Parecía la consumación de un encuentro escrito, por mí largamente esperado: venía siguiéndole la pista desde hacía varios años al escritor J. J. Armas Marcelo desde que a fines de los años 90 leí su novela Así en La Habana como en el cielo, que considero una de las poquísimas novelas que hablan sobre Cuba desde un profundo conocimiento del alma y la atmósfera cubana. Y aunque había coincidido con él en algunos eventos, realmente no habíamos tenido la oportunidad de compartir, a pesar de que muchos amigos comunes me instaban a que lo hiciera, de modo que no había podido agradecerle que ya en el lejanísimo año 2001 mencionara mi nombre junto a otros escritores cubanos entre los que le parecían más interesantes.
Pero en Sofía no había modo de que nos libráramos del encuentro. Era un evento pequeño, cerrado como suelen ser casi todos los eventos académicos, pero cálido por la calidez que a todo lo organizativo imprimió la profesora búlgara Liliana Tabákova, en aquel Coloquio Vargas Llosa que nos reuniría para celebrar la entrega de la categoría de Doctor Honoris Causa de la Universidad de San Clemente de Ohrid al premio Nobel peruano. Y bastó un par de cenas para sentir que hacía años nos conocíamos, para compartir anécdotas muy cubanas que el resto del auditorio escuchaba, para rememorar viejos tiempos vividos en la isla desde nuestras perspectivas individuales, para sentar a la mesa a colegas, amigos y enemigos comunes, e incluso para debatir intensamente sobre quién sería el asesino en el cuento “Continuidad de los parques”, de Cortázar, que ambos consideramos la joya mayor en ese cofre de joyas que es la cuentística del argentino.
Allí nació la idea de este dossier que le dedicamos en OtroLunes a su ya larga, múltiple e importante obra literaria y periodística. Allí, divirtiéndome de ver cómo pinchaba a su gran amigo (y mi maestro literario) Mario Vargas Llosa, buscando “halarle la lengua”, surgió en mí la idea de esta entrevista.
A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es J.J. Armas Marcelo? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: J.J. Armas Marcelo, el ser humano y J.J. Armas Marcelo, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.
Hablar de mí mismo en tercera persona, y además para definirme como tal persona, es un desafío psiquiátrico. Pero, si hay que hacerlo, lo haremos hasta el mismísimo abismo, pero ni un centímetro más adelante. Armas Marcelo es egoísta, ególatra, divertido, generoso, vitalista, panteísta, hedonista. Es un ser libre, que a veces se pasa de libertad y se equivoca, como todo el mundo o más. Es alguien que tiene el mundo de los afectos en el más alto rango y jerarquía de la vida. Tiene muchos amigos, que ha elegido él, constatados en la misma base de la lealtad, y muchos enemigos, que también ha escogido él, constatado el vicio de la inmensa mediocridad por la traición. Como escritor, Armas Marcelo es un viajero que posee una curiosidad intelectual fuera de toda discusión. Sus novelas y artículos hablan del mundo entero, mundo al que pertenece (se dice traidor a todas las patrias, y lo es, menos a la lengua española, que es su verdadera patria) y con el que se encuentra y reconcilia en un constante viaje y abrazo, lleno de imaginación y ternura. Lleno mi vida (ya hablo en primera persona, por fin) con la escritura literaria y toda mi existencia, en lo fundamental y principal, gira en torno a la escritura literaria, verdadero centro y estigma de mi propia vida y de mi temperamento vitalista. Creo que con cada libro publicado no pasa gran cosa, lo único que pasa es que la vida sigue y yo mismo sigo escribiendo, como un poseso, como un loco que ha escogido la catarsis de la literatura como medio para sanarse cada vez que el ataque de demencia asoma en el horizonte del alma. De modo que, ya ven, todo esto forma parte de mi felicidad, que es tan real como literaria.
Mi abuelo canario, de Moya, que a pesar de ser casi un analfabeto llegó a ser el más próspero comerciante de la hoy tristemente célebre Guantánamo, solía decir que “no se puede comer gofio sin antes usar el mortero”, lo que, aplicado al hilo de entrevista, sería algo así como que no puede hablarse del escritor que hoy eres sin hablar de los inicios. ¿Cuándo descubriste que querías contar historias, hacerte escritor? ¿En qué contexto político, cultural, social y personal sucedió?
