

Mario Mendoza, junto a Santiago Gamboa, Jorge Franco Ramos, Héctor Abad Faciolince y Nahum Montt, por sólo citar a los más destacados, comparte la marca en sus obras literarias del que es considerado hasta hoy el más complejo y explosivo fenómeno social de Colombia: la violencia, vista ya no sólo como detonador de un país sino como presencia viva y materia indiscutible en la formación (o la pérdida) de esos valores que tipifican lo que algunos críticos llaman la “colombiedad”.
Cada uno de estos autores refleja una verdad que parece absoluta: la violencia en Colombia ha alcanzado matices que la convierten en un prisma que cubre toda la sociedad colombiana, sin que ningún sector se salve de sus estragos.
La tesis presente, bajo ese influjo, en toda la obra narrativa de Mario Mendoza, es la de esa violencia como rebelión, como manifestación de voces acalladas por la pobreza social, la corrupción política, el desvarío económico. Una rebelión que se hace evidente en todos sus personajes, que gravita sobre ellos y sobre los escenarios que se mueven, no como artificio, no como fatalismo, si no como respuesta. Y esa respuesta es, sobre todo, violenta y sanguinaria, irracional y convulsiva.
Basta leer los cuentos de Mario Mendoza, o sus novelas La ciudad de los umbrales (1992), Scorpio City (1998), Relato de un asesino (2001), Satanás (2002), Cobro de sangre ( ) y Los hombres invisibles para descubrir que bajo el criterio de que todos somos la violencia (concepto que Mario Mendoza ha dejado claro en muchas de sus entrevistas) se está planteando un reacción humanista contra esa violencia, racional reacción, bien distinta a la reacción natural de esos millones de colombianos que, para defenderse de la violencia, reaccionan mediante formas disímiles y siempre explosivas de la violencia. Desde Simón, Martín, Lejbán, Aurelio y esos otros personajes que aparecen en los barrios marginales que pinta La ciudad de los umbrales hasta ese Gerardo que pierde a todos los suyos y decide irse a buscar una tribu a quienes llama “hombres invisibles” el escritor se pasea por una fauna violenta, en gradaciones distintas, que reflejan el cuerpo humano real de Colombia en las tres últimas décadas. Cuando Gerardo decide ir detrás de esos hombres que nadie ha visto pero que él supone, y cree firmemente, que existen, se está rebelando contra esa realidad sufrida por su gente y su país: el escapismo es, casi siempre, rebelión.
Mario Mendoza es, también, un pintor de esos mundos individuales que habitan en las distintas clases sociales de Colombia. Sus novelas son un muestrario tanto de la escoria humana, como de esa otra clase, más refinada y aparentemente por encima de todo mal, que no por ello deja de ser escoria, y todos, sin ponerse de acuerdo pero como si lo hicieran, siempre están yendo en pos, en posición de ataque, de los pocos atisbos de inocencia, ingenuidad y esperanza de algunos personajes que, al ser eliminados o aplastados o aniquilados sus sueños, se convierten, más que en víctimas, en puntos de salto de la conciencia, esa conciencia a la que cada libro de Mario Mendoza hace un llamado.
Y es que este escritor parte de la premisa, como dijera hace unos años en una de sus intervenciones en la Semana Negra de Gijón, de que la humanidad va transitando por el abismo que ella misma ha construido aunque, pese a su tozudez y su idiotez absurda e irracional, merezca ser salvada de la caída a ese abismo. La ubicación, entonces, de sus historias, no es siquiera lo más esencial: esas historias están sucediendo también en otros sitios, en otros espacios de la tierra donde la violencia es como los hombres invisibles que busca Gerardo, que nadie cree que existan pero están ahí, fisgoneando nuestras vidas.
Si además de leer sus novelas, se tiene la posibilidad de conversar con Mario Mendoza, de escuchar sus palabras en esas intervenciones en las que trata de explicar sus credos narrativos, se llegará a una sola conclusión: el narrador colombiano tiene su mirada fija en la humanidad toda, no sólo en esa “colombiedad” específica que aparece, a primera lectura en sus historias y personajes fabulados. Y esa mirada más abierta, inclusiva, cuestionadora de la violencia como ente vital del desarrollo humano en las últimas centurias, es la que hacen de su obra un espacio necesario para la reflexión, característica que falta, aunque no debiera ser así, en mucha de esa literatura que se escribe y publica por estos mundos nuestros.