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Revueltos, los orígenes
La literatura infantil, en tanto que entidad cultural definida es, en Iberoamérica, un producto del siglo XX. La especificidad del desarrollo económico, social, educativo y cultural de cada país permite un adelanto o retraso de algunos años en el proceso global y en su rapidez de desarrollo. Salvo raras excepciones (el cubano Martí o el colombiano Pombo), el XIX no supone otra cosa que un período de tanteos que repite caminos ya recorridos por la literatura europea: silabarios, catones, textos para la formación de jóvenes élites, las primeras fábulas en prosa y verso, compilaciones de cuentos populares, etc.
Algunos estudiosos han creído descubrir antecedentes de literatura infantil en los primeros siglos de la colonia, e incluso en la palabra cultivada de los tiempos precolombinos. Pero si entre los mitos y leyendas aborígenes y en las crónicas de la conquista podemos encontrar páginas cuyo contenido fantástico, épico o testimonial resulta interesante y útil al joven lector de hoy, ello no nos autoriza a considerarlas literatura infanto‑juvenil porque carecen de una “intencionalidad transformada en rasgo tipificador de discurso literario para el destinatario niño o adolescente”. Aun cuando ‑invirtiendo el proceso‑ logremos identificar en dichas obras algún que otro rasgo que más tarde caracterizará a la literatura infantil, esto apenas demuestra que lo que los pueblos dan a leer a sus chicos suele tener puntos de contacto con lo que los pueblos crearon durante su propia infancia.
Paralelo procedimiento de asimilación se verifica a expensas de los grandes autores. Cada nación escogerá los suyos entre las filas de sus nacionalistas románticos (Argentina tomará a José Hernández, Colombia a Jorge Isaacs, Cuba a José María Heredia), o acudirá a sus figuras mayores: Neruda en Chile, Rómulo Gallegos en Venezuela, Santos Chocano en Perú...
Evidentemente no es la adecuación al gusto y necesidades infantiles lo que explica la selección de dichas obras sino la importancia histórico‑literaria de sus autores y su aporte a la formación y consolidación de la identidad nacional. Las citadas lecturas ‑totales, parciales o en adaptaciones‑ son promovidas por la escuela e integradas a los programas de lengua.
Especial es el caso de creaciones que, al tener al niño como interlocutor virtual o tema, utilizan también elementos de su percepción y expresión, lo que proporciona páginas de brillante ambigüedad en autores del temple de Rubén Darío (Nicaragua), Manuel Gutiérrez Nájera (México) o José María Arguedas (Perú).
De amores que matan y otros venenos
El folklore es uno de los más importantes moduladores y caracterizadores de la literatura infantil Iberoamericana. Su presencia es tan fuerte en algunos casos que suplanta a la literatura infantil e incluso ‑no es paradójico‑ a la literatura infantil de inspiración folklórica. La falta de condiciones para una sostenida actividad literaria y la abundancia de tradiciones orales ‑puestas al servicio de la formación de la identidad nacional y de la instrucción moral‑, provocaron la sobrevaloración del folklore por parte de educadores, editores e incluso escritores. Contribuye a esto el «neoclasicismo nuevomundista» practicado por sectores de la intelectualidad iberoamericana que valoran más el rescate de los «oros viejos» que la creación de nuevas joyas. La real o supuesta grandeza del pasado (civilizaciones precolombinas y gesta independentista) y el propio conservadurismo inherente a la escuela prolongan los efectos de esta desviación.
Hasta la primera mitad del siglo XX los sectores de la infancia iberoamericana con acceso a la lectura recibían ‑de autor nacional‑ casi exclusivamente las consabidas reelaboraciones del folklore y obras en prosa y verso de didactismo generalizado y amanerado lirismo que, con su patriotismo romántico o su realismo denunciador, satisfacían los objetivos moralizantes e instructivo‑movilizadores de los educadores y no las necesidades estéticas y lúdicas de los chicos. Paradójicamente, esta producción se encontraba en el centro del muy iberoamericano enfrentamiento intelectual entre tradicionalismo y modernidad, pero este combate se desarrolló básicamente en el plano ideológico y raramente se convirtió en una verdadera fuerza motora de la evolución de la literatura infantil en toda la vasta y compleja envergadura que la caracteriza.
