La sangre del Tequila (XIII)

Novela por entregas

Félix Luis Viera

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, convertido en uno de los escritores imprescindibles en la historia de la Literatura Cubana desde que sus libros de cuentos Las llamas en el cielo y En el nombre del hijo adquirieron la categoría de “clásicos nacionales” y “libros de culto” para varias generaciones de escritores en la isla, nos comentó en un mensaje electrónico que le gustaría rescatar aquella tradición de épocas pasadas en la que escritores que hoy consideramos “universales” convertían a miles de lectores en perseguidores cautivos de sus novelas por entregas.

Confesamos que nos surgió la duda: ¿podria ocurrir lo mismo con las nuevas generaciones de lectores, acostumbradas más a la lectura rápida en pantalla que al goce con las historias contadas a retazos y sazonadas con el olor fresco de la tinta de imprenta, como sucedía en siglos pasados?

Así, como un reto, surgió la idea de publicar en OtroLunes, por entregas, la novela La sangre del Tequila de este reconocido escritor y amigo. Y nos complace decir que Félix Luis no se equivocaba: miles de lectores clickean en cada número de la revista sobre estos capítulos de su novela, como demuestran nuestras estadísticas de lectura. Y en cada nueva entrega, nuevos lectores se suman.

Aquí, como en los números anteriores, ofrecemos a esos “cautivos” un nuevo capítulo, como se dice mucho en español, “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

 

El sur

 

27

Soy aproximadamente el decimoséptimo, de los fijos, de los que han vivido más o menos tiempo con Irene Ramblas bajo el mismo techo (el techo de ella). Aparte de los ocasionales, los que un día o una noche tuvieron sexo con ella, o ella decidió tenerlo con ellos (lo que el psiquiatra argentino Maro Fertinelli define como sexo por urgencia biológica, el cual, afirma el científico, suele tener el porche del gusto mutuo exprés—fugaz). Ella conoció al catalán, su ex, en un viaje de estudios a España. Ella no lo quería, ni siquiera le gustaba. Se casó con él —en Cataluña, ipso facto—por odio a la madre (de ella), quien quería imponerle al dueño de la empresa telefónica Telmex, supermillonario, hijo de una amiga de la madre y querido por esta desde que estaba en pañales. Irene Ramblas, aunque más tarde, objetivamente, reconociera que tal vez le habría ido mejor con el supermillonario, no se arrepintió de ir contra los deseos de su mamá, contra sus sentimientos si fuese posible. Siempre había aborrecido a esa mujer que, de niña ella, la pasara de un convento a otro, de una escuela interna a otra; esa mujer que pareció descargar sobre la hija todo el olvido de que fuera destinataria por parte del marido, el padre de Irene, quien la abandonara cuando esta aún estaba de brazos. El catalán, enamorado se supone —porque para eso hay que estar enamorado, sea esto lo que fuere—vino para la ciudad de México y vivieron juntos con la madre en la casa que hoy es de Irene, y que fue definitivamente de Irene a partir del día en que la madre cayó escalera abajo —o sería lo exacto decir: cuando cayó al vacío desde lo alto de la escalera en curva y sin pasamanos en el lateral contrario a la pared—, se hizo trizas. (¿Cómo asumió Irene Ramblas la muerte súbita de la madre? Es sincera al responder: en cuanto al amor de hija, antes y después de la muerte de la madre, permaneció en el mismo letargo de siempre.)

El catalán, luego de una vastedad de peleas, siempre causadas por la incapacidad de él para comprender lo elemental, lo perentorio, se divorció de ella y regresó a su país, a su provincia, a su ciudad casi inmediatamente luego de la última bronca. ¿Por qué, como fue esa última bronca? El catalán leía de un libro en el cuarto de ver la televisión; Irene Ramblas, aún bajo el truene de la furia, fue y le arrancó el libro de las manos y le gritó que la atendiera. ¿Por qué ella estaba furiosa? Porque el catalán no había estado de acuerdo con su pedido, algo elemental, primario: resultaba imprescindible podar el césped a lo sumo cada seis días, así constaba en un manual de jardinería que ella había leído ayer.

