Categoría: Este Lunes

En torno a la tragedia de Iguala

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Desde hace varios meses la desaparición de los cuarenta y tres estudiantes normalistas mexicanos no ha cesado de aparecer en la prensa internacional. Personalmente, el adjetivo calificativo “normal”, en su acepción académica, despierta en mí una extraordinaria emoción. Mi madre fue alumna eminente de la Escuela Normal para Maestros de mi provincia natal y, más tarde, profesora y varias veces (dos o tres) directora de la misma. Por esa Escuela Normal pasaron además numerosas primas y algún que otro primo. Desde la niñez, estoy oyendo hablar de las escuelas normales. Estas instituciones, como tantas otras, surgen con la Revolución Francesa de 1789. Anteriormente, la formación de maestros primarios era responsabilidad de la Iglesia, para la instrucción del clero y de los nobles. La ley Lakanal de 17 de noviembre de 1799 organizó en Francia la primera Escuela Normal de maestros1. En España se fundó la Escuela Normal Central en el año 1839. Estas instituciones florecieron en América Latina, una vez conseguida la independencia. Leer más…

La naturaleza paradójica de la realidad en Pablo Picasso

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Para finales del otoño, según Wadley,1 las figuras se hacen aun más robustas, sólidas y escultóricas. En Deux nus [1], la ligereza y flexibilidad de los atletas del verano han sido reemplazadas por una sensación de energía que nos remonta al arte primitivo por su improvisada simplicidad. El fondo, aunque indefinido, muestra su potencial sólido; y la distinción tradicional entre objeto y entorno comoeinza a evaporarse. A partir de este momento, Picasso radicalizaría las variaciones expresivas en sus obras, extendiendo la simplificación de la escultura ibérica a todo el cuerpo de las figuras, expresando esta nueva síntesis en formas abstractas y geométricas. Con ello, Picasso intenta romper con las normas de la Academia, sobrepasando los límites establecidos, y cuestionando cualquier imposición estética. Leer más…

Céspedes y Agramonte, vistos por José Martí

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Uno

El 10 de octubre de 1888, en el semanario El Avisador Cubano que dirigía en Nueva York Enrique Trujillo, se publicó un texto de José Martí que mucho nos revela su posición real ante determinados dilemas políticos trascendentales para el futuro de Cuba: ¿Prefería un mando militar y una estructura monolítica para la Revolución que nos separaría de España, o por el contrario un mando civil y una estructura consensual, en que hasta el último ciudadano pudiera sentirse no seguidor disciplinado de algún caudillo, sino parte activa de la obra que a la larga iba a parir la República Virtuosa y Democrática con la que soñaba? Aunque su elección es clara y por lo tanto debería sernos evidente a todos, la realidad es lamentablemente bien otra. Lo cual se percibe en la insistencia con que son presentadas ciertas formas políticas, para nada del agrado del Apóstol, cual si se inspiraran en su pensamiento, y obra. Leer más…

Una vida de perros

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Quizás antes de surgiera el calificativo de “mejor amigo del hombre”, el perro ya había ocupado un lugar privilegiado en nuestra imaginación colectiva. Humanos y mascotas abundaban por doquier compartiendo el mismo espacio, de ahí que esa coexistencia evolucionara hasta nuestros días a lo que algunos exhiben como una relación demasiado cercana. Así lo creen quienes la observan desde la distancia, incapaces de comprender cómo es posible tanta química entre humanoides y cuadrúpedos. Leer más…

La imagen del merodeador en la ensayística de Guillermo Fadanelli

Guillermo Fadanelli - Foto: JVL  Conaculta

Guillermo Fadanelli – Foto: JVL Conaculta

No podemos volvernos atrás. No podemos permitirnos el sueño de no saber. Abriremos, así lo espero, la última puerta del castillo aún cuando ésta nos lleve a realidades que están más allá del alcance de la comprensión y el control humanos”

Steiner

 

En busca de un lugar habitable (2006/2012) es uno de esos ensayos que exploran la posibilidad de la utopía frente a todo nuestro desencanto social “hecho en México”. Fadanelli atisba entre los registros filosóficos, históricos y literarios las pautas que le posibiliten presentar el ensayo como una forma de reinterpretar el discurso del espíritu humanista inserto en los textos poéticos; en consecuencia, el objeto-libro sería el símbolo o el emblema más destacado de la humanidad.