La anterior situación perdurará, pese a la aparición periódica de disonantes astros solitarios como el brasileño Monteiro Lobato (años 20 y 30), el boliviano Oscar Alfaro (en los 40) o la chilena Marcela Paz (años 50), quienes preludian y plantan las bases del movimiento renovador iniciado hacia 1965.
Es evidente que el gran problema del libro infantil en América Latina es de orden estructural: la pobreza y la injusta distribución de la riqueza, la escolarización insuficiente o efímera y la precariedad de editoriales, librerías y bibliotecas no pueden ofrecer suelo de suficiente fertilidad a la invención, fabricación y consumo de obras para niños y adolescentes. Como colofón, y cerrándose a la manera de un círculo vicioso, la actividad editorial se ve confinada a un mercado estrecho ‑nacional o regional‑ que prefiere originales de interés o potabilidad geográficamente restringidos. Las bajas tiradas consecuentes exigen un producto barato, lo que excluye automáticamente el acceso al mercado mundial y al atractivo terreno de las coediciones.
Por otra parte, la poca envergadura de los medios de expresión de las problemáticas sociales y el escaso respeto de la identidad nacional siguen haciendo a la literatura infantil rehén de tareas que no le son inherentes, por mucha tradición que hayan tenido dentro de las prácticas culturales de la región.
En las últimas décadas se presenta, sin embargo, un peligro nuevo y formidable: los medios electrónicos de comunicación que, con sus formas expresivas y contenidos foráneos, llegan de manera masiva e indiscriminada a los rincones más apartados, allí donde el libro y la cultura alfabética no han tenido todavía implantación. La mayor parte de los países de América Latina ven así amenazado el empeño de transformación de su cultura nacional oral en cultura nacional escrita (tarea concluida por Europa en el siglo XIX). De verificarse, tal catástrofe incluiría el aborto del proceso ‑de formación en unos casos y de consolidación en otros‑ de la literatura infantil iberoamericana.
Eclosión de una primavera anunciada
En un sentido mucho más profundo que la literatura para adultos, la literatura infantil es espejo de la sociedad en que surge; depende del interés de las fuerzas sociales por el desarrollo de sus jóvenes y concretamente de la escuela, ya que aún cuando la primera supera el didactismo, la segunda sigue siendo el principal ‑cuando no el único‑ fomentador de la lectura y mayor comprador de libros.
Es fácil constatar en la producción editorial del continente el predominio de los géneros, temas y estilos accesibles a la más amplia y mejor atendida población escolar: la clase media urbana de entre 7 y 12 años; con desventaja para prelectores y adolescentes, y claro perjuicio para la población rural, los sectores pobres y las minorías étnicas.
Es sintomático que países que carecen de auténtico ambiente literario y editorial, como Paraguay o Guatemala, pudieran engendrar escritores vigorosos, innovadores y trascendentes como Augusto Roa Bastos y Miguel Angel Asturias y que, sin embargo, no suceda lo mismo con autores consagrados a la infancia.
Pero la literatura infantil es tan literatura como “la otra” e igualmente sensible a factores subjetivos y pulsiones estéticas. Esto explica el hecho de que prácticamente todos los países del subcontinente hayan tenido adelantados talentos individuales que vieron en el niño no el maleable material para la formación del ciudadano modelo, sino un ser dotado de una muy particular percepción, capaz y merecedor de obras donde predomine la función estética. Posible sería constituir una selecta Biblioteca de Literatura Infantil Iberoamericana con precursores tan ilustres como José Martí (Cuba, 1853‑1895), Rafael Pombo (Colombia, 1833‑1912) y Horacio Quiroga (Uruguay, 1878‑1937), y pioneros como Monteiro Lobato (Brasil, 1882‑1948), Gabriela Mistral (Chile, 1889‑1957), Aquiles Nazoa (Venezuela, 1920‑1976) u Oscar Alfaro (Bolivia, 1921‑1963); aunque con frecuencia solo se trate de una obra que titila aislada dentro del legado de un autor universalmente conocido por sus libros para adultos (Juana de Ibarburu, César Vallejo, Nicolás Guillén...).