La literatura, la escritura literaria, al menos para mí, es una constante rebeldía, una constante forma de enfrentarse virulentamente con la palabra a la realidad y al mundo que nos rodea. Me hice escritor leyendo todos los días. Soy un lector “anormal”, de esos que a los que siempre les gustó más ser el escritor de las historias que leía que ser un simple copista de la heroicidad de las acciones que escribían los escritores. Me hice escritor en pleno franquismo, seguro que todo ese mundo siniestro tuvo que ver con mi vocación literaria, mi vicio de escribir que perdura hasta hoy. Me hice escritor para diferenciarme y enfrentarme con mi propia clase social, a la que nunca he soportado en sus vicios ni pésimas costumbres, una clase media alta, devenida a mucho menos de los terratenientes insulares, de la que me divorcié al final de la adolescencia y no he vuelto a encontrarme con ella si no es para provocar enfrentamientos interminables y polémicas estériles. Me hice escritor porque para mí la escritura literaria es un mundo de libertades único en la vida de los hombres; una libertad a la que tengo acceso por ser escritor y porque escribo libremente todos los días. Por todo eso, y en ese contexto, me hice escritor: escritor del mundo entero, no escritor de un lugar determinado, un lugar siempre pequeño para la escritura literaria, un lugar pequeño del que, como decía Naipaul en carta a su hermana, hay que huir para no volver porque los lugares pequeños hacen a la gente mezquina.
Desde ya muy joven, en lo que todavía podemos considerar “la prehistoria de Juancho”, empezaste a tener problemas con esa cucaracha (por aquello de que existe en todas las sociedades y es capaz de sobrevivir hasta a un ataque nuclear) que es la censura. Por experiencia propia sé que la censura te aniquila (mata todas tus defensas y te convierte en un animal eternamente domesticable) o te inocula un virus peligroso para dictadores y déspotas: el de la rebeldía consciente de defender tu derecho a la libertad. Si mirarás a esos primeros encontronazos, ¿qué cambios se produjeron en el escritor que eras entonces y qué significó eso para ese hombre defensor de las libertades individuales que hoy eres?
Las cosas han cambiado mucho en España, y como siempre en El Progreso, para bien y para mal. La conciencia crítica del escritor que soy no ha cambiado, se ha enriquecido, depurado y refinado con los años, como es natural. Pero yo tengo la memoria como un referente muscular siempre dispuesto a dar un golpe bien dado a quien se lo merece. Y eso es lo que hago. Por eso la polémica es mi salsa natural, baile con la más guapa o con la más fea. En aquel tiempo de la dictadura franquista, fui depurado y condenado en Consejo de Guerra como editor, por haber publicado un libro de Valente que no les gustó a los militares. Hoy lo volvería a hacer. Sí, soy un defensor, mejor un combatiente que defiende los valores de la libertad individual, porque sin esos valores no hay libertad ni individual ni colectiva. Detesto toda censura, y toda autocensura, autocensura que no ejerzo nunca sobre mí ni sobre cuanto escribo, en novelas o en artículos, en crónicas o en criterios.
He escrito varias veces que eres el escritor “no cubano” que mejor ha incursionado en el escabroso “tema Cuba”: no hay en tu mirada “cubana” ninguno de esos tropicalismos baratos, exotismos a ultranza, clichés totalizadores…, en fin, esas falsedades que es muy fácil encontrar en novelas publicadas por otros “no cubanos”. ¿A qué crees que se deba esa naturalidad con la que escribes sobre un asunto y situaciones en las que otros escritores han pifiado?
En mi persona, y en mis escritos, hay una voluntad intelectual de ser, en gran parte de mi ser, cubano. Entré en Cuba desde que era un niño, cuando mi abuela y mi madre, en la cocina de mi casa, hablaban de Cuba como si fuera parte de las Canarias. Cuando supe que estaba más allá del Atlántico ya era muy tarde para verla tan lejos como los demás. Llevo a Cuba dentro, no como otros muchos, sino la Cuba de la cubanidad, de la profundidad cubana, Alejo, Cabrera ella, Cabrera él, Lezama, Ortiz el sabio, Martí, Lecuona. Tantos. He estado 23 veces en Cuba, de una u otra manera amigos castristas han querido que “entienda” ese proceso abyecto. Nada que hacer conmigo: soy un irredento defensor de las libertades individuales y no pienso, por ninguna conveniencia, cambiar mi forma de ser y estar en la vida. El castrismo es la enfermedad infantil de Cuba. Un día acabará, lo sé, y todo se desmoronará como un castillo de arena. Creo que otros escritores la han pifiado porque ven en Cuba una moda para que sus libros se vendan durante quince días. Grave error. Yo no escribo por moda, sino porque me enamoro pasionalmente de una historia que me obligo a relatar por escrito. Eso es Cuba para mí: una cintura permanentemente caliente en la que flotan mil historias dispuestas a que yo las escriba.
