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Luis Pulido Ritter es un hombre ético. Calmado y ético. Y calma y ética, especialmente en América Latina (un sitio donde, según los tópicos más típicos somos revoltosos y desparpajados) significa sabiduría y lucidez intelectual.
Conocí a Pulido Ritter a través de un cuento excelente que publicó en la antología Líneas Aéreas, de la editorial española Lengua de Trapo (único intento, quizás, de marcar un camino generacional a una generación de escritores que, entre otros, está formada por el colombiano Santiago Gamboa, el mexicano Jorge Volpi, la dominicana Rita Indiana Hernández, el boliviano Edmundo Paz, la chilena Alejandra Costamagna, el peruano Fernando Iwasaki, el argentino Rodrigo Fresán, la puertorriqueña Mayra Santos Fevres, el uruguayo Daniel Mella y el guatemalteco Francisco Alejandro Méndez).
El proyecto Líneas Aéreas culminó en el Primer Congreso de Nuevos Narradores Hispánicos, que se celebró en la Casa de América, en Madrid, en mayo de 1999. Sólo un poco más de treinta autores pudimos asistir y Pulido Ritter estuvo entre los que no participaron en aquellas increíbles y muy apasionantes jornadas donde, lo más importante, la mayoría nos convertimos en amigos, en una amistad que dura hasta hoy.
Un par de años después, desde La Habana, le escribí un email pidiéndole autorización para publicar uno de sus cuentos en la antología Inocencias prohibidas. Antología del cuento latinoamericano actual, junto a otros 39 reconocidos escritores de nuestro continente. Se trataba de un proyecto hermoso, que pretendía que el lector cubano conociera al menos un cuento de esos escritores que, internacionalmente, estaban a la cabeza de la literatura en lengua española, la mayoría de ellos desconocidos absolutamente en Cuba. Las bochornosas y politizadas razones que impidieron la publicación de aquella antología, para la cual los 39 autores y sus agentes literarios cedieron sus derechos sin cobrar un centavo, es una historia que alguna vez, prometo, debo escribir.
Finalmente, una noche berlinesa, en la librería hispana La Rayuela, conocí personalmente a Luis Pulido Ritter. Y no en su natal Panamá, sino en una friísima tarde de Berlín me entregó su novela ¿De qué mundo vienes? que dio origen a esta entrevista.
Parte I: El escritor Luis Pulido Ritter
Perteneces a una generación de escritores que surgió después de dos grandes fenómenos literarios hoy bastante conocidos y estudiados: el boom y el postboom. ¿Qué aportes crees ha hecho la generación a la que perteneces a la historia literaria de Panamá?
Me parece que uno de los aportes fundamentales de mi generación a la historia literaria de Panamá ha sido regresar la mirada al mundo urbano. Es haber comprendido que este espacio es también digno de la recreación literaria. Con esto no quiero decir que antes esta mirada no existía. La había en Joaquín Beleño, Eric Walrond, Rogelio Sinán, por ejemplo. Y la hay en autores como Justo Arroyo, Carlos Russell, Jaramillo Levi, Carlos Guillermo Wilson, Gloria Guardia, Melva Lowe de Goodin. No obstante, hasta los años noventa se consideraba sobre todo que la nacionalidad – y, por ende, la literatura – debería detenerse en mundos rurales, campesinos, lejos de la Zona de Tránsito, de los inmigrantes del Caribe, de las ciudades de Panamá y Colón, de la Zona del Canal. Pero las nuevas generaciones están recreando estos espacios urbanos, dinámicos y conflictivos, sin la camisa de fuerza de construir una nacionalidad panameña. Este giro, por supuesto, habría que contextualizarlo históricamente con respecto a la entrega del Canal en el 2000, pero también con respecto al término de la guerra fría, la finalización de los populismos tanto de derechas como de izquierdas y la "liberación" del campo literario de las exigencias inmediatas y estrechas de la agitación política o social.
Preguntas siempre imprescindibles: ¿Cuándo descubres que querías escribir? ¿Quiénes fueron tus maestros literarios o influencias mayores en esos primeros años?
