

Cuando hace unos días escribí en mi blog Parque del Ajedrez mis recuerdos sobre aquel grupo de muchachos que nos sentábamos en la escalera del Museo del Carnaval de Santiago de Cuba y mencioné a la Generación de los 80, la primera nacida dentro de la revolución, un amigo muy querido, una década mayor que nosotros, nacido en los años cincuenta, me comentó que le molestaba un poco que hablara con tono tan idílico de aquellos años. “A mi generación la reventaron de un puñetazo en la mesa —me dijo—, y como nunca me identifiqué con todo ese miedo que quedó flotando, fui huérfano... de generación”.
Otra amiga nacida en los setenta, una década y una generación menor, me dijo el mismo día: “Siempre lamento haber llegado tarde a esos años o tal vez algún ángel me cuidó de ellos... siempre siento nostalgia por lo que no fue... a mí me tocó la resaca, la parte herida, el guardar la memoria como si fuera mía... tuve mi Parque de los Chivos en Matanzas, las descargas de Raulito y Fowler, el soñarme mayor de lo que era, amada, feliz... no me daba cuenta de que allí estaba mi paraíso...”
Así enmarcados, pareciera que nuestro pecado original fue haber sido más felices, más consentidos y, por lo tanto, más arrogantes. Aunque alegres, lo que se dice alegres, nunca fuimos, no tuvimos UMAP adonde nos encerraran por homosexuales o religiosos, ni procesos de depuración que nos expulsaran vergonzosamente de las universidades o nos mandaran a quemarnos las manos en una siderúrgica, a cortar caña en las zafras del pueblo o a Minas de Frío —que no en vano tiene ese nombre— a ser maestros Makarenko lo quisiéramos o no. Y luego fuimos héroes: porque levantamos la voz, crudos e hipercríticos, y nos patearon en Matanzas, nos prohibieron las exposiciones y las películas, las patrullas nos esperaban a la salida de los conciertos o las obras de teatro… y media generación se fue —o sea, se salvó del período especial— recién empezados los noventa, dejando conservada una imagen que sigue sorprendiéndome y molestando a otros: “en Cuba la generación de los ochenta es un mito”, me decía una amiga, y yo no le creía.
Es cierto, lo reconozco: suelo ser muy romántica para ese tipo de memorias y fidelidades. He dedicado estos casi 16 años de exilio a defender la unidad cultural de los cubanos dondequiera que estemos, a insistir en que la única manera de respetar y preservar nuestra cultura es considerarla un todo integrador de muchas partes. Miles de disputas y tragos amargos me ha costado este afán.
Pero no voy a ser ingenua: sé que a estas alturas, ser fiel a los amigos ya no suele implicar inmolarnos por ellos ni por lo que pensábamos juntos hace veinte años. Es, quizás, una fidelidad al corazón —que generalmente no cree en razones— y a lo que vivimos. Si fuimos protagonistas de un mito que sigue vivo, no nos juzguen, entonces, la arrogancia, porque a quién no le gustaría haberlo sido. Otra cosa es que, ahora, unos lo evoquemos como un tiempo de algún modo heroico y otros prefieran olvidarlo, si eso fuera posible.
Hace un par de años, me encontré con una vieja y querida amistad en un congreso literario. Al hablar de la generación de los ochenta, las asistentes al panel en que participábamos preguntaron si habíamos sido reprimidos físicamente de manera directa. Cuando iba a relatar aquel lamentable incidente del 8 de diciembre de 1988 en la librería “El Pensamiento” en Matanzas, donde irrumpió un comando del ejército y agredió a patadas al grupo de poetas que allí leía y a los oyentes, incluida Carilda Oliver Labra, esa persona —obvia decir que vive en Cuba— me arrebató la palabra y cambió el rumbo de la exposición.
Así es, ellos no reparan en actuar como deben en el momento preciso y nosotros no nos tentamos el corazón para juzgarlos. Somos ellos y nosotros. Ellos los de adentro; nosotros, los de afuera. O al revés, según la tierra que se pise. Ellos y nosotros de cualquier modo. Una vez más el triunfo del “Divide y vencerás”, esa máxima que tan buenos frutos le dio siempre al gobierno revolucionario. Difícil hablar de fidelidad en composición tan dicotómica.
Sin embargo nosotros —al menos algunos a los que conozco— seguimos intentando protegerlos con esa actitud paternalista tan bien aprendida de los cánones isleños eternamente coloniales. Y evitamos, por ejemplo, reenviarles noticias, recortes de periódico o mensajes con opiniones fuertes, para ahorrarles los supuestos peligros. Tengo una amiga en Cuba a la cual otra amiga —y no digo nombres… el paternalismo, ¿ven?—, que trabaja en el departamento de informática de su oficina, la llamó en secreto un buen día y pidiéndole la más absoluta discreción, le mostró en el servidor de internet de la dependencia una carpeta con su nombre y dos apellidos. Cuando la abrió, mi amiga pudo ver todos los mensajes de correo que había recibido en los días de su vida, agrupados a su vez en sendas carpetas con los nombres y dos apellidos de los respectivos remitentes.
