

Primero escuchamos los gritos. El aire del mediodía fluía caluroso. Y como quien fisgonea desde fuera hacia el interior de un cuarto, el Kabaraya se había deslizado en la oficina.
"Un Kabaraya" exclamó nuestro colega en la puerta trasera saltando como un pez en un gancho. Dejamos de conversar y nos reunimos alrededor de la puerta estirando nuestros cuellos para echar un vistazo. El Kabaraya se había detenido en el piso polvoriento, mirando a su alrededor como no convencido de qué cosa éramos. Inclinado hacia la luz del sol su lomo oscuro, de un marrón grisáceo, mirándonos tenso y asustado, movió entonces pesada y siseantemente su cuerpo.
"Es un silbido", exclamó un niño en el jardín exterior. El Kabaraya siguió siseando y finalmente suspiró como si se diera cuenta de que estaba en una zona a la que sus torturadores no podrían llegar. Alguien, desde afuera, lanzó una piedra dirigida a su lomo, pero la piedra perdió el rumbo, rebotó contra la pata de una mesa y aterrizó frente al Kabaraya, que achicó los ojos, miró la piedra pensativo y echó a caminar, sacándole al piso polvoriento, con su vientre, un sonido chirriante que nos puso los nervios de punta.
"¡Hey! No le tiren piedras, que se nos viene encima "gritó uno de nosotros. No hubo respuesta. O no la respuesta que se esperaba. Toda nuestra atención estaba en el Kabaraya.
El Kabaraya se arrastró serpénticamente, poniéndonos otra vez los nervios de punta. Fue entonces que vimos los verdugones en su lomo, pequeñas heridas de color rojo: dos en pleno lomo y otra en la cadera izquierda; las heridas de la espalda, cerca de la cola, eran más pequeñas.
Se detuvo, otra vez, de repente, como afligido y temeroso de su público, y miró a su alrededor, suspirando.
"¿Y ahora qué hacemos?", nos preguntamos. Estábamos a menos de un metro de la puerta. Si aquel ruido enervante lo irritaba y se lanzaba hacia adelante, sería demasiado estrecha para escapar. Mantenía cerradas herméticamente sus fuertes mandíbulas y nos observaba amenazante con sus ojillos barrosos, agarrado firmemente al piso de cemento con sus garras extendidas.
Su cola, afilada como una espada, nos parecía capaz de partir en dos a un hombre. Era lo que habíamos oído y eso aumentó nuestro nerviosismo.
"El latigazo de su cola podría sacarnos de aquí", dijo uno, mostrando su tobillo.
"Yo he visto, con mis propios ojos, a uno que perdió sus piernas por un Kabaraya", dijo otro, alejándose de la puerta mientras intentaba recordar el nombre de la víctima.
"Yo también".
"Incluso, en mi pueblo…"
El bullicio en la sala aumentó. Todos querían hablar de sus experiencias con Kabarayas. En ese momento, todos nuestros valores parecían estar determinados por nuestra relación con Kabarayas. Entretanto, el Kabaraya se había arrastrado hacia la puerta, otra vez haciendo rechinar nuestros nervios.
“¡Diablos! ¡Ya casi está aquí!", dijo alguien cerca de la puerta. El bullicio amainó. En una emergencia de esta naturaleza, la cohesión interna es fundamental, y, en cualquier caso, ninguno tenía idea de cómo dar un uso práctico al vasto corpus de nuestra experiencia pasada con Kabarayas.
La temperatura fue aumentando rápidamente en la pequeña habitación. El ventilador giraba indiferentemente, ineficaz contra el calor. El aire caliente viciado agosto caía pesadamente sobre nosotros.
"Esos asnos lo han enviado" dijo uno, indignado. En verdad es sorprendentemente difícil encontrar algo más constructivo que culpar a otro en situaciones como ésta. Solemos arremeter contra la estupidez y la arrogancia de los demás, si nadie puede ser culpado en una inesperada calamidad, incrementando nuestro desamparo, por lo que culpar a los vecinos en ese momento trajo una repentina sensación de alivio. A ellos lanzamos la culpa de la situación que tanto el Kabaraya como nosotros atravesábamos.
"Si esos idiotas no lo hubieran perseguido, se habría ido por su propio camino ¿por qué viene aquí?".
"Malditos estúpidos bastardos".
"Merecen que la vida los golpee”.
La tensión fue creciendo en la sala interior; era bastante claro que si no fuera porque el Kabaraya yacía en el umbral de la puerta, los vecinos se verían en una muy grave situación.
Sin embargo, el Kabaraya seguía mirándonos fijamente, sin intención de moverse.
Sus ojos comenzaron a cerrarse en el calor del mediodía, ahora la luz del sol sesgando y extendiéndose por su lomo hasta la temible cola: El Kabaraya medía no menos de cinco pies, y la cola, al menos, dos pies de largo.
De todos los Kabarayas que habitaban en los alrededores, nunca antes ninguno había entrado en esta oficina, ¿por qué éste quiso venir a la compañía de los seres humanos? De repente, la ira general se volvió contra el Kabaraya. Era una verdad absoluta: el Kabaraya no tenía ningún negocio oficial que hacer en la oficina. Y la mayor preocupación era que aquello fuera a convertirse en una tendencia, pues aquel ya era un precedente muy malo.
