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Comprar es salud, comprar es vivir. Compren más y más, compren para su porvenir, compren para su futuro, el futuro es comprar.
Eso anunciaban los altavoces, mientras Sandra y Sandoval compraban en el centro comercial "La Catedral". Se llamaba La Catedral porque antes de convertirse en un centro comercial había sido una catedral. Se dice que antes fue una mezquita, se dice que antes de ser una mezquita fue una sinagoga medieval. Era el edificio más viejo de la ciudad, y al mismo tiempo se había convertido en el más moderno. Los dos iban ya a salir pero vieron como en la cola de la salida había un guardián que verificaba las bolsas de los que salían. Los que no habían comprado nada no podían salir.
- Vuelva usted señora, que aquí no viene uno para divertirse, aquí se viene a comprar.
- Pero es que vine a comprar zapatos y no tienen mi talla.
- Pues compre algo otro.
- Pero no necesito nada otro.
- Usted señora necesita comprar y el país necesita que compre. Y ya ve que hay gente aquí esperando en la cola, las reglas son las reglas, sin comprar no se sale de aquí.
A otros el controlador les decía que no habían comprado bastante.
- Mire esta vez le dejo salir, pero si usted sigue viniendo a la catedral para comprar un pan no le dejaremos entrar más.
- Pero, si he comprado dos.
- Ni dos, compre zapatos como la señora que ha dado media vuelta.
Los dos dieron media vuelta y buscaron algo más que comprar.
- No deberíamos seguir viniendo aquí, sabes, esto me esta cansando, y cada vez quieren que compres más, están cerrando todas las tiendas de los alrededores porque a la gente no le queda dinero.
- Ya sabes muy bien que no hay mas remedio, si no nos ven aquí en la catedral es como si estuviéramos muertos.
Los vivos se dividían entre los que compraban todos los días, a veces dos veces al día, por la mañana venía la mujer sola o con el marido, las tardes con sus hijos, detrás en la cola estaban los que compraban hasta el 22 del mes, porque ese día se les acababa el dinero, y los más pobres dejaban de comprar el 10 o el 12 del mes. Si no mostrabas tu cara el 20 la gente te hablaba menos, menos y menos gente te hablaba.
El 25 empezaban las rebajas que se acababan el 1 del mes siguiente.
Compren señoras y señores, compren de todo, compren naranjas y compren azafrán, compren neveras y compren emepetres, compren deuvedes y compren zapatos, el futuro es comprar.
- ¿Y esto que es?
- Es un maxcanvalde.
- ¿Y qué es un maxcanvalde?
- Es completamente reciclable.
¿Pero qué es?- dijo Sandra entusiasmada, mientras Sandoval perdía la paciencia.
- Es lo que es, nada. Pero reciclable. Y le dejan salir. Usted me paga 10 y yo le doy una factura de 100, y cuando sale lo deja por allí y yo lo vuelvo a vender. ¿Ve? Reciclable.
- A mi me gusta, tienes su encanto.- dijo Sandra, la compra suprema.
- su… pu…
- ¿Y si nos abren la caja?, los porteros se están poniendo insolentes.
- Usted sale por la puerta A7 y allí no tendrá problemas. El portero esta sobornado.
- si, todo se compra.
- y lo que no se compra no tiene valor.
Fume, beba, compre tabaco y vino, el cáncer es bueno para la economía, si tiene usted un cáncer le daremos bonos para comprar más, para su mayor complacencia hemos abierto un hospital en la décima planta.
Al principio la catedral sólo tenia dos pisos pero se fueron construyendo alrededor inmuebles que se conectaban entre sí, inmuebles de oficinas, escuelas, hospitales, oficinas del gobierno, todo entraba en la catedral, lo importante era siempre pasar por los comercios y comprar a la salida y a la entrada.
- Bueno, me da un machcanvalde.
- Maxcanvalde para el señor.
En la cafetería de enfrente un señor mayor, un anciano de unos ochenta años oía todo y no olvidaba nada.
Se acordaba como setenta años antes su padre había comprado su vida con el dinero que tenía y como él también la había salvado con su culo. Le parecía que todo había vuelto a ser como en los años de la guerra.
Comprar es vivir. Los muertos no compran. Morir es dejar de comprar. Por eso nuestros hospitales tienen los mejores médicos del mundo para que sigan viviendo y sigan comprando.