Traemos a cuento a Guillermo Fadanelli1 (1963-) como uno de los exponentes destacados en la literatura contemporánea mexicana, cuyas tramas ficcionales intentan reivindicar las paradójicas voces urbanas de la marginalidad. En éste  y en otros ensayos posteriores como Elogio a la vagancia (2008) e Insolencia (2012), comienza a implicar la pregunta que punza: ¿Literatura para qué? La cuestión la comparten escritores más y menos reconocidos por la crítica, es el caso de Mario Vargas Llosa, en cuyo discurso,  “Elogio de la lectura y la ficción” (que leyese durante su obtención del premio Nobel, 2010), ofrece su respuesta: ‘la literatura crea una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero’; esta “proverbial” afirmación tuvo el recorrido esperado, así leemos el elogio correspondiente de la escritora uruguaya, Peri Rossi, al confirmar el texto del peruano como -¡humanístico?- en los dos sentidos de la palabra: “humanista” porque concierne a la condición humana, y “humanístico” porque atañe a las disciplinas artísticas en un siglo –afirma la escritora- “dominado por la técnica, los medios audiovisuales, el individualismo feroz y la competitividad despiadada”.

Guillermo Fadanelli está ubicado por la crítica como uno de los escritores indisociables de la gran capital, y así como el centro verdadero de su ciudad defeña se ubica ahora en la antigua periferia, en Santa Fe y Cuajimalpa –afirma uno de sus personajes–, su literatura exhibe las reminiscencias de la cultura signada con el adjetivo “underground”, misma que ha sido adaptada, mutatis mutandis, por otros escritores contemporáneos, cito arbitrariamente a  Guadalupe Nettel y a Bernardo Esquinca, quienes parecen creer en aquella premisa de que cierta literatura muy local es la nueva literatura internacional.

Los personajes de Fadanelli, entre arquetípicos y verosímiles, se caracterizan como “ergástulos” y “puteros”, habitantes de cantinas y alcantarillas en una cartografía de México DF, cuando la violencia y las drogas parecen ya “una mala broma”. Ante su puesta en discurso –ahora ensayístico-, hemos de ubicar la idea de un especial humanismo que se pregona en la marginalidad, al reivindicar la indiferencia de los habitantes de una ciudad hacia su entorno, del abandono absoluto de los viejos y de la vacuidad de un mundo donde las personas ya “no suelen conversar porque no saben –y- agotan sus temas después de unos segundos”. En busca de un lugar habitable persigue una conversación ya indisociable de notas, nombres (Heidegger, Habermas, Derrida), y épocas históricas (clásicas y contemporáneas) de filiación literaria y filosófica –más algunas definiciones de bolsillo- acompañadas de  citas y recursos proporcionados por las investigaciones de Trías, de Le Goff, entre muchos más pensadores de la cultura. Fadanelli sin pretensión exhaustiva ni arrebato ilustrado, convoca una serie de comentarios como un muestrario  del deseable “tráfico de libros”, uno que pudiese permanecer como el bien “de valor universal que se pone en manos de los hombres para el beneficio de su alma” (44). Fadanelli, irónico, sarcástico, altivo y ácido en su ficción, mantiene una actitud idealista en el ensayo:

“…la cuestión que interesa aquí es indagar si todavía es posible considerar la existencia de un espíritu humanista manifiesta en los libros, o si éstos son necesarios para que las comunidades humanas continúen refrendando un pacto civil que privilegie al hombre como rector o habitante distinguido de la naturaleza” (36)

