Fuera de Cuba - Memoria de un viaje

Fragmento del libro Out of Cuba. Memoir of a Journey

Traducción: Gustavo Loredo

Prefacio

 

Al  bajar del avión en La Habana, iba sintiendo un cosquilleo de ansiedad.  Habían pasado más de treinta años desde mi anterior visita a Cuba, y para entonces, ya no era yo la ferviente revolucionaria que había sido en mi juventud.  Mi primer viaje fue en 1971, cuando me uní a la Brigada Venceremos para cortar caña para Fidel. Aquella aventura me anuló y me dejó tambaleante de desilusión. Me aparté de la política radical, reestructuré mi vida y dejé que los tonos de gris matizaran mi pensamiento político. Y ahora regresaba para ver cómo la isla había cambiado y cómo sería mi reacción adulta ante este hecho. ¿Cómo iba yo a saber que por culpa de un encuentro casual con un extraño, mi vida estaba a punto cambiar, drástica e irrevocablemente? ¿Qué me atraía de Cuba en esta ocasión? ¿El clima tropical, la música, la atmósfera sensual? ¿O era el propio pueblo cubano, tan lleno de buen humor frente a la adversidad, amigable con los americanos, apuesto, ingenioso? ¡Y con no pocos desesperados por largarse!

Un amigo cubano me dijo una vez: “Cuba es como una cebolla: tú piensas que estás viendo toda la realidad, pero entonces comienzas a sacarle capas, una a una, y vas descubriendo más realidades, hasta que llegas al fondo”. Cuando le dije que yo había estado ocho veces en Cuba, me respondió, “¡entonces tú eres casi cubana!”

Pero yo no soy cubana, y dudo que alguna vez llegue a alcanzar esa condición. Es imposible llegar a saber todo lo que está pasando en un país donde hay tantas cosas ocultas. Hasta los cubanos que se han pasado toda su vida en la isla dudan de poder descifrar la realidad siempre cambiante que los rodea. ¿Cómo podríamos entonces nosotros, los no-cubanos, aunque sea imaginárnosla? Y aún si pudiéramos llegar a imaginarnos la realidad de hoy, mañana tendríamos que empezar de nuevo con todo el proceso, porque las cosas cambian.

Esta memoria es el relato de mi viaje personal a través de las realidades que encontré como turista, y de las realidades que me fueron reveladas por cubanos que me confiaron informaciones tan a menudo vedadas a los extranjeros.

Hice lo mejor que pude para descubrir las capas más profundas de la cebolla. El proceso todavía trae lágrimas a mis ojos. Mientras escribo esta memoria, son lágrimas de tristeza, de risa y aún de felicidad.

 

Cronología de mis viajes a Cuba

  •  Abril 1971: Cuarta Brigada Venceremos
  • Octubre 2003: ElderTreks /Global Exchange People-to-People Reality Tour
  • Octubre 2004: Global Exchange Sustainable Communities
  • Diciembre 2004: Global Exchange Education
  • Agosto 2005: Earthwatch American Crocodile Project
  • Marzo 2006: Earthwatch American Crocodile Project
  • Junio 2006: Caribbean Medical Transport
  • Diciembre – Enero, 2006-2007: Cuban-American Jewish Mission
  • Octubre 2008: Bringing Hope Foundation

 

 

Una palabra sobre mis métodos

En cada viaje a Cuba llevé un diario detallado donde iba tomando notas de discursos y conversaciones al tiempo que ocurrían, o apenas se me daba la primera ocasión de aplicarle la pluma al papel.  Realmente nunca me hice el plan de unificar estos diarios en un libro, pero cuando tomé la decisión de escribir un compendio de mis experiencias en Cuba, mis notas fueron de inestimable valor

Cuando los cubanos se me abrían y compartían sentimientos y reflexiones sobre lo que veían que ocurría en su país (y en el mío), yo transcribía sus palabras al pie de la letra, con la mayor fidelidad posible. Nunca utilicé una grabadora ni entrevisté oficialmente a nadie. Comprendiendo que mis informantes podrían negarse a ser identificados, y respetando su privacidad, los he disfrazado cambiando sus identidades, así como el lugar exacto y el tiempo de nuestras conversaciones.  Ellos saben quiénes son, y saben que les estoy agradecida por su honestidad y por su disposición a ayudarme a entender su realidad.

