


Aunque el lector de narrativa no conozca a nuestra autora, no nos encontramos frente a una novata sino ante una consumada conocedora de la lengua castellana. No en vano, Juana Vázquez es catedrática de lengua y literatura, ha publicado numerosos ensayos sobre nuestros clásicos y ha escrito en las mejores revistas y suplementos. Finalmente ha decidido dar el paso hacia la narrativa –su obra literaria previa era fundamentalmente poética- y no ha podido hacerlo con mayor acierto. En estos tiempos de lenguaje sincopado, en el que la síntesis se ha convertido en un don indispensable, es un placer encontrar una obra como Con olor a naftalina, dominada plenamente por un lenguaje casi perfecto, absolutamente imbricado en nuestra tradición y, al mismo tiempo, plenamente renovador. Con olor a naftalina habla, además, de temas universales, como la familia, y de los traumas que los deseos más ocultos e incumplidos pueden provocar. Sin embargo, resulta absolutamente renovadora.
Es una novela intuitiva, bella, llena de perfumes y sugerencias, en la que el olor a naftalina sólo se esconde en el planteamiento, en la causa del profundo dolor que sufren los personajes, nunca en la prosa de una obra que resulta a la vez audaz y clásica. Porque clásico, y afortunadamente intemporal, es hablar del espacio donde los personajes están encerrados, donde pasan sus días unos contra otros, dejándose la piel, renunciando y luchando, al mismo tiempo, por su libertad.
Vázquez nos habla de la adolescencia desde la madurez, desde una plenitud que le permite comprender el mundo, mostrarnos que los desvelos de los más jóvenes no son simples naderías, estupideces que se mitigan con los años, sino verdaderos problemas, auténticos traumas. También analiza la complejidad de la edad adulta, materializada en esos padres, tan cercanos a los mitos clásicos, tan perturbadores y, a su forma, tan poco maduros. Y de esa rivalidad, llena de complejidad y belleza, que vincula a madre y a hija nace la dificultad de la novela. Esa mezcla de sentimientos desaforados que culmina en un sacrificio noble, necesario pero devastador al mismo tiempo. Son personajes dominados por el terror al vacío, por el deseo de escapar de una realidad que les oprime, pero al mismo tiempo les fascina oscuramente, tanto que nunca pueden alcanzar la fuga. Así lo demuestran: Y se abre la grieta de lo amargo, y huyo de mí, y el vómito llega… Y es que sin Yaiza no soy yo, no me reconozco, estoy vacía, hueca, habito en la nada…
Además cuenta con una magnífica construcción de un narrador en primera persona que consigue emocionarnos y aprovechar las mejores virtudes de su perspectiva: la capacidad para conseguir remarcar su subjetividad, para que contemplemos todo lo que ocurre fuera de su mirada.
La propia autora ha definido a Olor a naftalina como una “novela trance”. No le falta razón por varios motivos; primero, por la impúdica –y gratificante- exhibición de sentimientos puros, plenamente identificables por cualquier lector, aunque nunca se haya atrevido a verbalizarlos, después por la verdadera ruptura de las normas sociales.
Nos encontramos frente a una obra interesante como pocas. Porque, como mencionaba al inicio de la reseña, pocos autores cuidan con tanto mimo el lenguaje y, además, tienen algo urgente, imprescindible, que contar, lo que resulta especialmente meritorio en días como los nuestros, dominados por autores que parecen obsesionados con escribir novelas que parecen simples traducciones del inglés. Autores incapaces de extraer, como sí hace Juana Vázquez, lo mejor de nuestra lengua.
Nacido en Madrid. Licenciado en Derecho. Máster en Edición y en Creación Literaria. Autor del libro de relatos Pendiente y del manual de técnicas de escritura Cómo escribir un relato y publicarlo. Profesor de la Escuela de Letras en cursos de relato, narrativa y lectura profesional. Lector, editor y corrector en numerosas editoriales. Miembro del colectivo La tormenta en un vaso. Colabora con numerosos blogs y publicaciones. Es creador del blog www.lalinearecta.blogspot.com