentemente hasta Roland de Luziers, Profesor de Genética y quien tendrá la encomienda de desenmarañar el misterio que proporciona la premisa vital de la novela: certificar que el corazón contenido en una urna en la Biblioteca Nacional de Francia pertenece, en efecto, a Francois Marie Arouet, el filósofo dominante del pensamiento dieciochesco, y quien fuera mejor conocido como Voltaire. Esto lleva a otra interrogante: si el corazón es, en efecto, el de Voltaire, ¿dónde están sus restos?

Curiosamente, la aparición del personaje de Gabriel Daumart, descendiente de Voltaire radicado en Puerto Rico, abona al enrevesamiento del argumento. Pero, sin querer delatar lo que corresponde al lector encontrar por sí mismo, lo cierto es que todo este desplazamiento de información viaja por Brasil, Francia, México y Puerto Rico de manera cibernética, llevando al lector por un viaje virtual a través del espacio cibernético. Es, por tanto, una novela cuyo ámbito narrativo se traslada a través de señales de comunicación digital. El mundo queda, literal y figurativamente, globalizado por filamentos de fibra óptica.

La novela constituye, hasta cierto punto, un irónico homenaje a Voltaire, el principal filósofo de la Ilustración, proyecto que nos legara todo el vaciar del tiempo y el acortamiento de las distancias a través de los avances tecnológicos, y de los cuales la invención de la Internet y el correo electrónico probablemente constituyen, hasta ahora, sus mayores logros. Esto sitúa a El corazón de Voltaire como la primera novela de la recién nombrada Transmodernidad, que para la acuñadora del termino, Rosa María Rodríguez Magda, no es otra cosa que una etapa abierta, la “designación de nuestro presente” más allá denominaciones aleatorias, “la herencia de los retos abiertos de la Modernidad tras la quiebra del proyecto ilustrado”.

Esta primera novela de López Nieves rebasa las concepciones tradicionales de construcción novelesca y alcanza una dimensión peligrosa: la descentralización del texto, y por tanto, del narrador. Ciertamente, López Nieves aniquila en su narrativa al narrador omnisciente de visión totalitaria (narrador típico del siglo XIX), dejándonos toda una representación del discurso narrativo fragmentado y sin intermediarios o narradores. De esta forma, como texto exterior al texto, los correos electrónicos comienzan a ejercer la función del diálogo o del discurso mimético.

Y hay más.

Los personajes nunca se ven. Nunca se miran. Nunca comparten un espacio real en sincronía de tiempo y espacio. No les tenemos rostros, ni ademanes, ni gesticulaciones, y mucho menos entran en el contacto humano del plano emotivo. Entonces, la trama avanza sobre los conflictos de carácter ético que se desarrollan de manera dialógica. Y es que en Voltaire, cuya disposición gráfica y textual apunta al texto fragmentado, se nos presenta una problemática de índole narrativa pocas veces visto en la literatura mundial: los personajes carecen de dimensión física.

Ciertamente, en El corazón de Voltaire se descarta la descripción física de los personajes y por ello nunca les vemos en su tridimensionalidad de personajes, quienes entonces son reducidos a su valor mínimo funcional dentro de la construcción narrativa: el de ser meros actantes. Por tomar prestado el concepto de Lacan, son enteramente cuerpos de palabras. Es decir, estos actuantes —ejecutores de una función en la trama— escenifican la disolución del sujeto, irónicamente, uno de las últimas consecuencias de la modernidad, y una de las características del mundo virtual, en el que pasamos a ser un user name.

La obra, sin duda, pertenece a un orden ajeno al mundo en que vivimos, mas es parte inseparable del mismo. Como predispuesto por Blanchot, la misma se completa en la ruptura que hace con ese mundo. Entonces, la heteroglossia se traduce en código binario.

Hacia el final de la novela, el gobierno francés ordena el cesa y desista de toda investigación. Es natural, entonces, que el libro mismo —el libro físico— se convierta en libro-prisión: libro-continente de lo que de otra manera, como el hipertexto mismo, sería un contenido inacabable. Así, en El corazón de Voltaire, el hipertexto en su infinitud, a fin de cuentas, viene a ser esa metonimia de la búsqueda de la verdad, del verdadero original, que, después de todo, puede que ya no exista, pero que nunca se olvida.

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