 

 

1.- Petulancia radical

 

En la primavera de 1971, el gobierno de Cuba solicitó voluntarios que mostraran su apoyo a la Revolución, yendo a cortar caña de azúcar en la Zafra de los Diez Millones. Yo para entonces me había ganado unas credenciales de izquierdista radical tan impresionantes, que daba por cosa hecha la aceptación como miembro de la IV Brigada Venceremos.

Después de graduarme en 1965, de la Universidad Berkeley de California, me fui al sur ese verano, como voluntaria de CORE, el Congreso de Igualdad Racial, a empadronar a los votantes afro-americanos en las elecciones de St. George, Carolina del Sur. Después me uní a los Cuerpos de Paz domésticos, VISTA, para trabajar en un proyecto en Norfolk, Virginia, pero este tipo de trabajo social se me antojaba demasiado soso para mí. Yo sentía que solo por la vía de la acción política se podrían lograr cambios efectivos. Habiéndome mudado a Washington D.C. me involucré en el Movimiento D.C. Libre y trabajé con el SNCC (el Comité Coordinador de Estudiantes por la No Violencia), haciendo campaña por los derechos al voto de la población de Washington D.C. Después de que el movimiento Black Power ocupó las oficinas del SNCC y dejó claro que ellos no querían blanquitos alrededor, me cambié para el Women’s Movement, que para entonces estaba comenzando a organizarse. Sentía con orgullo que estaba siendo partícipe de la edificación de la historia americana.

En la primavera de 1971, tuve la ocasión de participar en la acción izquierdista suprema: viajar a Cuba, en desafío a la política gubernamental de los Estados Unidos. ¿Qué radical a ultranza podría resistirse? Quedé perpleja al descubrir que tenía que pasar un riguroso proceso de solicitud para ser aceptada. ¿Acaso no sabían quién era yo? ¿Y quiénes eran ellos para juzgarme?

Un compañero me espetó:

“¿Has hecho alguna vez trabajo físico duro?

“Si, una vez ayudé a recoger heno en un rancho de Montana. Yo levantaba las pacas de heno y las arrojaba a un camión.”

Esto sonaba impresionante, pero se me olvidó decir que yo lanzaba aquellas pacas de heno sólo por un ratico. Era un trabajo difícil para el que yo no estaba físicamente preparada. ¿Hablaba yo el español? No. Este era un obstáculo obvio, pero yo sabía que mis credenciales políticas eran impecables.

Finalmente fui aceptada en la Brigada, junto con otros seis del área de Washington, D.C. Leí muchísimo sobre la Revolución Cubana (siempre de materiales publicados por el propio gobierno cubano). Se organizaron clases de español y hubo otras reuniones de los brigadistas, pero me resultaba fastidioso el consagrarme a asistir a todos esos eventos y mi falta de interés fue advertida.  Yo tenía un motivo secreto para querer ir: a Bill, mi antiguo novio, ahora en la clandestinidad con los Weathermen, le había dado últimamente por emborracharse y llamarme sobre las 3 de la madrugada para culparme de sus desgracias:

“Si te hubieras casado conmigo, yo no me vería en esta situación”, sollozaba.

Yo le ripostaba: “La razón por la que no me casé contigo es que pude ver hacia dónde te encaminabas políticamente.” Esas conversaciones no conducían a ninguna parte y usualmente terminaban cuando yo le colgaba el teléfono, pero él seguía llamándome, implorando un rescate que yo no estaba en condiciones de ofrecerle.

Tenía que irme. Asumía que yéndome lejos cimentaría mis credenciales como revolucionaria radical, me pondría fuera del alcance de Bill y resolvería mi conflicto interior sobre si continuaba o no en la política izquierdista. Ya para entonces yo comenzaba a tener serias dudas al respecto.

