Jardines del alma

Jorge de Arco

Jardines
Ricardo Bellveser
Everest Poesía, Madrid, 2013

 

ricardo-bellveser-otrolunes29“He reducido el mundo a mi jardín y ahora veo la intensidad de todo lo que existe”, escribió tiempo atrás José Ortega y Gasset. Tan rotunda sentencia, evidenciaba un voluntario exilio interior desde el que el filósofo madrileño pretendía examinar su íntima conciencia y aprehender con su mirada todo aquello que girase en derredor de su esencia. Y memoro esta cita, al hilo de la lectura de Jardines, de Ricardo Bellveser, volumen por el que el escritor, valenciano del 48, ha sido galardonado con el III Premio “Universidad de León” de Poesía.

Con más de una treintena de libros editados entre poesía, novela y ensayo, con un amplio número de reconocimientos, miembro electo de la Academia Valenciana de la Llengua, director de la Institució Alfons el Magnànim de Valencia…, Bellveser afronta en esta entrega un personal viaje por el universo de la razón y la Naturaleza.

Mas su apuesta va más allá de la clásica fusión del hombre con su próximo entorno. Ahora, esa Naturaleza, parece haber perdido su autonomía, y sus leyes no permiten predecir su presente ni su futuro. Su libertad es una aspiración, un deseo que necesita ser restituido para obrar de nuevo como fuerza activa. Entre tanto, el tiempo adquiere un valor secundario, pues es reversible con respecto al espacio infinito y, en él, el hombre, está llamado a recomponer el mapa y el orden conocidos. Los jardines que aquí se enumeran, son, pues, una brillante paradoja del deber moral, una original metáfora de la deshumanización que ha sufrido nuestra tierra: “El jardín es eterno, en una ilimitada infinitud/ pues no todo en él lo es,/ ni lo son sus partes,/ sino el todo que sigue viviendo/ en el sueño vegetal/ cuando el caos ha vencido/ y se expande según las instrucciones/ que recibe la simiente”.

Ahondando en esa temática del inquietante desorden, de la nostálgica desposesión que sufren los hollados territorios del ser, no resulta casual que Ricardo Bellveser incluya entre sus dedicatorias a Guillermo Carnero, pues éste último, en su poemario Verano inglés (Premio Nacional de Poesía del año 2000), homenajeaba también a estos vergeles, con un bello texto que se iniciaba así: “Me has quitado la paz de los jardines,/ la gama de los verdes, desde el negro/ húmedo en el arrullo de la gruta/ al Abril esmeralda y amarillo”. Ese cromatismo que va desprendiéndose por las sombras, las cifras y los nombres del yo lírico, parecen tener aquí su réplica, cuando el decir bellveseriano no esconde su destino y su verbo se desnuda confesional y se siente despojado, solitario en un mañana finito: “Sólo yo desapareceré para habitar el olvido/ y no sé a dónde irá tanto amor como siento,/ ni si hay amor después, desprovistos de cuerpo,/ ni si hay jardines, palacios y ciudades/ donde pueda mi corazón seguir latiendo”.

En contraposición -¿o tal vez como complemento?- al fulgor de los árboles, las fuentes, las plantas que sueñan los parques de los sentidos, los prados del sentimiento, las rosaledas del vivir…, la piedra cobra notable protagonismo y se erige en hilo conductor de otras composiciones. La ciudad de Ávila brota entre estas páginas, desde la certeza de que “en Ávila la piedra querría ser jardín”; junto a la rebeldía granítica que resplandece sobre sus murallas,  sobre sus iglesias, sobre sus conventos, queda la verdad consumada, la perspectiva real que reconoce cómo “el jardín se enorgullece al crecer/ y la piedra lo mira benevolente”. Y para certificar esa comunión, es necesario mirar al ayer, a la propia historia, y reconocer que la cambiante condición humana, su eterna movilidad, no es suficiente para modificar lo inherente a la conciencia del yo, a lo que permanece en lo más hondo del existir: “Mi pecho está alfombrado de piedras y jardines,/ paisaje encendido en el que se alterna/ una armonía que viene de muy atrás”.

El poemario, dividido en dos partes, “La eternidad del jardín” y “Universo de universos”, se cierra con una coda, “Baile de estatuas”, donde la música de Wagner -¿Saint-Saëns, Schumann, Brahms?-, parece devolver la armonía al paisaje, y cada pieza vuelve a ser el puzzle propicio, solidario y trascendental que permita un final cómplice y liberador: “Los jardines han sido domesticados,/ horas antes, por un escuadrón de jardineros,/ que los han puesto a punto, han cortado/ sus rebeldías, han limpiado las fuentes,/ ajustado sus chorros y baldeado las estatuas”.