

Una foto recorre el mundo... Este es el título de un documental de Pedro Chaskel sobre la famosa fotografía del Che Guevara tomada por Alberto Korda el 5 de marzo de 1960 en La Habana. Un fantasma recorre el mundo... Y este es el comienzo del libro que ha producido el mayor quebradero de cabeza en la historia moderna: Manifiesto Comunista. El documental narra la historia de aquella foto, e intenta restituir al fotógrafo cubano su copyright definitivo, después de ver usurpada y expandida su imagen por el mundo entero, gracias al póster que el editor y militante de la izquierda radical Giangiacomo Feltrinelli publicó para acompañar el Diario en Bolivia. La foto de Korda se llamó Guerillero Heroico. El póster de Feltrinelli tuvo un título algo más psicodélico: Che in the Sky with Jacket. En cualquier caso, está comprobado que Korda había hecho un corte casi idéntico al de Feltrinelli (sino es el mismo). Así fue publicado en Revolución, en una agenda cultural, el 18 de octubre 1960 para anunciar la conferencia del "Dr. Ernesto Guevara", dentro de unas "charlas de capacitación organizadas por el Ministerio de Salud Pública". Hay, además, otro momento previo al lanzamiento del editor italiano con el mismo recorte. Es en Paris Match, ilustrando un artículo de Jean Larteguy: "Les Guérrilleros". En un principio, el retrato y el Manifiesto estaban unidos por la subversión. Al punto de que el propio Korda siempre mantuvo la idea de que esa foto debía representar la figura de un revolucionario y, aún más, de la revolución misma. Pero la foto —su foto— que hoy recorre este mundo no apunta a eso. No es la imagen de la revolución sino la del marketing. No nos invita al socialismo sino al consumo. No es el Che sino su fantasma. O, dicho con más exactitud por el narrador argentino Rodrigo Fresán, “no es un fantasma, sino la foto de un fantasma la que recorre el mundo”.
Ese retrato espectral ha adquirido vida propia, más allá del retratado y del retratista, hasta convertirse en la imagen más reproducida de la historia de la fotografía. En ceniceros y camisetas, tatuajes y graffitis, marcas de cerveza y pins, la imagen del Che está repartida por cualquier rincón de la geografía planetaria. Comenzó a aparecer, como tiene que ser en cualquier fantasma que se precie, después de muerto el personaje y en el mejor escenario posible: las convulsiones del 68. Hoy el rostro ubicuo del Che inspira, a pesar de los desvelos revolucionarios de Korda, las lecturas más dispares: es capaz de unir a contestatarios y estrellas de Hollywood, revolucionarios y top models, alternativos y vendedores de baratijas, artistas consagrados y grafiteros anónimos, nostálgicos del comunismo y ultras del fútbol...
En cualquier lugar del plantea, el Che nos mira siempre. Desde las subastas de e-bay en Internet. Interpretado por Omar Shariff, Antonio Banderas, Gael García o Benicio del Toro en Hollywood. En las obras de artistas como Annie Leibovitz, Vik Muniz o Marcos López. Desde los billetes de tres pesos que hoy emite el Banco Nacional de Cuba. En altares populares donde aparece como “Chesucristo” según lo ha visto David Kunzle. En un tierno modelo de Gaultier o bien puesto de marihuana en un coffee-shop de Amsterdam. En el tórax de Myke Tyson y en el brazo de Maradona. En la tanga de Giselle Bunchen (que he rebautizado como Bund-Che-n) y en la solapa del cómico Randy Credico, para quien el guerrillero prendido a su americana no es obstáculo que le impida zamparse una monumental langosta en el restaurante Docs de Nueva York.
La historia del retrato de Korda se deja leer también como una novela de intriga, con tramas contradictorias y enigmáticas no resueltas del todo. Alrededor de la foto fantasma encontramos polémicas por los derechos de autor, enfáticas controversias políticas, denuncias familiares, agentes de la CIA y de los servicios secretos cubanos, guerrilleros de todo pelaje, víctimas del Che, algún que otro negocio turbio y hasta pruebas de ADN.
La exposición CHE! Revolución y Mercado, concebida por la crítica inglesa Trisha Ziff, recorre de manera exhaustiva el devenir de esta imagen fantasmal. Durante años de investigación, Ziff ha recogido unas trescientas piezas, firmadas y anónimas, que refuerzan o pervierten la foto original tomada por Korda por medio de fotografías, carteles, películas, sonidos, ropa y artefactos de más de treinta países. Desde la utilización como Agit-Prop en los sesenta hasta las numerosas apropiaciones posteriores. Desde la imagen original hasta su conversión en icono de consumo global. Desde el Che hasta el feti-Che.
La misma exposición ha sufrido, en su recorrido, algunos percances. El más notable, hasta ahora, cuando Gerry Adams, líder del Sinn Fein, fue expulsado de la inauguración en el Victoria & Albert Museum por “anti-éstético”. Por la parte que me toca, debo confesar que programar esta muestra en el Palau de la Virreina también me ha deparado algún disgusto. Antes de inaugurarla, ya el Partido Popular de Catalunya se había lanzado sobre la exposición —“más propia de países como Cuba y Venezuela”—, pues no veían en ella la narrativa de una imagen, sino al Che en persona, levantando a las masas Rambla abajo y clamando por la revolución. Nada me gustaría más que el PP llevara razón y que el arte tuviera, tan sólo, unas mínimas propiedades subversivas. Y nada me gustaría más que allí en Cuba, donde el 80 por ciento de la población ha crecido exclamando cada mañana de su vida “Pioneros por el Comunismo. ¡Seremos como el Che!”, mis paisanos pudieran ver, tal cual, la exposición completa. Pero me temo que, por esta vez, la derecha no tendrá la razón. Desde luego, este es el tipo de proyecto con el que uno no hace muchos amigos. En realidad, no está pensado para quedar bien con todos, sino exactamente para lo contrario: busca crear algún escozor en las distintas partes de este asunto y remover un poco las ideas preconcebidas que se tienen sobre las imágenes. A los guevaristas ortodoxos seguramente no les gustará un Che Charles Manson, o gay, o fumado, o Homer Simpson. A los católicos más dogmáticos les puede resultar molesto ver al Che en los altares populares de América Latina, adorado como “Chesucristo”. A los anticomunistas irreductibles les provocará urticaria la zona dedicada a agitación y propaganda en los carteles revolucionarios de los años sesenta. A los puristas del arte les horrorizará el momento kitsch de muñecos, matrioshkas, maracas y todos esos objetos todavía más “anti-estéticos” que Gerry Adams. A los idealistas puede disgustarles encontrar documentada una carta de Paquito D' Rivera a Carlos Santana, criticando su frívola camiseta del Che en la entrega de los Oscar al tiempo que le refresca la memoria sobre un Che al frente de los pelotones de fusilamiento en Cuba. Los puristas de la crítica de arte —esa especie a un paso de extinguirse— posiblemente no compartan que un texto de Rodrigo Fresán tenga por título El CodiChe Guevara y aloje una trama de intriga en lugar de dedicarse a explicar estrictamente los pormenores de la exposición.
Si a David Beckham le dedican cursos de postgrado en Harvard, no parece demasiado descabellado realizar una investigación sobre la fotografía más reproducida de todos los tiempos y preguntarse por el misterio de la ubicuidad de esa imagen. Eso sí, desde la mistificación y desde la parodia. Desde el icono, pero también desde los iconoclastas.
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