Nuestro grupo de siete incluía a Peter, un hombre muy atractivo que era miembro de los Panteras Negras. El y mi amiga Judy se habían hecho amantes, de modo que Peter se dejaba ver mucho por nuestra casa. Una noche nos extendió una invitación a ambas: “Les gustaría ver los Videos Vudú que Eldridge hizo en Argelia?”.  Peter se refería a Eldridge Cleaver, quien se había unido a los Panteras Negras, a los que él llamaba “nacionalistas vudú”. Ellos se consideraban a sí mismos como marxistas, integrantes de una vanguardia revolucionaria. A Eldridge lo acusaron de asalto e intento de asesinato tras un tiroteo con la policía de Oakland en 1968. Estando en libertad bajo fianza escapó a Cuba, junto con su esposa Kathleen, pero posteriormente se desilusionaron de la revolución cubana, tildándola de racista, y ahora estaban viviendo en Argelia, donde  a él lo recibieron como a un “héroe revolucionario” y le dieron una villa en Argel.

“¡Seguro!” exclamamos Judy y yo simultáneamente.  ¡Qué gran oportunidad! Sentíamos que se nos distinguía como a personas muy especiales: invitadas de honor blancas, a punto de ser iniciadas en el mundo secreto del nacionalismo negro militante, al que muy pocos habían podido asomarse.

“Tendrán que ir con los ojos vendados,” Nos informó Peter. “No queremos que sepan adónde vamos”. Así que todos nos apeñuscamos en un auto, Judy y yo con los ojos vendados, y anduvimos dando vueltas durante un buen rato. Parecía como si fuéramos en círculos, de manera que no pudiéramos ubicar el sitio, tal como en las películas. Ni siquiera bajo tortura podríamos nunca revelarle a nadie adónde habíamos estado. Al fin llegamos a una casa de tres pisos en alguna parte del Distrito Federal. A Judy y a mí nos guiaron escaleras arriba y sólo se nos permitió quitarnos las vendas de los ojos cuando la puerta de entrada se cerró detrás de nosotras.

Peter nos condujo a una habitación donde había un grupo de gente de diferentes razas y edades, sentados en el suelo alrededor de la estancia. Alguien puso el video, pero la verdad es que no me acuerdo de nada, salvo de que Eldridge hablaba muchísimo.  La calidad de la filmación era terrible, y el audio, ininteligible. Yo no pude reconocer a ninguno de los asistentes, aunque creía conocer a todo el mundo en la comunidad radical de Washington. Deseaba conversar, pero nadie cruzaba conmigo la mirada y ni siquiera me dirigían un “hola”. No era para nada divertido estar allí, pero al mismo tiempo, resultaba excitante el estar haciendo algo tan ilícito.

Pero ya para entonces yo me estaba cuestionando mi participación en el movimiento radical. No estaba segura de pertenecerle realmente; pero al mismo tiempo me sentía culpable de mi inseguridad y no podía imaginarme otro medio donde yo pudiera funcionar.  Mi fe en mis propios juicios estaba a punto de ser puesta a prueba.

 

 

2.- Contrarrevolucionaria

 

Con la cálida luz de un hermoso día primaveral destellando en las alas plateadas de nuestro charter desde Ciudad México, la Cuarta Brigada Venceremos se dirigía a Cuba. El gobierno cubano nos había invitado y corría con los gastos de nuestro viaje, y en lo que respecta a nuestro propio gobierno, estábamos violando la legalidad. El piloto nos anunciaba por el audio nuestra llegada a La Habana. “Bienvenidos a Cuba, el primer territorio libre en América.” Los aplausos y los vítores ahogaron los ruidos de nuestro aterrizaje en el Aeropuerto Internacional José Martí.  Mi corazón latía desbocado mientras veía abrirse la escotilla del avión. Del otro lado de esa puerta me esperaban nueve semanas en el paraíso comunista: siete en los cañaverales y dos más viajando por toda la isla.

Mis compañeros,” gritó Fernando al exaltado grupo de visitantes: “¡Bienvenidos!” Se trataba del médico cubano asignado a nuestro grupo, y su bienvenida oficial a nombre del gobierno de Cuba provocó gritos de júbilo entre los recién llegados, encantados de ser “compañeros.”  Éramos doscientos norteamericanos, los que nos juntábamos a más o menos el mismo número de cubanos y de otros trabajadores del Tercer Mundo. Habíamos venido a hacer patente nuestra solidaridad con la Revolución, echando una mano en la cosecha de la caña de azúcar – la zafra. 

