Emilio Quintana a lápiz

José Cereijo

Poemas escritos a lápiz
Emilio Quintana
Los Papeles del Sitio, Sevilla, 2012

 

emilio-quintana-poemas-escritos-a-lapiz-otrolunes29Alejado de España desde hace años (actualmente trabaja en el Instituto Cervantes de Estocolmo), Emilio Quintana no lo está sin embargo de la poesía, aunque aquí apenas hayan llegado muestras de su labor reciente. La más importante es, con mucho, este breve libro, Poemas escritos a lápiz, aparecido en 2012 en las muy meritorias ediciones de “Los Papeles del Sitio”, cuidadísimo y casi (o sin casi) artesanal empeño que no tiene otro defecto, si éste lo es, que lo corto de sus tiradas, verdaderos libros de coleccionista. El que aquí comentamos es, de todas formas, también accesible en pdf en la página http://www.emilioquintana.com/leyesdelaherencia/obra-poetica/

Con todo, el hecho es que el último libro exento aparecido como tal entre nosotros, con anterioridad a éste, había sido El mal poeta, publicado en 1995. Son muchos años, como se ve. Y es una verdadera lástima, porque su poesía merece ciertamente una difusión mucho mayor, y una presencia entre nosotros que hace demasiado tiempo que no tiene. El resultado es que la imagen que el lector atento pueda tener de su poesía es fundamentalmente la de aquel libro de la colección granadina “La Veleta”.

Y el problema es que no se trata sólo de una imagen ya lejana en el tiempo, sino también, a estas alturas, un tanto distorsionada. Emilio Quintana ha seguido desde entonces, como decíamos, escribiendo versos, y su escritura madurando, acendrándose. Los poemas (relativamente) largos y narrativos de entonces son aquí breves apuntes aparentemente impresionistas, escritos por alguien que, en sus propias palabras, siempre es “el que está del otro lado de la ventana”. Pero también dice (en la misma corta pero sustanciosa nota que abre el volumen) que “los temas de la poesía son la identidad, la esencia fantasmal de lo real y los mecanismos que rigen el destino. El resto es literatura”. Una afirmación que, como se ve, subraya no la fugacidad de la impresión y lo que en ella pueda haber de individual y contingente, sino su sentido hondo, su alcance (como podríamos llamarle) metafísico.

Es, por ejemplo, significativo que, teniendo casi todos los poemas un título que hace referencia a un lugar concreto (todos ellos, nombres de ciudades europeas), no haya de hecho en su texto nada que no pudiera haber ocurrido, o no ocurrido, en otro sitio. No son, en ningún sentido reconocible de la expresión, “apuntes de viaje”, sino meditaciones destiladas, esenciales, sobre la naturaleza del vivir, expresadas en un lenguaje escueto y poderosamente sugestivo.

No se nos transmite pues un relato de lo que en tales lugares pudo suceder, sino la anotación de un hecho íntimo que los tiene solamente como marco ocasional. Aquí cabría recordar que, según los conocidos versos de Archibald MacLeish, “un poema no debe significar, / sino ser”. Es la vivencia interior del suceso, y su posible alcance general dentro de la experiencia del vivir, lo que estos breves poemas aspiran en general a transmitirnos. No se entienda, sin embargo, que encontraremos en ellos afirmaciones de naturaleza más o menos filosófica: encierran, como decíamos, un destilado de las vivencias a que aluden, no una abstracción más o menos significativa.

De acuerdo con la “esencia fantasmal” a que antes aludíamos, la materia de que están hechos es neblinosa: “todo se desvanece… se emborrona”, leemos; se repiten términos como “indescifrable”, “inseguro”, “confuso” o “enigmático”. Las dos únicas veces, por ejemplo, que aparece en el libro la palabra “verdad”, es una verdad “escondida”: “al fondo de esta tumba / se esconde una verdad / más viva que yo mismo”. El vivir, la entera realidad, son entendidos pues como enigma, un enigma del que acaso sólo la muerte tenga la clave.

En resumen, quien hace quince o veinte años decía al escribir versos hacer “anotaciones al margen de ese álbum de fotos que es la vida”, no ha cambiado aquí sustancialmente esa postura frente a ella; pero ahora, en posesión de un saber y una madurez vital que entonces no tenía, no la ve ya como un “álbum de fotos”; lo que entonces hubiera de anecdótico ha perdido significación, al ser dueño el autor de una perspectiva que le permite ver, por detrás o más allá de cada “foto” aislada, su posible sentido general, o más bien la ausencia o la problematicidad actual de ese sentido. Y es desde esta perspectiva, y desde la mirada abarcadora que conlleva, desde donde están escritos estos poemas breves y esenciales, que abren al misterio y a la significación plural unos hechos antes mucho más centrados en su sentido y alcance inmediatos.

La ausencia de respuestas precisas procede por tanto de un conocimiento al tiempo más íntimo y más abarcador de aquello que se cuestiona. Y la humildad de lo escrito “a lápiz” (y, por tanto, susceptible de ser fácilmente borrado, o rectificado), de una comprensión más honda de la naturaleza compleja y móvil de una realidad a la que es ya difícil, acaso imposible, reducir a impresiones o detalles concretos. De una realidad a la que, por haberse hecho evidente su naturaleza viva y cambiante, no cabe ya apresar en “fotografías” (con lo que éstas tienen de fijo, de definido y constatable), sino únicamente seguir a través de una escritura que, como ella, ha de volverse tentativa y fluida, limitarse a proponer indicaciones que, sin embargo, tienen un alcance y una hondura claramente mayores que las constataciones inmediatas de antes.

Quizá pudiera entenderse en este sentido la idea del autor de ir reuniendo todo su trabajo poético bajo el título general de “Las leyes de la herencia”. Pues se trata ahora de apuntar no tanto, como decíamos, a la vivencia concreta, sino a lo que ésta tiene de generalizable, de significativo de unas constantes (“leyes”) humanas que a su vez se integran en el proceso mayor de la sucesión de las generaciones (“herencia”), ya que lo que la mirada poética puede abarcar ahora desde aquella “ventana” de la que hablábamos es ya una variada y amplia colección de experiencias que le permiten dirigirse a lo que de sustancial hay en ellas, a lo que posiblemente puedan tener de revelador de la entera condición humana. Desde una actitud, en efecto, tentativa y humilde, estos “Poemas escritos a lápiz” lo están porque el campo abarcado por ellos es mucho mayor que el que recogían las “fotografías” de hace años. Y porque incluyen esa condición dinámica y fluida que es propia del humano vivir, incluso si lo miramos ya no desde la perspectiva puramente individual, sino desde la general del hombre, sucediéndose en el tiempo y a la búsqueda de un sentido último que, como decíamos, quizá sólo la muerte pueda entregar completo.