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Dos cangrejos en el fondo de un caldero
¿Qué cómo nos conocimos?
Bueno, pues todo fue más bien un sencillo intercambio de señales entre dos cangrejos. Al menos así él lo vio. Y luego, al pasar del tiempo, de idéntica manera lo interioricé yo también, cuando más tarde tendimos una pasarela entre ambos y nos dijimos nuestros signos zodiacales y las causas por las que habíamos ido a parar a aquel tenebroso sitio.
Todo pasado tuvo siempre un presente
Hay que ver que hasta una simple cuchara puede resultar a veces una gran cosa. Porque el valor de un objeto cualquiera, más allá de la función para la que ha sido diseñado, se agiganta o se empequeñece de acuerdo con las circunstancias o situaciones, con el tiempo, el espacio, el uso que hagamos de él y la necesidad que tengamos del mismo. Y fue exactamente eso lo que sucedió con aquella humilde y primitiva cuchara, hecha de no sé qué material desechable, que me extendiera Reinaldo Arenas una fría, casi gélida tarde del mes de diciembre del año 1974, cuando entraba yo a la Galera No. 17 del vetusto Castillo del Morro de La Habana, devenido por ese entonces en prisión civil, pues ya antes lo había sido militar.
Regresaba en ese momento del comedor, en el que había ingerido, a manos limpias y con la extrema premura de los escasísimos segundos con que contábamos para llevar a cabo tan elemental faena, mi ración de rancho del día. En realidad no éramos, tanto él, como yo, más que dos pobres y tristes crustáceos luchando desesperadamente por sobrevivir desde el fondo de un oscuro caldero en el que la vida nos había arrojado, sin contemplaciones de ninguna especie.
El ojo que ves, es ojo porque te ve
Resulta tremendamente cierta la esquela de Machado, que bebe en el cáliz de la raíz misma, profunda y fuerte, de la poesía popular africana y musulmana. Porque, en verdad que aunque nunca lo veamos, siempre hay, en algún recodo o resquicio de lo invisible, una pupila insomne que escruta y registra cada sucedido, cada hecho, por minúsculo que parezca, cada recóndito acontecer.
Y fue justamente eso lo que hizo que Reinaldo Arenas se me acercara, poco después de la susodicha anécdota que sirve de columna vertebral a estas memorias, para aclararme, comunicarme, o al menos hacerme saber, que lo que en realidad lo compulsó a tener aquel gesto de condescendencia o de solidaridad conmigo –sin dudas, lleno del más puro y humano compañerismo- había sido el haberme observado en varias ocasiones, durante nuestras idas y venidas de la galera al comedor, comiendo con las manos. La imagen le removió en sus recuerdos las muchas veces en que él mismo había atravesado, como en una suerte de vía crucis, por semejantes circunstancias.
Claro que antes me estuvo “psicologiando” hasta formarse una idea, más o menos, acerca de mí. Lo cual me hubo de confesar a posteriori, explicándome que enseguida él se dio cuenta, por mera intuición cangrejina, de que yo era un ser especial, fuera de lo ordinario, al menos en ese contexto carcelario.
De este casuístico modo comenzó entre los dos una amistad que se extendería en el tiempo por un espacio de seis años, hasta su abandono de toda esperanza: su salida del país, en 1980, por El Mariel, rumbo a los Estados Unidos de América.
Pero debo de aclarar –aunque peque de ignorante-, que yo estaba muy lejos por esa época de saber que había una novela titulada El mundo alucinante y, mucho menos todavía, de que existiera un escritor con el nombre de Reinaldo Arenas, y que fue justo en semejante lugarejo donde descubrí ambas cosas a la vez, pues, en definitiva, obra y autor, o autor y obra, no eran sino una misma pieza.
Una tertulia en el infierno
Con el permiso del poeta maldito francés Jean Arthur Rimbaud.
