

Fina García-Marruz (La Habana, 1923) integró la pléyade mayor de la poesía cubana en el siglo XX, el Grupo de la revista Orígenes (1944-1956). Desde entonces ha publicado una extensa bibliografía, sobresaliendo como agudísima ensayista y poetisa de sólida obra, comparable a la de las grandes figuras de la lírica hispanoamericana. Vive en su Isla y después de una fructífera labor intelectual, oculta en archivos y bibliotecas, continúa su disciplinada entrega a las letras desde su modesta casa del Vedado, invariablemente alejada de las cámaras y las fanfarrias que tanto complacen a otros autores. No por falsa modestia sino por modestia real ha rehusado más de un homenaje, aunque suele complacerse con los éxitos de su esposo Cintio Vitier. La pareja de Fina y Cintio no solo es un hermoso paradigma de larga y feliz unión conyugal, a ella debemos la coautoría de varios títulos imprescindibles para la literatura cubana, entre los que sobresalen sus estudios sobre José Martí y Juana Borrero.
La poesía de Fina García Marruz, junto a la de Eliseo Diego, ha sido puente sólido entre la Generación de Orígenes y las generaciones líricas de las décadas finales del siglo XX. Eliseo, que era además su cuñado, no se cansaba de llamar la atención sobre la significación de esta escritora que pocos han leído, y definió que en su obra: “Una frontera muy sutil separa la literatura de ese otro orden del espíritu donde, sin enterarte mucho de sí mismos, el arte y el ser se confunden.” Esta idea es completada por el principal exegeta del legado de la García-Marruz, Jorge Luis Arcos, quien le dedicó varios estudios y explica que ella: “...siempre se sitúa frente a la realidad desde una perspectiva poética, lo cual hace que tanto su pensamiento crítico o ensayístico como su obra en verso o sus prosas poéticas, encuentren su raíz fundacional y unitiva en la poesía”.
Quizás la reticencia de Fina -casi pavor- hacia los premios y agasajos incida en la escasa difusión alcanzada por su obra, que merece no solo los más importantes galardones de las letras castellanas sino ganar los millones de lectores de nuestra lengua, que sabrían apreciar su arte, burilado con maestría y en cuyo fondo resplandece la estrella de su singularidad ética y literaria. Hace un par de años, a propósito de su nominación junto a Cintio Vitier para el Premio “Juan Rulfo” comenté a Fina que debía prepararse porque en mi opinión ellos dos eran los candidatos con más posibilidades y me dijo que esperaba eligieran a Cintio –como, en efecto, sucedió- ya que a ella no le apetecía ningún galardón. Insistí en que podía ser seleccionada y tendría que viajar a la Feria de Guadalajara para recoger el “Rulfo”. Fina, con la más conmovedora expresión de azoro, exclamó: “Dios no lo quiera”. Y claro que estuvo en México con su esposo y hasta participó con él en los homenajes que les ofrecieron con motivo del Premio, pero siempre ocultándose un poco, siempre a la saga, como quien desea pasar inadvertida. Hoy, a su pesar, me sumo a Eliseo Diego y llamo la atención sobre su obra oculta y significativa.