Eso no nos asombra en lo más mínimo a los cubanos porque hemos vivido sabiéndonos vigilados por todos los flancos. No nos extrañan, por eso —aunque a veces nos sorprendan—, ciertas actitudes de quienes viven en la isla. Por ejemplo, cuando la reaparición televisiva de Luis Pavón, uno de los inquisidores de los setenta, escribí un breve texto comentando la conveniente actitud de los intelectuales cubanos de elevar la voz justo en momentos en que, gracias a cierta convalecencia y circunstancias, las represalias serían menos probables. Usaba yo algunos de esos sarcasmos a los que echo mano con frecuencia y decía que mucha gente ya se estaba queriendo repartir el botín. No había mandado el articulito de marras a nadie en Cuba —por protegerlos—, pero a insistencia de alguien de allá, lo hice. Después de leerlo, esa persona se sintió en la obligación de responderme lo siguiente: “Ode, ya sabes cuánto te quiero, cuánto te respeto, pero así mismo te digo con el corazón en la mano: no me gustan para nada tus palabras del artículo breve que me mandas. No lamento mi sinceridad como supongo no lamentarás haberlas escrito. Pero nada más. Sin comentarios.”
Hace sólo unas semanas, cuando publiqué en mi blog una nota a propósito de la muerte de Carlos Victoria, otra amistad muy querida se inconformó así: “Ode, acabo de leer tu sentido post sobre Carlos Victoria y su muerte. Perdona mi ignorancia pero ¿qué tiene que ver la muerte de este valioso intelectual con Fidel Castro y lo que debe venir de adentro o de afuera? Puede que haya un vínculo, pero lo desconozco y me gustaría saberlo.”
Por qué seguir hablando por ellos, me pregunto, y pensando que estas respuestas son actos de repudio necesarios que tenían que hacer para preservarse, y no creer que es su madura opinión de adultos. Debemos dejar de tratarlos como a inútiles e incapaces y pensar de una vez que ellos viven igual que nosotros. ¿Acaso estamos absolutamente conformes con las políticas públicas, sociales o exteriores de los gobiernos de Calderón, Zapatero o Bush? La única diferencia es que acá —sin excederse, claro está— se pueden expresar públicamente sin demasiados temores los disgustos y desavenencias.
Y entonces me pregunto: si yo viviera en Cuba y, después de tanta rebeldía en los 80, me hubieran permitido tener un empleo digno, cercano a la literatura, medianamente bien pagado, y me hubieran reconocido con algunos premios o publicaciones; si incluso me hubieran mandado a congresos o ferias internacionales representando a la poesía nacional, ¿seguiría señalando, al menos públicamente, los desmanes e injusticias, carencias, incoherencias y despropósitos del régimen?, ¿habría podido —o aun querido— renunciar a las medallas y galardones con los cuales se reconoce a los hacedores de la cultura en la isla?, ¿seguiría sin asistir —como en los ochenta y noventa— a las marchas, actos y desfiles conmemorativos de las efemérides más importantes de la patria y la cultura?, ¿no consentiría en estar en la tribuna si me lo pidieran o en dictar conferencias y pronunciamientos en contra, por decir un ejemplo, de algunos colegas del exilio o de la mafia de Miami, o exigiendo la libertad de los cinco héroes de la patria encarcelados por el imperio, aunque supiera que son simplemente espías infiltrados?, ¿hubiera podido negarme a ir con una brigada artística a Venezuela, aunque pensara que el presidente de esa bolivariana república es, como bien dijera Carlos Fuentes, un payaso? ¿Hubiera asumido ese comportamiento socialmente visible o hubiera preferido hundirme en el silencio, en una existencia anodina, resignada, de versos herméticos y algún que otro cuentito transgresor sin mucho énfasis?
No lo sé. Hace tantos años que no vivo en Cuba, que a veces me resulta difícil entender la manera en que acomodan sus deberes y quereres quienes allí decidieron permanecer, como supongo que ellos no se expliquen cabalmente cómo los acomodo yo o cualquiera de los que estamos fuera de la isla. Pero creo que ya no tenemos derecho a inmiscuirnos ni a faltarles el respeto sosteniendo que no pueden tomar sus propias decisiones. Y mucho menos a tomarlas nosotros por ellos ni a poner en nuestras bocas las palabra que ellos no pueden o no quieren decir.
Hace un tiempo, al cuestionar la dignidad de quienes viven hablando mal del sistema y del máximo líder, y sin embargo se vuelcan al malecón agitando banderitas por cualquier elianazo, una amiga me respondió encolerizada: “Tú viviste aquí y sabes que si te quedas, te quedas… ¡hay que darle de comer a los hijos!”… Qué puede uno alegar ante tal argumento.
¿Miedo, autoprotección, conveniencia, connivencia, asunción resignada o consciente?... Quién soy yo para intentar responderlo. Cada realidad tiene sus bemoles, sus enfoques e interpretaciones particulares. Todos sabemos que —dondequiera que estemos, cualquiera que sea la situación— a cada acción u opinión corresponde una dosis de peligro o represalia y cada quien sabe hasta qué punto quiere o puede arriesgarse sin comprometer sus logros, sus reconocimientos, sus comodidades o a sus descendencias.
Me quedo pensando en mi generación y, como Neruda, repito con cierta tristeza: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.
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