Al ser un monaguillo, en la capilla escolar me doy cuenta que me gustaba escribir. No sé si escribía poemas, pero me parecía que lo eran y los cantaba en la misa cuando tenía siete u ocho años. La Biblia, el Viejo Testamento, fue mi primera verdadera escuela, historias que me aprehendieron en mi niñez por la fabulosa capacidad narrativa de un hermano lasalliano. Y, por supuesto, Las Aventuras de Tom Sawyer, los comics (supermán, batman, etc), la televisión, exactamente, las cómicas japonesas y las series de terror como Drácula, el Hombre Lobo, etc. No hay que olvidar las telenovelas, las venezolanas. Y la serie Herman Monster, platónicamente enamorado de Lily. Y en la adolescencia llegó a mis manos Homero, la Odisea, y todo lo demás. Pero no terminaría de redondear esta pregunta si no menciono a los Beatles, mis héroes musicales en los sesenta. Creo que por aquí comenzó mi interés de escribir versos.
Ciertamente, es bastante raro escuchar nombres de autores panameños en el panorama actual de la literatura latinoamericana, contrariamente a lo que sucede con autores colombianos, argentinos, mexicanos e incluso cubanos (y lo de “incluso” lo digo por lo pequeña que es la isla en comparación con los otros países aquí mencionados). Sin embargo, conozco a unos cuantos autores panameños de mucha calidad y sé que la literatura panameña es bastante rica. ¿A qué crees que se deba esa poca presencia?
Esta es una pregunta de la que me ocupo muy poco. En Panamá, escritoras y escritores se la pasan tratando de encontrar una respuesta a este misterio. Pero si reflexiono sobre la misma podría decir que hay dos posibles respuestas, una es estructural y la otra es posiblemente más circunstancial. Haré un intento. Con respecto a la primera respuesta, la estructural, me parece que es comprensible si se realiza una comparación, especialmente, con el mundo literario anglosajón. No olvidemos que la literatura moderna, escrita en lengua inglesa, se realiza por un autor de la periferia, James Joyce, que era un irlandés. En el mundo hispanoamericano no hay algo parecido, aunque tuvimos a un Rubén Darío, un nicaragüense, a un escritor centroamericano de la periferia, pero, como él mismo mencionó, París no lo conocía a pesar de vivir allí. Y a diferencia de ellos, los anglosajones, nosotros tenemos una fuerte tendencia al centralismo y, por ende, a centralizar nuestro paisaje literario, que corresponde a la importancia política, económica y estratégica. En cambio, en el mundo anglosajón es evidente el peso de autores de la llamada periferia que comenzó con James Joyce y ha proseguido con autores como Derek Walcott, de la pequeña isla de Sant Lucia y de V.S. Naipaul, de Trinidad, para no mencionar otros muchos más. Nosotros, en cambio, a excepción de Cuba, seguimos dirigiendo automáticamente nuestra mirada al centro o los centros literarios del mundo hispanohablante. Sin embargo, sí es necesario precisar que, a pesar que Cuba es una isla pequeña con respecto a los países que tú mencionas, no se puede dejar de mencionar que ha sido y sigue siendo clave en el mundo del Atlántico por su posición estratégica y política, sin olvidar el extraordinario talento literario que allí se inaugura con Martí, un verdadero gigante de la modernidad literaria. La otra explicación, quizás, es mucho más trivial, es el posicionamiento en el mercado de muy bueno@s autore@s, es decir, hablar de literatura argentina, mexicana, colombiana, peruana es ya mencionar una marca en el mercado, un perfil determinado con identidad, una marca que se ha promovido muy bien desde los años sesenta en el mercado mundial.
Ser escritor es, siempre, enfrentarse a muchos retos, que varían de país a país: ¿a qué retos se enfrenta un escritor en Panamá?
Aquí podría utilizar un lenguaje económico: El primer reto es ser leído en el propio país sin caer en la perversidad del proteccionismo para proteger y promover una producción nacional mediocre e ineficiente que termina empobreciendo a todos. El segundo es ser leído fuera de las fronteras del país sin asumir la pose de pertenecer a un país pequeño, exótico y, por lo tanto, disculpable por las inmadureces literarias.
¿Qué es el grupo literario Letras de Fuego?
Es un grupo que se han reunido para hacer lecturas y actividades literarias. Aquí no hay manifiestos ni orientación estética común. Su objetivo es crear canales de promoción para la literatura panameña.