Después de permanecer dos o tres días a lo sumo durmiendo en el piso, duro y frío, de aquel habitáculo infernal, junto a mis dos compañeros de infortunio, Rudy, un negro gordo y buena gente que se dedicaba a escribir para el teatro y a quien conocía de las noches de tertulias en la Funeraria Rivero, de Calzada y K, y Humberto, un psicometrista que trabajaba con el famoso doctor Gustavo Torroella, en el departamento de psicología de la entonces Academia de Ciencias de Cuba, ubicada en el Capitolio Nacional, conseguí, por fin, hacerme de una cama. No me gustaba mucho la idea de ocupar la parte de arriba, por las consabidas molestias que el constante sube y baja ocasiona al que “vive” en la parte de abajo, pero no me quedó más remedio que conformarme y darle gracias a Dios por semejante regalo, porque un viejo camastro, en tales circunstancias, es algo verdaderamente caído del cielo, una especie de tesoro o de maná.
Y allí, en esas terribles condiciones de total hacinamiento y promiscuidad, justo a unos escasos metros de las letrinas asfaltadas o pavimentadas que funcionaban como inodoro, urinario y ducha a la vez, comenzamos a reunirnos cada día, cada tarde y cada noche, para conversar acerca de los chismes y rumores del momento y un poco para hablar y contarnos cosas también de nosotros mismos, de nuestras pequeñas historias personales y de las razones y las sinrazones que nos habían conducido a tan hórrido sitio, junto a la escoria de la sociedad.
Aún me parece estar viendo a Reinaldo Arenas, durante una de nuestras inacabables pláticas, sentado en mi cama-casa, en la parte de los pies, con las piernas cruzadas como un chiquillo, yo en igual posición a la suya, pero ocupando el lugar de la cabecera, y a ambos extremos, ligeramente recostados, uno por cada lado, al bonachón de Rudy y a Humberto Caballero, el psicometrista, que se las había ingeniado de las mil maneras para ocupar la cama de debajo de la mía.
Monserrate 401
Luego, es decir, dos o tres años más tarde, esto es: entre 1975 y 1976, cuando le compró a Ramón Díaz Marzo –mediante mi intervención a su favor- la sala de su apartamento, en el tercer piso del edificio de Monserrate No. 401, casi esquina a Obrapía, en La Habana Vieja, nos volvimos a encontrar.
Recuerdo que Reinaldo, gracias a su dominio de las artes de la albañilería, convirtió aquel reducido espacio compuesto de una única pieza, pues se trataba solo de la salita-comedor de la vivienda que ocupaba Ramón en el referido inmueble, en otro pequeño apartamento ya totalmente independiente del original. Así, prácticamente en un abrir y cerrar de ojos, el holguinero levantó una barbacoa, que le servía de dormitorio, luego construyó una pequeña cocina, y, contigua a ésta, y a partir de un arreglo con los vecinos del apartamento de abajo, hizo también el baño. Y justamente para esto último fue que vino Reinaldo Arenas a mi casa de Neptuno 156 a pedirme ayuda. La cuestión era que necesitaba lo que en sí constituye la pieza principal, fundamental, de un baño: la taza o inodoro. Y precisamente Ramón lo había “alumbrado” al respecto, diciéndole que yo disponía de una que no estaba utilizando en esos momentos.
Así, pues, de esa tan sencilla como inesperada manera, se me ofrecía ahora a mí la feliz ocasión de poder corresponder a aquel noble gesto de Reinaldo Arenas, de naturaleza solidaria, de obsequiarme, años atrás, aquella cuchara, durante nuestra estancia en uno de los hoteluchos del Complejo Turístico Morro-Cabaña.