Apiñados en una vieja guagua, íbamos entre saltos y traqueteos, por las mal pavimentadas carreteras del este de la capital, por los alrededores del pueblo de Aguacate. Nuestro campamento, rodeado de cañaverales, consistía en unos pocos cobertizos de guano abiertos a los cuatro vientos, que incluían un  comedor, una enfermería, un baño colectivo y una guarapera1. Unas tiendas de lona, dispuestas como quiera alrededor del campamento serían nuestro nuevo hogar. En un sentido puramente funcional, cada tienda era apenas suficiente para seis personas y nuestras camas no eran más que unos catres dispuestos en literas de a dos.  Yo me establecí en mi tienda con otras seis compañeras. Beth, una mujer alta y seria, de unos treinta años, era  miembro activo del Partido Comunista en la ciudad de New York. Ella se conducía como la militante por antonomasia, de una manera que resultaba un tanto intimidante. Era la única en nuestra tienda que tenía un reloj de pulsera. El resto de nosotros aparentemente asumía que el tiempo carecería de importancia en los cañaverales revolucionarios. Pronto aprendimos que nuestra agenda diaria era muy apretada y que por sobre todas las cosas, no querríamos perdernos el horario de las comidas.

Amy y Gail eran de Nueva York, ambas abiertamente lesbianas. Amy era bajita y gordita; Gail, alta y delgada.  Ellas se crearon el hábito de pasarse cuchicheando hasta altas horas de la noche, arrancándoles la tira de pellejo a las demás compañeras de tienda, cuando ya todas estábamos en nuestros catres y ellas pensaban que nadie las estaría escuchando. O quizás lo hacían precisamente para que las oyéramos.

Carola, mi buena amiga de Washington D.C., bajita, rubia y callada, estaba en mi tienda, junto con Nancy, una enfermera que era muy cómica sin proponérselo.

“Yo realmente no estaba segura de si debía venir en este viaje”, nos confiaba Nancy. “Me siento culpable de ayudar con la zafra azucarera. El azúcar es mala para la salud.”

La tienda era estrecha e incómoda. Apenas podíamos pararnos erguidas y el aire era cálido y sofocante. Por las noches, se me hacía difícil conciliar el sueño. Los catres se hundían en el medio y yo permanecía al tanto de cada tos o estornudo, de cada pedo y de cada cuchicheo. Entonces alguien tuvo la brillante idea de ahorrar espacio metiendo toda nuestra ropa, provisiones y demás pertenencias en una maleta, que haría las funciones de una alacena comunal. Escondimos debajo de los catres el resto de nuestra impedimenta, pusimos una gran maleta abierta cerca de la entrada de la tienda y alegremente cedimos nuestras escasas posesiones –ropa, medicamentos, vitaminas, cepillos y pasta de dientes. Carola y yo llevamos al extremo este concepto y decidimos compartir un cepillo de dientes. El grupo, de común acuerdo, había abolido la propiedad privada, creando nuestro propio tipo de comunismo revolucionario.  A nuestros ojos, el individualismo y la propiedad privada eran presunciones capitalistas y por lo tanto, inaceptables.  A partir de ese momento, nunca más pudimos encontrar lo que queríamos cuando lo necesitábamos y fue imposible la privacidad.

Algunos brigadistas en el campamento optaron por irse a dormir a campo raso,  aventurándose algunos incluso a dormir en los cañaverales, echados en sus sacos de dormir entre las carreras de caña. Estos tuvieron que vérselas con miríadas de insectos que pululaban por todas partes, pero al menos disfrutaban de cierta semblanza de privacidad. Las parejas dormían juntas y siguieron formándose más parejas según avanzaba el viaje.

Frente a cada tienda había un pañol de machetes, las herramientas de nuestro nuevo oficio. Cada uno de nosotros tenía el suyo, del que era responsable. Cada día al regresar del campo, cada cual colocaba su machete en su respectivo sitio del pañol. Era importante mantener el machete siempre bien afilado. En las siete semanas de nuestra permanencia en el campo, el machete sería nuestra más valiosa posesión.

