Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, abril 2009, año 3, número 07
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La mujer calva

Cristina Cerrada
Lengua de Trapo, 2008

Las esquinas veladas

por Recaredo Veredas

Portada del libro La mujer calva

Cristina Cerrada es una de nuestras mejores novelistas. Pese a su juventud posee una larga carrera, concretada en éxitos como su anterior novela, una incursión en los rincones más escondidos de la cotidianeidad titulada Alianzas Duraderas. En La mujer calva cuenta otra historia aparentemente normal, de esas que ocurren todos los días: una mujer en el límite de la madurez, divorciada y acostumbrada a vivir a su antojo, debe hacerse cargo de su madre, recién viuda. Cerrada consigue trascender lo trillado, lo que contemplamos todos los días, sea en nuestro entorno más cercano o, irremediablemente, en referencias muy próximas.

La autora sabe capturar a la perfección el espíritu de los tiempos. Lo consigue, entre otras causas, gracias a su espléndido dominio de recursos tan difíciles como el diálogo (uno de los puntos más flojos de la literatura española). Porque escribir una buena conversación es sumamente complicado: el autor debe hallar un punto intermedio entre oralidad y verosimilitud, sin caer en la vulgaridad ni en la pedantería. Las palabras de los personajes de Cerrada no destacan especialmente por su brillantez, pero sí por su extrema verosimilitud, por su perfecto encaje con la realidad compartida.

Utiliza un narrador muy peculiar, sumamente cercano al personaje pero no tanto como para confundirse con ella, aunque en circunstancias decisivas asalte directamente su carácter: “Mamá tiene algo llamado sarcoma. Es un nombre extraño, suena a madera, a barco, a lento roer”. La tercera persona permite el vuelo de la voz, la aparición de sugerencias prohibidas al narrador identificado y, sobre todo, le ayuda a no ceñirse a la tremenda subjetividad de la protagonista, permitiendo así que la captura de la realidad por parte del lector –entendida como el mirada sobre el mundo que desea proyectar la autora- sea mucho más fácil. La voz mezcla una sugerente capacidad para viajar en el tiempo, cercana a la omnisciencia, y una absoluta cercanía, próxima a la retransmisión a los sentimientos del personaje, al monólogo interior. Se mueve con suavidad y soltura en tan extraña distancia. De vez en cuando rompe la placidez mediante brotes de expresividad salvaje, que la aproximan a otras autores de su generación como Cristina Sánchez Andrade.

Apenas aporta datos espaciales o temporales, es una obra centrada plenamente en lo más íntimo. Esta opción encaja perfectamente con la fragmentación, con una especie de respeto al lector plenamente coherente: parece saber que poseemos plena conciencia de dónde y cuándo transcurre la obra. Sabe que los datos omitidos resultan innecesarios y que tenemos sobrada capacidad –desgraciadamente disminuida por la omnipresencia de los medios y por la irremediable tendencia a tratar el lector como si fuera memo- para llenar con nuestras propias experiencias, con el conocimiento de realidades sumamente próximas a la de la protagonista los numerosos vacíos que deja la voz narradora.

Todo ello no sería posible si no nos halláramos frente a una novela espléndidamente escrita. La calidad se asienta en la seguridad con que aborda cuestiones fundamentales como el punto de vista o el propio ritmo narrativo pero, sobre todo, en el control del tono: Cerrada es capaz de alterar la distancia en función de la emoción, de calentar o enfriar su prosa atendiendo a las necesidades de la novela. Es decir, disfruta una virtud muy poco frecuente: conoce la distancia que debe mediar entre los sentimientos y su concreción en el texto. La verosimilitud también nace de la recreación de lo físico, de sensaciones como el hambre o el dolor, que ayudan a configuran a un personaje pleno, orgánico.

¿Es La mujer calva lo que se entiende por una novela femenina? Sin duda capta matices emocionales y sentimientos que podrían catalogarse como intrínsecamente genéricos (no en vano las protagonistas son una mujer de mediana edad y su madre) pero también, y ante todo, es una novela sobre el tiempo, emplazada mucho más allá de matices de género. No en vano contemplamos el regreso de los traumas, de lo peor de la infancia, incrementado además por el difícil momento personal de la protagonista, combinados con un momento en que empieza a aparecer su propio miedo a la vejez, al inevitable transcurso de los años, a la decadencia, tanto física -espléndidamente mostrada- como mental, materializada en una extraña fatiga, una peculiar desidia. La madre de la protagonista es una obligación, un obstáculo, un inmenso generador de culpa y también un recordatorio de lo que no muy tarde ella misma será. También habla sobre la incomunicación, concretada en valiente escenas sexuales, narradas desde la templanza, la pasión y el control del ritmo: Sus dedos apartan un elástico de las bragas, hurgan en mechones de vello azul. Váyase, váyase. Suena una música disonante que le hace daño en los oídos. La función de los sueños es determinante. Son los suyos fragmentos oníricos sumamente premonitorios, emplazados en los límites de la realidad, sólo posibles en una voz como la elegida, próxima y cercana al mismo tiempo.

Además, aunque la peripecia sea leve, logra impactar con fuerza en el corazón del lector. Lo consigue porque hurgar en las grietas de lo habitual, de lo común, llenándolo de un sentido, si no completamente nuevo –a estas alturas es completamente imposible, y tal vez ya lo fuera hace mil años- sí muy distinto, tanto que logra que el lector contemple su propia vida –o aspectos de la vida ajena irremediablemente cercanos- desde una perspectiva sumamente distinta a la habitual. Es decir construye una novela compasiva de la mejor especie, aquella que logra que el lector contemple su vida, su cotidianeidad, de una manera diferente, más tranquila, al haber hallado en las páginas a uno o dos personajes que comparten sus sentimientos. El desenlace es sobrio, duro, cierra con contundencia la leve peripecia que sostiene la obra pero no suprime la eterna zozobra de la protagonista. Su sensación de no conocer su lugar en el mundo.

 


Recaredo Veredas

Nacido en Madrid. Licenciado en Derecho. Máster en Edición y en Creación Literaria. Autor del libro de relatos Pendiente y del manual de técnicas de escritura Cómo escribir un relato y publicarlo. Profesor de la Escuela de Letras en cursos de relato, narrativa y lectura profesional. Lector, editor y corrector en numerosas editoriales. Miembro del colectivo La tormenta en un vaso. Colabora con numerosos blogs y publicaciones. Es creador del blog www.lalinearecta.blogspot.com

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