Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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El ideal de la Filosofía

Julio Pino Miyar

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El maestro Ludwing Feuerbach, uno de los filósofos más importantes de la época inmediatamente posterior a Federico Hegel, retirado por décadas en la pequeña y hermosa ciudad alemana de Bruckberg, escribió de sí mismo que era un contemplativo anacoreta, pero no por ello desprovisto de un fuerte sentido práctico.

Es necesario añadir, que el espíritu práctico y el espíritu contemplativo poseen toda una serie de puntos válidos de contacto. La experiencia puede, sin dudas, revestirse con el ropaje de la reflexión, del mismo modo que la reflexión puede ejercer mejor su soberanía cuando habita en el interior de la práctica. Aunque es cierto que a veces todo se diluye en la práctica, del mismo modo que, en ocasiones, no somos capaces de sobrepasar el horizonte puro de la reflexión. Por eso es bueno no olvidar (arriesgando con esto una definición que no es mía) que el hombre es ese ser lógico, empíricamente perceptible, que posee el concepto de su propia existencia.

Las deducciones lógicas de los individuos genuinamente contemplativos inciden a menudo en la realidad, trayendo con esto depuradas consecuencias prácticas. Los eventos prácticos se convierten, de esta manera, en situaciones de partida para la reflexión que debe sucederlos. Pensamiento conceptual que aparece, como razón inevitable, como consumación intelectual, distante y sosegada, de una serie de acontecimientos prolongados en el tiempo.

En sus famosas “Tesis sobre Feuerbach”, Carlos Marx planteó elevar la razón práctica al rango de primacía que hasta ese momento había ocupado la teoría. Pero aunque es cierto que muchos de los problemas expuestos históricamente por la filosofía, no pueden ser resueltos desde el campo propio de la filosofía, sino de la práctica, es también necesario reconocer que no ha sido inútil que el pensamiento especulativo los planteara y se preocupara por buscarles una solución teórica. Aunque con esto se remarcara paradójicamente la insuficiencia de la teoría, abriendo paso a la razón política, que vendría a realizar, en el mundo terrenal, las más genuinas preocupaciones del antiguo mundo de las ideas: su contenido humanista, moral y las grandes inquietudes gnoseológicas del pensamiento clásico.

La realidad práctica, que contiene las acciones de los hombres, implica además el tema fundamental de la libertad, como cuestión de valor electivo, en la que al hombre le es dado poder asumir una opción en particular, entre un número determinado de opciones. El hombre logra, por tanto, su libertad cuando tiene la capacidad moral de decidir correctamente y para eso necesita ser él mismo. Es decir, recuperar, desde su perceptible concreción, su universalidad moral y su razón política. Pero para eso necesita habitar una Ciudad política, que garantice sus decisiones y en la que florezcan las instituciones públicas y privadas. Si hacemos un seguimiento de las ideas de Federico Hegel, es en la Revolución francesa (1789) donde pudiéramos ubicar los prolegómenos modernos al viejo sueño filosófico de la libertad política y económica, fundada a partir de un ideal moral.

El Estado, la propiedad, la participación política son, en cuanto tales, estructuras y eventos de una misma totalidad social que, sometida al cambio y la transformación, se vuelve histórica y, por lo cual, es siempre contradictoria. Es como un gran movimiento, para usar un símil, en el que el hombre habita en la cima encrespada de la ola, sólo segundos antes de disolverse en el océano en el que completa su significado vital. Esto es una verdad hegeliana. Pero también es verdad que en ese pequeño microcosmos, que es el individuo humano, habita la verdad del todo, del mismo modo que un pedazo de naranja sabe como toda la naranja. Pues se aprehende en él el rigor de la totalidad empeñada.

Es desde consideraciones como estas que se deberían repensar filosóficamente las relaciones de los individuos con el Estado, como inmanente a la actividad económica del hombre, al sufragio universal y a las verdades consensuadas.

No se trata, por tanto, de decretar la muerte de la especulación filosófica, sepultada por el devenir concreto de la actividad política, sino de dotar a la experiencia humana de una racionalidad de índole filosófica, la cual, utilizando los viejos conceptos, se vincule, con nuevas herramientas, al proceso de cambio real que la propia filosofía exige desde milenios del mundo. No es por eso al triste funeral de la filosofía a lo que debemos asistir, es, por el contrario, a una optimista reorientación psicológica del espíritu humano, que resaltando el valor de la idea frente al mundo puramente empírico concreto, hiciera de la experiencia política la nueva tierra de promisión del pensamiento especulativo y se planteara pensar también lo objetivo, adecuando su lógica a la tarea de intelección, participación y transformación del mundo.

A partir de Federico Hegel (la culminación en él de la Filosofía Clásica Alemana) y sus inmediatos sucesores intelectuales Feuerbach y Marx, se entendió, en parte, la experiencia social y política de los siglos XIX y XX, como una compleja realidad histórica, en la que había encarnado polémicamente el pensamiento ideológico previamente concebido.