El estricto horario le confería estructura a nuestros días. Al amanecer, la brillante luz tropical se filtraba dentro de nuestra tienda, junto con un aumento del calor y la humedad.  Nosotros saltábamos de nuestros catres y nos precipitábamos dando traspiés hacia los lavabos, que se alineaban fuera de los baños, donde nos salpicábamos la cara con agua fría. De ahí, nos dirigíamos al cobertizo que hacía las veces de comedor, atraídos por el rico aroma del café fuerte. A cada uno nos daban un trago de café expreso en una tacita de papel del tamaño de un dedal, para acompañar al tabaco que se nos permitía tomar de una caja abierta. Apenas despiertos, nos apiñábamos en los camiones soviéticos que nos transportaban a los diferentes puntos en los campos de caña. A veces los camiones eran cerrados, cubiertos por encima con una lona curvada, nosotros sobrellevábamos solidariamente la opresión de esta claustrofobia momentánea.

Para todos nosotros esto era una aventura. Íbamos cantando inspiradas canciones sobre la Revolución, guiados por nuestros adláteres cubanos.  Al igual que con el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos (o quizás como con cualquier otro movimiento), aquellas canciones fueron tan memorables como para seguir conmigo a través de los años.  Adelante, Guerrillero era una de mis favoritas, y ahí estaba la vehemente canción de Carlos Puebla sobre Ché Guevara, Hasta Siempre Comandante, que tanto nos gustaba. Cantábamos de memoria, a grito pelado, el estribillo:

Aquí se queda la clara,
La entrañable transparencia
De tu querida presencia,
Comandante Ché Guevara.

Y por supuesto, cantábamos la Guantanamera, con los Versos Sencillos  de José Martí, popularizada por Pete Seeger en los Estados Unidos:

Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.
Guantanamera,
guajira guantanamera,
Guantaname-e-e-e-r-r-r-ra,
guajira guantanamera.

Al llegar a los cañaverales, se nos distribuyó en grupos para instruirnos sobre el corte de la caña. Sandra, una esforzada joven cubana, la supervisora de mi grupo, iba vociferando órdenes. Jamás dejó escapar una sonrisa en medio de sus lecciones. La técnica del corte de la caña de azúcar incluye agarrar el tronco de la caña con una mano y asestar el machetazo con la otra mano, bien pegado a la base del tronco. Según avanzas en el surco, vas tirando la caña cortada en una pila. Otro grupo va recogiéndola y amontonándola. Nosotros nos alternábamos en estas dos tareas. Sandra iba de un lado a otro entre los surcos, amonestándonos en tono militar, y gritando “¡Más abajo!”  Ella había dejado bien claro que una buena parte del zumo de la caña se asienta en la parte baja del tallo, de modo que resultaba esencial que cortáramos los tallos lo más abajo posible.  Esto quería decir que teníamos que apuntar muy cuidadosamente. Ocasionalmente un pómulo se atravesaba en el camino de un machete afilado –esto le ocurría incluso a los cubanos, y ostentar un corte de machete se convirtió en un sello de honor. Las inyecciones contra el tétano se repartían como caramelos.

El sol era abrasador y el trabajo, agobiante y sucio. Los cubanos habían adoptado el método australiano de corte de caña, lo que significa que quemaban los cañaverales durante la noche previa al corte, llenando el cielo de humo y llamas. La imagen de los fuegos proyectándose sobre el cielo nocturno hacía un hermoso espectáculo, que nos recordaba que la Revolución se mantenía activa a través de las 24 horas del día y que nosotros estábamos haciendo algo importante para contribuir a ello. La quema de la caña cumplía varios objetivos. Eliminaba las hierbas y la maleza, lo que hacía más fácil encontrar la base del tallo de las cañas, pero más importante aún, quemaba la paja de la caña – las gruesas hojas inferiores cuyo borde corta como afilada navaja. Pero esto también significaba que el terreno donde tan afanosamente trabajábamos, quedaba cubierto con una capa de negra ceniza carbonizada, que se levantaba fácilmente a cada paso que dábamos. El hollín nos impregnaba la ropa, se pegaba a nuestros cuerpos sudorosos y se nos metía en cada poro. Yo la pasé de muerte tratando de mantener mis ojos libres de carbonilla.