Consciente de las dificultades que implica la cuestión de argumentar o ensayar sobre la extensa historia de las ideas “humanistas”, el escritor recomienza una y otra vez desde la mirada incisiva de otros, como Foucault- para sobrevolar el universo de la palabra y su referencia, de si el significado o el significante ocupan el lugar asignado por Saussure o el revelado por Lacan. Sin ingresar de lleno en el tema, prefiere actualizar la duda sobre si la realidad  humana está basada en el pensamiento, o si, en tanto escritor,  deviene sólo suscitada en “la punta del bolígrafo”,  en el mismo tono de Sollers, prefiere convocarlo “cuando hizo públicas sus sospechas de que el único fin de la literatura parece consistir en saber de dónde vienen los niños”; para respaldar la ironía o para regresarla, Fadanelli se responde: “escribimos para paliar el malestar que nos causa el que una pregunta tan sencilla no haya sido respondida” (19) Así pues, si el dedicarse a la  escritura es aún  el oficio  trascendente cuya actividad habría de permitirle “alterar el orden del mundo” o si tendría que conformarse en persistir como literato al resguardo de la “seducción de las palabras”, Fadanelli persevera con el ánimo de provocar una conversación a la manera de Gadamer –según afirma- en donde quiere encontrar un lenguaje común, uno que dote a las palabras de un mensaje tenaz entre el escritor y el “escribiente”. Pareciera que pretende evadir el acostumbrado contrato de lectura ficcional, o el clásico pacto de credibilidad, para ensayar ese tono distinto. La escritura del ensayo –dicen- es quizás una forma más accesible al lector, no obstante cuando un novelista escribe un ensayo, la índole artística provoca que los preceptos culturales e históricos  se reciban de una manera no hipotética sino más ambigua ante la complicación de no interpretar y de mantenerse a la letra.

En el tenor de esta conjetura  incluyo dos nociones, una es la forma de atención que cobra la defensa del libro y la otra es la instancia discursiva del merodeador, la primera referencia proviene de una idea de Frank Kermode, la segunda de Enrique Lynch.

Una forma especial de atención la ubica Kermode en los procesos y la naturaleza de “fuerzas históricas que contribuyen a establecer los cánones por los que algunas obras de arte merecen formas de atención”, por cuestión de mera conveniencia, subrayo la forma de atención en dirección  a un objeto que aún puede  ser visible a todos, y que esa visibilidad tenga como ecuación un libro. Y por supuesto, certificar el valor del libro-objeto- no es nada nuevo. Como predicara San Agustín, más tarde  Baudelaire y después Borges de manera más que irónica, se regresa intermitentemente a la idea sobre si acaso el mundo es un libro capaz de ser exfoliado en un universo en donde “todas las discordias pueden convertirse en concordias, ya sea en el cielo o en las páginas”. Si empatamos la idea, tendrían que mantenerse, canónicamente, las condiciones de aire humanista en una modernidad sin tiempo, y por ende cerrada a otros aspirantes que pensaran distinto o que por lo mismo, habría de ilustrar otro pensamiento como el del mismo Fadanelli, frente a la idea de un libro-mundo- humanista. La glosa realizada por autor acarrea  también una dificultad para la crítica que lo ha incluido en canon de la postmodernidad -fijando la mirada en su exasperado desencanto, pues habría que reconsiderar el quehacer ensayístico aún a la modernidad, basada en la creencia, el proyecto y la función del libro, válidos en cualquier idea de futuro y no en una época postmoderna cuya realidad es ya el puro rencor. En este vaivén releemos a Fadanelli  dudando sobre el qué merece, alienta o permite objetivar la atención sobre el libro literario, y atinar al por qué de su extenso merodeo.

El término merodeo – el segundo referente, obtiene aquí el sentido que  Enrique Lynch le otorga a la reflexión a partir de metáforas del movimiento, así refiere caminos, sendas, travesías, pasajes, desembocaduras y encrucijadas, para simular una andadura filosófica que no invoca ningún propósito virtuoso, sino un te a te acerca de ensayos temáticos; incluso confirma: “una andadura que no invoca ningún propósito edificante”.

