Berlín no quiere salir de los labios

Ainize Salaberri

«Sí, la guerra viene arrollando sobre Berlín.
De pronto se le pasa a una por la mente que es primavera.
Sólo los pájaros desconfían de este abril.»

 

Una mujer en Berlín
Anónima
Anagrama, 2013

una-mujer-en-berlin-otrolunes29Casi un poema compuesto por distintas frases que aparecen en la página 19, la primera página de la historia. Casi un poema porque la guerra no acepta versos. No ahora, ni entonces. La guerra no admite lo que es bello porque duele y bastante dolor había ya en trincheras, refugios y campos de concentración. Bastante dolor en perder a tu bebé porque no te queda leche, porque tu cartilla de racionamiento está sellada, porque la panadería o la carnicería han saltado por los aires y con ellas los huesos de los otros. La guerra no admite poesía porque «sólo los ojos tienen vida» y no hay que llamar al mal tiempo. La guerra es, en sí, lo sabemos, la tormenta. Tras ella no hay calma, aunque sí pequeños ratos de recreo. Para ellos, los rusos, los enemigos, las violaciones, los saqueos, la matanza. Para ellas, las duras, las alemanas, la fuerza, la obligada supervivencia, la crueldad de su especie. ¿Qué queda en una guerra? Queda padecer la historia.

 

Náusea, enfermedad y locura

Primo Levi en el libro Informe sobre Auschwitz dijo: «El que se adapta a todo es el que sobrevive.» Algo similar asegura Anónima en Una mujer en Berlín: «Nunca había estado yo tan apartada de mí misma, tan alienada de mí. Todo sentimiento parece muerto. Tan sólo vive el instinto de supervivencia.» Y añade: «Llevamos el orden muy dentro de nosotros, obedecemos.» La alienación es uno de los rasgos comunes de las guerras. Primo Levi también habla de ello: «Es una experiencia realmente alienadora. Teníamos la impresión de hallarnos en medio de un ataque de locura, de estar… de haber perdido la posibilidad misma de razonar. No, ya no razonábamos.» Las diferencias entre Anónima y Levi son, evidentemente, abismales. Uno sobrevivió a los campos de concentración y, años después, acabó suicidándose. Y es que cómo recuperarse, como vivir después de aquello. La otra sobrevivió al Berlín asediado por las bombas, por los rusos, por la muerte. Al Berlín que terminó convirtiéndose en un esqueleto, en un cementerio, como tantas otras ciudades. Ella, nuestra Anónima, sobrevivió a lo atroz, a lo devastador, a las violaciones, a la matanza. Comparte con Levi el desmembramiento con la realidad, el hundimiento en lo indigno que puede resultar un ser humano. Ambos comparten, a su vez, la necesidad de dejar por escrito el infierno; la necesidad de comprender qué estaba sucediéndole al supuesto mundo civilizado. De esto, precisamente, habló Georges Perec: «Hablar, escribir son, para el deportado que regresa, una necesidad tan inmediata y perentoria como su necesidad de calcio, azúcar, sol, carne, sueño, silencio. No es cierto que pueda callar y olvidar. Primero tiene que recordar. Tiene que explicar, contar, dominar ese mundo del que fue víctima.» Y así lo hacen: nos cuentan la guerra exterior y su propia guerra interior; nos cuentan lo que han de callar, la alienación a la que libremente se encadenan para sobrevivir; guardan cada revelación, cada miseria, cada dolor para la página escrita, para esos momentos robados a la vida en los que a hurtadillas nos hacen cómplices de su convivencia con el demonio.

 «Sigue habiendo guerra fuera. Nuestra nueva oración de mañana y tarde: «Todo esto se lo debemos al Führer.» Una frase que en los años de paz se pronunciaba miles de veces, en los discursos, en señal de alabanza y agradecimiento, y aparecía pintada en carteles propagandísticos. Ahora, dándole la vuelta, sin cambios en la pronunciación pero sí en su contenido, se convierte en burla y escarnio.»

Ambos relatos, además, parten de una misma premisa: el hombre se ha perdido a sí mismo; el hombre no como el compendio de hombre y mujer sino el hombre como poderoso reflejo de ambos sexos. El hombre se convirtió en el «sexo débil»; no supo adaptarse a su propia trampa. Anónima nos lo muestra, sin tapujos, sin medias tintas: las mujeres de los refugios fueron quienes salvaron a esos seres alicaídos, débiles y tristes, temerosos y acongojados en que se habían convertido sus maridos, sus libreros, sus carniceros, sus amigos. Las mujeres fueron quienes, con una entereza brutal, defendieron su vida y tomaron las riendas de una situación que podía haberles llevado, por impulsos externos, incluso a la propia autodestrucción. Ellas eran las que cocinaban, iban a por agua, cuidaban de los enfermos y atemorizados seres de los refugios; ellas eran las que soportaban las sacudidas de los rusos que invadían sus hogares; ellas eran a las que violaban; ellas eran a las que sacrificaban. Anónima no ha escrito un tratado feminista. En absoluto. Ha escrito la realidad, como Primo Levi o Imre Kertész escribieron la suya. Nos dice la autora de Una mujer en Berlín: «Las mujeres tenemos siempre en mente lo más inmediato.» Esa, entiendo, es una de las claves de la supervivencia. Mientras el hombre buscaba el pasado al que agarrarse, desesperado, mientras analizaba el futuro que quizás no tendría (mientras escuchaban los partes de guerra, por ejemplo, o leían las noticias de los escasos periódicos que les llegaban), la mujer se convertía en un ser práctico: hic et nunc, que para eso estaba inventado. Y añade: «El mundo nazi de glorificación del hombre fuerte, el mundo dominado por los hombres… se tambalea y con él se viene abajo también el mito “hombre”.» Las escenas que se suceden a lo largo de todo el libro demuestran que las agallas residían en ellas. A ellos los superó su ineficacia para detener a sus iguales. Como dice en el prólogo Hans Magnus Enzensberger, «las mujeres resultaron ser las heroínas de la supervivencia entre las ruinas de la civilización