El catalán, un hombre pusilánime, anodino, irresoluto, según ella, sin embargo jamás volvió a la ciudad de México siquiera para ver al hijo —el aspirante a marinero y luego pescador en Mazatlán—, a quien le envió no obstante su mesada hasta que este llegó a la mayoría de edad.

Irene Ramblas me aclaró, desde el primer día que lo hizo, que me confiaba sus encuentros con mujeres, primero, porque presentía que “nuestra relación” sería para largo plazo, vitalicia tal vez, y si bien no era pública esta esporádica brega sexual de ella, sí, seguramente, habría sido advertida y comentada en ese círculo donde nos tendríamos que movernos en el futuro. De modo que, ¿sería favorable que yo alguna vez lo supiera mediante algún cotilleo que me llegase o aun por cierto signo que descubriera en alguna de las mujeres con las que ella había “tratado” y que se hallaban en ese ámbito donde estaríamos en el futuro?

Pero no solo habían sido “encuentros eróticos”. A una de estas mujeres ella, Irene Ramblas, la amó. Aunque no sería muy propio decir que era una mujer. Era una lesbiana; varón a todo, se entiende. Que vivió con ella, en su casa, en la casa de Irene, unos quinientos días. Irene creyó hallar la armonía con esta “relación”. La armonía —creo que ya lo dije antes—: el maltrato, la postergación a que solían sancionarla los hombres le daban el pleno norte de que ella no había sido hecha para soportar humillación tanta.

Irene Ramblas terminó con la mujer (es un decir) que amó porque luego del disfrute sexual, tierno, realmente amoroso que se dedicaban, finalmente, siempre, debía recurrir a un vibrador que la otra le aplicaba para que ella consiguiera el orgasmo pleno, por penetración, después de haber alcanzado el de clítoris varias veces, por frotamiento de vulvas, por el sexo oral, etcétera. De modo que esa “relación de hermanas”, de amantes buenas, equilibrada, sin un punto de ventaja para la una o para la otra, no bastó.

Irene Ramblas comprendió que lo quisiera o no había nacido para ser la hembra de un macho. Estaba insatisfecha: necesitaba una verga cierta, caliente, tensa, en sus adentros. Necesitaba venirse con este órgano, humano, hundido dentro de sí luego de haberlo gozado con todo el movimiento de cuerpos que se les hubiese ocurrido a ambos. Y así se lo contó a su amante lesbiana, quien ya, de acuerdo con lo que le respondió, lo había notado. Y se despidieron.

Dije que yo resulté, según las cuentas que fui haciendo a partir de las anécdotas de ella, aproximadamente el decimoséptimo. A razón, diríamos, de uno y medio por año de vida amorosa si consideramos que Irene tenía cuarenta y nueve cuando la conocí (creo que ya lo he dicho antes). Hubieran sido cuantos hubieran sido, ella solía decirme: No importa cuántos fueron en el pasado: con un buen lavado de cuerpo, incluido los interiores, todo queda resuelto, siempre y cuando, antes, el alma haya quedado lavada. Todo comienza.

 

La celda

 

16

 