El ensayo del autor conviene como propuesta quizá sin pretender la quietud de un paradigma, pues si bien realiza una serie de travesías y llega a muchas encrucijadas, se pierde en laberintos que giran acerca de la validez de fijar una especial forma de atención, en torno a la expresión literaria contenida en un libro. Merodea sobre otra posible existencia de la literatura cuyo objeto subyacente siga siendo ya no el libro-mundo, pero sí “el mensaje” contenido y que éste sea siempre el pensamiento. El conflicto para él se vuelca en el “mensaje” escrito y la nueva cuestión es si éste se disemina cuando su existencia dependiera de la pantalla en vez de cobrar existencia sobre las  páginas:

“Entiendo los libros como bienes de consumo que adquieren determinado valor en el mercado de acuerdo a su demanda o al interés que despiertan (…) como una prueba de que ese viejo impulso que desde hace cinco siglos se empeñó en revivir una vez más la cultura grecolatina continúa aún en movimiento estimulando los viejos conceptos de sustancia, hombre, metafísica, sujeto, conciencia, ser, espíritu, conceptos que al parecer tienen en estos días muy poco sentido” (24-25)

El sentido del humanismo –afirma entonces- “supone a la humanidad como centro y causa de un movimiento en un sistema de tipo copernicano; también es un relato que tiende a considerar el reconocimiento del otro como parte de una nueva familia civil”. Fadanelli apuesta su ficción desconstruyendo y desconfía del mensaje como condición efímera en los medios –la pantalla- que dicen promover relaciones pacíficas, de progreso moral o de intercambio, y confía en la reivindicación del libro. En este tenor y acorde a su presencia cultural en “función de autor”, se le concedería el beneficio del artista, al vivificarse como el motor de un eros poético que hace de la ciudad su escenario; pero la petición de principio en favor de la permananecia del libro, arribaría a la misma zona limítrofe de querer permancer en los bordes de la misma. Al unir las dos alusiones homologadas como formas de atención y merodeo podría decir que Fadanelli no guarda distancia de lo que observa, lee o juzga, no busca sustraerse de actitudes comprometidas (Sartre), ni se propone como un “testigo oidor”, al decir de Lynch, quien a propósito de Kierkergaard comentara su ‘comprometerse’, sólo como un gesto de humildad que tenía mucho de recogimiento y de impotencia: ‘que un individuo no puede ayudar ni salvar una época sino tan sólo advertir que está perdida’ (Lynch, 47). Fadanelli decide  entonces esgrimir la atención del libro-ensayo, como  forma dependiente de la misma referencia, en la conciencia semántica de enunciaciones verdaderas; la perspectiva funciona para darle fuerza a las palabras del ensayo, en el supuesto de que esta forma escritural pueda trascender la dimensión artística o lo que Paul de Man calificase negativamente como una ‘ideología estética’.

Así las recurrencias, ante el cambio de pacto lector frente a la verosimilitud, el autor subraya la mportancia del mensaje contenido, al considerar que personajes y libros le otorgan credibilidad al pensamiento “encarnado en el lenguaje que se vale de los hombres para manifestarse” (95) Las manifestaciones más interpretativas que argumentativas de este ensayo, alcanzan sólo como insistencia de conferir un valor al libro literario.

Ahora bien, el hecho mismo de que el libro pueda erigirse como un monumento aere perennius, es una presunción en la opinión de Kermode, quien sin demeritar el hecho de que algunos de ellos sobrevivan con fortuna, estaríamos ingresando tanto al comentario de la interpretación como al de la conservación, dos cuestiones bien diferentes, pero que son condición de una libertad de proporciones y de relaciones, para cualquier cultura que brinde un medio para mirar nuevas posturas y obtener nuevas ideas sobre la humanidad y su historia. La creencia de esas nuevas ideas inherentes a un cuerpo social que pueda inclinar la balanza a favor de los libros literarios, como insiste Fadanelli, con el fin de crear nuevas políticas de convivencia o de “conversación”, no garantiza la opción de “abrir nuevos caminos alternativos al analfabetismo tecnológico, al pensamiento tecnocrático, a la globalización económica, debería ser el resultado de políticas emergentes que nos ayudarían a sobrevivir en la oscura bruma de nuestro tiempo” (136).