La caída del muro de Berlín, más que un simple hecho histórico, se ha convertido en el símbolo del fin de una época y del inicio de otra en la historia universal contemporánea. ¿Qué significados tuvo esa caída, en sus dos interpretaciones, la caída real (que pudiste vivir) y la caída de una época, para el escritor en formación que por entonces eras?
Cuando cayó el muro de Berlín sentí realmente que el mundo se estaba moviendo. Y en todas direcciones. Por un lado, la misma caída me impresionó, cómo un poder se derrumba en cuestiones de días, lo que había sido pensado para ser eterno, mientras el mundo no fuera el sitio del paraíso estaliniano del socialismo real. Los alemanes fueron los primeros sorprendidos frente a ese acontecimiento que los tomó por sorpresa, a pesar de ser los actores principales en la escena. Sí, esa caída me reveló, además, que ese poder solo existe si los demás permiten que exista, ya sea por el miedo o la indiferencia, la aprobación o el apoyo. Pero, en fin, ese poder lo hacemos nosotros, somos parte de ese lenguaje, mismo cuando lo criticamos y lo combatimos, y que incluso sigue viviendo en la fantasía, la ficción y en la nostalgia, después de veinte años de caído ese monumento a la humillación humana. Y de aquí que paradójicamente es quizás ahora que el muro está más presente que nunca, prolongando su poder ya sea como un fantasma que nos persigue o como una pesadilla que nos asalta cada vez que tratamos de reconciliarnos con los absurdos de este mundo. ¿La caída del muro es el término de una época? Sí, de la guerra fría, por supuesto, pero, a pesar de esta caída, nosotros, la humanidad, ¿hemos quedado inmunes al absurdo?
Desde tu poemario Matamoscas no has vuelto a publicar poesía. ¿A qué se debe? ¿Qué resonancias, desde el escritor que hoy eres y desde la distancia de estos años, llegan a ti cuando piensas en ese libro?
No he vuelto a escribir poesía. Lo he intentado pero lo he abandonado. Matamoscas fue una especie de libro fundacional de mi trabajo literario, ensayístico y académico. Allí está todo lo que hecho y seguiré haciendo en prosa. Fue un libro que nació en Francia, en la banlieu parisiènne, en medio de magrebinos, exiliados chilenos, africanos negros, franceses con "problemas sociales", lejos de la Francia Ilustrada y Democrática, y lo terminé de escribir y corregir después de la caída del muro de Berlín.
Háblame del cuentista que es, también, Luis Pulido Ritter.
Con el cuento quiero expresar lo que no podría hacer en una novela, por ejemplo. Es una impresión, un movimiento al instante, rápido, punzante. No creo, sin embargo, que el cuento funciona en mí por K.O., como lo dijo Cortázar. No me interesa producir un efecto sorprendente, pero sí plantear un problema existencial acuciante que necesito exorcizar a través de la fabulación.
Me gustaría saber qué temas persiguen al escritor que es Luis Pulido Ritter. Pero quisiera hacerlo desde tus libros publicados:
La novela Recuerdo Panamá. Es en parte una novela de formación. Y por otra parte es una especie de restauración de la memoria, el paisaje fragmentado de la vida y de mi vida en Panamá, cruzado por mis experiencias y viajes por Europa. Además, es una mirada lanzada al pasado desde mi aversión visceral a las dictaduras militares, a los lenguajes de izquierdas y derechas que se prestan para este fin, y, por último, trato de reconstruir la importancia del humanismo hoy en día, especialmente, para los jóvenes, en un mundo donde académicos e intelectuales "periféricos y "postcoloniales" - basados en la crítica que se le hace al logos occidental desde Nietzsche, Heidegger y Co. - se han especializado en dinamitar sin la necesidad de poner algo que lo sustituya. No solo por razones prácticas, pero sí me parece que el humanismo puede ser muy útil en nuestros países, especialmente, en un país como Panamá, donde se vive un pragmatismo deshumanizado, el nihilismo salvaje de un pragmatismo sin moral, sin ética ni principios.
El libro de ensayo Los dioses del Caribe abandonan el museo. Es un trabajo de ensayos donde intento entender de dónde y cómo nacen los nacionalismos culturales en la literatura, especialmente, en Haití y en Cuba.
