

Página 1
¿Es posible encontrar en la ensayística cubana algún proyecto de escritura más excéntrico que el que le declarara en 1994 Gastón Baquero a Felipe Lázaro en una entrevista?
Los discursos de Baquero sobre la poesía forman un cuerpo bastante extenso, teniendo en cuenta las amplias zonas de silencio escritural que conforman su trayectoria vital. Ya publicaba ensayos filosóficos en las primeras revistas “origenistas” (Poeta, Clavileño), y sacó a la luz al menos cuatro libros íntegramente dedicados a reflexionar en clave teórica el hecho poético o a leer las obras de autores específicos a través de sus ideas, digamos, “abstractas” sobre lo poético. Lo interesante de esto no es indagar en la novedad de sus postulados. Es más jugoso verificar cómo existen gracias a y en una tupida red de referencias concomitantes, un entramado en el que se pueden intercambiar numerosos términos de un discurso a otro –sea de Cintio Vitier, María Zambrano, Octavio Paz, Heidegger, Rilke, Saint-John Perse, Albert Beguin- sin que alteremos sustancialmente los contornos de estas rutas de entendimiento. Baquero alimentó unas creencias y transitó por las vías de algunas preguntas fundamentales. Abrió desde temprano la puerta hacia ciertos dogmas de fe modernos sobre la poesía. Marcó este camino, con la inevitable mezcla entre redundancia y novedad que la modernidad trajo consigo. Creo que todavía no se ha subrayado lo suficiente.
No sabemos minuciosamente cuál fue la relación de Baquero con los origenistas; qué acuerdos y encuentros posibilitaron la amistad con Lezama, por ejemplo; por qué Gastón publicó un solo texto en Orígenes. Tenemos referencias desperdigadas, pero no conocemos profundamente cuáles lecturas sostuvieron sus años jóvenes, cuáles autores rechazó; cómo transcurrió su largo periodo como periodista; sus afiliaciones políticas en la isla republicana. Menos aún los pormenores de su salida de Cuba, su llegada a Madrid, su vida de exiliado. Qué españoles lo acogieron, los que lo ignoraron. Cómo se ganó la vida. La génesis de sus libros, el avatar de sus intentos por publicar, por darse a conocer…Falta una biografía sobre Gastón Baquero, y está claro que será difícil responder muchas de estas preguntas. La literatura cubana reposa históricamente sobre el gran vacío de la escasez de biografías de sus escritores, como si sólo importaran las obras mismas, una equivocada y altiva manera de entender los críticos lo que pasa dentro de los textos, alrededor de ellos…
Baquero le confesaba a Felipe Lázaro en 1994, que tenía en proyecto varios ensayos. Fue una verdadera lástima que no llegara a realizarlos. Contaríamos desde ese momento con algunos relatos de los más insólitos dentro del ensayismo cubano. “Uno sobre ‘Las bases tróficas de la poesía’, analizando la relación entre los alimentos y la creación de poemas. Y otro (…) sobre el hombre como producto de la fermentación pútrida de una estrella muerta”. Según Gastón, “hay una estrecha relación bioquímica, trófica (no estrófica), entre lo que se ingiere –se incorpora, diría Lezama- y lo que se escribe. Es posible llegar a construir un poema de acuerdo con la cantidad de carbohidratos, o de proteínas y aminoácidos, etc., que se haya incorporado al organismo”.
¿Es que habrá entonces una directa y fatal relación entre, por ejemplo, la pobreza y la endeble sustancia de la poesía conversacional cubana de los ’60 y ’70 y la falta de alimentos “fuertes” de la Cuba de esas décadas? ¿O tendrá que ver la malnutrición endémica de los cubanos con ciertas zonas débiles de la poesía insular?