Obviamente, los Kabarayas no piensan sobre las oficinas y los humanos lo que piensan los humanos sobre los Kabarayas y las oficinas. Un argumento del contador de la oficina, no falto de lógica, era que este Kabaraya o estaba vagando sin propósito fijo o se había perdido; en principio, no podría tener la intención a priori de entrar en nuestra oficina. El argumento del contador tenía alguna base, sin embargo, el animal, ciertamente, no tenía ninguna intención de moverse de dónde estaba.
Si hubiera sido posible girarlo 180 grados hacia la puerta, sería un juego de niños sacarlo de la puerta hacia el jardín, podría entonces irse a Timbuctú si así quisiera, pero permanecía quieto en el mismo sitio.
Nos sentimos confusos y desvalidos. Con un Kabaraya arrastrándose en todos nuestros planes para el resto del día. Y las punzadas del hambre se agudizaron en aquel calor del mediodía, igual que el sudor se acumulaba sobre nuestras cejas. A pesar de nuestros pensamientos y sentimientos, el Kabaraya no se movía.
Diariamente, innumerables cabras, gallinas, perros y gatos de nuestros gentiles vecinos recorrían aquella oficina. El camino más corto entre la franja de jardín común que separa dos líneas de casas, en una de las cuales trabajamos, y la línea de ferrocarril detrás, es a través de nuestra oficina, y nuestros amables vecinos, entre ellos los dueños de nuestra casa, en un gesto de cortesía se habían abstenido de emplear esa vía. Sin embargo, el ganado y las aves de corral, cuya naturaleza no les permite dispensar ningún tipo de cortesía, no dudaban en utilizar la ruta más corta entre sus domicilios y los montones de basura que se acumulaban a lo largo de la vía férrea. Pero ahora un Kabaraya ocupaba nuestra oficina
Sin duda, un precedente muy negativo y de la peor clase.
Lo fortuito es algo que ocurre sin previo aviso. El "tiempo" es la coincidencia de dos o más factores aleatorios. Y en este sentido, nuestro tiempo había llegado, y nuestro aparentemente inevitable destino de pasar el resto de nuestros días como uno de los rehenes del Kabaraya cambió por azar en un solo instante.
La reverberación de las hojas de vidrio de la ventana y la vibración gradualmente en ascenso de las tazas de té en la cocina anunció la llegada del tren y finalmente, como el cuerno que anuncia el fin de un terremoto, aquello despertó al Kabaraya de su ensueño. Se movió más rápido de lo que había hecho antes. Como en un milagro, ahora estaba más allá de la puerta de la habitación donde habíamos estado parados todo ese tiempo, y se situó frente a la puerta de salida de la cocina hacia la vía férrea. Determinación y valor son esenciales en momentos decisivos como éstos. En tumulto, saltamos hacia las mesas que estaban en la sala que había abandonado el Kabaraya. Cuando regresó, ya estábamos encima de las mesas. Sabíamos que la cola de los Kabarayas pueden ser más crueles que la risa de los vecinos. Y, en cualquier caso, sería un error fundamental no hacer lo que para nosotros era importante con algo secundario. Así que, haciendo caso omiso de la risa de nuestros vecinos, comenzamos a gritar, a espantar al Kabaraya... espantar, espantar, dup, dup, hoy, hoy. Era un carnaval primitivo, tribal.
El Kabaraya nos miró y, en ese preciso momento, a la puerta abierta, con palos y varas, llegaron en ráfaga nuestros valientes vecinos tribales para salvarnos. Nuestros amistosos salvadores blandieron sus armas como Tarzán contra un feroz león. Es increíble que el Kabaraya no cayera inconsciente por la paliza que recibió, tan salvajemente, y sin misericordia que si pudiera haber volado de la cocina, lo habría hecho. La sangre cubrió los verdugones de su lomo, como si hubiera llovido sangre sobre aquel cuerpo, y la carne blanca salía debajo de la piel.
¡Qué dolor!...
Éramos libres. Pasamos los próximos minutos felicitándonos, jubilosos. ción y júbilo. Nuestros vecinos, los ferroviarios, sus esposas y sus hijos, se transformaron como por arte de magia en nuestros amigos más cercanos. Una alianza internacional contra un Kabaraya.
Pero alguien avisó que el Kabaraya yacía fuera, en el jardín, aplastado por el dolor. Sus ojos oscuros parecían estar apagados por lágrimas de dolor y vergüenza. Se habría preguntado quizás, asombrado, a qué se debía nuestro júbilo, de dónde nacía nuestro placer. Entonces, vi cómo emprendía la subida hacia la vía férrea con gran dificultad. Y, después, como si se borrara de la memoria. Pretendería el Kabaraya suicidarse?
El almuerzo fue una celebración de la victoria y entonces comenzó el día a cerrarse. Un día maravilloso perdido a causa del Kabaraya. El Kabaraya, sin duda, se borraría bajo los escombros de los recuerdos. Pero aquellos ojos oscuros llenos de dolor…
Una noche tranquila sigue a la tarde. Todas las noches son iguales. Para los que no sueñan, las noches son cortas. Muchas noches son como la superficie de las aguas oscuras. Oscuros ojos llenos de dolor acechan ciertos sueños, rutilando en las aguas inmóviles de la noche. Nunca hablar de esos ojos. Esa criatura fatal que ocupa todos nuestros recuerdos y sueños.
¡Qué dolor!...
Notas del artículo:
1.- Kabaraya. Especie de lagarto, que puede ser muy agresivo y causar graves heridas con los usuales latigazos de su cola, con la cual se defiende. Es un animal muy temido y detestado en Sri Lanka