

Cuando Fidel Castro muera por última vez, habrá dejado no sólo un país en una profunda crisis socioeconómica, sino también en una gravísima crisis política. Incluso, con unas expectativas de recuperación mucho más lejanas y complejas. Sencillamente, porque en los últimos cincuenta y cinco años (1952-2007), la población cubana sólo ha conocido gobiernos dictatoriales. Por tanto, la imposición suple en la mente nacional las relaciones de consenso y disenso de la sociedad democrática.
En las dictaduras, disentir se convierte en un acto punitivo. Por tanto, el disidente es alguien castigable (y castigado), que categoriza como prohibitiva la oposición.
Sin dudas, la última de las muertes de Fidel Castro estará marcada por la necesidad de un escenario político plural, correspondiente con las reformas económicas, que terminarán por imponerse. De lo contrario, tendríamos economía de mercado, seguramente próspera; pero no un sistema democrático, aunque sí, tal vez, un gobierno elegido democráticamente. Lo cual no garantiza lo primero.
La construcción de una sociedad democrática, se presenta en el futuro de Cuba, como una expectativa; no, como una acción a corto o mediano plazo. No existen las condiciones para ello. No somos una nación cívica, sino militar. En la breve historia nuestra, las guerras, las guerritas y el pandillismo armado e institucional, abarcan casi la totalidad de nuestros actos de gobiernos. Por tanto, no existe más opción ante el contrario (léase enemigo en términos castrenses, y castristas), que la derrota, el vencimiento y la aniquilación.
Esta verticalidad en el mando, asociada a la resignación o el disimulo de quien cumple la orden y, además, a cinco décadas de miseria, escasez y niveles de vida comparable al de las naciones más pobres del planeta; han provocado un apetitito de bienestar en la población que, económicamente, puede ser muy provechoso como motor impulsor. Pero, en el ámbito político, conduce a la malversación, el favoritismo y el abuso de poder. Sucesos estos, por demás, cotidianos en la historia de la nación cubana, desde sus orígenes hasta hoy. Argumentar lo contrario es mentirnos y vender la ilusión de algo que nunca sucederá.
Y no se trata de los políticos que tomen el control del país. Tampoco de aquellos que se responsabilicen (no dudo que a riesgo de sus vidas), de la estructuración de nuevos partidos, capaces multiplicar las opciones de gobierno, afiliación e ideología de la sociedad. Tampoco, en últimas, es responsabilidad del ciudadano individual su posesión; sí, su transformación. Como en Fuenteovejuna, la culpa es colectiva, está en la idea nacional sobre el poder. En la asociación de éste con el lucro, por ejemplo.
Ahora bien, ¿cuánto tiempo y cuántas generaciones costará transformar nuestra histórica mentalidad totalitaria, en otra, donde la presidencia se entienda como un servicio público y no como un medio de saqueo e impunidad, las leyes cumplan con su carácter omnímodo, y las instituciones recobren su significado de representación social? No me atrevo a ofrecer un aproximado. Tal vez, ni siquiera llegue a suceder alguna vez.
La crisis económica de los noventa terminó por acentuar estos condicionantes. En medio de un país asolado por la inoperancia empresarial y administrativa, y privado, tras la desaparición del campo socialista, de los millonarios subsidios soviéticos que permitían su sobrevivencia; la visión de la alta dirigencia como clase intocada por la adversidad se subrayó. La salvación, una vez más, se alcanzaba por dos caminos. El dinero o el poder. El primero generó el auge del mercado negro, la prostitución, el tráfico de drogas, y la delincuencia como suceso colectivo. El segundo, un fragmento social interesado en el inmovilismo político y la sustentación de los mecanismos de gobierno existentes. Como consecuencia, poseemos un país tan zozobrante como un enorme salvavidas, donde once millones de habitantes procuran subsistir de una mañana en otra, de un semana a la siguiente, y si la suerte no ayuda y hay que permanecer en él, de un año a otro.
Entonces, ¿no hay solución?
Creo que ésta dependerá de la incorporación a la escena política cubana, de partidos con claros postulados democráticos, que fomenten, no la llegada de su figura central al poder (objetivo lógico), sino, además, el aprendizaje social de la convivencia en la divergencia. Sin dudas, un largo y tortuoso camino.
Por
Uriel
Quesada
El gobierno no pudo preveer el impacto social y político que CAFTA causaria entre los costarricenses [...] Y si bien los grupos que apoyan el tratado son económicamente muy fuertes y tienen amplio acceso a los medios de comunicación, quienes se oponen han encontrado su nicho principalmente en Internet.
Por
Amir
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Fui testigo directo, entonces, de la primera metamorfosis que sucedía ante mis ojos: vi a unas cuantas (y muy feas) orugas convertirse en mariposas, lo cual sucedía siguiendo el ciclo natural, quizás con las únicas diferencias de que no se les llamaba “orugas” (se les decía “gusanos"...
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Millán supo que tenía cáncer al pulmón y se largó a escribir. “Ahora me preocupo sólo de mí, me olvido de los otros. Me interno en el ensimismamiento porque veo con alarma que el barquero aborda su nave”...
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de Armas
En el pasado los vecinos de un país eran determinados sólo por la geografía. Hoy, experiencias comunes, aspiraciones, valores y la solidaridad determinan quienes son nuestros vecinos, tanto o más que la geografía. Ningún ejemplo de esto puede ser más dramático que Cuba y Polonia.
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Edmundo
Paz Soldán
Hay nombres que no sorprenden a nadie (Neruda), autores sorpresivos (Tim Burton), y autores sobre cuyos méritos literarios los críticos todavía no se ponen de acuerdo (Isabel Allende, Hernán Rivera Letelier)
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Ladislao
Aguado
En una época donde la imagen del hombre sustituye al hombre mismo y donde los shows mediáticos elevaban a la categoría de notorios a cientos de imbéciles, la porfía de McCarthy por disolverse tras sus libros parece incomprensible.
Por
Elidio la torre
lagares
...más que emails y confabulación, lo grandioso de la novela de López Nieves –traducida al islandés y próximamente al francés- es menos obvio, y es que la misma se estructura como artefacto literario tomando una forma muy frívola y poco literaria: la del hipertexto.
Por
León
de la Hoz
Sin la independencia de la boca sobre el cerebro es difícil imaginar que un ser humano pueda articular tanta estupidez, a no ser que sea un extraño caso clínico de los Expedientes X. Sólo cabe preguntarnos si también cuando duerme esa boca no deja de cometer palabras.