Bastaría la imagen de José Martí que emerge de los ensayos de Baquero para afirmar la afiliación origenista de éste. No importa que haya publicado un solo texto en la revista del grupo, ni que se distanciara de éste al dedicarse al periodismo y “ascender” en la jerarquía social republicana, alejándose de alguna forma de cierto ideal de poeta que vive de la poesía dignamente, de cierto halo de pobreza irradiante tan caro al universo beatífico de Orígenes. No importa tampoco que Baquero, ya en el exilio, y por la fecha un tanto tardía de 1994, negara la existencia de los origenistas como generación, al considerarlo un grupo dispar, muy heterogéneo, nada unificado, y afirmara que calificar de esa manera a sus coetáneos es “lanzarse, por comodidad y por obediencia al lugar común, a hablar de ‘la generación de Orígenes’”. (A continuación, en esa entrevista, amengua la relevancia de la publicación origenista, y la subsume en un devenir casi natural y “sempiterno”, como “una expresión más del amor (…) de los cubanos por la literatura y por la publicación de buenas revistas” –pasa a enumerar otra multitud de títulos de revistas cubanas de la época, de las que según él no se puede desconocer su importancia).
Era algo distinto lo que se leía en un texto de Baquero de 1954, una reseña sobre el último número de Orígenes en ese momento. Aquí distingue a la revista como representante de la resistencia cultural dentro de la desintegración republicana; un bastión contra el “duro huracán de vulgaridad, comedia, utilitarismo y pose” que atravesaba la nación. Canto nostálgico por una actitud que él mismo abandonó, la reseña de Baquero encumbra a los origenistas hacia el altar casi martirológico del sacrificio intelectual a cambio de nada: un retrato de grupo con él fuera de sitio, con el vacío del ya ido (esta ausencia la escribirá cuatro años después Vitier en Lo cubano en la poesía, con un tono lamentoso a través del cual no podemos dejar de ver la silueta de Baquero como lejos, distante: “Él era el huésped increíble, y el poder de la pobreza. Sus poemas llegaban y se establecían en la luz como si siempre hubieran estado ahí, familiares en su secreto y en su grave magnitud. Un día ya no quiso escribirlos más”).
Como saldar una deuda, enmendar una falta, cubrir una distancia: escribe Gastón sobre “quienes representan de veras lo mejor, lo más puro, lo sólido de una nación”; los que continúan “el esfuerzo intelectual (…) creador (…). Ese poeta que prosigue en su trabajo, ese pintor que continúa en lo suyo (…) ese compositor que se esfuerza por salvarse de lo cómodo (…)”. Los héroes permanecen “frente al escenario público, conocido, ruidoso y altoparlante de una cultura falsa (…) alentadora de las peores tendencias a no crear, sino a ‘hacerse una posición’”. Cincela la escultura, marmórea, de los origenistas con los que años atrás compartía destino literario: ellos representan “el espíritu valeroso” de esos artistas sacrificados.
Toda la filosofía poética de Baquero se sostiene sobre la creencia en una falta, que se vuelve ganancia, posibilidad misma de la poesía: la realidad carece de algo que es necesario develar. Es “la visión que percibe en lo real una vibración extraña, un casi imperceptible temblor alusivo”, diría Vitier. Un conjunto de cosas que necesitan religarse a otras dimensiones; el poeta “es requerido constantemente por la realidad que suplica (…) algo así como si le dieran la verdad que le falta, el ser que se quedó atrás”, diría María Zambrano. “La transitoriedad tropieza en todos sentidos con un ser profundo (…) todas las conformaciones de este mundo (…) han de situarse en esas significaciones superiores en que tenemos parte (…) hay que introducir lo visto y lo tocado aquí hacia la órbita más amplia”, diría Rilke. Este es el linaje filosófico con el que dialoga Baquero, su arsenal de certidumbres. Hay muchas más correspondencias que establecer, muchos episodios de concordancia. Que cierre el propio Gastón –por ahora- este mínimo tránsito: “el universo está allí delante, intacto casi todavía para nuestro conocimiento (…) [con] su dura sustancia, hecha de claves y reservados jeroglíficos (…). La poesía no es sino el ejercicio de penetración e intervención en el recinto desconocido o cerrado aún del mundo aprovechándose del poder traslaticio que obra el lenguaje sobre la realidad”.