La novela Sueño americano. Es resultado de la experiencia de cruzar fronteras, ir más allá de ellas, el sueño de no dejarse atrapar por las arbitrariedades de las fronteras nacionales, culturales y lingüísticas, e, incluso, no dejarse atrapar por la frontera entre sueño y realidad. Es el sueño de crear un espacio en movimiento, abierto, dinámico. Es el sueño que se traga al mismo sueño, es el sueño, además, de un humanismo pragmático o viceversa, es el sueño de un Panamá que todavía puede encontrar en el humanismo un rostro civilizador, si se quiere expresar así.
El libro de ensayo Filosofía en la nación romántica. Volver al nacionalismo panameño pero sin la máscara de mi primer trabajo de ensayos sobre este tema. Ahora me enfrento a las vacas sagradas de mi país, a ese lenguaje cansón y viejo, a ese lenguaje de la izquierda y la derecha nacionalista, a ese lenguaje cerrado, estático y asfixiante, donde el aire pesa y huele a humedad encerrada.
Parte II: ¿De qué mundo vienes?
¿De qué mundo vienes? es una novela negra en toda su regla, y como tal, cuestiona un segmento bastante complicado de la realidad latinoamericana actual: el narcotráfico. Toda novela es, también, un universo de respuestas que el escritor ofrece. ¿Qué respuestas podemos encontrar en esta novela?
Creo que más que encontrar respuestas lo que me interesa es plantear los problemas, reconocerlos en toda su radicalidad, y el punto central de la novela es la pérdida absoluta de los valores, no la crítica ni la relativización, pero sí dejar a los personajes en el verdadero vacío, en el espacio donde no hay límites a ese pragmatismo deshumanizado, que no reconoce ni la vida misma como un valor en sí mismo. De allí se deriva la pregunta ¿De qué mundo vienes?, pregunta provocativa y reflexiva al mismo tiempo. En efecto, la palabra pragmatismo en su sentido filosófico, como lo entendieron los filósofos pragmáticos americanos como un John Dewey, es un humanismo y decir pragmatismo y humanismo es decir lo mismo, un eufemismo. Pero los términos pragmático y pragmatismo en el sentido común están despojados de este contenido y lo que me interesa en la novela es mostrar ese sentido común a través de unos personajes lanzados al vacío de ese pragmatismo orientado por la búsqueda del dinero a todo precio, es decir, justificar todos los actos posibles bajo el dicho común, mutilado y mal comprendido de Ortega y Gasset "yo y mis circunstancias".
Tus personajes cabalgan por la vida a cuestas con sus traumas históricos (familiares y nacionales). Quisiera que me hablaras de qué traumas estamos hablando en el caso de los seis personajes esenciales en tu novela:
Alberto: en la novela es un personaje que va madurando poco a poco. Si bien está atrapado en las circunstancias de una situación que, desde el principio rechaza, termina zafándose de ella, pero al final no deja de sucumbir frente a la lógica de ese sistema
Ricardo: Es el cínico entre los personajes. Es el típico "yo y mis circunstancias".
María de Jesús: Es la víctima de ese sistema basado en la impunidad que cruza al estado, a la familia y a los individuos mismos.
Miguelito: Es quien reconoce en toda su complejidad el vacío de ese sistema sin valores, tanto por su experiencia propia como criminal como por sus estudios.
Lucrecia: Es una especie de intermediaria dentro de ese sistema de poder, la figura trágica que sostiene el sistema, la que une las partes del mismo. Y la perdición de ella fue querer romper su rol.
Cara de Bobo: Es el ejecutador, el que se alimenta de la impunidad, su pecera natural.
Hay, además, fantasmas que rodean a estos personajes y los conducen, sin que ellos se den cuenta o incluso cuando se rebelan, por caminos absolutamente podridos, humanamente hablando: los capos-padres y la cruz de la identidad nacional (con todos los significados, generalmente negativos, que significa ser panameño o colombiano). ¿Fatalismo?
No, no es un fatalismo. Son sencillamente designaciones para nombrar individuos que se desenvuelven entre determinadas experiencias personales, colectivas e históricas. Y la novela se desenvuelve a finales de los años ochenta, la dictadura militar y el narcotráfico en Panamá, época en que los panameños experimentaron la impunidad y la arbitrariedad total. En Colombia no fue diferente, el poder de los narcos, la arbitrariedad política y estatal, la violencia institucionalizada.