Si nosotros ponemos la forma de atención en el libro literario que por simpatía se convertiría en ese “…lugar habitable”, estaríamos confrontando un asunto de cultura mediática, y al libro como bien de consumo; pero en tal caso no tanto como realidad socioeconómica sino en tanto código de lenguaje, puesto que para dar cuenta de la complejidad de un sistema centrado en el “mensaje”, tendríamos que regresar al arbitraje del signo en relación con la cosa que está obligado a representar. Y ante este arbitrio o arbitraje, repetiríamos que el signo no obedece, como se creía, a la designación del sentido y referencia al “yo” que enuncia, y al mundo al que envía, antes más bien a la disposición diferencial en la que ningún elemento significante tiene realidad en sí mismo, sino en referencia a la totalidad del sistema, y si por acaso pensamos con Braudillard en un sentido estructural del sistema ¿Cómo se puede seguir asegurando que la sociedad cuenta siempre con el principio mental, o cultural y social, independiente y autónomo en relación con los signos que constituyan su fundamento simbólico? El sentido del mensaje en el libro también depende de la caducidad del atractivo formal o de la “forma de atención” encubierta del discurso cultural de la época, en donde el uso que se le da, ingresa en consonancia o disonancia con ese orden simbólico. Quizá el libro como objeto simbólico al investirse con una proyección de calidad, poesía, racionalidad o cualquier otro rasgo con apariencia de “humanístico”, sólo responda a las categorías de diseño y de objeto, admitiendo que el diseño dirija la mirada hacia la fascinación, independientemente del “mensaje”. Y todavía, si el mensaje conviene como intercambio y negociación de símbolos ¿La pantalla es un distorsionador? La pantalla entonces, quiero creer, no sería un ebook por ejemplo, porque habría que recordar que bibliófilos y eruditos ante la era Gutenberg rechazaban los libros impresos porque consideraban que “esos” no eran libros frente a sus codiciados y queridos manuscritos. La pantalla entonces es la grande, la del cine, o específicamente la de la televisión, contra la que Fadanelli arremete2

Si la novela –aclara el autor- no es conocimiento y no trae a este mundo algo que no existía antes, entonces la novela no se aproxima al arte y ya puede ir cavando su tumba: si nada más es entretenimiento o testimonio de la realidad no tiene un lugar seguro en los tiempos actuales, pues el cine o las series de televisión han avanzado mucho por estos caminos (…) las amenazas de los medios electrónicos en contra de la literatura son estimulantes. Una vez anunciado nuestro fin, podemos comenzar a escribir novelas armados de una renovada tranquilidad, aunque esta extraña calma provenga del desasosiego. (…)3

En busca de un lugar habitable lidia entre la pretensión de validar la herencia universal de los libros, los compromisos del saber crítico, y la creciente renuncia a la complejidad argumentativa sobre cuestiones de civilidad, cuando ya está afectada de una “simpleza no sólo criminal sino epidémica”, como afirman sus amigos literatos, Leonardo da Jandra y Javier Sicilia. Lo que importa más que otra aproximación, y con esto concluyo, es que la postura ambigua del autor no es una voz solitaria, es el eco del sentir de muchos escritores ante un horizonte no más tecnológico que humano, sino más violento e indiferente en el que, como todos nosotros, se tiene que sobrevivir.

Buñuel in memoriam (VIII): Tristana y Belle de Jour

Buñuel durante el rodaje de su película “Tristana”.

Buñuel durante el rodaje de su película “Tristana”.

De nuevo en presencia de un tema singular y obsesivo en la filmografía de Luis Buñuel: la mujer.

A  lo largo de una veintena de filmes, al menos en una media docena de  veces (Susana, La joven, Viridiana, Belle de Jour, Tristana y El diario de una camarera), la mujer o las mujeres -con más diferencias que similitudes- han sido el centro de interés de sus películas.

Y valdría la pena agregar que la figura femenina o el feminismo, vistos desde la pupila de Buñuel, siempre resultan  “sui generis” y contradictorios. Leer más…