Hay algunos escenarios (geográficos e institucionales) que creo han sido (y algunos son) fundamentales para entender tu vida como periodista y escritor: El colegio jesuita, la Universidad Complutense de Madrid, Las Palmas de Gran Canaria a inicios de los 70, Madrid, Tele 5 – Antena 3 TV – RTVE (es decir, la televisión), Onda Cero – Radio Nacional de España (es decir, la radio), tus columnas y “terceras” en ABC, la Cátedra Vargas Llosa…
Si cuando me hicieron el Consejo de Guerra desde 1971 al 72, yo me hubiera fugado de Canarias y de España en un barco que me hubiera trasladado a Marsella y a París como exiliado político, hubiera hecho muy bien. Habría escapado de la mediocridad insular, sin perder los años, diez, que perdí; y me habría formado mucho mejor, Hoy viviría en París y sería un parisino universal. No lo hice porque me hubiera perdido ver cómo crecían mis dos hijos. No lo hice y no me arrepiento. Haber pasado por tanta mediocridad sin que me toque ese vicio de la Humanidad, en fin, es una epopeya que hubiera evitado fugándome a París. Repito que no me arrepiento. Donde más aprendí fue en la Universidad Complutense, y luego en la vida: en todas esas guerras con la mediocre imbecilidad de nuestros ambientes. Hoy, en la dirección de la Cátedra Vargas Llosa, me divierto mucho “inventando” actos y artefactos literarios y culturales que le sirven a mucha gente. Es, para mí, una coronación de lujo, ahora que ya estoy caminando por mi primera vejentud, eso sí, con toda dignidad. En cuanto a mi etapa en el colegio de los jesuitas, prefiero no hablar: Ni ellos ni yo quedaríamos bien. Todo estará en mis memorias.

Con algunos miembros del Consejo Académico de la Cátedra Vargas Llosa y de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (de pie, de izq. a derecha: Pedro Cateriano Bellido, Luis Rodríguez Moreno, Francis Ballesteros, José Manuel Moreno Alegre y J. J. Armas Marcelo; sentados, de iz. a derecha: Manuel Bravo Lifante, Mario Vargas Llosa y Emiliano Martínez).
En nuestras conversaciones y en muchos de tus escritos he podido notar que eres de esos intelectuales, cada vez más pocos, que consideran la literatura como un sacerdocio. Aunque es cierto también que cada día que pasa es más difícil “vivir” de la literatura, y aunque es indudable que las tecnologías y el mercado del libro ha ayudado a que se pierda el respeto a figuras antes muy sólidas como el editor (ese que se arriesga por el buen arte y no piensa sólo en vender) y el escritor (ese que cree que el sentido de su vida es escribir), ejemplos como el de Vargas Llosa (a quien tú tan bien conoces) siguen siendo esenciales para quienes respetan la literatura como una de las manifestaciones más importantes del pensamiento social. ¿Qué piensas al respecto?
Bueno, Vargas Llosa nos enseñó a ser profesionales de la escritura y a someter el resto de la vida, incluso los trabajos alimenticios, a la escritura literaria. He sido un privilegiado al estar, casi durante cincuenta años, al lado de Mario, y su magisterio y generosidad me han ayudado muchísimo. Ideológicamente me muevo bastante más a la izquierda que él, pero eso no implica distancia sentimental ninguna. Al contrario, me enriquece el debate con él, nuestras diferencias literarias y vitales. Además, que quede claro, no me gustan nada los llamados “intelectuales de consumo”. Mario está en las antípodas de esos farsantes.
Diriges la Cátedra Vargas Llosa, haces periodismo, viajas con frecuencia alucinante, haces una intensa vida social y cultural, estás siempre buscando estar al día de las cosas nuevas que se escriben, mantienes siempre actualizado tu blog “Gran Angular”… y entre todo ese maremágnum de ocupaciones logras un ritmo de producción literaria muy estable. ¿Cuándo escribe su literatura J.J. Armas Marcelo?
Todo el tiempo… Mi maestro Carlos Barral escribió: “Miento, miento, todo el tiempo que no invento”. Yo miento y miento todo el tiempo, e invento todo el tiempo, todo el tiempo escribo y sueño que escribo, como aquel tipo descrito por Salvador Elizondo, gran escritor y persona, a la que conocí en México a finales de los años 70. Siempre hay tiempo para los vicios pasionales.
Te he oído un par de veces defendiendo la tesis de que un escritor será libre verdaderamente si es alguien siempre rebelde, siempre inconforme, alguien que va contra todas las banderas (las suyas incluso) si esas banderas están manchadas… En simples palabras, la eterna pregunta: ¿un escritor debe tener una responsabilidad social o debe simplemente apostar por aquello que llamaban “el arte por el arte”?, ¿crees que el escritor debe ser el ojo crítico de una sociedad, sea esta sociedad de la ideología que sea?
