


Saigón Souvenir, la novela de Carlos Díaz llegó a mis manos gracias a la generosidad de Juan Antonio Sánchez y Odalys Curbelo, amigos que así querían compartir conmigo el cumplimiento de su sueño editorial.
Lo primero que me impresionó fue el cuerpo en sí de los libros (cuatro en total). Me dije que un sueño que llega a adquirir esa textura, esos colores, ese olor y ese papel lustroso y bien trabajado, es ya en principio un sueño que ha comenzado a cumplirse bien.
Pero es obvio que una editorial exige algo más: exige también la vida que el lenguaje impreso en los libros que da a la luz contiene y transmite. Y, por supuesto, la calidad de ese lenguaje. De modo que la belleza concreta del producto industrial, por así decirlo, que es el libro, debe corresponderse con aquélla, o la editorial en cuestión tendrá un problema.
En este caso, Saigón Souvenir bastaría por sí sola para suscribir este logro.
La leí en la soledad de un parking remoto, como suele decirse, de un tirón. Y no sólo fue lo segundo que me impresionó, sino que de cierta manera consiguió ese milagro consistente en hacer que el libro (independientemente de su belleza concreta) desaparezca de nuestras manos y, borrando todo en derredor (parking, ciudad, país) pase a formar parte integral del yo del lector.
Carlos me dejó de una pieza. Y me hizo leer su novela, ese centenar de páginas, palabra por palabra, repitiéndolas en voz baja, como se lee, como se tiene que leer, un poema. Porque Saigón Souvenir es, sobre todo eso: un poema.
Y lo es no sólo por sus imágenes fuertes, precisas y oportunas, sino también y sobre todo por su atmósfera desgarrada. Ese dolor, esa desolación, esa incertidumbre que es la certidumbre de la derrota. El reconocimiento final de que no se es un héroe; de que en este universo (el del personaje que ha perdido las piernas en Viet Nam, pero que pudo perderlas en Angola o en cualquier otro culo del mundo) no se puede ser un héroe.
Pero hay algo más que también impresiona: el argumento en sí mismo. Y lo hace por el hecho de que un escritor cubano haya escogido uno semejante (si es que los escritores pueden escoger sus temas y no al revés). El hecho, en consecuencia, de que la situación cubana no se mencione, y que todo aquel que la busque sólo encuentre algunas minúsculas y muy tangenciales referencias: la nostalgia que sentía el padre del protagonista, por ejemplo. Algo, por cierto, que curiosamente hace que esos escasos datos resalten, por contraste, de un modo especial. En pocas palabras: también me impresionó, y mucho, el hecho de que Carlos haya tenido la osadía de vencer esa tentación.
Saigón Souvenir viene a decirnos, en fin, que el mapa de la frustración no tiene fronteras.
Pero (ya lo dije) esta novela es un gran poema, y la poesía es polisémica. Cada nueva lectura depara una sorpresa. Cuando la relea seguramente estaré en condiciones de escribir un comentario completamente distinto. Con una garantía: también será elogioso.
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