Por las mañanas teníamos un corto receso y el personal de la cocina nos traía una merienda de revitalizante yogur en tazones de metal. Después seguíamos trabajando hasta la hora del almuerzo. Regresábamos al campamento en los mismos camiones (la misma rutina de cantos, con unas cuantas consignas gritadas por añadidura), y nos íbamos directamente a las duchas, con el aspecto de sobrevivientes de un incendio forestal. Para aquellos que lo desearan, siempre estaba la opción de utilizar el servicio de lavandería para tener ropa de trabajo limpia.

Una mañana nos encontramos trabajando en los campos con un contingente de Vietnam del Norte – una coincidencia no bienvenida por mí. Me preguntaba si los norvietnamitas nos mostrarían resentimiento. Pero ellos resultaron encantadores. Nos explicaron: “Nosotros sabemos distinguir entre el pueblo y el gobierno americano.” Como brigadistas, nosotros estábamos de su lado. Así que de pronto nos vimos cortando caña con el entonces enemigo de los Estados Unidos.

Los almuerzos eran siempre un banquete, usualmente consistían en carne de cerdo o pollo, frijoles negros y arroz, con pasta de guayaba como postre – todo en gran abundancia. Después había un tiempo para leer, conversar o tomar una siesta, hasta que volvíamos a los cañaverales por la tarde.  Antes de cada salida, nos sentábamos en el suelo y afilábamos nuestros machetes con grandes limas metálicas. Colocando el cabo del machete bajo un muslo por su parte interior, apoyábamos la hoja sobre el otro muslo y con ambas manos empujábamos la lima rápidamente hacia afuera, presionando a lo largo del filo, una y otra vez. Por supuesto que esta era otra buena oportunidad para hacerse una herida de machete – usualmente en la mano. Todas estas heridas de machete significaban que nosotros estábamos esforzándonos de verdad…, aún cuando nuestra puntería andaba un poco errada.

Con todas las idas y venidas y la actividad general del campamento, la gente a menudo dejaba mal puesta una camisa o unos pantalones de trabajo. Esto era motivo de asombro para una cubana que comentaba: “ustedes tienen tanto que no les importa si algo se les pierde. Nosotros siempre estamos cuidando de nuestras cosas.”

Después de la sesión de trabajo de la tarde, y de una segunda ducha, nos reuníamos para comer. Era más o menos lo mismo que en el almuerzo, pero con “panetelitas” y otros dulces de postre. De nuevo la comida era abundante – ellos querían asegurarse de que estuviéramos bien alimentados para el trabajo en los campos. Ocasionalmente, por la noche veíamos películas en lo que llamábamos el Teatro de las Palmas, donde nos sentábamos en el suelo, reclinándonos contra unos troncos de palmas derribadas que allí yacían. A veces venían músicos al campamento para entretenernos. El trato entre todos era de compañero o compañera – estábamos verdaderamente metidos en eso.

Los cubanos no se parecían a ningún otro grupo de gente que yo hubiera conocido antes.  Se me antojaban fieramente patrióticos, y orgullosos de su gobierno, en marcado contraste con la actitud usual de los americanos.  Yo comencé a sentirme culpable de esto, sintiendo que los cubanos nos miraban por encima del hombro por nuestra falta de patriotismo. Estaba claro que ellos nos consideraban como malcriados y autoindulgentes. Mientras mejor nos iban conociendo, más se empeñaban en erradicar en nosotros esos feos defectos, por medio del trabajo duro y el adoctrinamiento. Sólo uno de los hombres cubanos tenía barba – una anomalía, ya que se suponía que sólo los que habían combatido en la Sierra Maestra eran merecedores del derecho a ser barbudos; los demás eran sólo poses. Por supuesto, este último grupo incluía a muchos de los americanos.

La presión social trabajaba sutilmente en nuestro campamento. Se nos convocaba a las reuniones de producción, donde se nos enseñaba cómo aumentar la productividad. Allí se exhortaba a la crítica constructiva, siempre realizada en presencia de todo el grupo.   En una ocasión un cubano importante pasó por el campamento para dar un discurso. Su llegada estaba programada y se esperaba de nosotros que dejáramos cualquier cosa que estuviéramos haciendo, rompiéramos filas a la manera militar y nos alineáramos junto al camino aplaudiendo con entusiasmo.  Me sentí como si me hubiera unido a un culto.