Hay que decir que más tarde Reinaldo, con mucho trabajo y esfuerzo propio, completó su morada inventándose una especie de pequeña terraza colgante, algo así como un minúsculo jardín de Babilonia, para lo cual, haciendo uso de sus habilidades en el oficio de constructor, abrió una brecha en una de las paredes de su apartamento y tiró una placa que unía a éste con la pared del edificio vecino o colindante. Justamente en este espacio, reservado para descansar, leer, tomar café o recibir a los amigos, además de otros usos domésticos, como tender ropas y otras piezas menores, compartí más de una vez con él durante muchas de mis visitas, incluso cuando iba específicamente a ver a Ramón y de paso pasaba antes a saludarlo a él, como quien decide matar a dos pájaros de un tiro, por decirlo de alguna manera.
Allí coincidí en varias oportunidades con el poeta y coterráneo suyo Delfín Prats, autor del polémico poemario Lenguaje de mudos (unos lustros después, exactamente en 1987, aparecería su libro Para festejar el ascenso de Ícaro, galardonado con el premio de la crítica, lo que supuso para él una suerte de desquite con relación a lo acontecido con su ópera prima); con Tomás Fernández Robaina, que trabajaba en la Biblioteca Nacional José Martí y que justamente entre los años 80 y 90 daría a conocer varios importantes volúmenes de su autoría, entre ellos Recuerdos secretos de dos mujeres públicas, El negro en Cuba y Hablen paleros y santeros, dictando conferencias en universidades de España, Estados Unidos, Brasil, México y otros países; con Coco Salas, que vivía en el piso de arriba, y que luego emigraría también y se dedicaría al periodismo, y con otros que iban a verlo con cierta regularidad.
Recuerdo que en mis esporádicas visitas, él, atento como era, y casero –como buen “cáncer”-, me hablaba de lo que estaba escribiendo o me leía algún que otro texto de su libro de poemas Cuerpo de la soledad o algún pasaje de su novela El palacio de las blanquísimas mofetas, a la cual daba sus últimos toques, pues, según me había dicho, sus editores franceses y de Monte Ávila, aguardaban ansiosos por ella, mientras me azucaraba y revolvía una taza de café, con aquella expresión de buena gente, campechana, casi ingenua, entre bondadosa y guajira, fija siempre en su semblante. Lo que acentuaba aún más ese otro gesto tan suyo, casi como de indefensión, de cruzarse de brazos mientras conversaba.
No sé bien todavía por qué estúpida razón -o aberración tal vez- Reinaldo Arenas se me antojaba en ocasiones como una suerte de Pierrot, una de esas criaturas melancólicas creadas por el pintor francés Eugene Delacroix, siempre con el rostro embadurnado de harina, en los que se entremezclaban ternura e ingenuidad, tristeza y azoro.
Un tiempo más tarde, cuando ya Reinaldo se había instalado y acomodado definitivamente en aquel lugar del viejo Hotel Monserrate, comenzamos a encontrarnos –no por mera coincidencia o azar concurrente, sino por haberlo así acordado antes ambos- en la cafetería del Restaurante El Patio, en la Plaza de La Catedral, a donde concurríamos por ese entonces un grupo de jóvenes poetas y artistas que habíamos sido prácticamente expulsados de nuestro anterior punto de reunión, en la cafetería de la ya aludida Funeraria Rivero de Calzada y K, en el Vedado, dado que a algunos personajes les resultaba irreverente, irrespetuoso, desafiante y hasta “diversionista”, que poetas y trovadores invadieran con sus versos y canciones aquel oscuro sitio de la ciudad, en una suerte de bohemia, mientras otros velaban allí a sus muertos.
