La descomposición y otros poemas

Poesía

Sergio García Zamora

… veo al poeta como alguien que debe llegar a la unión mística con lo divino, y para ello tiene que atravesar los tres estados que pasaban los místicos. San Juan de la Cruz escribió tres poemas que representan esas etapas: Noche oscura del alma (vía purgativa), Cántico espiritual (vía iluminativa) y Llama de amor viva (vía unitiva). Se trata, en otros términos, de lo que algunos denominan oficio y otros, inspiración. A veces en ese tratar y tratar ocurre la epifanía. Yo he tenido noches en que he escrito dos o tres poemas, y he tenido miedo de acostarme, porque todo quedaría allí y al otro día yo sería memoria de mí mismo. La creación poética es exactamente igual: el oficio obliga a trabajar a diario, a sentarse y tratar de escribir, y a veces ocurre esa epifanía que es la unión con lo divino, y lo bello…

De la entrevista “Yo quiero ser un poeta de vanguardia”,
concedida a Omar Martín en Verbiclara, 15 de febrero de 2013

 

La descomposición

Esta noche comienza la descomposición de los cuerpos. Once millones de habitantes y nadie va a notarlo en la mañana. Debe ser natural apestar en la mañana. Pero el olor permanece, cuando ya me he lavado, cuando salgo a trabajar sin salir a trabajar, cuando escribo. La descomposición de los cuerpos avanza a mediodía, lo cual también resulta natural. Once millones de habitantes juzgan demasiadas cosas como algo natural. Asombroso será cuando el olor se vuelva insoportable, aunque la gente se acostumbra a lo insoportable, sobre todo si lo insoportable es su propia descomposición. Once millones de habitantes y nadie podrá negarlo. Cuando despierto junto a mi amor, le digo: apestas; cuando mi amor despierta, me dice: hiedes. Heder, palabra hermosa. Mi amor siempre encuentra la palabra para todo.

 

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Pensando en los peces de colores

Antes de que llegase mi turno en la cola, un pez dio su coletazo. A través de la vidriera, en la sección de productos cárnicos, un pez rojo dio su coletazo. Me pregunté: ¿Qué hace un pez rojo coleteando entre la carne roja? ¿Qué hace un pez rojo en una tienda de moneda convertible? ¿Qué hace un pez rojo afuera de un cuadro de Henri Matisse? Los dos respirábamos aire artificial climatizado, los dos esperábamos nuestra sola ocasión para manifestarnos. Cuando revisaron mi compra a la salida, el pez me seguía de lejos como un signo.

En un banco del centro, mientras cobraba un pago mercenario por lecturas mercenarias, tres peces gravitaron sobre la cabeza de la empleada. Tres peces verdes me miraban de perfil y yo los miraba también de perfil, con el hieratismo del antiguo arte egipcio, hasta que la mujer pidió mi atención y terminó de contar el dinero. Entonces pensé que nada significan tres peces verdes ni tres peces tristes ni tres tristes pesos, como nada significan los ojos ultramarinos de la empleada.

Cuando nos tendimos en la cama a conversar sobre nuestra vida a espaldas de nuestra vida, a conversar sobre ciertos proyectos que no exceden lo esencial humano: domicilio propio y reproducción, por ejemplo, vi dos peces nadar en el techo. Nadaban sobre nosotros libre, descuidada, impunemente. Uno era dorado y el otro azul, con el dorado y el azul de los pintores bizantinos, con el dorado y el azul de Fray Angélico al pintar La Anunciación. Deberíamos dar cal, te dije, y volvimos a reír.

 

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Conocimiento de causa

Aunque escribí para ti páginas que agradeces sin agradecer, yo sé lo que de mí ansías. Aunque no me lo dices al oído a la hora del amor, a ninguna hora, yo sé que no te conformas, que no te conformarás solo con versos. Haces bien, vida mía. La euforia sexual y la euforia creativa persiguen por igual la fecundación. Pero quien dice que un poema es como un hijo no sabe en verdad de lo que habla.

 

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El pasado

Ciertas relaciones que fueron nada, ciertas relaciones equivalentes a la estancia de extranjeros en un aeropuerto nacional. ¿Has visto la familia que espera en un salón de abordaje? ¿Has visto a sus hijos? ¿Los has visto disputarse la garra mecánica para atrapar un juguete? ¿Qué puedo decirte? Ciertas relaciones que son el pasado. Como esas máquinas de suspensión que suelen haber en las terminales aéreas, yo también me puse en sus manos. Tenía la esperanza de que sacaran lo mejor de mí.

 

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Contribución a la economía política

Poner la mano que escribe bajo una prensa de tabaquería y hacer girar el tornillo para disciplinar la mano; la mano sin nervadura que ya fue escogida entre mil manos, que ya fue torcida por mil manos, que ya fue cortada con una chaveta. Poner la mano, el dedo sin anillo matrimonial que tendrá su anillo de papel cromado; la mano en una caja de cedro para que los dedos no pierdan el aroma. Poner la mano; la plácida incineración de esa mano en la terraza de un hotel, mientras se conversa en calma y en alemán.

Colgar los ojos, enrojecidos por el mucho leer y el poco dormir; los ojos que han visto desnudarse adolescentes a la sombra de un cafetal. Colgar los ojos sanguinolentos a la intemperie y a la altura, entre los granos de café maduros; los ojos maduros de mirar. Colgar los ojos; los ojos que serán recogidos en cestas por becarios, echados en sacos por becarios, contados en cientos por un militar.

Disimular el cuerpo en un plantón de caña y esperar el tajo; esperar al muchacho con su mocha o su machete; esperar la aliteración, la onomatopeya del muchacho con su mocha y su machete al dar un chasquido. Disimular el cuerpo en un plantón, donde eres caña entre mil cañas por quemar. Disimular el cuerpo y esperar el tajo; tomar de ti únicamente lo provechoso: el cuerpo sin cogollo, el cuerpo dulcísimo, el millonario cuerpo del azúcar, hasta que acabe la crisis o te vuelvan a engañar.

 

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Larga distancia

Cuando por fin atendí al teléfono, alguien pidió auxilio y colgó. Mientras me sentaba a escribir de nuevo, pensé en la broma que no era broma: alguien pidiendo auxilio, alguien patéticamente desesperado. Si alguien llama y pide auxilio y cuelga, en alguna medida nos debe volver responsables, en alguna medida nos debe recordar nuestra impotencia. Aunque intenté escribir el poema donde el hombre fuese impostergable, esa llamada ya me condenó. Sin poder concentrarme, miro al teléfono subrepticiamente. Antes de que vuelva a oírse, me levanto, llamo, pido auxilio. Justo tras el momento en que cuelgo,  siento algo parecido al  alivio.

Del Autor

Sergio García Zamora
(Esperanza, Cuba,1986). Poeta y editor. Licenciado en Letras por la Universidad Central de Las Villas. Autor de Autorretrato sin abejas (Ediciones Sed de Belleza, 2003); Tiempo de siega (Premio Poesía de Primavera 2009, Ediciones Ávila, 2010); El afilador de tijeras (Ediciones Sed de Belleza, 2010);Poda (Premio Calendario 2010, Casa Editorial Abril, 2011); Día mambí (Premio Digdora Alonso 2011; Ediciones Vigía, 2012) y El Valle de Acor (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2011; Editorial Capiro, 2012). Ha obtenido los premios Fernandina de Jagua, Manuel Navarro Luna y José Jacinto Milanés. Mereció en 2012 el Premio de Poesía Emilio Ballagas con La sobrevida.