

No por gusto la crítica parece ser siempre elogiosa con las obras escritas por el español Antonio Soler: cada una de sus novelas es, hasta el presente, uno de esos libros que alimentan el espíritu, que hacen reflexionar sobre realidades que pasan ante nuestros ojos, y que, como toda obra de arte, nos hace estremecer con el influjo de su belleza y su perfección.
Pocas prosas en la narrativa española actual son tan precisas, tan ricas, tan coloridas y tan musicales como la prosa de Antonio Soler. Dueño de un poderoso nivel de lenguaje, este malagueño que cuenta historias desde aquel día en que su cuento “La noche” llamó por primera vez la atención de los críticos, y los contaminó de modo tal que hasta hoy siguen enfermos de una adoración que parece renacer con cada nuevo libro publicado por Antonio, siempre con una propuesta distinta, con una cuchilla más afilada que se hunde en el cuerpo de la historicidad española, con esa precisión con la que los buenos cirujanos hacen sus cortes salvadores.
Que Antonio Banderas haya decidido llevar al escenario fílmico la novela El camino de los ingleses, de Antonio Soler, no responde a regionalismos ni a complicidades (que también pueden existir y ser determinantes en el mundo de las artes y las letras): responde a la calidad de toda una trayectoria novelística que, justo en ese libro, alcanza momentos de altísimo esplendor. Y responde, como diría un amigo común, a que los dos Antonios (Banderas y Soler) saben bien que existe una España íntima, humanísima, compleja cada día, que no suele parecerse en nada a esa otra España que muestran los telediarios, los posters turísticos y las miradas superficiales.
Si en El camino de los ingleses ese punto de vista, escapista y participativo, alucinado y pragmático, elusivo y crítico, está en el comportamiento de ese grupo de amigos en una historia que parece no tener un más allá; o si en Las bailarinas muertas, las cartas enviadas por el protagonista a su hermano, se convierten en un leitmotiv que cuestionan, una y otra vez, las complejidades morales de los que viven bajo el ámbito de la música; ya en su primera novela Modelo de pasión (con la que ganara el prestigioso premio Andalucía en 1993) Antonio Soler se había metido de lleno en el cuestionamiento de la España profunda, a través de la delineación de una historia de amor entre una prostituta y un proyeccionista de cine, una relación que, desde una esquina de algún modo dulcificada (esa que siempre rodea a toda historia de amor), le permite llegar a recodos más duros, más asqueantes, menos límpidos de la existencia y la realización humana.
Sus personajes son esos que uno puede encontrar en cualquier parque, calle o acera de España: nada de excepcional hay en ellos, salvo sus sueños, sus miedos, sus frustraciones y los caminos que escogen para sus luchas personales. Delineados psicológicamente mediante ese accionar y mediante la prosa riquísima de este escritor, cobran una visualidad que parece llegar de la experiencia que como hombre de la televisión y los medios audiovisuales ha adquirido Antonio Soler. Viven sus personajes y, aún mejor, puede vérseles andar en los mundos novelados, desnudarse de sus traumas en un striptease escandaloso que todos podemos contemplar: la visualidad en las historias fabuladas de Antonio Soler es una de sus mayores virtudes como narrador, sumadas a las resonancias múltiples y polifónicas de su prosa y a la estructuración ágil de la trama narrada, incluso en aquellas novelas donde parece detenerse porque las circunstancias narradas así lo ameritan.
Ahí están, para citar solo algunos, Modelo de pasión (1993), Los héroes de la frontera (1995), Las bailarinas muertas (1996), El nombre que ahora digo (1999), El espiritista melancólico (2001), El camino de los ingleses (2004) y El sueño del caimán (2006); libros con historias de una España íntima, cotidiana e íntima, a veces invisible e íntima, universal e íntima, y libros, especialmente, que te dejan con ese sabor en la boca, ese salto en el cerebro y ese gozo de ambrosía prohibida que sólo sientes cuando has leído a esos libros que llamamos “clásicos de las letras”.