Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, abril 2009, año 3, número 07
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Canción de muerte en Moralzarzal

Relato

 

José  Luis Muñoz

A Don Julio lo trajeron atado de manos y con una enorme brecha en la frente. Con ese aspecto desaliñado, con los pantalones descordados, un zapato y la camisa hecha jirones, era difícil reconocer en él al aristócrata de Moralzarzal. Le habían estado apaleando durante toda la noche, con bastones nudosos de pastor, la partida que lo prendió, pero todavía había dignidad en su mirada, nobleza en su gesto, elegancia en su porte.

El jefe miliciano cerró el cigarrillo de picadura y prendió su punta con una cerilla mientras miraba a su víctima, rumiando qué decisión tomar. Luego, echando humo por la boca y con las manos en el cinto, dio dos vueltas circundando al prisionero y se plantó finalmente a dos palmos de su cara.

- Con que tú eres el puto católico que andas jodiendo a las niñas.

- No sé de que me habla - contestó con voz opaca, abriendo los labios llagados y con costrones de sangre.

- ¿Qué no sabes de que te hablamos? - La sorna del miliciano se hacía hiriente, amenazadora. Se volvió entonces hacia Pacorro, el que pastoreaba las ovejas de Don Julio, uno tipo más ancho que alto, de mirada torcida y pómulo deformado por la coz que una mula le propinó en su infancia.

- Se tiraba a la Lourdes, el degenerado.

- Lourdes es mi mujer - aclaró Don Julio -. Me casé con ella... -Por la Iglesia, acaba la frase, católico del demonio. Por la puta Iglesia. ¿Sabes dónde está el cura? ¿Quieres saberlo?- El miliciano de la colilla en la boca acercó tanto su rostro al del prisionero que éste no tuvo más remedio que oler su aliento desagradable, mezcla de mal vino y peor tabaco -. Bajo tierra, criando malvas. En el otro mundo, en donde según él se está mejor que en éste.

- No tengo nada de qué arrepentirme, no he cometido ningún delito, ni he delatado a nadie de los vuestros cuando estuvieron los de Falange.

- ¡Calla, burgués de mierda!- La mano del miliciano se alzó y se estrelló contra la mejilla de Don Julio. El golpe ladeó su cabeza. La siguiente bofetada la puso en su sitio -. Eres delincuente por ti mismo, por ser cacique, chupasangres, explotador y degenerado.

La rebelión había cogido a los poco más de 780 habitantes de Moralzarzal por sorpresa poco después del 18 de julio. El primer día los cinco falangistas del pueblo, ayudados por dos ganaderos y cinco terratenientes, asaltaron la sede de las Juventudes Socialistas y mataron a todo el que se encontraba dentro. Pero pasada una semana, cambiaron las tornas cuando llegó esa partida fuertemente armada desde Hoyo de Manzanares que volvió a poner las cosas en su lugar, una veintena de hombres de Becerril de la Sierra, El Boalo, Cerceda, Mataelpino, Torrelodones y Galapagar que tomaron a sangre y fuego el ayuntamiento en donde se habían hecho fuerte los facciosos y, tras matarlos a todos, los colgaron de los mástiles de las banderas y no los enterraron hasta pasados unos días, cuando apestaban sus cadáveres putrefactos. Fue a la semana cuando recibieron una llamada del lugar exacto en el que se encontraba el cura Don Rosendo, al que sacaron a rastras de su cubículo y lo fusilaron ante las puertas de su Iglesia Parroquial, dedicada a San Miguel Arcángel, para que se reuniera lo antes posible con su santo alado. A Don Julio lo entregó su propio primo que lo guardaba, atemorizado por las represalias.

- Machuco - dijo el pastor de las Dehesas, las 2.200 hectáreas de pastizales que rodeaban Moralzarzal, blandiendo un cuchillo jamonero y acercándolo al cuello del prisionero - ¿Lo matamos como a un cerdo o gastamos una bala?

Machuco, el jefe de la partida, ostentaba en su uniforme de irregular los galones de sargento. Eliminado el alcalde, los socialistas, el cura y los terratenientes, era el dueño del pueblo, su único amo y señor hasta que desde Madrid mandaran a la nueva autoridad.

- Déjale que pase una larga noche. Lo encierras en la gorrinera y mañana, según me venga en gana, le damos el paseíllo.

Guardó el Pacorro su cuchillo jamonero y se llevó de allí a Don Julio. Quedaron a solas Machuco y su lugarteniente, el Bolao, un mulero analfabeto y cojo que no se separaba nunca de la escopeta de perdigones que llevaba en bandolera.

 

- ¿Por qué no le has dado el pasaporte, Machuco? ¿Te estás reblandeciendo?

Machuco terminó de fumarse el cigarro y fue hacia la puerta.

- La sangre empacha. Y además, ese aristócrata ya tiene un susto de muerte que se caga pensando en que ésta es su última noche.

