


Lara Moreno es cuerpo. Frente a otros tipos de escritura que privilegian la inteligencia o las tripas, en Cuatro veces fuego, segundo libro de cuentos de esta autora onubense, hay todo un despliegue sensorial que hace dar al lector un paso hacia atrás; que lo obliga a recular hacia esos instantes previos en los que la sensación aún no se ha encarnado en un concepto (en una interpretación) o en un sentimiento (que también es interpretación). En este deambular donde no solemos detenernos, pues lo habitual es precipitarnos hacia una versión de los hechos que suele ser la nuestra, la palabra de Lara Moreno se hace fuerte. Cuidado: no estoy hablando aquí de una inocencia sensorial, como podría ser la de un niño, ni tampoco de un regodeo en el placer de los sentidos que insistiera en permanecer en ellos para no responsabilizarse de lo que viene después. Tampoco se trata de la típica visión naif que pregona esa cosa entre cursi e idiota de vivir en la sencillez de tumbarse al sol y untar la tostada en aceite. Lo que hay en Cuatro veces fuego es un compromiso con lo inmediato, con la sensación, para despojarnos sólo por un momento de nuestra costra experiencial y atisbar qué había antes.
La empresa es, por supuesto, imposible, o posible sabiendo que al otro lado parpadea el vacío, aunque debe hacerse por los mismos motivos por los que, pongamos por caso, uno cree en el bien común e intenta en vano fundamentarlo. Lara Moreno se lanza a lo largo de veinte cuentos, agrupados en cuatro partes (“Los pequeños ojos”, “La búsqueda”, “Criaturas” y “Cortafuegos”), a la caza de lo inaprensible, de aquello que comúnmente se dice que está más allá de la palabra, lo que obliga al lenguaje a desquiciarse para señalar y jamás nombrar. Es en los cuentos en lo que eso está llevado al grado máximo donde se obtienen los mejores resultados. Más escritora que narradora, Lara Moreno despliega una prosa poética que se entretiene en el juego, en su propio rumor. Aquí no hay esfuerzo, sino naturalidad y ligereza en una apuesta por la obra de instinto.
La libertad compositiva, en un contexto en el que no pocos cuentistas se atienen a anquilosadas normas de taller de escritura, es otro de los logros del libro. Lara Moreno hace lo que le da la gana, acierte o no. Las tramas se dibujan débilmente, se renuncia a los finales sorpresivos, no siempre se cumple con la unidad de acción, de lugar y de tiempo a pesar de la brevedad, y los objetos no son por norma simbólicos de lo que se cuenta, sino que pueden llevarnos a otra parte por simple capricho. A ratos se tiene la impresión de que la autora sabe que tendría que estar transitando por otro camino para lograr un resultado más perfecto, y que sin embargo no quiere ir por ahí porque afirmar su libertad, su hacer lo que el cuerpo le pide, le parece más importante que lograr resultados. Y chapó, pues sólo insistiendo en el agua que nos llega de una manera natural se alcanza un territorio propio. En esto de escribir se da la paradoja de que únicamente desde la propiedad se araña lo común.
Decía Umbral que uno pare los libros para los que tiene pluma. Lara Moreno se desliza a veces hacia terrenos que le son ajenos, y el conjunto se resiente. Cuando intenta un realismo, ser discursiva, o alzar la trama, cae en ciertos clichés. Por otra parte, Cuatro veces fuegos habría logrado una mayor intensidad y coherencia si algunos de los cuentos se hubieran quedado fuera. En cualquier caso se trata de un libro que merece la pena.