Las cosas no son como fueron,
sino como uno las recuerda.
Ramón del Valle Inclán
Plagiando la cita valleinclana podríamos decir también que la historia no es como fue, sino como a uno le han dicho que ha sido. Quien escribe, peruano, limeño para más señas, recibió en la escuela la “historia oficial de Miranda” y su paso entre fugaz y dudoso por las vísceras primigénias de la gesta emancipadora de Sudamérica. “Cobarde”, “traidor” y “oportunista” fueron las tres condecoraciones que en mi mente brillaron en el uniforme francés de Monsiú Pancho antes de que Juan José Armas Marcelo arremetiera en Arequipa, con su conferencia “De Bolívar y Miranda. Historia de una Novela.”
Esa noche, J. J. habló de Bolívar, de Miranda; pero sobre todo de la visión que proponía su novela. Con esa energía y desparpajo de quien está acostumbrado a devorase el escenario, Armas Marcelo nos habló sobre el personaje de Miranda, sobre su injusta postergación y sobre la noche cuando nada menos que el Súper Star de los libertadores, Bolívar lo traicionara. Deicida, aún con la sangre fosforescente de “El Libertador”, sacrosanto, santón de Venezuela y otras naciones adeptas. Nos llenó la expectativa con coordenadas, con puntos de encuentro, con retos para, en definitiva, salir obsesos por leer esa novela.
Fue así que ni bien llegó a mis manos, me enfrasqué en la ficción novelesca. J. J. había dicho algo tan sabio como cierto en una entrevista, aseguró que existían muchas obras sobre Miranda, pero lo que terminaban siendo eran reducciones o extensiones biográficas, nada más. Hay personajes históricos que sobrepasan lo biográfico, y exigen una consagración novelesca. Es quizá una venganza justa que Miranda se cobra en la ficción; ya que en el discurso oficial se le relegó y hasta se le caricaturizó como felón acomodaticio siempre opacado e invisibilizado por la figura epónima de Simón Bolívar. Michel Foucault hablaba en La microfísica del poder que no existían discursos verdaderos o irrefutables, sino discursos más o menos poderosos, que por ser tales se volvían verdaderos. Es así que la verdad poderosa acompañó precisamente a uno de los militares más poderosos de América: Bolívar; y borró de la fotografía oficial a Francisco de Miranda.
Mientras iba leyendo la novela con apasionamiento e impaciencia, iba comprendiendo a esa tercera persona que fuera de los cuerpos de los personajes, salía de la mente misma de cada uno de ellos. Creo, además, que el gran personaje, es la historia. Una voz colectiva que ve la oportunidad de contar de otra manera, una versión sino perversa, por lo menos mal contada. Es así que me fui metiendo en la mente de Miranda; pero sobre todo de Bolívar. Y lo comparé con el que tenía en la mente, lo confronté y lo terminé desenmascarando. Bolívar fue grande, no por libertario, sino por poderoso, porque pensó como los campeones de ajedrez de que en una partida, solo hay un rey por bando. Que era él o Miranda, que solo uno podía afincarse en el sector del tablero que la historia de Sudamérica había reservado para los que la irían a libertar. Bolívar sabía –y se explicita en la novela- que la historia no absuelve nunca a los perdedores. Y no solo eso, los borra, los vuelve mezquinamente invisibles. A mitad de la novela me di cuenta de que la grandeza de Miranda quizá le haya impedido -a pesar de la constante, atávica y hasta natural desconfianza de los mantuanos caraqueños para con él, expresados en la frase de Soublette: “los de siempre”- preocuparse de Bolívar, a quien lo veía a lo sumo como un destacado alfil; pero si algo se le podría reprochar al único latinoamericano que tiene tatuado su nombre en el Arco del triunfo, es que subestimó a ese alfil montado en caballo blanco; pensó que el cachorro de tigre no crecería, que en todo caso, nunca lo atacaría a él, su maestro, su indiscutible mentor. La noche que sentiría en el cuello mismo los colmillos de la traición, Miranda comprendería que aquel coronel de mirada altiva y paso de avestruz pedante, le arrebataba no solo la jugada última de su vida, sino la memoria entera de lo que realmente fue en la historia americana.
Es entonces que surge el personaje legendario, el que piensa, recuerda y siente con el lector las palabras de su padre cuando le decía: “Si me quieren, los quiero; si no me quieren, que me respeten; y si no me respetan, que me teman”. El amante donjuanesco que atesoró en pequeñas cajetillas de oro y plata vellos púbicos de sus mil y un amantes que incluían a princesas y a la propia Catalina, la Grande. El que conoció a George Washington, a William Pitt, a Samuel Adams; el que antes de regalarle a su alumno preferido (Bolívar) El arte de la guerra de Sun Tsu, le advirtió que era un libro que el propio Potemkin se lo había entregado antes a él. Surge el personaje novelesco, el que sueña, el que entrecruza frases en francés, para expresar sentimientos tan latinoamericanos como la cita de Voltaire –su pensador preferido- que dice: “Oh, mon Dieu, délivrez-moi de mes amis, car de mes ennemis je me charge”, que bien podría expresarse en el adagio popular: “líbrame de las aguas mansas, que de las bravas me encargo yo”. Aparece el Miranda de Armas Marcelo, configurado en coordenadas que pasan por el Quijote, por Leonidas y hasta por Ulises para constituirse en símbolo, en el ideal del personaje que quizá no tuvo, pero que muy bien debió merecer Sudamérica. O Colombia como él exigía llamar rescatando a Colón; un país unitario, con todas las ideas que se le atribuyen popularmente a Bolívar, como la conformación de una constitución liberal mezcla de Revolución francesa y de los Estados Unidos de Norteamérica.
La novela adquiere la propuesta de tesis, la reprimenda en primer lugar del pasado. De una caterva de aprendices de Bolívar que devinieron a oscuros e impresentables dictadores y sátrapas que lo primero que hicieron fue dividirse el poder, los países y pensar provincialmente en afincar un reinado minúsculo con apariencia republicana. Y la posibilidad de unión, de propuesta bajo el paradigma de libertad. En boca de Miranda: “¡Es la libertad, joven Bolívar, la libertad y no el poder, por lo que hay que darlo todo!” Consejo que no siguió ni Bolívar, ni sus aprendices de turno; sino que se afanaron en procurar el poder y distribuirlo medianamente entre los suyos.
Es por esto último que la novela adquiere las dimensiones de una tragedia. Tragedia para la historia americana, ya que se le privó de un mejor devenir. Porque no solo es Miranda, lo que se pierde sino todo aquello que él simbolizó (la libertad, la unión americana, la ilustración). Como diría Nietzsche, algo oscuro y muy severo: el mundo no está hecho contrariamente para los superhombres, sino para los mediocres. Es precisamente los mediocres caraqueños que al verse arrebatados por un hombre inmenso como Miranda, solo atinaron a aglutinarse y concentrar toda la fuerza posible y volverse poderosos para sacarlo del camino de la historia para siempre. Es por ello, que esta novela, no sólo es un goce literario, una aventura novelesca de un personaje histórico, es la gran narración de la noche que el Poder traicionó a la Libertad; de ese momento decisivo que pudo haber convertido a América, en esa gran Colombia, en ese Nuevo Mundo, mejor y unido que Miranda y los que amamos la libertad perdimos, pero que quizá algún día podamos ver.
