Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, abril 2009, año 3, número 07
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Los libros y los días

 

 

“El terror está ahí fuera, donde comienza el mundo
y termina la paz augusta de los libros”

                                        Luis Alberto de Cuenca

Siempre es peliagudo empezar a hablar sobre uno mismo, darse a conocer, abrir las compuertas de nuestras manos y trasvasar palabras al folio; esas palabras que nos acompañan día y noche y que definen mejor que nada lo que somos, palabras que acaban desenmascarando, incluso reprimiendo, nuestro impulso natural de causar buena impresión.

A pesar de casi mis ochenta años tengo muy poco que contar. Ninguna hazaña o acción valerosa, nada digno de reseñar en los anales de una vida. Si es verdad el adagio que reza que cuando morimos seguimos viviendo en nuestros actos, en el corazón de otras personas, temo que cuando muera moriré del todo. Desapareceré sin dejar huella; sólo un agrio olor a viejo impregnado en las paredes y una biblioteca con miles de libros.

Ésa es de las pocas certezas que tengo sobre mí: soy un gran lector. Nunca he sabido ni he tenido paciencia para hacer otra cosa. Leer, leer y leer. En mi descargo diré que, como todo buen autodidacta, poseo en los conocimientos lagunas tan amplias y profundas que dudo mucho tuvieran solución aunque se me regalara otra vida en la biblioteca de Alejandría. No importa. Jamás busqué instruirme con las páginas de un libro sino devanar la bobina del tiempo amparado por el consuelo que sólo ellos saben darme. Coger un libro al azar, memorizar un párrafo o acariciar el tacto de su portada, me llena de algo que mi impericia en la escritura es incapaz de explicar. Algo parecido a esa especie de felicidad ebria que sentimos cuando por vez primera nos vemos a través de los ojos de la persona que amamos y llegamos a creer que la soledad no es más que una ilusión traicionera.

Una tarde, hace dos o tres semanas, concluida la lectura de El hijo del hijo pródigo (Funambulista) de Soma Morgenstern y leyendo las primeras páginas de Falk. Una remembranza (Navona) del gran Joseph Conrad, llamaron al timbre de la puerta. Era el vecino Javier Vázquez Losada; venía con un ejemplar de su último libro de poesía, Casi sin querer (Ediciones Baile del Sol), y dispuesto a charlar un rato.

En plena conversación, justo cuando me lamentaba por quinta vez de mi sempiterno dolor de huesos, Javier dijo:

− Temisto –Por cierto, mi nombre completo es Temístocles. Temístocles Roncero−, tú lo que tienes que hacer para entretenerte, aparte de leer, es escribir sobre los libros que van saliendo.

− ¿Y eso para qué?

− Pues para publicarlo en Otro lunes.

Otro lunes es una revista literaria que sale cada dos meses en eso de Internet. Javier es uno de los que la llevan y siempre anda detrás para que colabore.

− Pero hijo, yo no sé escribir. No lo he hecho nunca.

− Vamos, vamos, si sólo sería comentar algunas novedades editoriales que te hayan interesado. Tú estás muy enterado de todo lo que sale y no te llevará ningún trabajo.

− Tampoco tengo ni idea de los cacharros esos. No sé cómo funcionan.

− Por eso no te preocupes. Me das en un papel lo que escribas y ya nos encargamos nosotros de pasarlo a ordenador. Además recibirías en casa un montón de libros.

− ¿Para mí? –pregunté con un atisbo de ilusión.

− Para ti.

Me quedé callado un rato; Javier empezó a reírse y finalmente acepté.

Y así empezó mi andadura como comentador de libros.

Uno de los placeres más intensos a los que tiene acceso el lector es el de hallar entre el marasmo literario algún título o autor del que nada sabíamos. Horas y horas luminosas de gratificante recreo. Una cerveza helada en pleno desierto.

Aunque soy un amante absoluto de los novelistas norteamericanos −para mí los que mejor han sabido renovar el género el pasado siglo−, reconozco que nunca había oído hablar de Richard Yates. Anoche terminé su Vía revolucionaria (Alfaguara); durísima historia, narrada con auténtica maestría, sobre un matrimonio en los años 50 que en ocasiones me recordó demasiado al mío (pero ahora no hablemos de eso). Ya tengo preparada sobre la mesilla Las hermanas Grimes (del mismo autor y editorial). Otra autora que descubro, Janet Frame, por medio de su novela autobiográfica Hacia otro verano (Seix-Barral). Tengo la concepción infantil de asociar el verano con la felicidad y leo todo lo que contenga la hermosa palabra: El bello verano, Pieza de verano, De repente, el último verano

Cambio de estación y devoro literalmente tres libros patrios: La jauría y la niebla (Algaida) de Martín Casariego, El corrector (Seix-Barral) de Ricardo Menéndez Salmón y Los huéspedes (Drakul) de Rubén Sánchez. Narraciones muy dispares en tono y estilo que sin embargo comparten la figura de un escritor, aunque en las dos primeras esto no tiene mucha importancia. 

Salto a Salto de Página que acaba de publicar La lista negra, una antología de cuentos policiales de algunos de los mejores cultivadores del género: Juan Aparicio Belmonte, José Ángel Mañas, Domingo Villar, Javier Puebla o Pedro de Paz, entre otros. Y entre cuentos sigue el juego: La ciudad en invierno (Caballo de Troya) de Elvira Navarro; cuatro historias sugerentes que reflejan distintas etapas de la vida de Clara (se llama como Ella, pero ahora no hablemos de eso). Avisos de derrota (Tropo) del oscense Óscar Sipán. Y mención especial merece la cuidadísima edición de los Cuentos de Edgar Allan Poe a cargo de Páginas de Espuma. Una auténtica joya. Como joya es también el manual Escritores y editoriales, modo de empleo, del escritor y editor de Hipálage, José Miguel de Suárez.

Termino hasta la coronilla de leer tantos cuentos y me paso a la novela corta. Mi amigo Mateo, compañero del dominó de los jueves y especialista en literatura clásica, recién jubilado de su puesto de profesor de instituto (eran auténticos delincuentes, se queja) me recomienda Mujeres de principios (Lengua de Trapo); tres novelas entretenidísimas de autoras inglesas del siglo XVII y XVIII.

Y de momento esto es lo que hay. Ahora bajaré a comprar el pan, a dar un paseo por el parque del Oeste y a reunirme con otros viejos que también buscan la caricia del sol o el trasero de la jovencita (a mí edad ya todas lo son). ¡Ah, el sol y las mujeres! ¡Creo que sólo ellos pueden lograr que desvíe la mirada de un buen libro!

Que pases un buen lunes, amigo.

 

19 de marzo de 2008

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