- ¿Y lo será?

- Claro, lo será. ¡Maldita sea! ¡Salud y buenas noches! - gritó cerrando el puño.

Atardecía y el aire congelado que provenía de la Sierra de Guadarrama barría las calles de Moralzarzal. Desde el picacho del Estepar y sus 1.402 metros bajaba aire que era hielo que rasuraba las mejillas y espesaba las charcas de las calles. No había nadie cogiendo agua de la fuente de Cuatro Caños que manaba ajena a los acontecimientos y se helaba en los extremos. No había a aquella hora ni un alma por las calles, como si reinara el toque de queda, y las ventanas de las casas permanecían a oscuras como si nadie las habitara. En la Plaza del Ayuntamiento, en los muros que rodeaban su puerta, se veían las huellas de la metralla de los encarnizados combates de la semana anterior, y sobre el suelo aún se podían ver las oscuras manchas de sangre de la refriega que ya quedaban incrustadas en la piedra. Saludó Machuco marcialmente al miliciano que hacía guardia, fusil en ristre, en la puerta y subió de dos en dos los escalones del recinto municipal. En la segunda planta había plantado la partida su cuartel y su jefe tenía el privilegio de ocupar el despacho del alcalde, con vistas a la regia plaza empedrada y a la sierra lejana.

No tenía hambre el jefe miliciano. Mordisqueó un trozo de longaniza, una hogaza de pan reseco y humedeció el condumio con dos tragos de una bota de vino. Luego, mal que bien, trató de encontrar el sueño colocando la cabeza en un sillón y los pies en otro mientras en mente planeaba requisar a la mañana siguiente una casa más cómoda en la que alojarse, para, al menos, disfrutar de una cama en condiciones.

Del primer sueño de la noche lo despertó Turbones, un carretero de Mataelpino. Entró en el despacho, tras llamar a la puerta y no obtener respuesta, y zarandeó al durmiente hasta que éste abrió los ojos.

- ¿Qué te ocurre Turbones? ¿Atacan los fascistas? - preguntó empuñando la pistola que colgaba del cinto

- No, Machuco. Hay una niña que pregunta por usted.

- No me llames de usted, cojones.

- Pues una niña que quiere verte, camarada.

La chica entró poco más tarde conducida por Turbones. A un vistazo de Machuco bajó  los ojos. El jefe de los milicianos lanzó una mirada al subordinado y éste desapareció discretamente, no sin reír bajo la barba descuidada que aun otorgaba un aspecto más brutal a su rostro.

- Debe de ser importante lo que vengas a decirme a estas horas de la noche - le dijo Machuco a la muchacha, dando una vuelta a su alrededor. - ¿Cómo te llamas?

- Lourdes.

Estalló en una risotada y luego se acercó mucho a ella. Le gustó el olor a campo de la chica, el cuerpo agraciado que vibraba bajo su vestido que la tapaba hasta los pies pero no podía ocultar la turgencia de sus formas. Era una campesina joven y bonita, de grandes ojos y cabello pajizo que se recogía en un cuidado moño.

- ¿Cuántos años tienes?

- Dieciséis, señor.

- Y dale con llamarme señor. Ahora todos somos camaradas, hermanos. ¡Señor, señor, señor! Se han acabado los servilismos. ¿Me oyes? Mañana te libraré de ese indeseable de Don Julio, ese degenerado que abusaba de ti según me han dicho.

- Eso no es cierto - dijo la muchacha con voz clara.

- Pues es lo que me han dicho, que te tenía de putita.

- Es mi marido. Le quiero.

- ¿Le quieres? - Machuco dejó de dar vueltas y se sentó. Desde donde estaba, la chica le parecía más insignificante y desamparada. Trenzaba Lourdes las manos, sobre el regazo, mientras se mordía nerviosa los labios y estos se encendían como granas. -. Pues da igual que le quieras, que su suerte está echada. Mañana lo fusilamos, y en paz. Por fascista, por aristócrata, por católico y corruptor de menores.

- Es bueno, señor - imploró la chica, sin alzar los ojos -. Es muy bueno conmigo. Y estoy esperando un hijo de él - Ahora alzó los ojos y los fijó en los del miliciano -. Y quiero que ese hijo conozca a su padre.

- En esta guerra habrá muchos hijos que no conocerán a su padre. Y muchas esposas que perderán a sus maridos. Así es la vida, hija.

- Pero usted, señor, puede evitarlo.

- ¿Por qué tendría que salvarle el pellejo a él y a otro no? Dime una razón.

- Por mí, señor, y por mi hijo.

Movió la cabeza, cerró los ojos, frunció el ceño y luego se acarició la barbilla.

- No, no puedo. Tiene que morir porque es nuestro enemigo natural. Tiene que morir porque le gente como él son los que han motivado esta maldita rebelión que nos ha vuelto locos a todos, porque es responsable, aunque no lo sepa, de los crímenes que se hacen contra la clase obrera.