El anciano ya se sabía todo eso de memoria. Sandoval se fijo en el anciano que en unas horas le iba a salvar su vida, y le pareció feo y antipático. Le odió todavía más al pensar que un día sería como el. O peor, mucho más desgastado, más enfermo, menos tieso. El anciano se sentaba allí todos los días desde las cocho, cuando abrían la catedral, abrían todos los negocios en el mismo minuto y se iba a las doce y media de la noche cuando todo se cerraba.
Compren, y si ya han comprado compren más, siempre hay algo otro que usted necesita o desea, algo que le hará mejor su vida hasta la próxima compra. Compre más, y compre mejor en la catedral.
Dos policías corrían detrás de una mujer que mostraba sus bragas por encima de los pantalones, eran bragas rojas sobre tela blanca, una parte del culo estaba en contacto con el aire. Dos mujeres iban con sus bebés en coches azules, los dos iguales. Parecían hermanas pero no lo eran. Sandoval contemplaba, Sandra compraba.
Compren hasta que se cansen, y cuando estén cansados compren más, compren para despertarse, compren píldoras contra el cansancio. Compren más y más para el futuro económico de sus hijos.
El anciano ponía esa cara del que ya ha visto todo y eso a Sandoval le ponía negro. Este se cree que lo sabe todo, pues que se vaya a la mierda, se decía. Sandra estoy ya harto, vámonos ya. El anciano cayó en Sandoval y le echo una mirada de anciano comprensivo, lo que puso a Sandoval más nervioso, cuantos zapatos necesitas chica, que tu padre no te concibió con una red de zapaterías, yo ya no puedo mas con tus zapatos, hay por todos lados. Y tú y tus discos, Carajo… dijo Sandra.
Cuando llegaron los malos el padre del anciano estaba en la mala parte del mundo, los malos querían liquidar a los de su raza, a ellos les parecía algo normal, el padre del anciano que era un padre tardío y se había casado a los cuarenta y seis años con una mujer veinte años más joven que él. Se dio cuenta a tiempo y se aconsejo con su mejor amigo, que no formaba parte de la raza que iban a aniquilar, y este le dijo que lo mejor sería esconderse hasta que se acabase la guerra o que los matones se calmasen, que eso también pasa, o que pierdan o lo que sea. El padre del anciano le pasó todo el dinero que tenía a su mejor amigo, y este le encontró un conocido que estaba dispuesto a alquilarle un sótano secreto que tenía en una granja por el triple del precio, lo cual en ese momento le pareció lógico porque tenía el dinero y por el peligro. Pero, otra cosa más, dijo el dueño del sótano, una cosa más, tendré derechos a todas tus hembras. Sus hembras eran su madre, su mujer, y sus dos hijas. Nadie pensó que su hijo también iba a ser considerado una hembra seis meses después. La mejor hembra que el dueño deseaba. Los pagos los hacía mensualmente a través de su amigo. Firmados por su mano. La madre del anciano se murió dos años después de que se acabó la guerra. El padre absorbió todo y vivió hasta los noventa y cinco años y seis meses. Al dueño del sótano le dieron una placa conmemorativa por haber salvado a la familia del anciano. El anciano odiaba al mundo entero, pero no podía decir lo que le había pasado, y menos que después de dos meses de su relación con el hombre del sótano, así le llamaban, le empezó a gustar y que cuando todo se acabo cuando él tenía catorce años ese fue el mejor recuerdo que llevó en el sótano, la forma en que el hombre le acariciaba cuando sus padres ya no sabían amar.
Compren, hombres y mujeres, compren hoy y mañana, compren hoy para mañana, y mañana para pasado, todo a crédito, y todo en doce plazos, compren para el futuro.
Es la vida, pensaron al mismo tiempo el anciano y el joven. La vida es eso y no hay ni por qué pensar que puede ser otra cosa. El anciano pensó que la vida era guerras, hipocresía y culos, el joven pensó en tetas y en cirugía estética.
Sandra tenía buenas tetas y buen culo, eso no le pasó desapercibido al anciano que le gustaba mirar la belleza femenina aunque lo que más añoraba era la polla de aquel campesino de su infancia y de su primer amor. Nunca más volvió a amar un hombre y durante años ni pensó en ello, pero volvió a esa memoria el día en que su mujer falleció, un primero de año después de las compras, hacía dos años y medio. Se masturbaba todos los días pensando en ese hombre que ya llevaba muchos años muertos, veinticuatro para ser más exactos.