Entre los años sesenta y setenta se produce en todo el mundo occidental una reforma social y educacional progresista y democratizante que de una u otra manera se integra a circunstancias específicas del continente (procesos políticos, económicos, demográficos y culturales) que posibilitan un salto cualitativo en la evolución de la literatura infantil.
El crecimiento económico y el desarrollo de la clase media propician la extensión y modernización de la enseñanza. Esto permite que la literatura infantil sea exonerada de tareas que mejor correspondían a la escuela o a la prensa especializada, mientras ‑con la ampliación de la población lectora‑ se incrementan el número y la especialización de escritores, ilustradores y editores.
Por su parte, el antiguo complejo de insuficiente valoración de la nacionalidad fue conjurado por regímenes que utilizaron el nacionalismo como instrumento de legitimidad política y como estrategia de desarrollo económico.
Estos procesos se presentan de manera muy acentuada y productiva en Argentina, Brasil y Cuba. En los dos primeros casos funcionan como catalizantes la impopularidad de las dictaduras militares, la saturación del nacionalismo y la necesidad de burlar la censura. En el caso de Cuba ‑donde el régimen también ha sido autoritario, pero contó con prolongado apoyo popular‑ es esencialmente la contradicción entre las intensas transformaciones sociales y la retórica oficial lo que condujo a una renovación que llegó más tarde que a la Argentina y Brasil, e indudablemente influida por ellos y por los avances de la literatura infantil occidental.
La actividad creadora, hasta entonces dominada por cierta inmediatez castradora y por la hipertrofia de la poesía, el relato y sus respectivos híbridos didácticos, se abre a los géneros más ricos en fabulación y va siendo enriquecida por recursos tales como la combinación de realismo y fantasía, el humor, la ironía, la parábola, la carnavalización, el metalenguaje, etc. Al mismo tiempo se produce una ampliación de temas y asuntos a expensas del reencuentro con el folklore y la naturaleza propios, de la prospección en las circunstancias humanas y sociales de nuevo tipo, de la explotación de los progresos de la ciencia, las artes y la comunicación, de la revisión de la historia, etc.
Argentina, Brasil y Cuba integran el A,B,C de la literatura infantil iberoamericana. Fueron los primeros en poseer una serie literaria infantil1completa y los que hicieron aportes más trascendentes. Los tres países constituyeron la vanguardia de un movimiento iberoamericano de literatura infantil moderna que se extiende desde la década del 80 a Chile, Colombia, Costa Rica, México...
Todo final es un punto de partida
La estabilización democrática de los 80 (los 90 en Centroamérica) y las crisis económicas del período se combinan para diseñar un marco de esperanzas y frustraciones en el panorama social, educativo y cultural que dinamizan y frenan alternativamente el desarrollo del libro para niños y jóvenes en nuestro continente. Una mejora en los presupuestos de la enseñanza, en los servicios bibliotecarios y en las economías familiares serviría de extraordinario estímulo a la industria del libro, que luego de consolidarse en los comienzos de las recuperadas democracias, sufrió los embates de las crisis económicas continentales y de los procesos de concentración que vienen remodelando el panorama editorial en la mayor parte del planeta.