Lourdes, en pie, comenzó a desabrocharse el vestido y lo hizo con la naturalidad del gesto aprendido. Machuco, desde su butaca, asistió perplejo y con la boca progresivamente más seca, a aquel proceso hacia la desnudez absoluta. El vestido estaba arrugado a sus pies y la chica, con torpeza y temblando, desanudaba el trapo que sostenía sus pechos y bajaba por sus piernas las vastas bragas de paño mostrando la fronda triangular de su pubis. Luego, la chica cruzó la estancia, se arrimó a la mesa del despacho del alcalde y se tendió sobre ella separando las piernas.

Durante unos segundos dudó Machuco. La bestia que llevaba dentro le animaba a violar aquel cuerpo exquisito que se le ofrecía y apenas reflejaba en los senos abultados y en el vientre ligeramente abombado la presencia del embarazo. Para tener dieciséis años, Lourdes estaba tan desarrollada como las prostitutas de veinte años con las que alegraba los fines de semana en el Madrid de antes de la rebelión facciosa. Se alzó del butacón despacio, se acercó a la chica, cuyas piernas temblaban, y colocó una mano sobre uno de sus muslos.

- Le quieres mucho, ¿no? Porque yo no te gusto. ¿Cierto?

No abrió los labios Lourdes, pero cerró los ojos, contuvo la respiración, su corazón golpeó con fuerza en el interior de su pecho y su vientre tenso se estremeció como si lo recorriera una descarga.

- Vístete, niña.

Al alba Machuco se acercó a la gorrinera y le dijo a quien estaba de centinela que abriera la puerta. Don Julio, que no había dormido en toda la noche, levantó los ojos y miró al miliciano sabedor de su destino, aceptándolo. Cuando vio brillar, en la oscuridad de la pocilga, el machete se derrumbó en el suelo.

- Prefiero un disparo en la cabeza, por favor. El cuchillo, no.

El machete cortó las ligaduras de las manos y Don Julio fue empujado al exterior por Machuco, ante su incredulidad. Huyó, trastabillando con sus pies adormecidos por la tensa espera nocturna, campo a través, siguiendo el curso seco del Regajo de los Mares, esperando escuchar el disparo que truncara su ilusión de huida. Luego su sombra se perdió entre los robles y álamos que festoneaban el camino.

- ¿Lo dejas escapar?

- Lo dejo escapar.

- ¿Por qué?

- Por mis huevos.

Al mediodía, en el salón de plenos, El Bolao se encaró con Machuco y le echó en cara su debilidad ante el enemigo. Había un testigo de que el jefe de la partida había dejado escapar gratuitamente al prisionero, tras liberarlo, y allí, en aquella pantomima de juicio, quién había  reconquistado Moralzarzal y liberado de los facciosos no sabía o no quería dar explicación de sus actos. ¿Cómo explicar a aquellos rústicos cerebros que su corazón se había ablandado, de repente, ante una señal de amor tan intensa que lo había conmovido en su fuero interno? La revolución no admitía debilidades; él también se habría condenado.

Luego, al caer la tarde, el Machuco se enfrentó al pelotón de fusilamiento de los propios hombres que había comandado. Con un cigarrillo de hebra en la boca afrontó sus últimos segundos de vida con la mirada fija en el “Frascuelo”, el reloj de la torre del Ayuntamiento de Moralzarzal, regalo que hiciera al municipio Salvador Sánchez, uno de los toreros más importantes de todos los tiempos, y aspiró una última bocanada de aire perfumado de jara y tomillo que venía de Peña Albú. A las ocho sonó la descarga de fusilería y el Machuco se dobló por la mitad y, encogido sobre si mismo, besó el suelo. Fue el propio Bolao, a la pata coja, quien le disparó el tiro de gracia en la sien.

 

Canción de muerte en Moralzarzal obtuvo el premio de narrativa Miguel Cabrera en 2008.

 


José Luis Muñoz

(Salamanca, 1951) Estudió Románicas en la Universidad de Barcelona y está considerado como uno de los más genuinos representantes de la novela negra española (Barcelona negra, El cadáver bajo el jardín, La casa del sueño, Mala hierba, La precipitación, Lluvia de níquel, Último caso del inspector Rodríguez Pachón, La Caraqueña del Maní) sin que ello le haya impedido incursionar en otros géneros como el erótico o histórico. Ha ganado, entre otros, los premios Tigre Juan, Azorín, Café Gijón, La Sonrisa Vertical y Camilo José Cela. En el 2008 publicó en la editorial Algaida El mal absoluto, un thriller sobre el Holocausto, que obtuvo el premio Ciudad de Badajoz. En 2009 verá la luz El corazón de Yacaré en Imagine Ediciones.

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