Así, acudían allí Pedro Pérez Rivero, Abilio Estévez (quien años más tarde publicaría dos libros imprescindibles en el panorama de las letras contemporáneas, su poemario Manual de las tentaciones y La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea), Ramón Díaz Marzo (autor de un desgarrador libro de testimonio, su Cartas a Leandro, que aparecería en los Estados Unidos publicado con el coauspicio de CUBANET), Julio Heriberto Prieto, Georgina Arias Tola, Ponciano, un periodista del diario Juventud Rebelde y ex-capitán de la Fuerza Aérea. También frecuentaban este sitio los poetas Rogelio Fabio Hurtado, Eduardo Campa Bacallao, Reynaldo Colas Pineda, Benjamín Ferrera, el entonces incipiente novelista Esteban Luis Cárdenas, el dramaturgo Rene Ariza, autor de la pieza La vuelta a la manzana (Premio “Luis Felipe Rodríguez” de la UNEAC, en 1967), y otras figuras. Y de igual modo iban a tomar té frío con limón o café con ginebra y a degustar unos biscochos, los noveles escritores Manuel Pereira y Zoe Valdés (esta última, rubia, muy espigadita, de saya ceñida al talle, espejuelos y melena corta, que creo que se desempeñaba por esa época como modelo, o algo así, y que por supuesto estaba muy, pero que muy lejos de imaginar que unos años más adelante se transformaría en la corrosiva autora de obras como La nada cotidiana y Te di la vida entera, finalista en el Premio Planeta en 1996), así como el pintor Mario Gallardo y en ocasiones Ponce de León o “Poncito”, como le llamábamos, el hijo del conocido pintor del mismo nombre y ex-esposo de la pintora y novelista Loló Soldevilla, que mucho antes había sido mujer del poeta y pintor abstracto Pedro de Oraá.
En aquel sitio acogedor fue donde le leí a Reinaldo, por primera vez, los poemas de mi libro Como un dulce fuego necesario, que él acogió con tanto entusiasmo y beneplácito (ya antes me había dispensado sus mayores elogios, en nuestras tertulias en la Galera 17, llegándome a bautizar, quizás jocosamente, dado lo extraordinario de las circunstancias en que nos encontrábamos y dado también el propio carácter de mis textos: “Funámbulo”, “Lena Wimmer Allee”, “Juana la rubia de Consulado”, “Krystyna Okopinsky”, “El hombre orquesta”, como “el Goya de la poesía cubana”), diciéndome que era el libro más humano que había leído en los últimos 20 años, lo cual, claramente, elevó mi autoestima y me compulsó a proseguir la difícil carrera contra reloj de escribir.
El adiós
Nuestro último encuentro fue en el Parque Central. Yo venía de mi casa e iba en busca de Obispo. El encuentro se produjo a un costado de la estatua de José Martí, que se alza, imponente, escoltada por palmas y yagrumas, casi en el mismo corazón del lugar que separa a las calles de Prado, Zulueta, Neptuno y San José, y circundada por un interesante conjunto de edificaciones entre las que sobresalen el antiguo Teatro Tacón, el cine-teatro Payret, el Hotel Inglaterra, el Hotel Telégrafo, el Centro Gallego, la Manzana de Gómez y el otrora Palacio de los Malpica –hoy Hotel Parque Central-, un verdadero cofre de nuestra historia, si se tiene en cuenta de que allí vivieron Domingo Malpica y la Barca, el autor de la novela costumbrista El Cafetal -quien poseía, por si fuera poco, la pinacoteca más importante de América-, el pintor español Collazo, conocido por ser el autor de la pieza “La Niña de las Malangas”, que forma parte de las colecciones del Palacio de Bellas Artes de nuestro país, así como el famoso Conde Costia, cuyo nombre verdadero era Don Aniceto Valdivia de Santo Tomás, y cuyas habitaciones solía visitar con suma frecuencia el poeta Julián del Casal.
Reinaldo llevaba puestos un par de mocasines carmelitas, un pitusa azul, desteñido, posiblemente un Lee, y un pullover blanco, combinado con otro color en el cuello y los rebordes de las mangas, ajustado al cuerpo, de forma atlética. Luego del intercambio de saludos: “¿Y qué?” “¿Y qué?” “¡Ahí!” “¿Qué haces...?, se produjo el electroshock. “¡Me voy!” “¿Cómo que te vas?”. “Nada, me mandaron una citación del Comité y no pienso perder la ocasión”. “¿Por qué no te embullas tú también, chico, y te vas conmigo...? “¡Mira que esta es nuestra única oportunidad!”.