La poesía de Baquero no es útil. No sirve ni para los discursos nacionalistas, ni para los discursos de género, ni para los discursos de raza. No se puede aprovechar para casi ninguna reivindicación. La obra de Baquero tal parece una huida cautelosa de algunas determinaciones incómodas: siendo homosexual, no se hace visible en ella una poética homoerótica; siendo negro, rehuyó el tema racial, y criticó desde temprano y cuanto pudo la llamada poesía negra. Habrá quien vea en estas carencias una cobardía, un heroísmo o una fatalidad epocal. Ya lo decía Gastón rotundamente en uno de sus textos más filosóficos, en los umbrales de Orígenes: “Mirando cerradamente, ocurre que es un yerro imperdonable relacionar vida y obra, en toda circunstancia.” Y aún más categórico: “no es posible que una verdadera biografía coexista con una obra verdadera”.
¿Estarán vinculadas la ingestión de azúcares fermentados y la poesía erótica de Carilda Oliver Labra? Quedémonos con la gastronomía y la escritura francesas, según Baquero: “Mallarmé, estoy seguro, devoraba grandes cantidades de ostras. Verlaine llevaba los bolsillos llenos de cerezas”.
El Misterio. El Primero. El que es “otra cosa además”. Quien es proteico, acomodado a la naturaleza del otro, un casi hermafrodita. El “arquetipo de lo cubano”. La “visita que ilumina la casa. Alegra el alma. Repone en las alacenas del espíritu esperanza y fe”. El ángel que “inyecta en el espíritu y en la inteligencia (…) un género de esperanza sobrehumana. Como la esperanza que trajo entre sus manos el Salvador un día de diciembre”. El “Cristo laico”. Hay un Martí, digamos, republicano, en Baquero. Que es el Martí origenista. El paradigma inalcanzado al que hay que aspirar en la República para la salvación de la nación. De hecho, es casi la única vía de redención, la Solución de todo: “Martí debió bastar, y sobrar, desde hace mucho, para transformar a Cuba en el primer país del Nuevo Mundo” –dice Baquero en un texto de 1955. Los textos de Gastón de esta época reclaman todo el tiempo la incorporación cívica del legado de Martí a la vida nacional. Hay mucha distancia entre la vida práctica cubana y el ideal cívico martiano, dice Baquero. “Es demasiada la diferencia que existe entre el hombre medio nuestro y la razón media de la conducta y ser de Martí”. Y por ahí hemos andado siempre, antes y después del cataclismo del 59: alejando más y más el paradigma, santificándolo, cristianizándolo, enalteciéndolo –obstinados en obviar su naturaleza esencialmente inalcanzable-, y reclamando que hay que llegar a él. Sobre esta paradoja, como bisagra efectiva, ha transcurrido buena parte de los discursos políticos cubanos.
Hay un grande y planificado escamoteo en la poesía de Baquero: el que huye del yoísmo tan caro a la poesía cubana, del egotismo lastimero y lloroso. Así, Gastón entiende lo autobiográfico casi metafísicamente, una marca de agua omnímoda que signa la escritura. “En cada poema de uno está la persona completa y lo que la persona es (…) Todo lo que el hombre hace tiene la huella completa del hombre”. Autobiografía imaginada, yo inventado, vivencia fantaseada, añadido biográfico: en estas conjunciones se inscriben textos como “Memorial de un testigo”, “Testamento del pez”, “Palabras escritas en la arena por un inocente”. De paso, evoco la trilogía de oro de Baquero, al menos para mí. Bastarían estos poemas para la gloria, el canon, las antologías, el futuro, o como quiera que llamemos a la perdurabilidad.
Por cierto, el final de un texto de Baquero sobre Martí de 1945 (“Los hombres”), es la transmutación de “Qué pasa, qué está pasando”, el poema del primer libro de Gastón. Viene a realizarse de esta manera la concepción mistérica de Martí, aquello que hay que develar y carnalizar: el héroe “surgirá de las entrañas, de lo más puro y seguro (…) surgirá en el seno de nosotros, como surge la luz en los cielos, como surgen las rosas deslumbrantes, silenciosas, profundas, en el jardín callado y laborioso”.