 

«Corazón, dolor, amor, impulsos. Qué palabras más lejanas y extrañas.»

Una mujer en Berlín es, sin embargo, muchísimas más cosas. Es el caos y es el asco, es lo que pasa y lo que se siente mientras nada se espera. Es la nada y es el todo. Es la deshumanización, la compasión, la degradación. La inmundicia de ser persona. Pero es también las ganas de vivir, las ganas de demostrar que el mundo no es siempre malvado, y que lo que parece imposible puede convertirse de nuevo en realidad; que el infierno puede reconstruirse o, cuanto menos, disfrazarse de nuevo de vida. Pero, mientras se leen los recuerdos de una mujer que ha preferido mantenerse en el anonimato, uno se pregunta: ¿Qué pasa con la rabia contenida? ¿Qué pasa con la ira, con la vergüenza, con las entrañas rotas?

 «El sábado por la mañana, el 28 de abril, fue la última vez que escribí. Han pasado tres días desde entonces tan colmados de sucesos, de cosas increíbles, de imágenes, miedos, sensaciones, que no sé por dónde empezar, qué decir. Estamos con el agua al cuello, hundiéndonos cada vez más profundamente. El minuto de vida está encareciéndose.»

La autora dijo en 1947 lo siguiente: «Ninguna de las víctimas podemos llevar lo sufrido como una corona de espinas. Yo al menos tenía la sensación de que lo que me estaba sucediendo era como un ajuste de cuentas.» Terrible, duro, cruento. Pero real. Real como las bombas que destruían siempre las casas de los demás, real como los disparos, las violaciones, las vejaciones. Real como todas las decisiones que la autora tuvo que tomar para poder contárnoslo después, aunque no iniciase estos cuadernos con el ánimo de publicarlos; cómo hubiese podido si ni tan siquiera sabía lo que pasaría con ella, con su cuerpo y su sangre, unos minutos después de dejar el lápiz en su escondite. Una mujer en Berlín son sentimientos congelados que aguardan. Congelados, como ella misma dice, por el horror, por el desafío. Kurt W. Marek, a quien la autora confió este manuscrito, dice que hay cosas que sólo pueden olvidarse pronunciándolas. Me gustaría que eso se lo hubiesen dicho a Primo Levi, por ejemplo. A él de poco le sirvió dejar constancia de su horror. La oscuridad pudo con él. El nazismo pudo con su vida. El horror se queda tan clavado que pronunciarlo reaviva las llamaradas de la devastación. Es mejor, me digo, leyendo “Una mujer en Berlín”, dejar al diablo tranquilo. Pero, entonces, ¿qué nos quedaría a nosotros?

 

¿Y ahora?

 «Encajo en este mundo, no soy delicada.»

Dice la autora que «para el mundo somos mujeres de los escombros y basura.» Este libro demuestra que no: los escombros y la basura tienen otros nombres y apellidos pero ninguno de ellos pertenece a una mujer. Lo que Una mujer en Berlín deja patente es la capacidad, inmensa y admirable, de las mujeres de revelarse contra su destino: aquel escrito para el supuesto género débil. Los hombres se dejaban morir, apesadumbrados, incrédulos y sorprendidos ante su desgracia. Se perdieron entre lamentos y miedos. Sobrevolando las vivencias de Anónima están los distintos lamentos. Predomina el siguiente: «Ojalá se hubiera acabado ya esta miserable vida.» Pero la vida no terminó, el mundo no acabó. Lo que no sabemos es si debemos dar las gracias, si podemos sentirnos afortunados.

Una mujer en Berlín es actual. Cuestiona el poder, cuestiona el mando, los partidos políticos y las mentiras que intentan lanzarnos. «Nos parecía que cada partido poseía una ínfima parte de razón. Pero todos practicaban y ambicionaban lo que nosotras denominábamos chalaneo: la usura, la caza de cargos, la pelea sin cuartel por el poder. Ningún partido –eso nos parecía– era intachable. Ninguno imprescindible.» Es entonces cuando debemos recordar una frase de Primo Levi en Informe sobre Auschwitz: «las cosas pueden volver a suceder.» Este libro ha de servirnos de referencia. Esa chaladura, esa desgracia, esa repugnancia puede volver a suceder. El mundo no mira atrás y aprende. El mundo mira atrás y pretende, pero no consigue. Es una trampa. Y lo peor que le ha pasado al mundo es que lo habite el ser humano.

Una mujer en Berlín es necesario. Es el cadáver de Berlín, el cadáver de toda una generación. Es el aviso. Y el dolor. La herida.