Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, abril 2009, año 3, número 07
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Cuentos cortos

 

Armando Romero

El arquitecto

Podríamos llamarlo el Arquitecto, el Cubista, el Geómetra; cualquier apelativo iría bien con Arsecio, el hombre que lo veía todo en líneas. Al levantarse por la mañana, Arsecio no veía los pliegues de sus sábanas y cobijas sino una multitud de triángulos escalenos, isósceles, rectangulares y equiláteros; en el cepillo de dientes encontraba la ley de las paralelas y en el dentífrico un día un hexágono, otro un heptágono, todo dependiendo de la marca y el tamaño; sus zapatos eran cubos y sus pies poliedros de cuatro caras. Para llegar a la cocina tomaba una línea mediana y de allí al comedor y a la sala iba en triagonal, aunque al pasar de un cuarto al otro experimentaba ese cambio de dirección que duplicaba su imagen creando una doble refracción donde el rayo incidente y el rayo refracto y la línea normal abandonaban el plano de incidencia logrando así quebrar las imágenes en miles de astillas, como rectas que iban de un punto al otro por el camino más corto y quedaban dentro de la casa cuando Arsecio abría el cuadrilátero de la puerta, que entre base y altura medía las verticales de su cuerpo.

Siguiendo una línea curva con puntos equidistantes a un punto fijo, el cual hacía de foco, y a una recta fija, directriz, Arsecio se las ingeniaba para llegar a las hipérboles paraboloides proyectadas en cinco pisos que era el banco donde trabajaba como vigilante nocturno. Describiendo rombos perfectos en un ala del edificio, que era un paralelogramo, y luego construyendo con fidelidad esa curva sin cerrar que se aleja cada vez más de su centro, Arsecio completaba espirales que por error y necesidad devenían una esfera armilar pero que é1 quería ver, obstinado, como la esfera de Saturno, y que sin embargo no era otra cosa sino una curva cerrada, la cual resultaba al cortar un cono con su ir y venir por el plano del edificio cruzando así todas las directrices.

Era la soledad de sus noches la que lo entretenía; soledad que un día admiraba como un coseno o una cosecante, dada su particularidad de saber moverse en distintas direcciones. Nada pasaba y él hacía su ronda cotidiana suponiendo que eran para siempre los ángulos correspondientes de su vida.

Sin embargo un día oyó un extraño ruido desde los fondos paralelepípedos y arma en mano, como escuadra que traza perpendiculares, descendió a los planos inferiores. Una luz que lo hizo visible como figura en el espacio le cayó por el cuerpo y a la voz de "no te muevas, quédate quieto o te freímos", levantó el arma. Pero antes de que su dedo índice vertical se encogiera en horizontal y se cerrara en una semicurva sobre el gatillo, una bala vino hacia él en línea recta. En este preciso momento es indispensable tener en cuenta la acción de las fuerzas exteriores que obran sobre el proyectil durante su movimiento, y especialmente la gravedad que lo atrae hacia el suelo. Fue pues necesario, para alcanzar el punto determinado en Arsecio, que el intruso dirigiera el arma según una dirección o línea de tiro sensiblemente elevada sobre la horizontal para compensar la acción de la gravedad sobre el proyectil.

Fue un solo instante por lo cual Arsecio perdió la única posibilidad en su vida de saber que la línea de puntería, que unía el ojo del intruso con él, estaba determinada por una recta que pasaba por la cúspide del punto del arma y el fondo de la muesca del alza, y que la bala daría en el centro de su corazón, en el mismo sitio donde dos triángulos equiláteros invertidos se encuentran.

 

El filósofo

Ya poco queda del filósofo en la cantina. Pedazos, retazos. Le faltaba un pie, una pierna al filósofo. Un brazo, una mano. Pocas cosas: un cenicero, la huella de su uña en la madera, el rastrillar del zapato. Limitados a verlo de esa forma era como un cristal en la ventana descomponiendo la luz, irritándola, arañando las paredes donde el papel reproducía figuras borrosas, como ahora el filósofo, arriesgándose a no ser, a irse entre volutas.

Las pocas personas que prestaban atención a la presencia del filósofo, a más de nosotros, también desaparecieron. Luzmila, quien una vez le dio con el plato y su sonrisa en plena cara, se limpió las manos en el delantal, esos dedos rojos de lavar loza, y salió del cuadro, y aunque se presumía que estaba allí, ya nunca más se la pudo ver. El árabe, conocido como el turco, el libanés, el judío, el infiel, el maldito que se lleva la quincena entre las telas, también se fue con los vientos, pasó el umbral, al sol, y se perdió calle abajo, carreta en mano, nunca volvió. Alonso Aguado, borracho entre las patas de las mesas se convirtió en tres o cuatro tapas de cerveza cuando volteamos a mirar. Asimismo vieron al filósofo otras personas que encontraron la nada como un perrito amarrado al poste del alumbrado, y por ello sufrieron y se desvanecieron.