Una tarde, a la hora de la siesta, me hallaba agitada y dando vueltas en el sofocante calor de la tienda. Incapaz de dormirme, salí fuera y me senté en el suelo, frente al pañol de los machetes. Me propuse afilar mi machete como una navaja de afeitar, pero en ese momento se apareció Peter, el Pantera Negra y se sentó directamente frente a mí. Era la primera vez que nos encontrábamos relativamente solos y supe que había venido con un propósito.

“Se me ha ocurrido una idea de lo que deberíamos hacer cuando regresemos a los Estados Unidos,” me susurró en tono de complicidad. “Quiero organizar un grupo de hombres negros y mujeres blancas para trabajar juntos en fabricar bombas – para organizar golpes contra el gobierno.”

Me quedé boquiabierta. Realmente no sabía qué decir. Tremenda idea, ¿me alistas? Pero ¿tú estás chiflado? Vamos, Peter, dime la verdad: ¿tú eres un agente del FBI?, dime que no. En realidad no dije nada; tal vez estaba demasiado choqueada. Parece que Peter realmente no esperaba una respuesta. Se limitó a sonreír, se levantó y se fue a reclutar a otra blanquita desprevenida. Más tarde oí que también les había pasado su idea a los cubanos. Peter tiene que haber pensado que los impresionaría con su celo revolucionario. Aparentemente lo dieron por loco y lo ignoraron; él se convirtió en un paria durante las últimas semanas que estuvimos allí.

Irónicamente, años más tarde, supe que la Brigada Venceremos era considerada como un terreno ideal de reclutamiento para que la inteligencia cubana pusiera agentes en los Estados Unidos. Para entonces, yo estaba convencida de que la motivación del gobierno cubano para llevarnos allá fue su errónea impresión de que nosotros, en la izquierda, disfrutábamos de más poder político del que realmente teníamos.

Yo asumo que el gobierno cubano pagó por nuestro viaje porque ellos se imaginaban que nosotros, de regreso a casa, podríamos educar a la gente sobre la “verdadera” naturaleza de la Revolución. Por supuesto, esto significaba que ellos estaban seguros de que todos nosotros regresaríamos dando loas a la Revolución, o que ellos nos podrían persuadir para ponernos de su parte.

Mientras tanto, Judy había roto con Peter. A mí no me sorprendió: a menudo los había oído por las noches peleándose a gritos en los cañaverales. En primer lugar, ¿por qué ella se había enganchado con él? “Por protección”, me dijo ella. “Yo estaba asustada con este viaje”. Ahora que ella se había librado de él, se la veía florecer. Fanfarroneaba abiertamente sobre cómo los cubanos se sentían atraídos por ella y se tomaba el trabajo de ir a diario bien arreglada, a diferencia de la mayoría de nosotras.  Judy era castaña, de ojos azules, con una sonrisa encantadora y un cuerpo lleno de curvas – el tipo de mujer que los cubanos encuentran sexy. Siempre se aseguraba de obtener ropa de trabajo limpia de la lavandería durante el descanso del mediodía y era una experta en el flirteo. En resumen, que tenía el buen sentido de cuidar de sí misma.  Esto me chocaba como algo individualista de su parte. Ella y yo habíamos sido buenas amigas antes del viaje; ahora me sentía abandonada. Ahora su mejor amiga y compañera era Ellen, una bonita joven con una hermosa cabellera negra.  Sus confidencias cuchicheadas me hicieron sentir dejada de lado.  Después de que Judy rompió con Peter, escogió a Wilfredo. El era un estudiante afrocubano de origen campesino que a todos nos gustaba. Wilfredo era ecuánime y dulce, parecía sinceramente preocupado por las demás personas – la verdadera personalización de nuestro ideal de lo que debería ser un revolucionario.

Notas del artículo

  1. Guarapera: lugar donde se extrae y consume el guarapo, jugo refrescante de la caña de azúcar, extraído por medio de una prensa mecánica, localmente llamada “trapiche” (N. del T.).