De esa época nadie volvió a hablar más en la familia, sus hermanas no dijeron nunca nada de las relaciones sexuales que tuvieron con el fantasma del sótano, ni él preguntó. Tal vez no tuvieron ninguna. Y fue él y su culo los que salvaron a toda la familia. Salvación por el culo, se reía a si mismo. Si alguien cuenta todo esto… joder… y se ponía otra vez a reír. Se lo voy a contar a uno de mis nietos, con detalles, es que no se puede olvidar. Ellos piensan que sufrimos tanto. Bueno sí que sufrimos, mucho, pero hubieron momentos de mucha ternura, y no los puedo olvidar. Sería mejor que se lo cuente a alguien. O que lo escriba.
Por eso llevaba con él un cuaderno y un bolígrafo a la cafetería todas las mañanas pero no escribía nada. Prefería mirar los culos de las chicas. Pero tenía miedo de abrir un cuaderno que había encontrado al final de la guerra en otro sótano que tenía el campesino. A lo mejor tenía más o los había construido porque era un buen negocio. Tal vez ganaba de guardar a los de su raza y después ganaba también de chivato, pero él y su familia llegaron hasta el final y se salvaron. O algo así.
Si eres un niño compra. Si eres joven compra. Si eres adulto compra. Si eres viejo compra. Si eres hombre compra. Si eres mujer compra. Si eres gay compra. Si eres persona compra. Los animales no compran. Viva el comprador.
Somos personas porque compramos, fue lo que pensó Sandoval y eso fue exactamente lo que dijo el altavoz. El anciano ahora se fijaba más en Sandoval y en Sandra y le gustaba el culo de los dos, que se parecían mucho. Los dos vestían vaqueros azul marinos de la misma marca que habían comprado por el precio de un par de pantalones el 27 del mes pasado. Ya había que tirarlos. Tenían dinero y tenían que comprar más. El anciano tenía más dinero que los dos, había hecho fortuna casándose con una mujer muy rica que era hija única y sus padres fallecieron a los dos años de casados en un accidente de tráfico, cuando su Mercedes E280 se metió debajo de un camión, que por casualidad era de la misma marca. Además del dinero que la dejaron, que ya era una suma importante, recibió una indemnización especial de Mercedes-Benz que quedó secreta, cuando el anciano le anunció que había descubierto una laguna en todos sus automóviles y que les iba a llevar a juicio. Nunca tuvo ni que explicar qué había descubierto, el cheque llegó por correo en menos de un mes. Desde entonces él compraba, era un buen consumidor. Sobre todo compraba habanos, porqué eso ayudaba a una economía pobre, le gustaban los Monte Cristo, Partagas y José Cuervos.
Dos policías femeninas corrían detrás de una mujer de unos cincuenta años que se deshacía de un par de zapatos con tacones. Esas cosas le gustaban al anciano, así compraran mejores zapatos, se decía. Su hijo tenía una fábrica de zapatos. Steve. Ese era el nombre de su hijo.
Esto hay que tomárselo en serio, se dijo el anciano, y dejar mirar culos de niñatas, tengo que abrir el cuaderno y empezar a escribir, érase una vez la guerra. Pero en eso vivo el camarero ¿El señor desea algo más?
- Bueno, es que…
- Hay que consumir, señor, que si no me despachan y no querrá usted que me despachen, con lo bien que le estoy sirviendo desde hace más de un año, ¿verdad?
- eh… no, eso no, es que estaba pensando en la guerra.
- una guerra para el señor.- grito al dueño que estaba detrás del bar.
- ¿Y qué es eso?- pero el camarero ya se había ido rumbo a otra mesa en la que estaba sentada una anciana que el anciano odiaba porque se parecía a su mujer como todas las ancianas y ya no necesitaba más herencias. No sabía que ese mismo día esa misma odiosa anciana le iba salvar la vida. El camarero le hacía el mismo chantaje, que le iban a despedir.
- Ramón, aquí esta la guerra para el señor.
Ramón corrió y volvió en menos de un segundo.
- Su guerra, señor. Era algo que vacilaba entre la sangría y el gazpacho y que el anciano no se atrevía a beber.
El camarero se quedó al lado de él.
- Si no le molesta, ya sabe que aquí hay que pagar con la consumación. Que muchos se escapan, ya sé que usted no, pero son las reglas, ¿se acuerda, no?
- Pues no, se me había olvidado, a mi edad olvida uno más que lo se acordó en toda la vida. Aquí esta su dinero, joven.
- De joven ya me queda poco, ni la polla.
- No hablé usted así, que no sabe lo que son ochenta años para una polla.
- Son muchos años. Muchos. Y se fue.
El anciano se bebió su guerra de un trago.