Hoy quizás se le impone como misión a los espíritus especulativos volver a pensar a Hegel después de Marx. O sea, me explico: pensar de nuevo la Filosofía hegeliana después de dos siglos de práctica política, deducida de las consecuencias de ese pensamiento y su heterodoxa y bifurcada continuidad marxista; después del largo proceso social emancipador que dibujó el advenimiento del movimiento obrero (que hasta ese momento sólo había sido la plebe de París) con su líder Bafeus en tiempos de la primera Revolución francesa (1789); de la revolución de julio de 1830 que llevó a una monarquía liberal al poder y entronizó en Francia el mundo de las finanzas; de la revolución de 1848 donde una comisión obrera en el palacio de Luxemburgo elaboró la primera legislación laboral; de la Comuna de París de 1871 que convocó un parlamento obrero; de la Revolución rusa de 1917 y sus avanzadas legislaciones en materia laboral y social...

Hoy, a la luz de los trascendentales eventos ocurridos en la historia de dos siglos, el pensamiento reflexivo debería intentar nuevo dictamen. Digo, si eso es todavía posible; si la filosofía, y el pensamiento especulativo que la nutre, no han sido finalmente domeñados por los impositivos y triunfalistas dictámenes teóricos de una ciencia manifiestamente empírica, que todo lo mide desde el rasero de su razón práctica, fundamentada en la estricta observación objetiva y en el principio científico de certeza, en la acumulación de datos provenientes de la propia observación; mediante aquellas investigaciones teóricas que han traído, como inobjetable resultado, el desarrollo de las tecnologías y la expansión industrial, de consumo y de mercado que configuran un singular mundo burgués normado por la técnica y el trabajo especializados.

El pensamiento contemporáneo nos presenta así un mundo cargado de positividad, donde la estructura material (socio económica) ejerce su tiranía sobre los individuos e instituciones civiles y políticas. El viejo sueño del capitalismo liberal de un mundo erigido desde la propiedad privada, la libre concurrencia económica y la democracia representativa, ha tenido que ceder paso a una realidad colmada por la materia mercantil indiferenciada y por el endeudamiento financiero que corroe los cimientos de la propiedad. La propiedad se ha volatilizado del mismo modo que el capital se ha centralizado, mientras que las instituciones políticas agonizan ante el impacto de los grandes intereses creados. Nos enfrentamos, de este modo, a un totalitarismo financiero y a un Estado que es su representación fáctica. El Estado no es ya lo que pedía Hegel que fuera: esa realidad jurídica y administrativa que representara las aspiraciones más generales de la sociedad, dotado de un carácter histórico y misional.

Es que la conciencia crítica se convierte de hecho en una entidad ajena a las formas más usuales de pensamiento, porque la dialéctica de los acontecimientos, fundados en el carácter negativo y trasformador que ejerce la conciencia del hombre sobre las cosas, ha tenido que dejar paso a una mecánica económica que impone su enorme actividad sobre la más completa pasividad social.

Cuando esto ocurre la filosofía queda desplazada, a la ideología sucede el funcionalismo pragmático, y los universales del pensamiento especulativo dejan de ser inteligibles.

Como criterio opuesto a este estado de cosas se puede opinar, que aún el pensamiento que pretende un máximo de realismo objetivo no puede evitar las generalizaciones, a la hora de manifestarse y exponer sus argumentos. El conocimiento humano no sólo tiene su origen en lo empírico sensible, a no ser que reconozcamos la sensibilidad de la intuición, de la percepción mental fundada en la aprehensión de la idea, como idea del mundo pero que lo configura, le da forma y lo hace inteligible.

Para Hegel la objetividad era materia inerte. Sólo mediante el trabajo creador se puede despejar el camino que conduce a rehabilitar el mundo natural, como parte esencial de la experiencia y el hábitat del espíritu cognoscente. Pues si es realmente cierto que es sólo de los objetos que el hombre extrae sus ideas, es también cierto que es desde la abstracción que el hombre se relaciona con el mundo de las cosas materiales. Luego existe un primado de las ideas a la hora de relacionarnos con el mundo. El valor que le otorgamos a la experiencia práctica solamente es comprensible, si se acepta su inmediata correlación con el mundo de las ideas. No puede ser de otra forma.

A partir de esto es que se puede plantear una vindicación de la filosofía, como filosofía del mundo y para el mundo. Como premisa que, al interactuar con la materialidad de los eventos, haga descender a la razón teórica de su antiguo cielo especulativo para que devenga en razón práctica. En razón filosófico-práctica y replantee con ello el valor virtual de la ideología.

El gran universal de la filosofía es el hombre mismo, que es la realización concreta de sus propias postulaciones y de las categorías históricas que, en desarrollo, han aparecido como soporte de su concepción: La libertad; La adecuación moral de la vida; El ideal de igualdad y justicia, etcétera.

La propia historia aparece entonces como una máxima generalización (un universal) del comportamiento social del hombre, entendido desde la mutación y el cambio en constante devenir. A este universal, que es la historia, se llega, como a todos, no por el camino de la percepción práctico sensible, sino mediante la intuición mental y la reflexión teórica. Y como todos los universales del conocimiento, es un campo primado para la especulación y el contemplativo discernimiento intelectual.

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