En los últimos años, junto a los esfuerzos dispersos y apasionados de siempre y a las viejas editoriales (públicas, universitarias o privadas) sobrevivientes, han aparecido las sucursales de grandes grupos editoriales, por lo general españoles (aunque su capital pueda ser alemán, estadounidense o francés), que han reorganizado la propuesta bibliográfica en colecciones y series por edades, reconocibles por sus maquetas y colores. Esta es la cara visible de una estrategia basada en tácticas de mercado probadas en la América Anglosajona y en Europa Occidental. Nuestra producción, antes caótica (para bien y para mal) viene adquiriendo un rostro racional, pero insuficientemente adaptado al mosaico de nuestras realidades; algo que, a la larga, puede acabar resultando empobrecedor.
Es todo un nuevo estilo de hacer el que deben enfrentar los escritores y animadores de la lectura: desde la selección de originales ‑que prioriza al autor nacional, pero tipifica la oferta según fórmulas genéricas, temáticas y estilísticas importadas‑ hasta las campañas de promoción que procuran satisfacer las expectativas de ese prescriptor institucional que es la escuela, aunque sin valorar adecuadamente lo diverso y frágil de nuestros sistema educacional y tejido bibliotecario.
El parque de escritores, en todo caso, da garantías de una producción literaria rica y diversa: tres promociones están activas y cuentan con motores de la fuerza y personalidad de Lygia Bojunga Nunes, Ana Maria Machado, João Carlos Marinho, Marina Colasanti o Angela Lago (Brasil), María Elena Walsh, Laura Devetach, Graciela Montes, Ema Wolf o Esteban Valentino (Argentina), Dora Alonso, Hilda Perera, Luis Cabrera Delgado, Antonio Orlando Rodríguez o Ivette Vian (Cuba), Jairo Aníbal Niño, Gloria Cecilia Díaz, Ivar Da Coll o Yolanda Reyes (Colombia), Emilio Carballido, Guillermo Rendón Ortiz o Juan Villoro (México), Víctor Carvajal y Manuel Peña Muñoz (Chile), Jorge Díaz Herrera (Perú) y tantos otros. En los últimos diez años ha surgido una nueva promoción de la que no me atrevo a dar nombres, porque conozco mejor unas literaturas que otras y sería inevitablemente subjetivo. Pero en ella se destacan no solo autores e ilustradores de gran calidad y originalidad, sino figuras difícilmente encasillables como Isol (Argentina), Ariel Ribeaux (Cuba) o Roger Mello (Brasil).
Como lo demuestra la experiencia de otras regiones del mundo, solo el crecimiento y clarificación de la oferta ‑dando mayor espacio a los auténticos talentos‑ y el crecimiento y eficacia del consumo de libros ‑al propiciar una mejor relación con el lector‑ garantizarán la superación definitiva de defectos tan tenaces en la literatura infantil iberoamericana como son el didactismo, la debilidad de las tramas y la proliferación de lirismos gratuitos, la escasa variedad temática, estilística y genérica, la insuficiente independencia y osadía de la ilustración, y la poca interrelación, tanto con la literatura infantil de otras regiones del planeta como con la literatura para adultos de sus propios países y con otras formas de la cultura (cine, periodismo, informática, ciencia, artes).
Probablemente una de las grandes tareas pendientes de la literatura infantil iberoamericana es el conocimiento mutuo. Aunque abundan las selecciones y listas de libros recomendados y no faltan premios literarios internacionales, lo cierto es que son pocos los libros que confirman con una presencia en todo el continente la aprobación que reciben en sus países de origen; eso cuando dentro de un mismo país la crítica y la promoción logran un verdadero impacto nacional. Sin hablar de la dificultad adicional que supone saltarse el Atlántico y entrar en la edición española, que sigue siendo el mejor instrumento para llegar a todo el hemisferio occidental.
Por supuesto que no se trata de imitar un mal que yo mismo he condenado en otras críticas: la homogeneización y la repetición de modelos. La única garantía de calidad en materia de literatura, es la diversidad puesto que los gustos y necesidades de cada lector son diferentes y también porque quienes escribimos, escogemos y entregamos los libros a los chicos somos adultos y, por ende, ajenos al fondo de la cuestión, por muy especializados en ella que nos sintamos.