Gastón Baquero es una especie de estadio o producto intermedio dentro del continuo origenista entre la beatería a lo Cintio Vitier y el aura demoniaca y desestabilizadora a lo Virgilio Piñera/Lorenzo García Vega. Creo que es por eso que en algunas ocasiones se le ha asociado a Eliseo Diego, otro intermedio entre aquellos estereotipos. (De todas maneras, no hay que olvidar en Baquero su visión sacralizadora y cristianizante de Martí, o su obstinado empeño en entender alguna poesía blasfema del siglo XX como un momento en el camino hacia la reconstrucción y el reencuentro con Dios –es la misma voluntad aglutinadora de Vitier cuando homogeneiza a Orígenes: “confluimos desde nuestro diverso catolicismo con los que no lo compartían, pues estos últimos practicaron de hecho la misma fe, aunque no la declarasen, en una gnoseología poética que los llevó a interpretar la realidad desde otro absoluto: el de un sinsentido igualmente totalizador y trascendente a las cosas mismas”).
He leído también algunos textos de Baquero sobre Martí, escritos ya en el exilio. Advierto cierto corrimiento hacia un rescate menos cívico, menos político si se quiere. Emerge el discurso baqueriano sobre la filosofía de la poesía, el mismo que articuló en sus ensayos “La poesía como reconstrucción de los dioses y del mundo”, “La poesía como problema”, y otros. Entonces incorpora a Martí a este discurso con los rasgos del vidente, el soñador, “el poeta siempre”, el transveedor. El “trans-sustanciador de lo real en irreal y de lo irreal en realidad. (…) un soñador que ve los hechos exteriores, y un pragmático que siente la fuerza de los sueños”. Entonces podríamos intercambiar los roles textuales, las imágenes rectoras de la poesía de Baquero, y leer martianamente a los sujetos del conocimiento poético de textos como “Qué pasa, qué está pasando”, o de “Testamento del pez”. Una simbiosis autorizada por estas palabras, por ejemplo: “Es el poeta (…) quien siente que lo irreal no es más que lo real incompletamente visto, lo material mirado descuidadamente, sin ver lo que verdaderamente se tiene ante los ojos. Que no es solamente el cuerpo, sino el intracuerpo, el extracuerpo, lo espectral materializado” (Baquero).
Por
Uriel
Quesada
El gobierno no pudo preveer el impacto social y político que CAFTA causaria entre los costarricenses [...] Y si bien los grupos que apoyan el tratado son económicamente muy fuertes y tienen amplio acceso a los medios de comunicación, quienes se oponen han encontrado su nicho principalmente en Internet.
Por
Amir
Valle
Fui testigo directo, entonces, de la primera metamorfosis que sucedía ante mis ojos: vi a unas cuantas (y muy feas) orugas convertirse en mariposas, lo cual sucedía siguiendo el ciclo natural, quizás con las únicas diferencias de que no se les llamaba “orugas” (se les decía “gusanos"...
Por
Alejandra
Costamagna
Millán supo que tenía cáncer al pulmón y se largó a escribir. “Ahora me preocupo sólo de mí, me olvido de los otros. Me interno en el ensimismamiento porque veo con alarma que el barquero aborda su nave”...
Por
Armando
de Armas
En el pasado los vecinos de un país eran determinados sólo por la geografía. Hoy, experiencias comunes, aspiraciones, valores y la solidaridad determinan quienes son nuestros vecinos, tanto o más que la geografía. Ningún ejemplo de esto puede ser más dramático que Cuba y Polonia.
Por
Edmundo
Paz Soldán
Hay nombres que no sorprenden a nadie (Neruda), autores sorpresivos (Tim Burton), y autores sobre cuyos méritos literarios los críticos todavía no se ponen de acuerdo (Isabel Allende, Hernán Rivera Letelier)
Por
Ladislao
Aguado
En una época donde la imagen del hombre sustituye al hombre mismo y donde los shows mediáticos elevaban a la categoría de notorios a cientos de imbéciles, la porfía de McCarthy por disolverse tras sus libros parece incomprensible.
Por
Elidio la torre
lagares
...más que emails y confabulación, lo grandioso de la novela de López Nieves –traducida al islandés y próximamente al francés- es menos obvio, y es que la misma se estructura como artefacto literario tomando una forma muy frívola y poco literaria: la del hipertexto.
Por
León
de la Hoz
Sin la independencia de la boca sobre el cerebro es difícil imaginar que un ser humano pueda articular tanta estupidez, a no ser que sea un extraño caso clínico de los Expedientes X. Sólo cabe preguntarnos si también cuando duerme esa boca no deja de cometer palabras.