Que el filósofo hubiera perdido las extremidades es una historia singular que uno no puede narrar sin detenerse en el pensamiento como frente a un semáforo. La historia era que a cada idea que tenía el filósofo le apostaba un pedazo del cuerpo. Tan convencido estaba de la verdad de sus argumentos. Así, a la idea de que el viento estaba compuesto de dos partes iguales con distinto peso y volumen, la cual hacía descender de los antiguos helenos, le tiró al azar la suerte de sus dedos y por consiguiente su mano, y la perdió cuando el viento del amor único le traspasó la camisa y le arrulló el corazón. Él decía, contento, que esa vez casi apuesta la cabeza.

Un pie por la caída de los cuerpos como razón de la inmanencia del alma; toda una pierna por los negocios turbios de la fe y la esperanza; el hígado por la transubstanciación de los cuerpos; el apéndice por la infalibilidad del Papa. No sabemos a qué extraña razón apostó a Luzmila y a los otros.

Poco queda del filósofo en la cantina: cenizas, los garabatos de su uña en la madera, el rastrillo de un zapato contra el suelo. Afortunadamente no tuvo tiempo de tener una nueva idea por nosotros, o tal vez supuso que no valíamos el hilo de su pensamiento. Y aunque esta reflexión es triste, nos permite saborear el gusto de una victoria.

 

Los rinocerontes

A los rinocerontes los dejaron al final de la cola. Nadie sabía dónde meterlos. Todos fuimos pasando, uno a uno, por la puerta estrecha, pero ellos no pudieron entrar. Bajaron la puerta de sus goznes pero tampoco. Quitaron el marco, imposible. ¿Qué vamos a hacer con los rinocerontes?, preguntó uno. No hubo respuesta. Era obvio que no podíamos seguir adelante si no pasaban los rinocerontes. Hacía calor en el cuarto y algunos empezamos a sentirnos molestos. Los rinocerontes, al sol, estaban quietos y parecían no darse cuenta. Yo dije que por qué no los metíamos por el techo, "al fin y al cabo un tragaluz más no importa". Y así lo hicieron. Ya adentro, los rinocerontes nos miraban con rostro agradecido. Entonces nos fuimos y los dejamos allí. Todavía no se ha inventado un buen método para sacar de ese lugar a los rinocerontes.

 

El cínico

Debo pensar en un pájaro que ocupe la mitad del cielo. A1 ponerle plumas se crean nubes; al dejarle pico se inauguran rayos; al plantarle patas se siembran tormentas. Un pájaro como ése está destinado a alimentarse de sueños. Uno es el sueño que lo sueña para mantener en alto su vuelo. Otro es el sueño que lo inventa para que él lo devore. Si lo miras sale el sol por entre sus pupilas; si pasas sin reparar en él cae nieve todo el día. Inventa entonces una jaula tan grande como la otra mitad del cielo, y espera paciente que entre en ella. Con la jaula en la mano irás al mercado a pregonar que estás despierto, y la jaula será tu linterna y el pájaro la luz que te ilumina.

Así dicen que meditaba el viejo Diógenes por los meandros de Alejandría.

 


Armando Romero

(Cali, Colombia, 1944). Perteneció al grupo inicial del nadaísmo en Cali. Máster y doctor en literatura latinoamericana de la Universidad de Pittsburg (EUA). Viajó y residió en varios países de América, Europa y Asia, entre ellos México y Venezuela. En este país fue promotor cultural, fundó revistas culturales, editó libros e hizo cine. Traductor e investigador, ha sido distinguido con el título de Charles Phelps Taft Professor de la Universidad de Cincinnati. Ha publicado los poemarios Los móviles del sueño (Mérida, 1976); El poeta de vidrio (Caracas, 1976); Del aire a la mano (Bogotá,1983); Las combinaciones debidas (Buenos Aires, 1989), A rienda suelta (Buenos Aires, 1991), Hagion Oros - El Monte santo (Caracas, 2001), Cuatro líneas (México, 2002) y De noche el sol (Medellín, 2004); los libros de ensayo Las palabras están en situación (Bogotá,1985); El nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia (Bogotá, 1988) y Gente de pluma (Madrid, 1989); los libros de cuentos El demonio y su mano (Caracas, 1975); La casa de los vespertilios (Caracas, 1982); La esquina del movimiento (Caracas, 1992); Una mariposa en la escalera (selección de los libros publicados, Cali, 1993); Lenguas de juego (Caracas, 1997) y La raíz de las bestias (Xalapa, 2004), y las novelas Un día entre las cruces (Bogotá, 1993), La piel por la piel (Caracas, 1997) y La rueda de Chicago (Bogotá, 2004).

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