Sandra Vélez al fin ha comprendido por qué un hombre que se dedique a escribir una novela debe centrarse en una sola mujer: si pusiera su esfuerzo continuado en al menos dos, no podría llegar al final de la obra (podríamos suponer entonces que una mujer dedicada a lo mismo, solo puede tener un hombre; pero no, no es igual: quien invierte más tiempo, fatigas y estrategias es el varón para seducir y retener a la mujer, no viceversa;  la mujer está esperando, el hombre está yendo). Solo con cierta mujer se necesitaría aun invertir menos tiempo: una puta. Pero esto, en mi opinión, le dije, en cantidad menor o mayor es un destrozo moral que se causa un varón, aparte de que sería lo mismo que poseer a un traganíquel. Echamos como treinta minutos hoy al mediodía en una de las bancas del vergel de Telemaster, hablando del tema. Ella me preguntó por qué la había escogido —a ella— como esa mujer que “nada más tiene el hombre que está escribiendo una novela”. No le dije que era la ideal puesto que estaba casada, no tenía carro ni aun teléfono (en una ciudad donde hay tres millones ochocientas cincuenta mil líneas telefónicas y donde, como me dijo Mario Trejo cuando yo era un recién llegado, “aquí, quien no tiene teléfono, no existe”) ni nunca me pediría la invitara o me invitaría a un Sanborns (algo que ya sabemos aprendí a odiar desde los tiempos de aquella Lucero Araiza). Solamente le dije que porque era una mujer bonita y olvidada; todo había sido de buena fe de mi parte: “¿o acaso yo podía imaginar que tu pubis era lo más cercano a lo exacto que he visto en mi vida?”. Salvo el caso de las ninfómanas y otros de estirpe parecida, la mujer es un objeto sexual, puesto que resulta la poseída, el objeto, no solo porque “pues según yo las prostitutas son los objetos sexuales”, como me había expresado ella. De lo contrario, ¿cómo ella me podría demostrar, por ejemplo, que no había sido el objeto sexual de aquel argentino que la desfloró por el ano luego de que decidiera, decidiera él, no poseerla o no desflorarla por la vagina? El varón es quien penetra al objeto. Solo que en este caso de hombres y mujeres, la mujer es el objeto sexual, pero no el objeto total; ahí se localiza la estupidez o la iniquidad de esos hombres que usufructúan a la mujer, no nada más sexualmente, sino además social, legal, manual y lúdicamente como una propiedad; la mujer…, que ya padecía ese golpe de dados de la Naturaleza de haberla destinado a ser biológicamente el objeto en cuanto al sexo (si bien un objeto que también goza, como podría gozar y tomar por momentos la iniciativa el trompo cuando lo bailan, digamos). Como otras veces, Sandra Vélez me confesó que había comprendido lo que le expliqué, aunque no había entendido mis palabras. La tarde era soleada. Ella estaba vestida con el uniforme azul cielo de las limpiapisos.

 

Verónica

 

19

 

Solo tres veces en su vida Lucía Luévano, la nieta, la mujer policía, intentaría el amor, o el sexo, o ambas cosas a la vez (nadie sabe); las tres, sería un perfume —o el Perfume—la que la llevaría a abrirse en primera instancia de pecho, y de piernas en segunda.

Pero debemos suponer, en este caso, que el Primer Perfume no se olvida: el de El Sombras, que debemos suponer también, debió ser una colonia barata. Fue el olor que trajo El Sombras una de aquellas tardes en que ayudó al Abuelo a carretillar con la venta, lo que hizo que Lucía Luévano, la Niña, se abriera de pecho; entonces vio ella en El Sombras —que tenía 34 años de edad, 18 más que ella, que había cumplido 16—, al hombre perfumado, al Hombre.

Tampoco debemos reprocharle al Abuelo que no supiese que cuando la sangre Jala, hay que darle cuerda, no jalar en contra; si bien el jalón lo haya sentido, lo esté padeciendo —víctima es— alguien, la Niña, tan ofensiva como podría ser un colibrí, herido. Injustos seríamos si le reprocháramos al Abuelo desconocer que nadie es —ni aquella Niña, Lucía Luévano— con las personas que ama, como en realidad es; que ignorara que a quienes se ama se les oculta el lado del cobre, el frágil, el propenso al derrumbe. Y eso hizo Lucía Luévano.

Fue la Madre quien, con la cabeza gacha, le dijo al Abuelo que la Niña estaba embarazada, de El Sombras. Y más, que padecía esa extrañeza (por ella, por la Madre, conocida): esa comezón, ese olor en su bizcochito, seguramente contagiado a la Niña desde los fondos de El Sombras, le había asegurado el médico. Y más: El Sombras había desaparecido, no lo hallaban ni en las cuevas.

Unos meses después arribó a la colonia Gran Norte, desde el hospital materno, Rafita, el hijo de Lucía Luévano que unos años más tarde la Madre se llevaría al Parque en la noche, para que yo pudiera estar a solas con la Hija.

Del Autor

Félix Luis Viera
(Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, 2010); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Innovación Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.