Creo que un escritor debe ser siempre un combatiente de su trabajo y de la libertad, al mismo tiempo. Libertad y escritura van de la mano. Creo, con Cabrera Infante, que un escritor debe fundamentalmente ser honesto con su escritura y escribir cada vez mejor. Pero también creo que un novelista siempre es alguien que escribe porque tiene una responsabilidad moral, ética quiero decir, más que social. Recuerda que no hay estética sin ética. Las dos van de la mano.
Veracidad y verosimilitud son dos conceptos presentes en tus novelas. Hago la pregunta porque hoy se publican novelas, incluso etiquetadas de “históricas”, donde el juego y la invención literaria apuestan claramente más por “divertir”, “hacer pasar un buen rato” que por “instruir ética y estéticamente” (Sartre) u “ofrecer una lección de humanismo” (Hauser). ¿Cómo es el proceso de una novela para J.J. Armas Marcelo para lograr ser divertidas y, al mismo tiempo, lograr ese equilibrio veracidad-verosimilitud y hacer pensar?
Mis novelas comienzan siempre por un recuerdo, una lectura, un episodio que me llamó la atención en la vida de un ser anónimo o en la Historia real de un país determinado. Así ha pasado con todas mis novelas, hasta ahora al menos. Luego, cuando las trabajo a fondo, tras la primera redacción, quisiera que aquel lector al que va a ir dirigida se divirtiera tanto como yo al escribirla, bien que no pienso nunca de manera consciente a qué tipo de lectores va dirigida mi novela, cualquiera que sea.
Vargas Llosa y J.J. Armas Marcelo: si tuvieras que definir que “alimentos” has recibido gracias a la relación tan cercana que mantienen desde hace unos cuantos años, ¿qué dirías en estos tres aspectos: amistad, profesión literaria, política?
En cuanto al criterio de la amistad, tenemos casi el mismo. La lealtad, de un lado y de otro, es clave para una larga amistad, que es como el vino, cuanto más sabrosa más larga y viceversa. En cuestiones literarias, en cuanto a la profesión literaria, ya lo escribí todo en “Vargas Llosa. El vicio de escribir”. No tenemos grandes diferencias de criterio, aunque sí de talento a su favor, como te puedes imaginar. Ideológicamente, me muevo más a su izquierda, pero entiendo muy bien por qué está donde está y piensa lo que piensa. Y casi siempre piensa bien.
Recuerdo que mi abuelo Ceferino, el canario, se ofendía mucho cuando le decían “gallego”, incapaz de entender nunca porqué los cubanos llamábamos “gallegos” a los españoles emigrados a Cuba. “Un isleño es un isleño hasta que se lo comen los gusanos”, decía orgulloso. En tiempos de nacionalismos segregacionistas y separatistas como los que vive España, e incluso aunque desde 1978 vivas en Madrid, ¿qué significa para ti ser canario, ser isleño (mi abuelo hablaba de “cargar el espíritu guanche”) y, también, ser español?
Ninguna gran cosa, la verdad. En mi tierra hay lugares, sabores, olores y manjares que me saben a cielo. Y otras cosas, la mayoría, que me amargan definitivamente. Por eso hay muchos que me llaman traidor. Me encanta que la mediocridad ambiente me tenga por traidor. Lo siento mucho, como decía Carlos Fuentes cuando era joven y la daban un premio. Le preguntaban, ¿cómo siente usted este premio, señor Fuentes? Y Carlos contestaba: ¡Lo siento mucho! A ese “lo siento mucho” me refiero y me adhiero. La cuestión de las patrias no va conmigo, creo que el nacionalismo es la enfermedad senil del fascismo. Estoy con Savater y con Vargas Llosa en estas cosas. Y con el doctor Johnson, que escribió que el patriotismo era el último reducto del canalla. Yo creo, con Ambrose Bierce, que no es el último reducto, sino el primero.
La amplitud de tus temas es asombrosa: la diáspora canaria en América, la Cuba “revolucionaria”, la España “democrática”, la pérdida de las colonias en el Caribe, la Guerra Civil Española, el franquismo y el antifranquismo, la odisea de la conquista de América y la búsqueda de El Dorado, o temas históricos tan apasionantes como un crimen histórico en Canarias o la vida de Francisco de Miranda, por sólo citar algunos… Sabiendo que jamás dejas de escribir, ¿por dónde vendrá tu próximo libro?
Regreso a Cuba y se titula Réquiem habanero por Fidel. Se publicará en Alfaguara en el próximo mes de abril. Si Así en La Habana como en el cielo era y es un drama, si El Niño de Luto y el cocinero del Papa era y es una tragedia, el Réquiem habanero por Fidel es y será una tragicomedia, la misma en la que se ha convertido el régimen castrista desde hace muchos años, además de volver trágica la vida cotidiana en toda la isla.


