Como una canción sin fin

Jorge de Arco

Los poemas perdidos
Dorothy Parker
Nórdica Libros, Madrid, 2013

 

dorothy-parker-los-poemas-perdidos-otrolunes29Dorothy Parker hizo de su vida un relato imposible, una leyenda forjada a golpe de literatura y pasiones. Aspiró a una fama distante y distinta, que le permitiera gozar de su singular rutina (“Los placeres sencillos son los mejores,/ la riqueza no trae más que pena”) y que le sirviera para establecer una vida alegre, como una canción sin fin, bajo el velo nebuloso de su compleja identidad.

No supo -o no quiso- aceptar el rol que su condición de mujer imponía en su época y se dejó llevar por una extrema cotidianeidad que alimentaba con excesos de alcohol. La muerte prematura de su madre -cuando Dorothy apenas contaba cinco años- resultó determinante en su comportamiento posterior, pues su actitud vital fue siempre crítica, y su ácida pluma bordeó con asiduidad el ámbito de lo cáustico. Mas su sarcasmo esconde, tan solo a medias, la veta romántica de esta mujer torrencial, vívida, que en muchos de sus poemas busca el cobijo de la comprensión, el cálido espacio donde ovillar su alma, tal y como sucede en el titulado “Idilio: “Piensa en lo que podría ser, para ti y para mí,/ si tan sólo pudiéramos romper los tristes esquemas del mundo./ Piensa en un nidito nuestro bajo una enramada,/ cada día, al ocaso, te esperaría ahí,/ abajo donde la verja, al resplandor del oeste,/ vestida enteramente de blanco, con una rosa en el pelo”.

Más conocida por su labor narrativa y la maestría de sus cuentos, Dorothy Parker (West End, 1893 – Nueva York, 1967) fue también una brillante crítica literaria y teatral, dramaturga, articulista de V”, colaboradora habitual en The New Yorker…. Y también poeta.

Desde que, en septiembre de 1915 diera a la luz su primer poema en Vanity Fair -texto que significó el inicio de su reconocimiento literario, y por el que además cobró doce dólares-, la escritora estadounidense superó los trescientos -a una media de más de un poema cada dos semanas- y que conformaron después tres poemarios y dos recopilaciones.

En estos “poemas perdidos” que me ocupan, se recogen las ciento veintidós composiciones que se editaron en distinta revistas y periódicos entre 1915 y 1938, pero que nunca se incluyeron en ninguna otra compilación. En su extenso y aclaratorio estudio a esta edición, Stuart Y. Silverstein, recuerda que algunos biógrafos han especulado con que la propia poetisa  se avergonzaba de muchos de estos textos por considerarlos inferiores a los escritos mas tarde. “Algo de verdad hay en ello. Las primeras obras, son en general, más desenfadadas y efímeras. Tienden a ser más exuberantes y son menos refinadas. Consideradas en conjunto, tienen menos mérito artístico”, concluye el propio Silverstein.

Pero al bucear en el volumen, pueden hallarse también poemas muy meritorios, en los cuales Dorothy Parker desnuda su mirada y confiesa su soledad (“Mi vida es como una galería de arte/ con pasillos estrechos en los que los espectadores pueden caminar …/… Mi vida es como una galería de arte/ con unos cuantos cuadros discretamente vueltos hacia la pared”), en los cuales confirma también su frágil condición (“Lejísimos estoy de la cima de la perfección/ tan defectuosa soy como podría caber”) y en los que, además, se sabe perdida y solitaria, sin más que falsas y dolientes compañías (“Da igual por dónde lleve mi camino,/ da igual d,/ en fin﷽l donde me dirija, sin meccite vueltos hacia la paredueden caminar” estos textos por considerarlos inferiores a los esónde me dirija,/ en fin: da igual cómo y por qué/ y cuándo voy, los chicos están ahí./ En veredas y caminos, y calles y plazas,/ en callejones, senderos y avenidas, de todos lados parecen brotar…/ Los hombres con los que no estoy casada”).

Guillermo López Gallego y Cecilia Ross, han traducido con acierto y rigor el decir parkeriano, si bien dejan constancia en su nota final, de los múltiples obstáculos encontrados y de lo frustrante de no haber podido reproducir “la riqueza de los ritmos del original y la mezcla de tonos formales y soeces, de clichés de lo lírico con la vulgaridad y el argot más moderno”.

Al cabo, el lector tiene ante sí, una espléndida oportunidad para disfrutar de una Dorothy Parker en estado puro, tocada por una lírica de acentos prosísticos -que no prosaicos- y con un perfil novedoso y trascendente para entender toda la carga emocional que destila su singularísima literatura: “Odio a los Maridos; reducen mis posibilidades”.